El aleteo de lo impropio
o la revolución de no negarse
Por Arturo Hernández González*
Julio, 2026
«Perder algo siempre aumenta las distancias que llevamos en nosotros»
Lars Saabye Christensen
Lenguaje que respira en el vendaval del habla; poesía del asombro desapercibido: materia verbal donde lo eterno se diluye «en la manifestación efímera de lo vivido»: así es El aleteo de lo impropio (Corporación cultural Entreletras, 2026) de la poeta colombiana Martha Valencia. Esta obra, articulada en secciones que transitan de la conjetura de la pérdida a la interpelación de los adioses, es una cartografía del latido que persiste cuando todo parece haberse marchado, una elucubración del recuerdo que no se resigna al silencio…
Este poemario celebra en igual medida la magia sonora de quien se ve escuchándose y el valor de emprender «la revolución de no negarse». Desde el primer movimiento del libro, la autora se sitúa en el filo de una paradoja luminosa: «(...) di por hecho que mi cuerpo desnudo ante el asombro / era razón suficiente para asumir que vivía». No hay aquí complacencia en la herida, sino una suerte de epistemología de la presencia: estar, aún en la intemperie, como forma suprema de conocimiento. Esa misma voz, más adelante, confiesa: «He caminado lento en este vendaval del habla», y en esa lentitud se cifra una poética: la de quien no forcejea con el lenguaje, sino que lo deja acontecer como un clima, como una respiración que atraviesa «las calles ciegas de la duda».
Hay en esta obra algo del temblor contemplativo de Pizarnik, del asombro ante lo minúsculo de Mary Oliver, de la obstinación por nombrar lo doméstico como territorio sagrado que aparece leve en Chantal Maillard. Pero la voz de Martha Valencia no se deja reducir a esas afinidades: la suya es una búsqueda que hace de lo cotidiano materia de revelación. «La vida se esconde tras la hierba que crece sin la avenencia de lo pulcro», escribe, y luego añade como quien descorre un velo: «(...) el asombro pasa desapercibido, / me detuve y observé atónita, / como quien descubre que lo bello / deambula entre los azotes de la tierra firme». Ese asombro —sintagma que ya es en sí mismo un hallazgo— constituye el núcleo ético y estético del libro: no se trata de buscar lo extraordinario, sino de aprender a mirar lo ordinario con la intensidad de quien presencia un milagro… de quien ve la rosa hasta hacerla añicos…
Una de las decisiones formales más reveladoras del poemario es la proliferación de verbos en infinitivo con que culminan muchos poemas: volver, atravesar, caer, salir, vivir. El infinitivo, que no se ata a persona ni a tiempo gramatical, funciona aquí como un horizonte de posibilidad pura, como si cada poema no terminara realmente, sino que se abriera a una acción por venir. Esa gramática del umbral dialoga con otra convicción de la autora: «todo ritual augura el tránsito del viento». La poesía, entonces, es ritual que anticipa metamorfosis; el poema, un espacio donde lo impropio —lo que no nos pertenece del todo, lo que está siempre por hacerse— encuentra su aleteo.
La poeta se vuelve hacia «el lado angosto del asombro», y ese gesto de inclinación hacia lo estrecho, lo casi invisible, alcanza su máxima intensidad cuando el libro se abre a la dimensión maternal. Allí la voz poética no proclama ni alecciona: materna con palabras. Y lo hace con una declaración que es también un augurio: «Vaticino para tu libertad la extensión del firmamento». En esa línea se condensa el proyecto subterráneo que recorre el corpus de la obra: diluir lo eterno en lo efímero, sí, pero también elucubrar lo vivido como un absoluto portátil que se hereda, se susurra, se deja ir, volar…
Hay proyectos subcutáneos en estos poemas, proyecciones mayúsculas que no necesitan alardes. La poesía de Martha Valencia se hace transparente no por falta de espesor, sino por una decantación rigurosa de la mirada. Ella no se lee, recordemos, se ve escuchándose, atestiguando su propia perplejidad ante el mundo. «Yo que me nombro en las calles ciegas de la duda / y me entrego a la materia de todo cuanto se construye», dice, y en esa entrega resuena lo que podríamos llamar, y finalmente, una política del asombro: la decisión de no negarse a la vida que duele y construye, a la pérdida que aumenta las distancias interiores, a lo bello que deambula entre los azotes de la vida misma manifiesta en su trasegar anonadado.
Decía Joubert que el autor debe perseguir un «estilo amigo del recuerdo». Eso, precisamente, ha logrado Martha Valencia: hacer de su poesía una extensión de su memoria-toda, del absoluto del atrás que la ha hecho lo que es y del presente-futuro en el que agencia su libertad más urgente. El aleteo de lo impropio es la bitácora de un corazón despierto al mundo: un mapa donde lo perdido no desaparece, sino que permanece en aleteo —impropio, terco, luminoso— y en el reverso del temporal fresco, ligero y sabio o en la canícula nepente de los días.
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Martha Valencia: (Villavicencio, 1984). Abogada y poeta. Hizo parte del taller de Poesía Ciudad de Bogotá – Los Impresentables 2024, y fue integrante del taller de escritores de la Corporación Cultural Entreletras. Sus poemas han sido difundidos a través de portales culturas y revistas digitales, entre las que se encuentran: Alter Vox Media, Soy Karmika, Sinergia Poética, Voces de Mujeres, Revista Kametsa, La Poesía del Prójimo, Santa Rabia Poetry. Sus textos han sido divulgados en la revista digital Amanecer Llanero del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Villavicencio, en sus ediciones 1 y 2. Ha participado en las antologías poéticas denominadas: Voces en el viento de la Editorial Zarracatalla Poética, Hágase el poema de la Editorial Tintapujo, y Rapsodia del Alma de la Casa Editorial Mítico.
*Arturo Hernández González: Poeta, traductor y docente colombiano, especialista en pedagogía y magíster en literatura y cultura. Su obra ha sido premiada e incorporada en publicaciones de importantes medios culturales y literarios, así como traducida al italiano, rumano, búlgaro, francés, inglés, griego, albanés y coreano. Es autor de obras como Olor a Muerte (2011; 2012), Breviario de lo incierto (2017; 2024), Presagios del insomnio (2025) y Terca materia inexacta (2025). Ha recibido el I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (México, 2017), el IV Premio Nacional Plenilunio de Poesía ‘Leopoldo de Quevedo y Monroy’ (Colombia, 2023), el IV Concurso poético ‘Cezarina Dos Santos Álvarez’ (Uruguay, 2023) y fue finalista del XII Concurso Nacional del cuento La Cueva (2025). Dirige desde hace más de una década la Revista internacional de cultura y artes Noche Laberinto y la Editorial Toská.