Memoriosa belleza contemplativa:
Los ochenta años de José Luis Díaz-Granados
Por Arturo Hernández González
Julio, 2026
«(...) me repito porque soy una metamorfosis de mí mismo»
Gonzalo Arango
Declinaba su promesa de luz la fría tarde bogotana, memorable. Juan Gustavo Cobo Borda reía. Habíamos desordenado los tomos de la colección Biblioteca Ayacucho. Yo, como hago a menudo, había
aventurado mil tímidas preguntas sobre Onetti y su obra. La voz del regio polímata hilvanaba en el aire una filigrana saturada de anécdotas cuidadosamente fechadas. El amor por la palabra lo
desbordaba en inevitables renglones de memoria leída, experienciada. Sentí como nunca antes el arrobo de quien repara por primera vez en la mirada del lenguaje. La constatación de que cada sílaba
nos observa desde su sombra de silencio y sabatiza su potencia sagrada en el filo mismo de nuestra lengua, aguardando. Las frases cortas de Juan Gustavo — loable matrimonio de sonido y
significado— parecían contemplar el mundo.
Terminé de un trago fugaz el whisky almibarado que se había atardecido, como nosotros, en medio del estruendoso ir y venir del chisme literario. Juan Gustavo, que no bebía, preguntó de la nada
por mis “lecturas colombianas” (yo era por aquel entonces un joven lector de veintiún años). Hipamos, breves y concisos, algunas ideas sobre Policarpo Varón y Néstor Madrid Malo. De José Asunción
Silva, Héctor Rojas Herazo y León de Greiff nos ocupamos con un cariño definitivo, casi familiar. Y entonces me recomendó, como el maestro que era, leer a David Bonells, a Giovanni Quessep, a
Jaime García Maffla y a José Luis Díaz-Granados. Creo que con ese último te llevarías bien, sentenció riendo, dejando errar las pupilas entre la copa vacía y el estante al que devolvía
con cuidado los libros que habíamos ojeado.

No se equivocó. A pocas personas he llegado a querer tanto como al maestro José Luis Díaz-Granados. En nuestra primera conversación hablamos de todo lo que debe hablarse: religión,
absenta, amor, política, música, café, filosofía práctica de vida, pero ante todo de libros. No desperdiciamos ni una sola premisa sobre nuestras propias obras. Parecíamos niños saboreando las
dulces letras de los nombres queridos: Neruda, Joyce, Onetti, Darío, Miller, Rulfo, Sartre, Reyes, Lorca; recordamos a Juan Gustavo Cobo Borda, Juan Gelman, Fina García Marruz, Eduardo Lizalde,
Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez y a todos los amigos entrañables que en la insurrección de la luz, despertarán con los que despertaron. O seguirán en el sueño, alcanzando la otra orilla
del mar que no tiene otra orilla…
Desde entonces, nos encontramos con frecuencia para algún evento literario, para almorzar, para compartir una botella de un whisky —salutífero y de doble espíritu— que escanciamos mientras las
horas se llenan de anécdotas y luces futuras. Ha sido mi confidente, mi amigo, mi maestro. Prologó la edición corregida y aumentada de mi Breviario de lo incierto, editada por Hernán
Vargas Carreño. Y, aunque él no lo sabe, me he salvado del suicidio en un par de ocasiones con su felicidad contagiosa, expansiva y con su amor comunista por la vida y la esperanza.

Ahora bien, para referirme al autor y no al pater spiritualis, deberé señalar primero algo que he ensayado en numerosos Kristian’s days —así se llama la celebración que se
realiza cada año para conmemorar la publicación de su novela Las puertas del infierno (1985), finalista del Premio Rómulo Gallegos en 1986—: José Luis es un lector asiduo de James Joyce
y, aunque es fácil estar de acuerdo con él respecto al asombro intelectual que despierta la prosa exultante y heteroglósica del irlandés, yo, por otra parte, creo que como poeta, Joyce era muy
buen novelista. Y aquí viene lo interesante. La poética de José Luis Díaz-Granados, si bien irregular, es de gran hondura, así como su novelística. Ha conquistado con igual acierto la escritura
lírica, la prosa más reflexiva y el juego verbal. Recordemos que la generación de poetas a la que pertenece, fue la primera en Colombia en decantarse también por la novela.
«El afán inconcluso de rehacer un mundo en fragmentos, en desflecadas ilusiones, cada vez más inciertas, halla sustento en el rigor eufórico del lenguaje», dice Cobo sobre la escritura de
Díaz-Granados y precisa después sobre su lírica, «(...) Por ello su poesía se nutre, a la vez, de la fatiga y el entusiasmo, para rehacer, sobre tan innumerables ruinas y cadáveres, el nombre que
designe el naufragio». Yo añadiría que la novelística de este autor nacido en Santa Marta pero tan irremediablemente bogotano, ocupa un lugar singular dentro de las letras colombianas por la rara
capacidad de entrelazar la conciencia histórica con la sensibilidad poética, la memoria colectiva con las incertidumbres del individuo. Sus novelas y relatos no se limitan a reconstruir
episodios, épocas o personajes, sino que exploran las corrientes subterráneas que modelan el destino de los hombres y de las naciones: la violencia y la utopía, el amor y el exilio, la gloria
efímera y la persistencia de la memoria. En todas sus novelas, esta vocación alcanza una intensidad particular, pues la historia deja de ser mero escenario para convertirse en una fuerza viva,
casi mítica, que dialoga con las pasiones y los desgarros de sus protagonistas. La prosa de Díaz-Granados, nutrida por una vasta cultura humanística y por la respiración misma de la poesía (en la
que lo instruyó su madre Margot Valdeblánquez Moreu), posee una cadencia que remite tanto a la gran tradición narrativa hispanoamericana como a la estirpe de los cronistas y visionarios que
hicieron de la literatura un instrumento de conocimiento y revelación. Leer su obra supone internarse en un territorio donde el tiempo histórico y el tiempo íntimo se confunden, donde la realidad
adquiere la densidad de la leyenda y donde la palabra, lejos de conformarse con describir el mundo, aspira a interrogarlo, preservarlo y, acaso, redimirlo de su inevitable fragilidad…

