JUNTANZA BIOCULTURAL POT BOGOTÁ
"Usme En Movimiento"
"Cuando el territorio toma la palabra"
Por Julián Abdias Vargas
El día amaneció frío en la ruralidad de Usme, pero no silencioso. Desde temprano comenzaron a bajar de las veredas hombres y mujeres con sombrero, ruana, botas marcadas por la tierra. No llegaron como invitados: llegaron como dueños de la memoria. La primera jornada de la Juntanza Biocultural no empezó con micrófonos, sino con relatos. Allí, donde Bogotá todavía huele a campo, la palabra circuló como semilla. Hablaron de la coca sin miedo ni estigma, no como mercancía sino como planta sagrada. Pidieron volver a los sabedores ancestrales para resignificar su uso, para recuperar su valor medicinal, espiritual y cultural. Denunciaron cómo el colonialismo no solo saqueó oro, sino conocimiento. Cómo la biopiratería sigue arrancando plantas, saberes y prácticas mientras el territorio queda vacío y criminalizado.
Usme recordó que también ha sido despojo.
Las voces campesinas, nombraron lo que casi nunca aparece en los informes oficiales: la pérdida acelerada de biodiversidad, la invasión del retamo espinoso como plaga que desplaza especies nativas, el agua contaminada, la amenaza permanente del relleno sanitario como herida abierta sobre la tierra.
Hablaron de comunidades invisibles, de procesos sociales que resisten sin reconocimiento, de una cultura viva comunitaria que no tiene casa de la cultura donde habitar. Y mientras relataban, algo más profundo se tejía: una crítica al modelo de educación impuesto. Dijeron que no se educa para potenciar capacidades, sino para repetir modelos ajenos al territorio. Que los emprendedores rurales necesitan pedagogías propias, pensadas desde la tierra y no desde escritorios urbanos.
Usme quiere aprender sin dejar de ser Usme.
También apareció la memoria robada: el saqueo arqueológico del territorio, las piezas arrancadas de su historia como si el pasado no perteneciera a quienes lo caminan. Frente a eso, surgió una propuesta clara: resignificar el territorio, defender la vida campesina, impulsar la zona de reserva campesina como figura de protección real.
Porque lo que se pierde no es solo tierra: es identidad.
Entre palabra y palabra nació una certeza colectiva: el cambio electoral no vendrá desde arriba, sino desde el territorio organizado. La juntanza no como evento, sino como método político basado en diálogo, responsabilidad y construcción comunitaria.
Fortalecer liderazgos, activar la participación juvenil, impulsar emprendimientos rurales, crear empresa de reciclaje, pensar a Usme como destino turístico sostenible y no como periferia explotada.
Todo lo que dijeron tenía un mismo hilo: defender la vida.
Y en medio de la jornada, como si la palabra se volviera canto, quedó sembrada esta copla que resumió el espíritu del encuentro:
Que se venga la juntanza,
de la vida y el amor,
que florezca en cada encuentro
la esperanza y la razón.
Usme no pidió permiso para hablar.
Usme habló desde su raíz.
La primera jornada de la juntanza fue eso: un territorio que dejó de ser margen para convertirse en voz colectiva. Una política nacida del campo, de la memoria, de la resistencia y de la esperanza.
Porque cuando el territorio se junta, ya no vuelve a callar.
Usme en juntanza (II): la juventud que no se rindió.
La segunda parada de la juntanza fue en un lugar que no necesita mapas para ubicarse en la memoria colectiva: la ahora llamada Plaza de la Resistencia. Allí, donde en 2021 ardieron fogatas de indignación y esperanza durante el estallido social, hoy volvieron a reunirse los cuerpos jóvenes que defendieron ese territorio cuando el país parecía romperse. El concreto guarda todavía las huellas invisibles de quienes protestaron, resistieron, corrieron y también cayeron.
Esta vez no hubo gases ni tanquetas, pero sí una conversación cargada de verdades incómodas. Los jóvenes hablaron sin adornos: el microtráfico sigue rondando como única “oferta laboral” para muchos. No porque quieran, sino porque no hay ingresos, no hay oportunidades reales, no hay caminos dignos.
