SOMBRAS DE OTRAS LUNAS*
Los exiliados del Aire
Por Lilian Silva**
Mayo, 2026
“I have been half in love with easeful Death…”
“He estado medio enamorado de la muerte serena…”, escribe John Keats en una de sus cartas, abandonado a la cercanía de la muerte: esa presencia que, entre la fiebre y el dolor, abate su cuerpo hasta hacerlo un pequeño ovillo, pero no doblega su poesía; una poesía que se aferra, como un ruiseñor, a su propio canto. El poeta muere un 23 de febrero de 1821, luego de padecer Tuberculosis durante los meses previos.
En el siglo XVIII, en Europa occidental, la tuberculosis se había convertido en una epidemia, alcanzando tasas de mortalidad de hasta 900 muertes por cada 100.000 habitantes al año, particularmente elevadas entre los jóvenes. Pero esta no fue una historia exclusiva del continente europeo. En América Latina, la enfermedad también encontró condiciones propicias para expandirse: desigualdad, hacinamiento y limitaciones en el acceso a sistemas de salud marcaron su propagación y su persistencia en el tiempo.
Tanto en Chile como en Colombia, la tuberculosis se inscribió no solo como una afección médica, sino como una experiencia atravesada por el aislamiento. Durante gran parte del siglo XX, el tratamiento implicó la separación del enfermo de su entorno cotidiano: sanatorios, reposo prolongado, aire vigilado. Cuerpos apartados para proteger a otros, pero también, muchas veces, para contener aquello que desbordaba los márgenes de lo saludable.
“La ladrona de la juventud”, como la llamaron en aquella época, ataca lentamente el cuerpo y el ánimo. Entra en una danza insistente: una bailarina de ballet letal que se aferra desde dentro hasta ahogarte. El dolor al respirar se vuelve largo; no es filoso, es más bien una caricia gélida, quemante, que se expande por la parte media de la espalda y luego queda ahí, mientras te devora: un iceberg punzando para siempre. Así la viví yo hace algunos años, y debo decir que aún siento una fina aguja de hielo cada vez que me resfrío.
La tuberculosis es una enfermedad infecciosa causada por Mycobacterium tuberculosis, y ha representado un desafío constante a lo largo de la historia debido a sus profundas repercusiones sociales. Se estima que este género bacteriano tiene más de 150 millones de años de antigüedad. En la Edad Media, por ejemplo, la escrófula —una forma de tuberculosis que afectaba los ganglios linfáticos— era conocida como “el mal del rey”, pues se creía que podía curarse mediante el toque de algún monarca. No fue sino hasta 1720 que el médico inglés Benjamin Marten propuso su origen infeccioso. Más adelante, los sanatorios se consolidaron como uno de los principales espacios de tratamiento, instalando una lógica de aislamiento que marcaría no solo la medicina, sino también la experiencia misma de la enfermedad: una soledad larga, introspectiva.
Hay lugares que cambian de nombre, pero no de forma. Espacios que alguna vez albergaron cuerpos consumidos por la tuberculosis y que, con el paso del tiempo, comenzaron a recibir otras formas de enfermedad: aquellas que no se alojan en los pulmones, sino en la mente. Así me encontré con un lugar que parece suspendido en el tiempo, una construcción que resguarda tanto el silencio como la agonía: la ruta de los exiliados del aire, de quienes padecieron y fueron reunidos en espacios como la Casa de Salud de Mujeres Carolina Deursther.
Ubicada en San José de Maipo, es una construcción embelesada en el tiempo, donde la arquitectura aún parece responder a una lógica antigua de cuidado y encierro. Grandes ventanales, corredores amplios, una disposición pensada para que el aire circule, como si alguna vez se hubiese creído que la cura podía entrar con la luz de la mañana.
Antes de convertirse en un espacio de atención en salud mental —labor que realiza ahora, este lugar fue uno de los primeros sanatorios destinados a tratar la tuberculosis en Chile, donado por una mujer que también había padecido la enfermedad. Hay algo en ese gesto que persiste en los muros: una memoria del cuerpo enfermo, una forma de hospitalidad atravesada por la experiencia del dolor.
Años antes —en otro territorio, en otra vida— había recorrido espacios distintos y, sin embargo, extrañamente familiares. En el Hospital San Carlos, en Bogotá, los pasillos también guardaban ese ritmo contenido, esa forma de transitar en voz baja, como si el aire mismo exigiera cuidado. No lo sabía entonces, pero ya habitaba esa geografía: la de los cuerpos vigilados, la de las respiraciones medidas.
Hay una arquitectura del padecimiento que se repite, aunque cambien los nombres y los países.
Y en algún punto, sin darme cuenta, dejé de ser una simple observadora. Me detuve como una de esas tantas exiliadas del aire ante un portón antiguo y, sin entender cómo, una silla de ruedas detenida en el umbral evocó aquello que la mente guarda en sus cajones más hondos. Entonces, casi sin quererlo, comencé a seguir el hilo de una vida circular: el compás del azar, en su matemática simple, me devolvía —desde un punto fijo— el rostro de un recuerdo.
Aquella Navidad: aislada de las fiestas, la fiebre iba y venía, la tos latente. Inmóvil, por deseo de calma y por los catéteres, mi cuerpo contemplaba la pequeña ventana al fondo de la habitación 413, mientras estallaban a lo lejos las luces de la pólvora: los días felices, ocurriendo en otra parte.
