Futbolización de la democracia

“Una mirada desde la comunicación política”

Édgar Rodríguez Cruz

Junio, 2026

 

 

La democracia contemporánea enfrenta una tensión creciente entre dos modelos opuestos de participación política. Por un lado, persiste la aspiración de construir democracias deliberativas, en las que la ciudadanía participa activamente en la discusión de los asuntos públicos, analiza propuestas y toma decisiones informadas. Por el otro, avanza un modelo de comunicación política que transforma las elecciones en escenarios de confrontación emocional, donde el debate racional es reemplazado por la lógica del espectáculo, la polarización y la adhesión pasional.

 

La teoría política contemporánea sostiene que el desarrollo democrático apunta hacia mayores niveles de participación, deliberación y control ciudadano. En este marco, autores como Jürgen Habermas han planteado que una democracia madura no se limita al acto periódico de votar, sino que exige una ciudadanía activa, informada y capaz de intervenir en las decisiones colectivas mediante el diálogo y la argumentación racional.

 

Desde esta perspectiva, la calidad de una democracia no depende únicamente de la existencia de elecciones libres, sino también de la capacidad de la sociedad para debatir críticamente, contrastar ideas y participar de manera respetuosa en igualdad de condiciones.

 

En una línea similar, Antonio Gramsci sostuvo que la democracia alcanza su nivel más alto cuando la ciudadanía desarrolla conciencia crítica y participa activamente en la vida cultural, política y social. Para Gramsci, el poder no se disputa únicamente en las instituciones del Estado; también se construye en el terreno de la cultura, la educación, los medios de comunicación y la producción de sentido.

 

Bajo esta mirada, la democracia no puede reducirse a un simple procedimiento electoral. Su verdadero alcance radica en que las mayorías participen conscientemente en la definición del proyecto de sociedad y ejerzan vigilancia permanente sobre quienes asumen la responsabilidad del poder político y la administración de lo público.

 

Las elecciones siguen siendo, sin duda, un mecanismo fundamental de la democracia. A través del voto libre, secreto y periódico, la ciudadanía elige propuestas, miradas de país, representantes y define el rumbo de una nación. Como afirmó Abraham Lincoln, la democracia es “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

 

Sin embargo, se puede advertir que las elecciones, por sí solas, no garantizan una democracia plena, pues las campañas electorales también son escenarios de disputa simbólica y cultural, en los que distintos actores buscan convencer a la ciudadanía sobre qué modelo de país debe orientar el futuro colectivo y, en muchos casos, este corresponde a los intereses propios de un grupo de poder.

 

En el actual escenario electoral colombiano, de cara a la elección presidencial del periodo 2026–2030, esta tensión se vuelve especialmente visible. Dos visiones de democracia parecen enfrentarse con claridad. Port un lado, una apuesta por la deliberación, la argumentación y el debate programático, mientras la otra reduce la política a una estrategia de comunicación basada en la emocionalidad, la polarización y la lógica de confrontación propia del fútbol. Es aquí donde emerge el fenómeno de la futbolización de la democracia.

 

Tal como ha ocurrido en procesos políticos recientes en Estados Unidos, Argentina y Colombia, donde diversas campañas han adoptado elementos propios del universo futbolístico como las barras, colores, símbolos, rivalidades, insultos y consignas simplificadas. El objetivo no es promover reflexión, sino construir lealtades emocionales intensas, para derrotar a un contrario.

 

En este escenario, la ciudadanía deja de comportarse como un sujeto político reflexivo y pasa a actuar como un hincha. Su vínculo con el candidato ya no se basa en la evaluación crítica de propuestas, sino en la identificación emocional con una figura o una causa. El adversario político deja de ser un contradictor legítimo y se convierte en un enemigo al que se debe vencer.

 

La política, entonces ya no es un espacio de deliberación racional sobre los problemas estructurales de la sociedad transformándose en una competencia emocional donde lo central es movilizar adhesiones, producir indignación, alimentar temores y consolidar identidades colectivas.

 

La analogía entre democracia y fútbol adquiere especial relevancia si se analiza desde la teoría de la hegemonía cultural de Gramsci y desde la psicología de la comunicación política.

 

Gramsci entendió que el poder no se sostiene únicamente mediante coerción. Las clases dirigentes mantienen su dominio cuando logran ejercer una dirección intelectual y moral sobre la sociedad. En otras palabras, el poder es más eficaz cuando consigue que sus intereses particulares sean percibidos como intereses generales.

 

Esta reflexión resulta profundamente vigente en la actual coyuntura democrática colombiana. Hoy la disputa política se libra en medios de comunicación, plataformas digitales, redes sociales y espacios culturales donde se construyen narrativas e interpretaciones de la realidad.

