Antrophos


« EL OBRERO DEL PROCESO »

In memoriam del maestro Juan García Salazar

Por Franklin Giovanni Púa

 

“La historia que aprendimos no es la nuestra,

uno puede pasarse toda la vida yendo a la escuela,

incluso llegar hasta la universidad

y nunca se encuentra con uno mismo”

Juan García Salazar

 

En medio de tantos hechos y noticias que dejó el 2017, conviene hacer una pequeña pausa y rendir un homenaje a aquellos que sembraron un legado y que nos dejaron físicamente para partir hacia otros rumbos. Dicha partida ocurrió para el maestro afroecuatoriano Juan García Salazar el 18 de julio en la ciudad de Quito.

 

El maestro Juan, historiador, escritor, militante del sostenimiento y difusión de las diversas culturas afroecuatoriana y afropacífica, dejó un legado que no sólo se puede rastrear en los libros que publicó(1) o en la organización del Fondo Documental Afro-andino de la Universidad Andina Simón Bolívar, pues la huella de su trabajo, valorada en la academia también, se aprecia en las comunidades de Esmeraldas y el Valle del Chota, los dos importantes territorios que preservan la impronta afro en la nación que se encuentra en la mitad del mundo.

 

De manera constante el maestro Juan se movía entre los ámbitos de la investigación y de la militancia cultural, fortaleciendo la herencia y estudiando las historias de origen, de las expresiones culturales, de la diáspora, del cimarronaje, de la construcción de eso que la sociedad dominante llamó el “ser negro”. Fruto de esa dinámica, uno de sus aportes teóricos más valiosos consistió en la distinción entre “casa adentro” y “casa afuera”, la fuerza de la raíz y la interlocución con las instituciones, el trabajo con lo propio y la comunicación con los otros sectores sociales, incluso con aquellos que no valoran la diferencia e incluso le temen.

 

El ayer y el ahora hacían parte de sus reflexiones, el ahora corto y el ayer largo, el ayer que rastreó a través de los relatos orales, de las décimas, de las historias de los orígenes, fundamento de la memoria; el ahora de la interlocución, de la reivindicación, de la denuncia, pues una cosa es la esclavitud y otra la esclavización, se suele privilegiar a la primera pues allí no aparece el esclavista como si “toda la vida hubiéramos sido esclavos”(2) según decía el pensador afroesmeraldeño.

 

Maestro también del detalle, consolidó el Fondo Documental Afro-andino, en donde cerca de diez mil fotografías, tres mil horas de grabación y más de mil documentos escritos3 constituyen un corpus de conocimientos aprovechables no sólo para la investigación académica sino también para la preservación de la memoria, afortunada obsesión de García.

 

En medio de tantas deudas pendientes con el pensar afro, vale la pena reconocer que poco a poco se han ido realizando investigaciones cada vez más frecuentes sobre las ricas temáticas que se pueden encontrar en los temas de la diáspora, las identidades y la contemporaneidad de las herencias de esta importante raíz cultural. No obstante, conviene, como lo hacen las comunidades en su vivir cotidiano, saltar los límites nacionales y pensar en la integralidad de las regiones que configuran el gran legado de la Madre África, en cartografías que hagan más explícito el interesante aporte desde la tradición y las yuxtaposiciones que se han dado en medio de las dinámicas culturales transnacionales y transcontinentales. En dichas cartografías sin duda, debe estar presente la obra del maestro Juan.

 

Debo hablar en primera persona y decir que cuando la vida me dio la oportunidad de entrevistarlo, no sólo me sorprendió su conocimiento sobre la herencia afro o sus posturas frente a las problemáticas actuales de las comunidades, no sólo causaba una grata sensación el conocimiento histórico de la diáspora y la colonización, también se apreciaba en él la profundidad del teórico de la cultura qué articulaba integralmente diversos saberes a la hora de analizar una situación o problemática.