Quizá sea por eso que su obra escapa aun de la madurez de los lugares comunes y se esfuerza por acompañar las edades humanas de la forma más amable y bondadosa. Sus poemas infantiles, por
ejemplo, trazan un itinerario para el balbuceo que se encarna en voz y pensamiento, pero no dejan de ser divertimentos muy hondos respecto a todas las formas estéticas de la lengua española:
acrósticos, haikus, sonetos, charadas, anagramas, baladas, romances, décimas, coplas, epigramas, jarchas, palíndromos y trabalenguas, y no obstante, todas éstas son también ocasión para celebrar
la vida de los padres de sus amigos (el poema Las mil y una voces está dedicado a Eduardo Fayad Fayad y Fadua Naffah Baruque, padres del novelista y amigo común Luis Fayad) y de sus
hijos: Federico y Carolina, poemas vivos de amor, generosidad y sabiduría…

Hoy, 15 de julio de 2026, festejamos que José Luis Díaz-Granados cumple ochenta años entre nosotros y aprovechamos la oportunidad para agradecerle por las múltiples vidas que nos ha regalado a
través de sus letras, por la gracia de su amistad y por su coherencia política. Hace no mucho nos alegraba la noticia de que el Premio de poesía Kaqiu-Penn Warren que otorga la Sociedad de Poesía
de Lishan, provincia de Hunan, China, le había sido otorgado a nuestro querido maestro por la importancia de su obra en la literatura hispanoamericana y ahora, tenemos la alegría de manifestarle
nuestra gratitud por lo que nos ha legado siempre: la idea de que, como pensaba Kawabata, la gran literatura no hace sino registrar nuestros encuentros con la belleza.
Cuánta razón tenía Annie Ernaux, maestro, cuando escribió que «ver con la imaginación o volver a ver por medio de la memoria es el patrimonio de la escritura».
¡Gracias infinitas por escribir, por dejar que sus letras nos vean!

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José Luis Díaz-Granados: (Santa Marta, 15 de julio de 1946) es uno de los escritores colombianos más destacados de la llamada Generación sin Nombre. Poeta, novelista, ensayista,
periodista y docente. Desde muy joven desarrolló una intensa actividad cultural y periodística: fundó periódicos estudiantiles, publicó sus primeros cuentos en la prensa nacional y llegó a ser el
autor del primer texto crítico dedicado a la obra de Gabriel García Márquez publicado en Colombia. A lo largo de más de seis décadas de trayectoria ha publicado más de treinta libros en poesía,
narrativa, ensayo, crónica y literatura infantil. Entre sus poemarios sobresalen El laberinto (Premio Internacional de Poesía Carabela de Barcelona, 1968), Rapsodia del caminante, La fiesta
perpetua. Obra poética 1962-2002 y su Poesía completa 1968-2008 (Fondo de Cultura Económica); entre sus novelas figuran Las puertas del infierno, El muro y las palabras, El esplendor del
silencio, La noche anterior al otoño, Los años extraviados, Cita de amor al mediodía, Fulgor de la Calle Grande y Los colores del paraíso. Asimismo, ha publicado ensayos y crónicas como
El otro Pablo Neruda, Gabo en mi memoria, El escritor y sus demonios y La Habana soñada y vivida, además de una amplia obra dirigida a niños y jóvenes. Entre los numerosos
reconocimientos recibidos destacan el Premio Internacional de Poesía Carabela (España), el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, el Premio Nacional de Novela «Aniversario Ciudad de
Pereira», la Medalla de Honor Presidencial «Centenario Pablo Neruda» otorgada en Chile, su designación como Poeta Homenajeado del Festival Internacional de Poesía de Bogotá y, recientemente, el
Premio Internacional de Poesía Kaqiu-Penn Warren. Ha ejercido además importantes labores institucionales y académicas como profesor universitario, asesor cultural, jurado de premios literarios y
promotor de la literatura hispanoamericana, consolidando una obra caracterizada por la confluencia entre memoria histórica, imaginación poética y compromiso humanista.
Arturo Hernández González: Poeta, traductor y docente colombiano, especialista en pedagogía y magíster en literatura y cultura. Su obra ha sido premiada e incorporada en
publicaciones de importantes medios culturales y literarios, así como traducida al italiano, rumano, búlgaro, francés, inglés, griego, albanés y coreano. Es autor de obras como Olor a Muerte
(2011; 2012), Breviario de lo incierto (2017; 2024), Presagios del insomnio (2025) y Terca materia inexacta (2025). Ha recibido el I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía
(México, 2017), el IV Premio Nacional Plenilunio de Poesía ‘Leopoldo de Quevedo y Monroy’ (Colombia, 2023), el IV Concurso poético ‘Cezarina Dos Santos Álvarez’ (Uruguay, 2023) y fue finalista
del XII Concurso Nacional del cuento La Cueva (2025). Dirige desde hace más de una década la Revista internacional de cultura y artes Noche Laberinto y la Editorial Toská.