Madres colombianas
“Herencia de una historia por reconciliar”
Por Édgar Rodríguez Cruz
Mayo, 2026
A la Gracielita, mi mamita que finalizó su camino
convertida en una niña de 87 años
a mamá Martha, quien me adoptó en el momento aciago
y me enseñó a agradecer a la vida diciendo “pai” desde el corazón
En el marco de la celebración del “Día de la madre” se manifiesta la inquietud por nuestra genealogía y ancestralidad. Es decir, indagar de dónde venimos para saber quiénes somos y así proyectar hacia dónde vamos.
Colombia es una nación profundamente mestiza, con una identidad histórica y cultural que no puede comprenderse desde una sola ascendencia étnica o cultural, sino desde el encuentro —muchas veces violento— entre pueblos indígenas originarios, comunidades africanas traídas forzosamente mediante la esclavización y poblaciones europeas llegadas durante la invasión española de los siglos XV y XVI. La posición geográfica del territorio colombiano, ubicado en la esquina norte de Suramérica, con acceso al mar Caribe y al océano Pacífico, convirtió a estas tierras en uno de los principales puntos de entrada de la colonización europea al continente. Desde aquí se organizaron expediciones militares, rutas comerciales, sistemas de extracción de oro y mecanismos de dominación política y religiosa que marcaron para siempre la configuración social del país.
El historiador colombiano Germán Arciniegas afirmaba que América Latina nació del “choque de mundos”, una expresión que resume la magnitud del encuentro entre civilizaciones que poseían visiones radicalmente distintas de la vida, el territorio y la espiritualidad. En el caso colombiano, dicho encuentro produjo una sociedad múltiple y diversa, pero también profundamente atravesada por la violencia. La llamada “Conquista” no fue un proceso de sincretismo cultural pacífico, todo lo contrario, fue, ante todo, una empresa militar y económica basada en el saqueo, la imposición religiosa y la subordinación de los pueblos originarios.
Las investigaciones de Orlando Fals Borda y Manuel Zapata Olivella muestran que la historia de Colombia no puede explicarse únicamente desde la perspectiva europea, sino desde las resistencias indígenas y africanas que sostuvieron culturalmente la supervivencia de las comunidades sometidas. Zapata Olivella, particularmente en su obra “Changó, el gran putas”, reivindicó a través de la literatura el papel de África en la construcción espiritual y cultural del continente americano, recordando que buena parte de la identidad latinoamericana nació también del dolor de la esclavitud y del desarraigo.
Aunque durante siglos élites monocromáticas intentaron construir, artificiosamente, una narrativa nacional basada en el ideal eurocéntrico cultural y racial, la realidad biológica y social del país cuenta otra historia. La mayoría de la población colombiana posee ascendencia mixta, con una fuerte presencia materna indígena y africana, mientras que gran parte del linaje paterno tiene origen europeo, principalmente del Mediterráneo. Esta configuración genética refleja el hecho histórico doloroso, que durante la colonia miles de mujeres indígenas y africanas fueron sometidas sexualmente por conquistadores, encomenderos, sacerdotes y colonizadores europeos.
La antropóloga Nina S. de Friedemann señaló que el mestizaje latinoamericano no puede romantizarse sin reconocer las relaciones de poder que le dieron origen, pues, en muchos casos, la mezcla racial fue producto de violaciones, servidumbre forzada y dominación estructural. Por ello, detrás de la identidad mestiza colombiana existe una memoria histórica marcada por la herida colonial. Sin embargo, también existe una extraordinaria capacidad de resistencia y cuidado encarnada en aquellas mujeres originarias y africanas que, aun en medio del sufrimiento, protegieron a sus hijos e hijas y transmitieron saberes, afectos, lenguajes y formas de entender el mundo.
En este sentido, la celebración del Día de la Madre en Colombia adquiere una dimensión histórica y espiritual mucho más profunda que la simple conmemoración comercial contemporánea. Celebrar a las madres implica también reconocer a esas tatarabuelas indígenas y africanas que sostuvieron la vida en medio de la barbarie colonial. Ellas fueron las guardianas silenciosas de la memoria colectiva, gracias a su cuidado, a su capacidad de amar incluso en condiciones extremas y a su resistencia cotidiana, hoy existen millones de colombianas y colombianos que continúan buscando construir un país en Paz, más justo y humano.