 

Desde la psicología social se sabe que los seres humanos tienen una fuerte tendencia a construir identidades grupales. Cuando una persona se identifica con un colectivo, tiende a favorecer a quienes considera parte de su grupo y a desconfiar de quienes percibe como externos. Por eso, en la lógica de la futbolización política, no basta con ganar elecciones, lo verdaderamente importante es convertir colores, símbolos y discursos en marcadores culturales capaces de generar pertenencia emocional. La y el ciudadano ya no evalúa programas ni propuestas concretas; actúa como un aficionado que defiende a su equipo sin importar su desempeño, sus contradicciones o incluso sus faltas éticas.

 

La psicología de la comunicación política ha demostrado que las emociones influyen decisivamente en la toma de decisiones. El miedo, la ira, la esperanza y el entusiasmo movilizan más que los argumentos racionales.

 

Por eso, se puedo observar en la actual contienda electoral en Colombia que una de las campañas privilegia los mensajes breves, repetitivos y emocionalmente intensos, con mensajes simples reemplazando debates complejos, convirtiendo la comunicación política en un ejercicio de simplificación emocional.

 

Aquí, las redes sociales han potenciado radicalmente esta dinámica con videos cortos en TikTok, publicaciones virales en Instagram y contenidos ampliamente compartidos en Facebook dirigidos generar más impacto que un programa de gobierno completo. 

 

Esto ocurre porque los algoritmos premian aquello que genera interacción, y las emociones intensas producen más reacciones que los análisis complejos. La indignación, el miedo y el odio circulan con mayor velocidad que la reflexión.

 

Todo clásico futbolístico necesita un rival histórico. Sin enemigo no hay confrontación apasionada. La comunicación política polarizada replica este mecanismo mediante la construcción constante de adversarios que encarnan amenazas, miedos y frustraciones colectivas. Nada cohesiona más a un grupo que la existencia de un enemigo común.

 

Por ello, este tipo de campañas construyen narrativas donde el adversario aparece como una amenaza para la democracia, la economía, la seguridad o la nación misma. El resultado es una política reducida a una confrontación entre “buenos y malos”, “salvadores y enemigos”, “patriotas y traidores”.

 

En este contexto, la desinformación, las noticias falsas y las campañas de desprestigio se convierten en herramientas de lucha política. Su objetivo no siempre es convencer mediante argumentos sólidos, sino sembrar dudas, generar confusión y erosionar la confianza en determinados actores políticos o sociales.

 

Desde una mirada gramsciana, quizá el efecto más preocupante de esta dinámica es que la polarización desplaza la atención de los problemas estructurales. Mientras las tribunas digitales discuten escándalos, líderes y controversias coyunturales, asuntos fundamentales como la desigualdad, la concentración de la riqueza, el acceso a derechos o los modelos de desarrollo quedan relegados. La hegemonía se fortalece precisamente cuando la confrontación visible impide observar los mecanismos profundos que organizan la sociedad.

 

En términos futbolísticos, toda la atención colectiva se concentra en el marcador del partido mientras la estructura del campeonato permanece intacta.

 

Por ello, el gran desafío democrático del presente en Colombia no consiste únicamente en ganar elecciones. El verdadero reto está en fortalecer una ciudadanía crítica, consciente y capaz de resistir las dinámicas de manipulación emocional.

 

Hoy esa tarea implica comprender que la disputa política también se libra en los teléfonos móviles, en los algoritmos, en las redes sociales y en la batalla diaria por el control del relato público.

 

Al final, la democracia en Colombia no debe reducirse a una confrontación entre barras rivales que compiten por controlar temporalmente el marcador electoral y ganar. Su verdadero sentido consiste en permitir que la ciudadanía participe conscientemente en la discusión sobre las reglas del juego, las estructuras del poder y el futuro colectivo de la sociedad, porque una democracia sólida no necesita hinchas, necesita una ciudadanía crítica capaz de asumir retos históricos y elegir por las transformaciones necesarias que garanticen el progreso del país en un concepto amplio de desarrollo y los plenos derechos de la ciudadanía porque es ahí donde en verdad ganamos todas y todos.

 

 

Comentarios: 2
  • #2

    freddy (miércoles, 17 junio 2026 15:38)

    “El fútbol es una guerra sin disparos” como apuntaba Orwell y eso es lo que alimenta ese fervor inconsciente que es aprovechado para jugar con las emociones dejando de lado cualquier racionalidad entorno a una idea de país que beneficie a todos.

  • #1

    HENRRY DE JESUS PUELLO MERCADO (miércoles, 17 junio 2026 15:29)

    Excelente planteamiento, el diálogo es reemplazado por el mensaje viral, no existen interlocutores válidos porque el debate informado y argumentado dejo de existir. Se mercantilizo la democracia y con ello se debilita el Estado.