El cóndor andino sigue bajo amenaza

Por Sandra Uribe Pérez
Julio de 2026


“No nos podemos dar el lujo de perder los cóndores (…) Pero si el cóndor se va es exclusivamente por la sociedad de consumo, porque es una sociedad que va por todo. Va por la tierra, va por el agua, va por el aire. Va por todo”.
Luis Jácome, biólogo y presidente de la Fundación Bioandina (Argentina)

 


El cóndor andino (Vultur gryphus) –esta especie emblemática y majestuosa que surca las estribaciones de la cordillera de los Andes desde tiempos ancestrales– aparece categorizado como “vulnerable” en la “Lista roja de especies amenazadas” emitida por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Si bien, todavía no se encuentra en el punto de no retorno para su conservación (en correspondencia con los parámetros de World Wildlife Fund—WWF), existe una alerta global para salvarlo y evitar su desaparición, teniendo en cuenta la fragmentación y el declive poblacional. Por ello, el Día Internacional del Cóndor Andino –que se celebra cada 7 de julio en varios países de América del Sur– es una oportunidad para recordar la urgencia de ejercer acciones inmediatas y generar redes de apoyo con el fin de promover su preservación. 


Los mayores desafíos que enfrenta la especie se relacionan con la pérdida de hábitat por prácticas agrícolas devastadoras, el envenenamiento causado por el uso de cebos tóxicos para controlar a los grandes carnívoros o depredadores, la caza furtiva e ilegal y los accidentes que ocurren por cuenta de los cables de alta tensión y la infraestructura de la energía eólica, entre otros, que se suman a la alteración de los patrones climáticos en las regiones en las que habita; esto es, desde la Tierra del Fuego (Chile y Argentina) hasta Venezuela (aunque aquí ya se declaró una posible extinción), pasando por Perú, Bolivia y Colombia.


Y es que su importancia para los ecosistemas es fundamental, pues al ser un ave carroñera (y no cazadora, como creen los que la atacan) presta un servicio invaluable al ambiente, dado que se encarga de retirar los animales muertos y limpiar los campos de enfermedades y posibles focos de infección. Adicionalmente, gracias a que puede abrir el cuero de animales grandes con su pico, otros carroñeros de menor tamaño también pueden alimentarse. De hecho, su presencia puede ser un bioindicador con respecto a la salud ambiental de un lugar, puesto que ayudan a reducir el riesgo de contaminación y a conseguir el equilibrio ambiental.


Un símbolo patrio y cultural


Más allá de su belleza y relevancia ecológica, cabe recordar que el cóndor de los Andes es un símbolo patrio para cuatro países de la región, ya que hace parte de los escudos nacionales. Mientras que en Ecuador representa el poderío y la grandeza del pueblo, en Bolivia significa la protección y custodia de la soberanía de la nación, en Chile es símbolo de fuerza y, en Colombia, es el emblema de la libertad, que se ve reforzado por las alas desplegadas y la corona de laurel en el pico. De allí que estas naciones tengan una responsabilidad compartida por su supervivencia.


De igual modo, encarna un potente simbolismo cultural en la cosmovisión de los pueblos originarios de la cordillera que llega hasta la Patagonia. Tal como se menciona en el documental El guardián de los cielos: la historia del cóndor andino, de JUCOHeadShot, “para los Incas era un dios inmortal”. También se considera un ser especial por la conexión que implica entre el mundo espiritual y terrenal, cuyo rol es el de un mensajero celestial y guardián de las montañas que deja en evidencia una relación sagrada con la naturaleza.


En el ámbito cultural, también es pertinente recordar la pieza orquestal “El cóndor pasa”, reconocida como un ícono de la música tradicional andina, que fue compuesta en 1913 por el artista peruano Daniel Alomía Robles. La idea original fue desarrollada para una zarzuela, pero ha logrado convertirse en el segundo himno nacional del Perú y en patrimonio cultural de este país; además, cuenta con más de 4.000 versiones, y se han escrito cerca de 300 letra s, entre ellas, “If I Could”, la versión más reconocida en lengua inglesa, por cuenta de Simon & Garfunkel. Su hermosa melodía nos conecta con el sonido del viento en las altas montañas de los Andes y nos recuerda toda la mística y la grandeza del espíritu que hay en torno a este gigante monarca de los Andes. Sólo queda esperar que el cóndor pase y siga pasando –envuelto en el misterio que lo caracteriza y sin extinguir su huella–, para navegar los cielos andinos y contemplar con altivez los territorios de los cuales depende su vida y la de sus polluelos: los páramos, las cumbres nevadas, los bosques altoandinos y algunas zonas secas, entre otros. De allí la importancia de enfocarse también en el cuidado de su hábitat natural.


La tarea de las ONG


Para que esto ocurra, la cruzada que se ha emprendido en los diversos territorios de Suramérica ha dado frutos, pero todavía hay mucho por hacer para que no se considere una especie vulnerable ni en peligro crítico. En el Cono Sur, por ejemplo, se registra un trabajo comprometido por parte de varias ONG, pero en particular se rescata el trabajo de la Fundación Bioandina, la Fundación Temaikén, la Fundación Biodiversidad, el Ecoparque de Buenos Aires y el Fondo Patagónico para el Cóndor, en Argentina, cuyo caso ha sido visibilizado a través del documental Argentina: salvar al cóndor andino, de ARTE.tv Documentales. Allí, se evidencia la ardua labor de los biólogos Luis Jácome y Vanesa Astore, quienes consiguieron criar 83 pichones en 33 años (en condiciones de cautiverio), y cuyo trabajo, no obstante, se vio duramente golpeado por un episodio ocurrido en 2018, en el que 34 cóndores aparecieron muertos el mismo día. En todo caso, aquí se han rescatado 494 individuos y se estima que existen cerca de 1.000 ejemplares en esta zona del continente.


