Diez voces y muchas ausencias
"Diez escritoras colombianas en el bosque de la memoria"
“Se escribe para hallar la libertad.
Se escribe para ver el resplandor.”
— Orietta Lozano
“Las mujeres también tienen una historia que contar, aunque durante mucho tiempo nadie quisiera escucharla.”
— Marvel Moreno
Alguna vez me invitaron a un baile. Tenía por entonces unos catorce años. A decir verdad, no me gustaban los grandes salones, la exposición ni los tacones, pero sí me gustaba la música y también bailar, claro, bailar a mi manera. Aun así, no fui al baile: me quedé en casa, con mi perro sentado en las piernas, leyendo un libro que tenía como protagonista a una mujer que cambiaba la casa para poder habitarla. Entonces me di cuenta de que yo también giraba la casa, y que muchas mujeres tuvieron que nombrar para ser nombradas: nombrar la casa, nombrar el baile.
Me quedé en casa, pero a los quince tomé partido y escapé, no a un baile sino a un concierto de metal con mi gran amiga Joha. Nombré la casa y nombré muchos sentidos, porque los sentidos crecen para crear memoria. La historia tiene muchas aristas y también se hereda la desobediencia: dejar de entrar con antifaz y en puntas a los grandes escenarios; no con suntuosos vestidos, sino con la desnudez propia. Hablar desde mis lecturas es precipitarme en un camino rodeado de infinitos bosques. Yo nunca seguí la carretera, como tampoco fui al baile.
Por eso, cuando me dicen: “Nombra diez escritoras colombianas que te gusten o recomiendes”, me quedo en el umbral de esos grandes salones a los que no fui, mientras elegí otros rumbos. Nombrar diez es, de cierta forma, poner un orden en una casa. Pero mi casa está construida por páginas. El papel, como los árboles, tiene seres a pie de página; y también las páginas mudan: el viento las hace irse hacia atrás de los párpados. En la memoria del corazón no hay muros de casa.
Nací en un país donde la memoria es una página blanca en la que se puede tanto escribir como borrar, hasta que de tanto en tanto la página se rompe. Entonces aparece un sentimiento de vacío, porque donde no hay memoria el cuerpo se vuelve impenetrable a las heridas. Y un cuerpo necesita saberse vivo.
Hablar desde la lectura de mujeres me hace recordar que lo primero que leí fue un hombre: leí a José Asunción Silva y recité de memoria a Rafael Pombo, mientras mi madre remendaba en la máquina de coser los pantalones de mis hermanos y me hacía faldas a mí. También había tiempo para ponerles forros a los libros de poesía que ella había traído de su trabajo en la tipografía. Allí me encontré por primera vez con muchos poemas que se quedaron rondando desde la memoria infantil: La vaca estudiosa me hizo fiesta y lágrima con sus aventuras.
Mi madre nunca escribió, pero me heredó el placer de leer. Y como ella estuvieron mi abuela y mi bisabuela: tantas mujeres que no nombra la historia, pero que nos heredan la sangre y la memoria. En una de esas cartillas recuerdo que encontré a Sor Josefa del Castillo:
¡Señor, yo soy el ciervo
que tan sediento buscó esos raudales;
si te ofendí, protervo,
ya busco arrepentido de mis males,
y no me he de apartar de tu presencia
sin favor, sin perdón y sin clemencia!
Yo, que desconocía tantas cosas, lo leía en voz alta a mi madre, y ella, complacida, amaba la religiosidad del poema. Las autoras de aquellos versos parecían entonces casi etéreas: sus pieles las construían Dios y el hombre, y sus vidas parecían oscilar entre el claustro y la maternidad. Los matices se escondían entre los silencios. Sin embargo, incluso entre esas sombras, la mujer que —como la antigua Lilith— avanza contra todo pronóstico para servirse a sí misma fue encontrando su propia voz.
Con el tiempo aparecieron otras voces en mis lecturas. Y así como aquella noche, en el concierto de metal, Joha y yo elegimos nuestra propia banda sonora, yo también fui dejando sobre la mesita de noche pequeños papeles con los que empecé a construir mi casa.
Años después comprendí que aquella voz no estaba sola. Sor Josefa del Castillo era apenas una grieta temprana en un muro mucho más amplio de silencios. Durante mucho tiempo las mujeres escribieron como quien deja señales en el bosque: con cautela, con fervor, a veces escondidas entre devociones o en los márgenes de la historia oficial. Sin embargo, esas voces siguieron apareciendo: algunas con furia, otras con paciencia, otras con la obstinación silenciosa de quien sabe que escribir también es una forma de nombrarse a sí misma.
Con el tiempo, mi propia biblioteca empezó a llenarse de esos nombres. No llegaron por orden cronológico ni por mandato académico. Llegaron como llegan las lecturas verdaderas: por azar, por recomendación, por intuición o por esa curiosidad que nos hace abrir un libro sin saber que allí alguien nos estaba esperando. Quienes amamos los libros sabemos que siempre hay algo que nos mira desde los anaqueles.
Nombrar diez escritoras colombianas, entonces, no es para mí un ejercicio de canon ni de jerarquía. Es más bien una forma de reconocer algunas de las voces que me han acompañado en este recorrido de lectora. Diez voces que abren caminos, aun sabiendo que detrás de ellas permanecen muchas más, todavía en los márgenes de la memoria.