 

Adicional a lo anterior, también me sorprendió como Juan García Salazar hacía uso de la palabra, en una asombrosa demostración de lo que el pensamiento amazónico denomina la palabra dulce, la palabra que acaricia y se encuentra plena de sabiduría, palabra firme cuando se denuncia, evocadora cuando hace reminiscencia y clarificadora cuando se enseña.

 

Las cenizas de Juan García Salazar retornaron a su origen(4), en su natal Esmeraldas. Ahora, vale la pena entonces unirse a las palabras de la profesora Catherine Walsh y decirle: “Buen encuentro con los ancestros maestro Juan”.

 

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1 El último de ellos escrito junto a Catherine Walsh: Pensar sembrando / sembrar pensando con el abuelo Zenón. Quito: Ediciones Abya-Yala, Universidad Andina Simón Bolívar, 2017.

2 Programa Voces Milenarias. Emisora de la Universidad Nacional de Colombia. Emisión del 25 de mayo de 2015. Disponible en: http://unradio.unal.edu.co/nc/detalle/cat/voces-milenarias/article/movimiento-afroecuatoriano.html

3 http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cultura/7/juan-garcia-salazar-fue-el-maestro-y-obrero-del-proceso-afroecuatoriano

4 http://www.elcomercio.com/tendencias/juangarcia-memoria-afrodescendientes-fallecimiento-academia.html

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DÍA DE LA AFROCOLOMBIANIDAD Y CÁTEDRA DE ESTUDIOS AFROCOLOMBIANOS

Franklin Giovanni Púa

franklinpua@gmail.com

 

Detrás del egipcio y el indio,

del griego y el romano,

del teutón y el mongol, el

negro es una suerte

de séptimo hijo,

nacido con un velo

(William Du Boi

 

El 21 de mayo se conmemora el Día de la Afrocolombianidad, como remembranza histórica de la abolición oficial de la esclavitud en el entorno del ascenso de las ideas liberales a mitad del siglo XIX, durante la administración de José Hilario López. La conmemoración coincide además con la fecha propuesta por la UNESCO para realzar la diversidad cultural a nivel mundial[1]. En el 2017 coincidieron estas fechas especiales con la protesta y movilización general en lugares como Chocó y Buenaventura, territorios con una fuerte impronta de población afrodescendiente y enormes e históricos déficits en lo tocante a las condiciones de vida digna de dicha población.

 

Muchas inquietudes se renuevan desde las orillas de la academia y las políticas públicas en el registro siempre complejo de valorar, promocionar e incentivar la diversidad cultural, escenario básico de sociedades plurales que se configuran en el entrecruce de raíces culturales heterogéneas. Así, las preguntas interesantes sobre lo hecho y lo por hacer son pertinentes. Es en ese contexto que el tema de la consolidación de la Cátedra de Estudios Afrocolombianos (CEA) se antoja como una muestra necesaria de lo que dichas inquietudes representan, en una dinámica pocas veces fácil entre lo logrado y lo por lograr.

 

En este orden de ideas la Dirección de Inclusión e Integración de Poblaciones de la Secretaría de Educación Distrital convocó a la conmemoración del 21 de mayo con el propósito particular de reflexionar sobre un esfuerzo que no carece de incertidumbres, en especial cuando se constata que en muchos centros educativos la Cátedra se ha convertido en una especie de “acto cultural” que poco deja huella en el tiempo, corriendo además riesgos de validación constante de imaginarios cuestionables, como la afirmación de que la cultura afro tiene un valor importante en términos de danzas folclóricas, pero no de potencialidad en otras aspectos formativos y disciplinas del conocimiento.

 

El profesor de la Universidad del Cauca José Antonio Caicedo refiere que si bien la Cátedra se instaura en los años 90, ya en los años 70 del siglo pasado, en el Congreso de las Culturas Negras de las Américas organizada por Manuel Zapata Olivella, se encuentra ya propuesta. Así pues, el establecimiento de la Cátedra es un logro del entronque entre la reflexión académica con las reivindicaciones del movimiento social afrocolombiano frente a la ausencia de los estudios sobre las culturas negras en el sistema educativo.