La noción andina de la Pachamama, entendida como madre tierra y origen de toda vida, ofrece una poderosa metáfora para comprender esta herencia. De igual manera, la memoria de Mama África representa la raíz profunda de la espiritualidad afrodescendiente que llegó al continente pese a la violencia del tráfico esclavista. Ambas tradiciones comparten cosmovisiones basadas en el culto y respeto a la vida, vida comunitaria, protección de la niñez, respeto por mayoras y mayores y relación armónica con la naturaleza. En contraste, el modelo colonial impuesto por Europa durante la modernidad temprana privilegió relaciones verticales de poder, acumulación material, jerarquía racial, invasión y dominio territorial, explotación de la naturaleza y esclavización de seres humanos.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió en “Las venas abiertas de América Latina” que “la división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”. La conquista española significó precisamente la inserción forzada de América en un sistema económico global basado en la extracción de riqueza para beneficio europeo, así oro, esmeraldas, mano de obra esclavizada y territorios enteros fueron convertidos en mercancía. Colombia, por su ubicación estratégica, fue uno de los principales escenarios de esa economía colonial.
No obstante, reducir la historia colombiana únicamente al trauma de la violencia sería insuficiente e injusto, pues, el mestizaje también produjo expresiones culturales extraordinarias, como músicas, gastronomías, lenguajes populares, fiestas religiosas, celebraciones sincréticas y formas mezcladas únicas de identidad que hoy constituyen la riqueza cultural del país. La cumbia, el bullerengue, el bambuco y múltiples tradiciones regionales son el resultado de siglos de interacción entre pueblos diversos. Colombia es plural, precisamente, porque nació del encuentro entre múltiples memorias y tradiciones civilizatorias.
Sin embargo, para asumir honestamente esa diversidad implica reconocer también las responsabilidades históricas que la encarnan, ya que la sociedad colombiana aún arrastra profundas desigualdades raciales y sociales heredadas de la colonia. Los pueblos indígenas, afrodescendientes y campesinado mestizo continúan siendo, en muchos casos, las comunidades más afectadas por la pobreza, el desplazamiento y la violencia. El racismo estructural no desapareció con la independencia política del siglo XIX; simplemente adoptó nuevas formas.
Por ello, pensar el Día de la Madre desde una perspectiva histórica puede convertirse en un acto de memoria y reconciliación nacional. Reconocer a esa abuela indígena o africana que origina nuestro árbol genealógico significa aceptar que Colombia nació tanto del dolor como de la resistencia. También implica reconciliarnos con aquellos antepasados europeos que participaron de la violencia colonial. No se trata de justificar sus actos, sino de comprender que el odio heredado no puede ser el sentimiento que fundamente el futuro.
La reconciliación histórica exige memoria, verdad y transformación ética. Perdonar no significa olvidar la crueldad de la invasión, la esclavitud o el despojo, significa impedir que esa violencia siga reproduciéndose en el presente, pues una sociedad reconciliada con su pasado puede construir relaciones más humanas y solidarias. Para Colombia, un país marcado por guerras, conflictos internos y exclusión social, esta reflexión adquiere una importancia significativa, fundamental y transformadora.
La filósofa Hannah Arendt sostenía que comprender el pasado es una condición necesaria para impedir la repetición de la barbarie. Colombia necesita precisamente ese ejercicio de comprensión histórica, reconocer que somos hijos e hijas de múltiples mundos, resultado de encuentros complejos y contradictorios, pero unidos por una herencia común profundamente femenina y popular.
En última instancia, la historia de Colombia puede entenderse como la historia de millones de mujeres anónimas que protegieron la vida pese a la violencia de su tiempo. Mujeres indígenas, africanas, campesinas y mestizas que hicieron posible la continuidad de generaciones enteras. Celebrar a las madres colombianas es también honrar esa memoria colectiva y asumir el compromiso de construir un país donde la niñez sea protegida, donde mayoras y mayores sean respetados y donde la diversidad cultural deje de ser motivo de discriminación para convertirse en fundamento de dignidad e identidad nacional.
