Yenny León

Diciembre, 2018

 

(Medellín, 1987). Filóloga hispanista y Magíster en Escrituras Creativas. Actualmente es docente en varias universidades. Ha obtenido varios premios de poesía: I Premio de Poesía Joven Ciudad de Medellín (2011), I Premio Nacional de Poesía Joven Andrés Barbosa (2011), Beca de creación modalidad Poesía (2012), mención de honor en el concurso nacional “El dolor y sus trampas” de la Casa de Poesía Silva y el primer puesto en el XXX Concurso Nacional Universitario de Poesía de la Universidad Externado de Colombia. Varios de sus poemas han sido publicados en revistas nacionales e internacionales.

Libros publicados: Entre árboles y piedras (Bogotá: Editorial Planeta, 2013), Campanario de cenizas (Quetzaltepeque, El Salvador: Proyecto editorial La Chifurnia, 2016), La hierba abre su latido (Bogotá: Universidad Externado de Colombia).

“La delicada dignidad de lo austero”: Imagen (In)completa

Al leer la poesía de Carolina Dávila, me llegan los versos del poeta judío Edmond Jabés: “Nunca una brizna de hierba resucitará al árbol fulminado”. Y justamente reviven en mi sensibilidad estas palabras porque siento que estoy ante una poética de la pérdida y la desacralización. Allí lo continuo y llano se hace pedregoso y hondonado, no obstante la imagen que tras la imagen se agrieta a su vez se vivifica.

 

Tuve la oportunidad de leer a Carolina hace algunos años, cuando su libro de poesía Como las catedrales obtuvo el Premio Nacional del Ministerio de Cultura en 2010. El título de este libro parte de un par de los versos: “Cuando me alejo/ crezco como las catedrales” del poema “Para ser otra” de la gran escritora argentina Olga Orozco. Justamente, en aquel tiempo, me encontraba realizando mi trabajo de grado en filología hispánica sobre esta poeta, y, en especial, sobre la hermosa relación entre magia y poesía que se evidencia en ese poema. 

 

La coincidencia fue grata ya que el par de versos mencionados los conocía muy bien y me alegró encontrar una resonancia con otra poeta cuyo trabajo acababa de ser galardonado con el premio de poesía más importante del país. 

 

Y es que los poemas de Como las catedrales, que fueron escritos a lo largo de un viaje por Latinoamérica, poseen un devaneo rítmico que llamó muchísimo mi atención. Entiendo que los versos que se escriben en el exilio pueden tener un tono tenaz marcado por el apego a la errancia o por, precisamente, un angustioso desarraigo. Mas, en los poemas de Carolina, encontré una sutileza que propendía por la elevación de la sensibilidad sin atadura alguna. Jamás sentí en ellos un acercamiento extranjero con el mundo y sus vicisitudes sino, por lo contrario, una unión marchita y sosegada con el devenir, con lo presente.

 

Pienso que es clave entender que tanto en Como las catedrales como en Imagen (In)completa, poemario frente al cual nos encontramos hoy, estamos entablando un contacto estrecho con poemas que fueron escritos desde la vulnerabilidad que todo viaje supone pues, de nuevo, Carolina decidió dejar toda su vida conocida para arriesgarse a permanecer en medio de la piel de desierto, en El Paso, Texas. 

 

Muchas veces, en el extranjero, uno solo puede contar con la hospitalidad que le brinda el prójimo, con la guía generosa del habitante que te comparte sus experiencias, impresiones, datos, indicaciones. Este don de recibir requiere del alma una apertura desnuda que veo evidenciada en los poemas de Carolina. 

 

La poeta entonces se sitúa en la descripción de la quietud y el trance de quien recibe y cae “cuando cada mañana la luz hace la misma figura en el piso de la habitación”.

 

Hay una gran dignidad en la pobreza del viajero que, solidario consigo mismo y con los demás, se limita al uso de lo indispensable. Así la poesía de esta autora que recurre únicamente a las palabras necesarias, a las expresiones austeras que logran una tremenda precisión al filo del lenguaje.

 

Estamos frente a la presencia de poemas cadenciosos, que no muestran ningún asomo de pretensión. La cáscara del café, la chucha, la zarigüeya comparan su grandeza o tal vez su insignificancia con el eclipse, la súperluna y el equinoccio.

 

El deterioro, “lo que al corromperse/ despierta”, hacen su aparición como entes supremos en donde reposa el transcurso de la vida.

“La sangre llama a la sangre”, el hueso al hueso y en la opacidad del metal: “A treinta grados con sensación térmica de treinta y siete” la lluvia cae y alguien se pregunta sobre el origen envenenado de la tormenta.

 

En esta poesía no hay soledad en el silencio sino comunión hasta con lo más mínimo y banal sin perder de vista, claro está, la altura y elegancia en la unión de las palabras.

 

Por encima del sopor y la monstruosidad de las máquinas está siempre el temblor del agua que “junto a una orilla se va quedando sola”.

Despertemos entonces al abandono que proponen estos versos, a su jugosidad tras un matorral de herrumbre, atrevámonos a no estar solos, nunca más, conteniendo el silencio.