Volver al Pasaje Hernández

Fotografía de Liza María Cobos
Fotografía de Liza María Cobos

Por Esteban Hincapié Barrera

revista.quira@gmail.com

noviembre 4, 2019

Fotografías de Liza María Cobos

La diversidad de tendencias arquitectónicas que domina la ciudad de Bogotá nos lleva a preguntas de toda índole. Pero más allá de procurar buscar respuestas, en este momento, quisimos hacer un homenaje, desde Quira medios, a uno de los lugares más emblemáticos del centro de la ciudad, que arquitectónica, económica e históricamente ha representado a bogotanos de todas las generaciones. 

Si hace cien años usted necesitaba comprar una tela, hacer un regalo especial o conseguir su ajuar para la boda, tenía que dirigirse por la carrera séptima, cruzar la Plaza de Bolívar –si venía del sur–, bajar por la calle 12 hacia la novena; si venía de La Candelaria o de cualquier manera preguntar a un transeúnte y de seguro llegar a esta Ele comercial que seguimos conociendo como el Pasaje Hernández

Hoy en día, aún puede conseguir casi todo lo anterior, además puede conseguir artículos de papelería, oficinas de abogados, envíos nacionales, servicio de giros y no se preocupe, muy cerca parqueaderos, almorzaderos y todo tipo de cachivaches.

Fotografía de Liza María Cobos
Fotografía de Liza María Cobos

El Pasaje Hernández ya no solo es un viaje hacia el pasado, es más bien una llegada a una conjunción de tendencias en medio de una monumental obra arquitectónica que nos evoca los finales del siglo XIX. Algunos de los comerciantes, cuyos negocios familiares han estado por más de 90 años afirman que siempre fue una calle comercial. Es probable que en la época colonial, hacia el siglo XVIII, debido a la cercanía a la Plaza de Bolívar y ante la desaparición de las Galerías Arrubla –principal centro comercial de la ciudad, desaparecidas en un incendio en el año 1900–, surgiera la necesidad de una calle comercial. La tendencia arquitectónica de la época republicana llevaría a demoler muchas casas antiguas y casuchas para hacer edificaciones con segundos pisos que servirían de vivienda y en las primeras plantas de negocio. La modalidad del inquilinato se hizo muy popular hasta finales del siglo pasado, aún hay grandes estructuras que albergan 20 y 30 familias en edificios que llamamos: posadas o inquilinatos.

Fotografía de Liza María Cobos
Fotografía de Liza María Cobos

Laura Vizcaino, propietaria del almacén Cahueñas nos cuenta que lleva cuarenta y tres años en el Pasaje Hernández, su tía de apellido Cahueñas lo administró por más de cuarenta y cinco y sus abuelos por otros tantos años. Los inicios del Pasaje Hernández tienen mucha historia familiar. El almacén de doña Laura está dotado de finos materiales que nos recuerdan la elegancia bogotana de los años treinta. Chales de cachemir, sostenedores de camisa para caballero de todos los estilos, blusas de seda, tirantas de llamativos diseños y ropa para niños y niñas, damas y caballeros es una muestra de lo que puede encontrar en este negocio familiar que nos recuerda la premisa clásica de que la calidad no pasa de moda.

Fotografía de Liza María Cobos
Fotografía de Liza María Cobos

La familia Hernández dejó como heredero de este palacio del comercio a don Emilio Monsalve, quien procura que se mantenga vivo el lugar y logra que este espacio haya traspasado la barrera del tiempo evocando el espíritu de una ciudad que nació con proyección internacional.

Sastrerías y zapaterías aún son parte del paisaje que decora la memoria de este soleado centro comercial cuyas mercancías y servicios siguen siendo de total necesidad para las familias colombianas.

Fotografía de Liza María Cobos
Fotografía de Liza María Cobos

Silvia Cardozo tiene solo seis años en el Pasaje Hernández, sin embargo lleva más de treinta años dedicada a vestir bogotanas y bogotanos con elegancia y distinción. El almacén Romanoff cuenta con una especialidad en fracs, sacos leva, esmóquines, boinas, zapatos, vestidos de novia, corbatines y accesorios de todo tipo para ocasiones especiales y gustos delicados. Se hacen confecciones y arreglos sobre medidas. Los precios son realmente amables con cuidados de alta calidad en materiales y diseños. Su boutique se ha dedicado a especializarse en la necesidad de diseños y accesorios para dama, una chica Bond o el mismo James tendría que recurrir a Romanoff para actualizar su ropero.

Fotografía de Liza María Cobos
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La novela de Azriel Bibliowicz, El rumor del astracán nos evoca este lugar como un monumento del encuentro entre culturas, entre los años treinta y cuarenta confluyeron árabes y judíos acrecentando el comercio de telas finas. Ruth, su personaje principal, vivía en el pasaje con algunas otras familias pequeñas de judíos y varios Bogotanos, casi todos recién llegados a la capital. En el primer piso atendían el comercio mientras los hijos de algunas familias corrían entre comerciantes y compradores, se deleitaban con programas de radio y otros aprendían el oficio de las ventas inventariando, empacando y ordenando.

Fotografía de Liza María Cobos
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Avanzado el siglo XXI el Pasaje Hernández está más vivo que nunca. No deje de ir si no lo conoce y no deje de regresar si lo recuerda. Si tiene nostalgia por esa Bogotá que aún se encuentra en varios lugares del centro de Bogotá y necesita hacer una compra, casi de todo tipo… No lo dude, hay que volver al Pasaje Hernández.

 

 


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