“El delito es ser pobres”, dijo uno de ellos, como quien resume una sentencia que la sociedad repite todos los días.
Denunciaron persecución, detenciones arbitrarias, compañeros aún privados de la libertad. Historias donde protestar fue tratado como crimen y sobrevivir como sospecha permanente. Allí se sintió con fuerza esa deuda histórica con la juventud de Usme: jóvenes útiles solo cuando conviene, invisibles cuando reclaman derechos.
Pero también hablaron de lo que están construyendo.
Sueñan con restaurar la plazoleta no solo físicamente, sino simbólicamente: sembrar una huerta comunitaria, impulsar un ecobarrio, crear espacios pedagógicos, culturales y artísticos que desplacen la violencia con vida.
Porque donde antes hubo piedras, ahora quieren sembrar semillas.
Aparecieron los comunicadores populares, las bibliotecas comunitarias, los Pre-ICFES autogestionados, la serigrafía como herramienta de expresión y sustento. Jóvenes que con pintura, cámaras, libros y murales han hecho más presencia que muchas instituciones ausentes.
Ellos no pidieron permiso para educarse: inventaron su propia educación popular.
La juntanza también permitió tejer puentes con procesos sociales, pensar escuelas itinerantes por los barrios, llevar conocimiento donde nunca ha llegado. Pedir acompañamiento institucional no como limosna, sino como derecho. Lo que exigieron fue simple y enorme a la vez: dignidad.
En esa plaza quedó claro que la juventud de Usme no es problema: es potencia contenida. Que no necesitan represión, sino oportunidades. Que no quieren caridad, sino educación y trabajo. Que no buscan sobrevivir, sino vivir plenamente como hijas e hijos de Usminia.
La plaza ya no es solo un recuerdo del estallido. Ahora es semillero de futuro.
Y allí, en medio de esa plaza que ahora es símbolo y semilla, nació la copla que selló la voz juvenil:
La juventud no es peligro
es semilla y creación,
cuando defiende sus sueños
rompe muros de exclusión.
Porque la juntanza también es eso:
escuchar a quienes resistieron cuando nadie más estuvo.
Usme en juntanza III: Herencia que no se rinde.
Y cuando parecía que la jornada ya había dicho todo, llegó la tercera parada: la alegría.
Grupos artísticos de la localidad tomaron el espacio. En su mayoría abuelos y abuelas, portadores de cantos antiguos, danzas campesinas, músicas que no aparecen en plataformas pero sí en la memoria viva del territorio. Sus voces no solo cantaron: abrazaron la jornada, cerraron el círculo entre pasado, presente y futuro.
Mientras sonaban los instrumentos y las risas, la olla comunitaria empezó a hervir. Allí no hubo diferencias políticas ni generacionales: hubo alimento compartido, manos solidarias, comunidad reunida alrededor del fuego como en las antiguas mingas.
La juntanza terminó como debía: celebrando la vida.
Usme habló desde la raíz campesina.
Usme resistió desde su juventud.
Usme celebró desde la memoria de sus mayores.
Tres tiempos, un solo territorio.
Porque cuando un pueblo se junta para defender la vida, la esperanza deja de ser discurso y se vuelve realidad compartida.
Cantaron sabios mayores
con su memoria encendida,
alrededor de la olla
Usme celebró la vida.
Compartimos el registro de acompañamiento, momentos y comentarios de la Juntanza en Usme:
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Puente Aranda en Movimiento
El sábado 7 de febrero, estuvimos en la Casa Cultural de La Interculturalidad en Puente Aranda, acompañando las acciones efectuadas en el marco de la Juntanza Biocultural por Bogotá.
Rogelio sanchez (sábado, 24 enero 2026 14:27)
La cultura de la sociedad no sumida en la equivocada obsesión consumista.. Debe alejar el neoliberalismo del ecologismo popular... Y del ministerio del ambiente..