Bosques de manglar en Colombia
"Una riqueza biocultural que requiere protección"
Por Sandra Uribe Pérez
Julio de 2026
“No se puede proteger lo que no se ama”.
Jacques Yves Cousteau
El Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible (MinAmbiente) sostiene que nuestro país ocupa “el primer lugar con los bosques de mangles más altos en el mundo” y que, además, “somos el decimosexto país con mayor extensión de manglares en el planeta”. Sin embargo, cabe preguntarse qué tanto sabemos realmente sobre estos ecosistemas, su potencial biocultural y los riesgos a los que se enfrentan.
Los manglares se encuentran en 120 países, pero los de mayor extensión se localizan en Indonesia, Brasil, Nigeria, México, Australia, Bangladesh, India, Myanmar, Papúa Nueva Guinea y Cuba. Aunque se han incrementado en algunas regiones a nivel global, según lo corrobora el Grupo de Trabajo Científico sobre Carbono Azul (The BLUE CARBON Initiative), “se están perdiendo a una tasa del 2% anual” a nivel mundial y son los ecosistemas que almacenan más carbono en el planeta.
De acuerdo con cifras de Global Mangrove Watch –una plataforma de carácter internacional que provee datos satelitales y herramientas que permiten monitorear en tiempo real los datos sobre su extensión y estado de conservación–, el área de hábitat de manglares en el mundo era de 14,7 millones de hectáreas en 2025. Para el caso de Colombia, de acuerdo con datos de MinAmbiente, en 2020 se registraban aproximadamente 276.000 hectáreas (cerca de un 1,87% del total mundial), que se distribuyen así: 72,3% en el litoral Pacífico (Nariño y Chocó, principalmente), 27,6% en el Caribe (Magdalena, Sucre y Bolívar, en su mayoría) y 0,1% en el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.
¿Qué son los manglares y qué servicios ecosistémicos prestan?
Se trata de ecosistemas costeros tropicales o subtropicales ubicados en zonas cercanas a los estuarios (en donde el agua dulce de los ríos se mezcla con el agua del mar) cuyo protagonista central es un árbol acuático (el “mangle”, término que proviene de una voz guaraní que significa “árbol retorcido”) que posee largas raíces flotantes que toleran ambientes con altas concentraciones de sales, falta de oxígeno, suelos inestables e inundaciones, y alberga organismos que lo benefician. Además, reúnen una gran diversidad biológica representada en especies de aves, mamíferos, anfibios, reptiles, peces, crustáceos y moluscos, muchas de las cuales se destacan por su relevancia en el ámbito económico.
También se consideran “sistemas socioecológicos” que indican equilibrio ambiental y brindan protección costera, dado que sus raíces estabilizan el suelo y contribuyen a reducir la erosión. De igual modo, se convierten en refugio y escenario de crianza y alimento para muchas especies marinas, así como en espacios comunitarios fundamentales para miles de familias dedicadas a la recolección de moluscos, crustáceos y madera, a la pesca artesanal y al trabajo con plantas medicinales, siguiendo las tradiciones y los saberes de sus ancestros. En este sentido, se hace imperativa la defensa de las ocho especies de mangle que existen en Colombia (las más comunes son el negro, el rojo, el blanco y el botoncillo).
Efectos negativos de las actividades humanas
En diversos estudios publicados en el Repositorio de la Universidad Nacional de Colombia, se registran variados impactos antrópicos, entre los que se señalan la pérdida de cobertura debida a la explotación maderera con fines de construcción, leña y carbón vegetal; la conversión de usos del suelo, como la expansión de la frontera urbana, la acuicultura (camarón, por ejemplo), la agricultura (palma de aceite) y la ganadería; la construcción (carreteras, puertos, muelles, edificios residenciales y hoteles); la contaminación (derrames de hidrocarburos, vertimientos de aguas residuales, sumideros de microplásticos y deficiente gestión de residuos), así como alteraciones hidrológicas (por cuenta del desvío de ríos, dragado de canales y construcción de represas). Como se observa, hay bastantes amenazas y muchos de los defensores de estos tesoros ponen en riesgo su vida para salvaguardar este patrimonio que nos pertenece a todos.
Otros factores que afectan a los manglares
Allí también se mencionan algunos factores ambientales –algunos asociados al cambio climático–, tales como el aumento del nivel del mar y la erosión costera (ya que al retroceder la línea de costa y destruir los manglares, las comunidades quedan expuestas a inundaciones); la variabilidad climática asociada a los fenómenos de El Niño y La Niña (que alteran la precipitación y la salinidad de los suelos); la eutrofización (corresponde al exceso de nutrientes como nitrógeno y fósforo), que al combinarse con el calentamiento del agua puede aumentar la proliferación de microalgas y generar condiciones para la mortandad masiva de peces o la disminución de recursos como los moluscos (en el caso de Colombia, la piangua es fundamental para las comunidades de afrodescendientes e indígenas), con la consecuente afectación a la seguridad alimentaria y el sustento de los pobladores. Del mismo modo, se pierden valiosos servicios ecosistémicos al dejar de actuar como barreras protectoras, al disminuir la biodiversidad y dejar de capturar carbono azul (los manglares de Colombia son sumideros de carbono de cerca de 462 millones de toneladas, según cifras de MinAmbiente).
