Puente Aranda se teje en juntanza
Crónica – Juntanza biocultural en Puente Aranda
Por Julián Abdías Vargas
Febrero, 2026
La lluvia llegó sin pedir permiso. Primero como una amenaza tímida sobre el parque del barrio Veraguas y luego como un argumento contundente que obligó a mover la palabra bajo techo. Lo que iba a ser reunión al aire libre terminó apretujado, cálido y urgente dentro de una casa cultural que, paradójicamente, está a punto de cerrar por falta de apoyo económico.
Esa contradicción marcó la tarde.
La gente fue llegando de a pocos, sacudiéndose el agua del abrigo y la rutina de la ciudad. Venían de distintas localidades de Bogotá, aunque la mayoría eran rostros de Puente Aranda: gestores culturales, vecinos, artistas, mayores, jóvenes, curiosos, militantes. No era un evento para la foto rápida; era, más bien, una apuesta por quedarse a escuchar.
La directriz era sencilla y profunda: oír a la ciudadanía en sus congojas y en sus alegrías para empezar a tejer redes que recompongan la vida social. Gobernar desde el territorio y no desde el escritorio, repitieron varias voces, como si la frase necesitara asentarse en las paredes húmedas del lugar.
Se habló de un cambio cultural en la política colombiana. De pasar del trámite al encuentro. De la conversación a la organización.
Las intervenciones fueron dibujando un mapa de preocupaciones compartidas. El sector cultural —dijeron— está fragmentado, muchas veces empujado a competir por migajas a través de convocatorias que no alcanzan a comprender los procesos comunitarios. La infraestructura es insuficiente, inestable; prueba de ello era la misma casa que nos resguardaba de la lluvia.
Alguien levantó la mano para recordar que las artesanías siguen sin tener el lugar que merecen; que a los artesanos se les mira como mercancía y no como portadores de saber. Otra voz insistió en la necesidad de la formación artística y cultural como horizonte, como camino de largo aliento y no como actividad decorativa.
Aparecieron ideas para fortalecer economías propias, para pensar el turismo cultural como una estrategia que cuide la vida y el territorio. Se habló de la cultura colombiana dialogando con el mundo, de tejer también con los migrantes, de reconocer que la identidad no se queda quieta.
Hubo quien advirtió que ni siquiera existe un inventario completo de las manifestaciones culturales y ambientales de la zona. ¿Cómo defender lo que no se conoce del todo? La pregunta quedó flotando como una tarea colectiva.
Entre palabra y palabra surgieron preocupaciones más íntimas: el abandono de las personas mayores, la ausencia de diálogo intergeneracional, la necesidad de que la salud converse con la danza, de que el arte sea también cuidado.
La juntanza también tuvo filo político. Se escucharon críticas al papel del CNE y advertencias sobre los golpes que recibe la democracia. En ese ambiente apareció una preocupación repetida: la necesidad de hacer pedagogía electoral, porque la confusión es grande. Varias personas insistieron en explicar que Iván Cepeda no estará en la consulta de marzo y que su camino será directo hacia la primera vuelta presidencial.
En el mismo tono surgieron llamados concretos: fortalecer el equipo de testigos electorales, respaldar las listas del Pacto Histórico a Cámara y Senado, levantar una pancarta enorme que haga visible la fuerza del proceso en la localidad. Los jóvenes pidieron pista; el voto joven, dijeron, será decisivo si logra sentirse convocado.
Pero, incluso en medio de la consigna, la conversación regresaba siempre a lo esencial: el derecho a habitar la ciudad con dignidad, a crear, a encontrarse, a no ser expulsados por el olvido.
Cuando la lluvia empezó a aflojar, alguien pidió la palabra por última vez. No fue un discurso, fue un canto breve, una manera de recoger el espíritu de la tarde. La copla caminó entre los cuerpos atentos:
En Puente Aranda se juntan
las voces de la verdad,
porque el pueblo se levanta
con derecho a la ciudad.
Hizo falta otra hebra para amarrar la memoria del encuentro, y entonces volvió la voz:
En Puente Aranda dialogan
vecinos en unidad,
la palabra va tejiendo
caminos de dignidad.
Ahora sí, la casa respiró distinto y el parque volvió a llamarnos.
Cuando por fin escampó y regresamos al parque, el territorio nos esperaba transformado. Las mesas vestidas con manteles, las cajas organizadas, el café caliente, el refrigerio dispuesto. Una estética del cuidado que había sido tejida por manos muchas veces poco visibles, compañeras que camellaban en silencio para que el encuentro fuera posible.
Entonces la palabra volvió a organizarse, esta vez al aire libre. En grupos, entre tazas y saludos, comenzó el ejercicio programático de las tr<es revoluciones. Las propuestas circularon de mano en mano, nacieron del murmullo, del diálogo cercano, de quienes a veces no toman el micrófono pero sostienen la sustancia de la política cotidiana.
Hasta las sillas tenían su historia: hubo que alquilarlas a última hora, bajarlas del carro, acomodarlas entre varios. Y al final, también entre varios, recoger todo en combo. La solidaridad no estaba solo en los discursos; estaba en la logística compartida.
La juntanza dejaba de ser evento para empezar a ser camino.
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El sábado 17 de enero, acompañamos los encuentros conversatorios y actividades realizadas en la Localidad de Usme en el marco de la Juntanza Biocultural por Bogotá.
Luis Fernando (jueves, 12 febrero 2026 13:56)
Muy buena crónica!!!!!