Entre esas voces aparece, por ejemplo, Marvel Moreno, cuya escritura desmontó con lucidez las estructuras sociales del Caribe colombiano y reveló las tensiones ocultas bajo la aparente armonía de sus salones familiares.
También está Albalucía Ángel, cuya obra irrumpe con una libertad formal que desacomoda cualquier expectativa. Leerla es entrar en un territorio donde la lengua se mueve con rebeldía y donde la memoria, el cuerpo y la historia se entrelazan para transformar el ordenado jardín en una casa de hierba insumisa.
En Fanny Buitrago encontré otra forma de mirar el país: una mirada aguda, a veces irónica, capaz de revelar las fisuras de la vida cotidiana, porque es allí donde se cuece el trasfondo del país y de sus rostros.
Helena Araújo escribió desde un lugar incómodo y lúcido. Con una prosa aparentemente serena, pero cargada de pensamiento crítico, exploró la memoria, el cuerpo y las estructuras que silencian; observó con cuidado el hilo bordado por una generación de Scherezadas criollas.
La poesía de Orietta Lozano se mueve en un territorio íntimo y profundo, donde el deseo, la fragilidad y la fuerza interior dialogan con una intensidad silenciosa. Orietta, como el azar de la lluvia en Bogotá, me encontró a mí en un momento en que la maternidad me volvía hacia sus ritos iniciáticos y en el que yo seguía acomodando mi casa.
Mary Grueso Romero trae a la literatura la fuerza de la oralidad afrocolombiana. Su palabra nace del territorio y de las memorias colectivas transmitidas de generación en generación, una musicalidad que también reconoce el engranaje de la violencia.
La escritura de Berichá nace desde la memoria indígena y la defensa de la lengua. En sus textos la palabra no es solamente literatura: es territorio, historia y continuidad cultural; una resistencia ante ese olvido que, como ficha de dominó, cae una y otra vez intentando acallarlo todo.
Blanca de Moncaleano representa una figura singular dentro de la historia intelectual latinoamericana. Su pensamiento anarquista y su escritura política se vincularon profundamente con las luchas sociales y con la defensa de ideas libertarias —libertarias en su sentido histórico, nacidas de las tradiciones anarquistas y no de las apropiaciones recientes que ciertos discursos de derecha han hecho del término—. Desde su palabra combativa y su compromiso con las causas emancipadoras de su tiempo, Moncaleano participó activamente en la circulación de ideas que cuestionaban las jerarquías sociales, el orden patriarcal y las estructuras de dominación. Con Blanca de Moncaleano entendí que la casa sabe arder, y le dio lumbre a la mía.
En una generación más cercana aparece Pilar Quintana, cuya narrativa ha situado en el centro historias donde el cuerpo, la naturaleza y los vínculos humanos se encuentran atravesados por tensiones profundas; en ella la carne y la sangre se detienen en la fisura, reconocen su propia forma, su relato, su causa y, por supuesto, sus pliegues.
Y en la poesía de Matilde Espinosa encontramos una voz que explora la existencia, la memoria y el tiempo desde una sensibilidad que busca comprender las resonancias interiores de la experiencia humana; ella, sutil y lúcida, camina entre espacios, contemplativa pero no ausente.
Podría nombrar muchas más. En mi biblioteca también aparecen las voces de María Mercedes Carranza, Nana Rodríguez Romero, Luz Elena Cordero, Clemencia Tarifa, Olga Bula, Liliana Cadavid, Claudia Múnera, Sonia Truque y Lucía Estrada, entre otras tantas. Cada una abre otro sendero dentro de ese bosque de escrituras femeninas que continúa creciendo, en ese hábitat silencioso, innombrado por momentos, pero latente e inconmensurable.
Nombrar diez es apenas un gesto: un modo de señalar algunos árboles dentro de un bosque mucho más amplio. Porque la literatura escrita por mujeres en Colombia no es una lista cerrada ni una genealogía fija; es una conversación en movimiento, una memoria que sigue escribiéndose.
Tal vez por eso vuelvo a pensar en aquella invitación al baile a la que nunca fui. Mientras algunos salones siguen iluminados por los nombres de siempre, otras voces han preferido caminar por senderos menos visibles. Allí, entre páginas, memoria y desobediencia, muchas mujeres han ido construyendo su propia casa en la literatura, su propia danza.
Y quienes leemos esas voces sabemos que cada libro abre una puerta más en ese bosque donde todavía quedan muchas historias por nombrar, donde las páginas no descansan y se tambalean entre su propia luz interior.
Su torrentera insomne
desdibuja los rostros
en su delirio de piedras y raíces.
— Matilde Espinosa
Lilian Silva*. Marzo 7 de 2025
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* Lilian Silva
Lectora, escritora, caminante y fotógrafa
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Nana Rodríguez (viernes, 13 marzo 2026 16:21)
Gracias, Lilian por tus lecturas , tus miradas y todo el tejido que realizas a través de la literatura de las mujeres en Colombia, incluída, por supuesto, la tuya.
Denice Valencia (viernes, 13 marzo 2026 13:04)
Un tributo sencillo a grandes escritoras que nos abrieron el camino y nos siguen inspirado hoy...
Luisa Luna (viernes, 13 marzo 2026 12:04)
Que bellas escritoras, gracias Lilian