En los demás países también se han hecho alianzas para generar programas de recuperación ante el colapso de la población. En el caso de Ecuador, en este mismo documental se menciona el caso de la Reserva Chakana, un terreno de conservación localizado a 60 km al sureste de Quito, en el que funciona un santuario natural con registros de hasta 40 individuos, algo crucial para la conservación.


Por su parte, en Chile, la especie se distribuye geográficamente hasta el extremo sur. Con sustento en la responsabilidad ética y biológica, buena parte de los esfuerzos se ha concentrado en proteger los sitios de anidación y las rutas de vuelo. Incluso se gestó una alianza de cooperación internacional con Colombia, y en 2015 enviaron tres parejas de cóndores para aportar a su repoblación. Es común que los investigadores, a lo largo de Suramérica, utilicen tecnología con rastreadores satelitales (GPS) y bandas alares para hacer el seguimiento luego de su liberación, lo cual acarrea costos altos que, en algunos casos reciben aportes de zoológicos, entidades francesas, donaciones o incluso el apoyo técnico y financiero de la NASA.


Para el caso del Perú, se estima una población de 273 individuos. En el documental Cóndores, la ruta de la conservación, del Ministerio del Ambiente de este país, muestran el turismo sostenible como estrategia de conservación, por ejemplo, en Ayacucho y el cañón de Mayobamba, y lo vinculan a ceremonias sagradas y danzas de agradecimiento a los cerros que se constituyen en poderosos guardianes (Apus), de modo que se ponga en valor el conocimiento ancestral y el respeto por la especie, para establecer compromisos por parte de la comunidad.


En cuanto a Colombia, las poblaciones del ave nacional han tenido una disminución significativa, pues el censo realizado en 2021 arrojó la cifra de 63 ejemplares en todo el país, aunque ahora se calcula que existen unos 150 ejemplares en libertad, de acuerdo con datos del Portal Noticias Ambientales.com. Por otra parte, en reportes hechos por Los informantes, Noticias Caracol y La Razón.co se ha hecho evidente el trabajo entre diversas entidades y ONG. Desde 2012, por ejemplo, se creó el Programa de Conservación del Cóndor Andino en Colombia, desarrollado por la Fundación Parque Jaime Duque. También han jugado un rol crucial el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible mediante el acuerdo suscrito con el Instituto Alexander von Humboldt, a la par con la labor de las Corporaciones Autónomas Regionales (CAR). Estos procesos han dado como resultado estudios poblacionales y el establecimiento de “guardacóndores comunitarios”, especialmente en el Páramo del Almorzadero en Santander.


En entrevistas hechas por diversos medios a Fernando Castro –director de Gestión de Biodiversidad de la Fundación Parque Jaime Duque– este ha relatado, en ocasiones al borde del llanto, la alegría que significa poder aportar a la preservación de esta especie mediante la cría de polluelos y la eclosión asistida, que ha sido exitosa gracias a la financiación para intervención técnica especializada, incubación de precisión y sistemas de monitoreo. En particular, fue conmovedor presenciar al cuarto nacimiento de la especie por incubación artificial; así, Catleya llega para acompañar a Rafiki, Wayrá y Ámbar, que pronto estarán surcando los cielos colombianos. También cabe resaltar el hallazgo, en Santander, de un nido activo en estado silvestre, un hito revelado por el Canal Caracol.


De cualquier modo, la tarea para proteger al ave voladora más grande del mundo no es nada fácil, pues hay intereses económicos de por medio (asociados a la ganadería, la agricultura intensiva y la minería, entre otros) que pueden afectar el agua y los ecosistemas en diferentes lugares de la región. Por otra parte, hay desconocimiento sobre el rol ecosistémico que cumplen los cóndores, y sobre sus características (como el hecho de que no sean depredadores sino carroñeros), lo que amerita un esfuerzo adicional en sensibilización y educación ambiental con las comunidades aledañas a sus zonas de influencia, que permita eliminar el uso de trampas con veneno o la caza indiscriminada.


¿Qué falta saber sobre los cóndores?


Hay datos que no pueden pasar desapercibidos sobre el cóndor andino (Kuntur en quechua): su peso y tamaño (hasta 15 kg y una envergadura de 3 metros al desplegar sus alas); su condición de monógamos (su pareja dura toda la vida y su tasa de natalidad es baja: un huevo cada dos o tres años); su visión extraordinaria (pueden localizar un cadáver a kilómetros de distancia); su destreza para el vuelo (pueden volar sin mover sus alas durante un trayecto de hasta 300 km, y sin gastar mucha energía, pues aprovechan las corrientes de aire caliente que les permiten ascender en espiral hasta 6.500 metros sobre el nivel del mar); su forma de expresar las emociones (mediante el cambio del color en la piel); su longevidad (puede superar los 70 años); y el hecho de que no fabriquen nidos (buscan riscos altos, grietas inaccesibles o cuevas en paredes verticales que les permitan protegerse de la intemperie y los depredadores). 


Esperemos que muchas generaciones más tengan el privilegio de ver cruzar un cóndor en el horizonte. Urge proteger el milagro de nuestro patrimonio biocultural para garantizar el equilibrio natural.

 

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