El sanatorio de mujeres —la Casa de Salud Carolina Deursther— es sin duda una de las construcciones más inquietantes que he visto. No solo por la edificación en sí —ya extraordinaria—, sino por la energía que emana: una criatura que parece arrancar de la cordillera cierto misticismo. Diseñado por Ricardo Larraín Bravo y donado por Carolina Deursther en 1911, fue inaugurado el 28 de septiembre de 1919 con 35 habitaciones, convirtiéndose en un lugar crucial para el tratamiento de la tuberculosis. Su fachada ecléctica, entre madera y vidrio, asoma en las alturas de San José de Maipo como un gigante…
Ese lugar, que en su entraña conserva cierto rasgo de alivio, es también —para muchos lugareños— el hogar de espectros que deambulan y, de cuando en vez, sacuden el orden de las cosas para registrar su presencia: un halo pendular entre el mundo de los vivos y los muertos.
Las risas en los hospitales son intangibles. Estar allí es despojarse del mundo. El cuerpo se vuelve un abismo donde solo lo más puro —o lo más frágil— persiste. La enfermedad lo sabe y por eso sacude las entrañas, como si intentara abofetear la banalidad de lo cotidiano. Quizás por eso los sonidos más íntimos se adhieren a las paredes: los últimos alientos rasguñan los vidrios una y otra vez, resistiéndose a desaparecer en el olvido.
Mis noches en aquella Nochebuena tuberculosa estuvieron llenas de epifanías. Como en cuento de navidad, de Charles Dickens, recordé el pasado y padecí el presente. El futuro —no lograba dibujarlo—, no por falta de imaginación, sino por una forma silenciosa de duelo.
A las afueras del Hospital San Carlos, en Bogotá, la algarabía lograba colarse entre los árboles: cohetes de colores sobre la cabeza desnuda de la enfermedad azuzaban las plegarias. El aislamiento ocasionado por la tuberculosis es casi total: una cuarentena donde son poquísimos los rostros que atraviesan la puerta —la familia, el amigo entrañable que viene de lejos para leerte, la amiga que no abandona y te trae sus libros amados como una ofrenda—, además de médicos, enfermeras y estudiantes de medicina que alucinaban con las radiografías de tórax.
Al andar por el campo que rodea la casa de mujeres, pienso que la enfermedad es una condición que va más allá del hospital. Hay algo que remueve la raíz de quienes enferman: aunque sanen, nunca vuelven a ser iguales ante los otros. La enfermedad marca un umbral. Durante mucho tiempo, el aislamiento del paciente se entiende como una necesidad para controlar el contagio, pero ese mismo aislamiento no impide uno de los más persistentes: la indiferencia y el señalamiento.
Muchos de los lugares que acogieron a enfermos de tuberculosis —como la Casa de Salud Carolina Deursther o el Hospital San Carlos en Bogotá— pasaron, con el tiempo, a atender pacientes con enfermedades mentales y psiquiátricas. La relación no es casual: parece seguir una línea silenciosa donde el aislamiento cambia de forma, pero no desaparece.
A partir de las décadas de 1960 y 1970, el control de la tuberculosis comenzó a ser más efectivo, reduciendo significativamente sus casos. Este avance fue posible gracias a una serie de hitos científicos: desde que Robert Koch logró aislar el bacilo en 1882, hasta el desarrollo de pruebas diagnósticas, la vacuna BCG y la introducción de antibióticos.
El tetraconjugado, como lo llamaban los médicos que me atendieron, funcionó tras un largo tratamiento de nueve meses; tan largos que parecieron años. Podría decirse que me parí un nuevo cuerpo. Después de todo, una anemia severa también esculpe nuevos hábitos. Me sé afortunada, en comparación con tantos otros seres que he amado en el trasegar de libros y música, a quienes la tuberculosis se llevó en una agonía dolorosa.
Mi cuerpo cambió notablemente. Supongo que sobrevivir algo conlleva un aire de triunfo, pero también un desgaste silencioso. La respiración nunca volvió a ser la misma: el iceberg sigue en la espalda y, de cuando en vez, me recuerda su helaje.
Sin embargo, mientras la enfermedad retrocedía en el cuerpo, otras formas de padecimiento comenzaban a hacerse más visibles. Las enfermedades mentales, lejos de disminuir, han ido en aumento, ocupando —muchas veces— los mismos espacios físicos que antes alojaron a los cuerpos tuberculosos.
Al llegar a lugares que guardan tanto cuerpo en sus paredes, tanta memoria en sus cimientos, es imposible no trazar paralelos. Los diálogos interiores se someten al delicado escrutinio del pensamiento. Hay momentos en que el azar pregunta por qué se le insiste, donde la realidad parece desbordarse. Caminar, quizás, sea una de las acciones más libres del ser humano; observar, la más necesaria.
Durante este encuentro con la Casa de Salud Carolina Deursther, mi cabeza estalló en recuerdos. Tal vez por eso los fragmentos quedan aquí, en este escrito que atraviesa el tiempo y los kilómetros entre mi amada Bogotá y el bello San José de Maipo. Quedan cabos sueltos, sí. Estos lugares acogen una inefable fatalidad, y por ello habrá que seguirlos encontrando, contándolos.
Vendrán luego —como vienen los pasos por estos sitios— la enfermedad, la locura y la muerte.
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* Sombras de otras lunas
Crónicas sobre música, cine, arte y literatura escritas desde el andar. Una mujer recorre ciudades ajenas mientras la memoria regresa, obstinada, a la ciudad propia. Cada texto propone un cruce entre observación y recuerdo, entre experiencia y lectura, entre la luz del presente y las sombras de otras lunas.
** Lilian Silva
Lectora, escritora, caminante y fotógrafa
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