 

Dos ideas enunciadas en el encuentro conmemorativo convocado por la SED llaman la atención como posibilidad de proponer alternativas de reflexión y acción sobre la realidad de la Cátedra de Estudios Afrocolombianos (CEA).

 

La primera de ellas la posibilidad de constituir un espacio que fundamentalmente se asuma como escenario de lucha contra el racismo, ya que la escuela sigue siendo lastimosamente un lugar de discriminación, abierta o velada, así, la CEA es una posibilidad de hacer una política del conocimiento que permita transformar la vida cotidiana de las escuelas, en donde el complemento con los saberes hegemónicos permite asumir esos otros saberes de lo cotidiano, del territorio próximo, del entorno, potenciando además al maestro como productor del conocimiento. Así, según el profesor Caicedo se puede entonces constituir la CEA como una forma de política intercultural, acorde con el tercer propósito de la constitución de la Cátedra [2], esto es, la eliminación de toda forma de discriminación racial y de racismo.

 

La segunda de ellas, gracias a la reflexión del profesor e investigador de la Universidad de la Guajira Ernell Villa Amaya, la afirmación de la cátedra como una pedagogía, más allá de una práctica coyuntural. Esto implica, entre otras cosas, la construcción de una epistemología que funde una pedagogía, en una dinámica que precisa de una integración que fluctúa entre el trabajo usualmente considerado académico-investigativo y el día a día de la escuela. Para ello una integración del trabajo que le dé sentido, de un lado, al afianzamiento del auto-reconocimiento y la identidad de los afrocolombianos y además, en el propósito de socavar las bases del racismo, en una dinámica que, como diría el sabedor afroecuatoriano Juan García, se mueve casa-adentro y casa-afuera.

 

En ambas propuestas se encuentra una muy interesante posibilidad que requiere de una transformación que no es fácil, es decir, asumir la CEA más allá de un compromiso legal e institucional requiere del empoderamiento del maestro (a) como factor de transformación, como sujeto que interviene y logra un impacto que no necesariamente se expresa en indicadores medibles, que logra encaminar la vivencia y el saber cotidiano y lo pone en el camino de la reflexión académica, que asume el propósito político de educar en y para la diferencia y no como la perpetuación de las prácticas de la homogenización y sus formas de exclusión, consciente del poder del lenguaje y la negación que de él se deriva, creativo (a) en las formas de asimilación de lo local, de las narrativas cotidianas sin desconocer los referentes teóricos que explican el hecho educativo, un educador (a) que haciendo consciente la dinámica de los racismos expresos y encubiertos interpele con respeto la negación y la exclusión.

 

El encuentro entre el esfuerzo histórico conjugado en la Cátedra de Estudios Afrocolombianos y la labor de maestros y maestras cuyo trabajo se invisibiliza de manera constante, generaría, de seguro ya lo está haciendo, un potencial transformador que tal vez no alcanzamos a dimensionar. 



[1] http://www.un.org/es/events/culturaldiversityday/

[2] Alcaldía Mayor de Bogotá. Secretaría de Educación del Distrito. La Catedra de Estudios Afrocolombianos en Bogotá. Avances, retos y perspectivas. Bogotá, 2014, pág. 17.




EL FUEGO QUE NO SE APAGA

Asamblea del pueblo Kankuamo residente en Bogotá

Franklin Giovanni Púa*

franklinpua@gmail.com

 

Es posible que algunos lectores de Quira Medios no ubiquen del todo al pueblo Kankuamo, por eso conviene recordar que es este uno de los cuatro pueblos originarios del llamado “corazón del mundo” o Sierra Nevada de Santa Marta. Menos conocido que los otros “hermanos mayores”, conservan fuertes lazos con Koguis, Wiwas y Arhuacos o Iku, ocupan la parte baja de la Sierra y refieren, como parte de su territorio ancestral el Resguardo Indígena Kankuamo, cuyo referente más conocido puede ser el Corregimiento de Atánquez, en el Departamento del Cesar.