Colombia podrá reconciliarse, verdaderamente, consigo misma, abrazándose con la Pachamama y la Mama África como parte esencial de su origen, reconociendo las heridas de la historia colonial y transformando esa memoria en un proyecto intercultural ético de justicia, cuidado y humanidad para las futuras generaciones.
ROSAURA MESTIZO (domingo, 24 mayo 2026 07:20)
En efecto, la celebración a la madre, tiene dos maneras para entender tal celebración.
Una desde lo religioso que exalta una gracias de esclavitud, de ahí la situación desde lo religioso de una fecha en mayo. MADRE VIRGEN, sinónimo de sumisión., porsupuesto de carácter religioso. Bueno pues no niega la trascendencia de la iglesia, en esta como en casi todas las festividades. Lo cierto es que acaparar sentimientos en botellas y copas, como se festeja, parece más el carnaval del mercado y la economía, clmo los nuevos padres de la humanidad.
Rocío Gutiérrez (lunes, 11 mayo 2026 16:19)
El artículo invita a reflexionar sobre la violencia que han atravesado la mayor parte de las mujeres en el campo y muchas de las mujeres pobres en las ciudades. Invita a preguntarse sobre la manera como construimos las relaciones con el otro, bajo lógicas muy violentas frente a los cuerpos, al trabajo, en la disputa por la tierra. Sin embargo el artículo es amoroso y una manera de asumir que en nuestra memoria no estamos exentos del trauma o del conflicto. Hay que seguir trabajando en la dignificación y el trabajo de las mujeres.
Gilberto Vallejo Moreno (lunes, 11 mayo 2026 15:05)
Y ni que decir del rescate, la comprensión y la tan necesaria apropiación (por parte de la ciencia) de los conocimientos y los saberes tradicionales, asunto, al que la apuesta la iniciativa de la renovada política de educación ambiental del país.
Splendida (lunes, 11 mayo 2026 11:15)
Una análisis profundo y sintetizado de varias perspectivas con relación a las mujeres en el contexto latinoamericano.
Luisa Gutierrez Cantante (lunes, 11 mayo 2026 10:46)
Excelente articulo, en nosotras las mujeres, está el poder para cambiar el curso de la historia, apalancadas por hombres sabios, respetuosos y comprometidos.
Blanca Ramírez De Salazar (lunes, 11 mayo 2026 09:48)
Completamente cierto, me identifico con este escrito.
Ruby Romero (domingo, 10 mayo 2026)
Gracias recordado Edgar por esta reflexión. La madre siempre será madre y su esencia protectora prevalece sobre cualquier circunstancia.
Marisol Palacio Cepeda Centro de Pensamiento Crítico FIBESJ (domingo, 10 mayo 2026 18:28)
Es cierto, madres víctimas de la pobreza, las violencias y el desplazamiento forjaron sociedades enteras con su propio lenguaje, culturas e identidades. Imposible olvidarlas y no continuar con su legado desafiante de los sincretismos y ralentizaciones característicos de cosmogonias y mundos patriarcales…
Lilia Gutiérrez Riveros (domingo, 10 mayo 2026 16:01)
Muchas a Quira Mediis y especialmente para Edgar Rodriguez por este artículo pleno de reflexión acerca de nuestros orígenes. Comprender de dónde venimos nos permite valorar a nuestras madres, abuelas, tatarabuelas que, fueron incansables en el cuidado de la Vida. Gracias a ellas aquí estamos y nuestro compromiso en su nombre, es y será cuidar y valorar la vida
Diego Fernando (domingo, 10 mayo 2026 13:35)
Somos una vida y todas las vidas. Gracias profe!
Francy Alvarez (domingo, 10 mayo 2026 10:11)
Gracias por recordar que somos raíz, que nace del dolor pero que convierte con amor y protección este sincretismo para fue sus frutos sean únicos y su semilla más dulce.