Del verbo “pianguar” y las “piangüeras”
Con las pianguas (los moluscos bivalvos que se alojan en las raíces de los bosques de manglar –Anadara tuberculosa o piangua hembra y Anadara similis o piangua macho–) nació el verbo “pianguar” (recolectar pianguas o “conchar”) en el litoral Pacífico y las mujeres que ejercen este oficio tradicional en las comunidades costeras: las “piangüeras”. Dichos moluscos no sólo constituyen la fuente del sustento y la seguridad alimentaria de los pobladores vecinos a los manglares, sino que hacen parte clave de la identidad cultural de las comunidades indígenas y afrodescendientes de esta región. De hecho, la recolección implica un conocimiento ancestral sobre las técnicas que se han transmitido de generación en generación, al igual que sobre las dinámicas de los manglares y las mareas. Las piangüeras, por su parte, son reconocidas en el ámbito social por su cercano vínculo con el ecosistema, por encargarse de la conservación del territorio y por liderar proyectos de siembra de mangle y restauración de las zonas degradadas.
Iniciativas para la conservación y restauración
El gobierno ha comprendido la relevancia de estos escenarios biodiversos, y por ello ha desplegado un marco legal y normativo que apunte a su salvaguarda. Entre ellos, se cuenta la Ley 2243 de 2022 (Ley de Protección de Ecosistemas de Manglar), que permite “garantizar la protección de los manglares, planificar su manejo y aprovechamiento sostenible, e impulsar la restauración en las áreas donde sea necesario”. También se puede mencionar la Resolución 1447 de 2018, enfocada en reglamentar “el sistema de monitoreo, reporte y verificación de las acciones de mitigación de gases de efecto invernadero”, y la Ley 70 de 1993 (de carácter étnico) en la que se establece que los Consejos Comunitarios constituyen la figura legal que “otorga a las comunidades negras derechos sobre territorios colectivos y el uso de los recursos según sus tradiciones”.
Asimismo, hay proyectos gestados desde MinAmbiente (como los Planes de Ordenación y Manejo Integrado de la Unidad Ambiental Costera–POMIUAC) y proyectos que han surgido a partir de interacciones con el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (INVEMAR), el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) y World Wide Fund for Nature (WWF Colombia), entre otros. Y a nivel comunitario, han surgido líderes ambientales y grupos de guardianes del mangle que trabajan con ahínco para fortalecer los cuidados. Entre las propuestas más interesantes están las que se desprenden del rol del etnoturismo y la gastronomía, pues diversas comunidades en zonas variadas del país han generado rutas que permiten a los turistas, por ejemplo, conocer el proceso de recolección de la piangua y compartir las preparaciones culinarias, para luego degustarlas al calor de una fogata y de música tradicional.
El arte se compromete con la conservación
Con envolventes matices sonoros y haciendo un homenaje a los mangles como símbolos de conexión con la tierra, la espiritualidad y la resistencia, diversos intérpretes y agrupaciones llevan al plano de la música algunas composiciones que conectan lo contemporáneo con las raíces afrocolombianas y con las tradiciones ancestrales que provienen de la cultura del Pacífico. Así, por ejemplo, la Agrupación Changó (con su canción “Manglares, Selva y Río”), Maréh (con “Mangle”) y Monsieur Periné en conjunto con la agrupación Bejuco de Tumaco, con su pieza musical “Jardín del Paraíso” –que tuvo el apoyo de WWF Colombia y fue presentada en la Conferencia de las Partes (COP16) del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CBD) (2024) en Cali– hacen bullir el corazón entre marimbas de chonta, percusiones y variaciones rítmicas, mientras se piensa en estos territorios y en la importancia de defender la vida que aquí se cobija.
Si hablamos de poesía, también es posible mencionar a la maestra y escritora costumbrista Lucrecia Panchano y su texto “Los manglares”, que fue incluido en ¡Negras somos! Antología de 21 mujeres poetas afrocolombianas de la región pacífica –publicada por la Universidad del Valle–, y en el que la autora exalta la grandeza de estos ecosistemas como “insomnes centinelas” que dominan el paisaje.
En cuanto a otras manifestaciones artísticas, cabe traer a la escena la obra “Espíritu del manglar III” (1996) del escultor colombiano Hernando Tejada (que se encuentra en el Museo de Arte Moderno de Medellín–MAMM), entre otras piezas que evocan las raíces y la riqueza de la biodiversidad; la colección “Entre mares y ríos” de Artesanías de Colombia, en la que se incluyen piezas de diseño contemporáneo (por ejemplo, el Banco Pensador Sikuani y la Mesa Manglar) inspiradas en los corales y manglares de nuestras costas; y las más de 3.300 fotografías de 78 países, que participaron en el certamen Mangrove Photography Awards (2025), con el fin de dar cuenta de su fragilidad y esplendor, y hacer un llamado a la conservación.
¿Cómo proteger los bosques del mar?
El explorador marino Jacques Yves Cousteau dijo alguna vez que “no se puede proteger lo que no se ama”; de allí que lo primero en lo que hay que trabajar es en la sensibilización de las comunidades frente a los riesgos de deterioro de estos ecosistemas estratégicos y ante la indiferencia de muchos. Los invitamos a cantar los estribillos de las piangüeras mientras extraen las conchas, los de los niños de Urabá que no quieren que estos ecosistemas sean un vertedero de basuras. Hagamos eco del amor profundo a nuestro territorio y reconozcamos la importancia cultural, social, económica y ecológica de estos árboles retorcidos que tanto hacen por el planeta.