SOMBRAS DE OTRAS LUNAS*

Disparos en claroscuro

Por Lilian Silva**

Febrero, 2026

 

"Yo no existo sino cuando sueño."

— María Luisa Bombal, La última niebla

 

"Todo esto tenía cierto desvarío… más son muchas las veces en la vida que uno desvaría así y nada ocurre."

— María Carolina Geel

 

 

Camino por Santiago con los audífonos puestos, como si necesitara una capa extra entre la ciudad y yo. Suena Beki Bondage. Después, Violeta Parra. La música es un hilo que me sostiene entre lo que fui y lo que veo ahora. Camino porque no sé quedarme quieta en los lugares que no son míos. Camino porque leer y andar son las únicas formas que conozco de no desaparecer.

 

El Hotel Crillón aparece entre el tránsito de Agustinas como un fantasma vestido de escaparates y maniquíes. Ya no es hotel, ya no hay tazas de té, ni mozos con delantal. Solo ropa colgada, descuentos, luces artificiales. Pero la estructura persiste: mármol, caoba, escaleras anchas. Construido entre 1917 y 1919 por arquitectos europeos que soñaron un Santiago elegante, el Crillón albergó estrellas de Hollywood y bohemios, pero, sobre todo, albergó las obsesiones y las rupturas de dos mujeres que lo atravesaron con sus cuerpos y su furia.

 

María Luisa Bombal llegó en enero de 1941, con los nervios al borde, con el corazón comprimido por la ausencia de Eulogio Sánchez. Ocho años sin noticias, y allí estaba él, frente a ella, acompañado de otra mujer. Tres disparos. Falló. Pero la escritura no le falló. La última niebla, La amortajada, y sus cuentos fantásticos y trágicos hablaban de mujeres atrapadas en el deseo, de cuerpos que respiran, pero no son elegidos. Su disparo fue una frase escrita con carne y rabia, un signo que la vida no le permitió poner en el papel. Bombal entendía que algunas mujeres viven encerradas en la pasión, y que la escritura es el único acto de libertad posible.

 

 

Catorce años después, María Carolina Geel volvería al Crillón. Abril de 1955. Caminó, dudó, calculó. Tres propósitos: analgésico, tren a Mendoza, y arma. La pistola belga calibre 6.35 en el bolso. Cinco disparos exactos. Su amante cayó. No pidió perdón, no buscó compasión, no esperaba comprensión. Geel escribió con sangre una página que la sociedad llamó locura, pero que para ella fue claridad, un acto preciso, brutal, necesario. La cárcel no la domó. La soledad no la quebró. Su vida, su literatura, su acto: todo unido por un hilo que solo ella comprendía.

 

Camino entre maniquíes y luces artificiales, y ellas me acompañan. Bombal, atrapada en su escritura y en su soledad, como quien respira un aire demasiado denso para otros. Geel, clara, precisa, incendiando la memoria de quien la mira. Yo, extranjera, escucho sus pasos resonar entre vitrinas, entre peatones que no saben qué miran. Escucho el Crillón, los ecos del té, los murmullos de Hollywood, los disparos que no cesan. La ciudad es un claroscuro que ellas habitan incluso cuando ya no están.

 

 

Miro la cordillera nevada y recuerdo Bogotá: montañas verdes, inestables, a punto de ceder ante la fuerza de las casas que las invaden. Se parecen a estas mujeres: quietas, inmóviles, cargadas de presión. Camino por Santiago y siento que ellas caminan conmigo, que la escritura, la furia y la soledad se mezclan con mis pasos, con la música, con los fantasmas que se reconocen en mi extranjería.

 

El Crillón sigue de pie. Escaleras anchas, mármol, luces altas, sombras que atraviesan las paredes. El edificio aprendió a convivir con los disparos, con los secretos, con las historias que nadie ve. Yo sigo caminando, escuchando, dejando que la memoria de Bombal y Geel se mezcle con mi respiración, con mi música, con mi ciudad prestada. El claroscuro persiste, dentro y fuera de mí. Los fuegos que ellas encendieron siguen vivos. Aprenden a vivir bajo capas de ciudad, bajo capas de memoria, bajo capas de silencio.

 

Y yo camino con ellas, con sus nombres como contraseña, con sus disparos como literatura que no termina, con su claridad como lección y su locura como aire que se respira. Caminamos juntas, en un Santiago que no me pertenece, en un tiempo que no es mío, pero que me reconoce, y en cada paso, me recuerdan que algunas historias nunca se apagan: se vuelven sombra, eco, y fuego en claroscuro.

 

 

 

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* Sombras de otras lunas

Crónicas sobre música, cine, arte y literatura escritas desde el andar. Una mujer recorre ciudades ajenas mientras la memoria regresa, obstinada, a la ciudad propia. Cada texto propone un cruce entre observación y recuerdo, entre experiencia y lectura, entre la luz del presente y las sombras de otras lunas.

** Lilian Silva

Lectora, escritora, caminante y fotógrafa

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