 

El pueblo Kankuamo se ha visto enfrentado históricamente a enormes desafíos, desde procesos de aculturación que anunciaron su aparente asimilación hasta una violenta ofensiva de violencia por parte de los distintos sectores del conflicto armado, que llevaron a la urgente solicitud de ayuda de organismos internacionales, al punto de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenó en 2004 medidas cautelares para su protección. De este modo, han desfilado por su historia, una buena parte de las formas de exclusión posibles. 

 

Con la arremetida violenta de comienzos de siglo, en donde se presenció desde el asesinato de decenas de miembros de la comunidad hasta confinamiento colectivo, se precisaron mecanismos de resistencia y preservación de la comunidad que implicaron, entre otras dinámicas, el desplazamiento hacia otros lugares del país en el ánimo de preservar la integridad y la vida. De este modo, la presencia de los Kankuamos en el centro de la nación fue creciendo y con ello la necesidad de organización y sostenimiento de los lazos identitarios frente al arrasamiento que se daba en el territorio de origen. De esos tiempos recuerda José Apolinar Arias: “al comienzo nos reuníamos para que no nos mataran”.

 

Pero la comunidad no sólo se siguió reuniendo, sino que paulatinamente, y no sin dificultades, lograron constituir una Coordinadora que ya tiene una interlocución con las instancias gubernamentales y el resto del movimiento indígena, pues son muchos los temas que deben ser abordados y las necesidades que se deben atender.

 

La última de estas reuniones, entendida como Asamblea General del Pueblo Kankuamo se llevó a cabo el 2 de abril en el Salón de Eventos Luis Caballero del Parque Nacional, allí líderes, lideresas, mujeres, jóvenes, niños y niñas se dieron cita para tratar los temas acuciantes de la vida en la ciudad, además de  reforzar los lazos de pertenencia y cohesión en medio de las urgencias de siempre: la interlocución con los organismos gubernamentales, el censo de la comunidad, la articulación con el Cabildo Mayor en el territorio originario, la emergencia de los nuevos liderazgos, la necesidad de una casa del pensamiento, entre otros asuntos.

 

Uno de los aspectos más interesantes de la cultura del pueblo Kankuamo es el valor de la palabra, la palabra que se pide, que se da, que se celebra y se debate, los guardianes de la asamblea cuidaron bien de dar la bienvenida a todas las personas arribaron para el evento, lo hicieron con su palabra, propiciada por el permanente ritual del mambeo, al mismo tiempo, las mujeres tejían, por supuesto, tejer es ejercer la palabra y viceversa, el encuentro de un pueblo originario es eso, un tejido constante en el que la persistencia tiene un lugar protagónico,  esa misma persistencia que hace que un grupo catalogado por la academia como asimilado o mestizo haya querido retornar a las raíces, escuchar el llamado de la Madre y generar un irreversible proceso de re-significación y re-existencia.

 

Los Kankuamos residentes en Bogotá y el centro del país saben de las dificultades de asumirse indígena en un contexto urbano, tienen la convicción, el tejido,  el mambear y su palabra. Saben bien que durante muchos años la hoguera de su identidad estaba aparentemente extinguida, pero de seguro, un brasero seguía por allí, esperando el momento para resurgir, durante este dos de abril, mientras la palabra iba y venía, los anfitriones no permitieron que el fuego se apagara, por ello, hoy y frente a los retos, bajo el amparo de la Madre y la inspiración del tejido, el pueblo Kankuamo aviva la llama de su identidad. Así, la palabra-mambear y el tejer-pensar seguirán siendo parte de ese núcleo del ser Kankuamo, la conciencia de lo que la lideresa Silsa Arias menciona constantemente como el “complemento”.

 

______________________

 

* Franklin Giovanni Púa

Filósofo Universidad Nacional de Colombia

Candidato a Doctor Universidad Andina Simón Bolívar

Director programa "Voces Milenarias" UN Radio

Profesor Asociado de la Universidad de San Buenaventura Bogotá

Redactor Circulo Socioantropológico Quira Medios












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