La teoría mercantilista del “salario mínimo”

"Pobreza, disciplina y productividad"

Por Edgar Fernando Rodríguez

Economista y abogado, docente universitario

Febrero, 2026

 

 

Ante el incremento del salario mínimo (23,7%) para el 2026, decretado por el presidente Gustavo Petro, aparecieron de inmediato un torrente de “expertos” opinando en contra, y un desaforado torrente mediático criticando la decisión presidencial, vaticinando que la economía va a colapsar, que las empresas se van a quebrar, que el desempleo se va a disparar, que la inflación va a alcanzar niveles incontrolables, que los pobres van a empobrecerse más, que es una decisión absolutamente negativa para el país y para el pueblo colombiano, y en general, que es un desastre y un caos total.

 

Sobre el “salario mínimo” en mi formación como economista recordé a una escuela de pensamiento económico denominada el Mercantilismo, que está compuesta por una serie de ideas sueltas de profesionales de muchos campos del saber, que se publicaron en Europa en los siglos XVI al XVIII, es decir, ideas económicas que se fueron estructurando desde hace 400 años, en el periodo de formación del capitalismo o economía de mercado, resaltando que con esas ideas iniciales de tipo económico se fue estructurando la relación entre el Capital y el Trabajo Asalariado.

 

Veamos el “salario mínimo” a la luz de algunos postulados de pensadores de la “escuela mercantilista”, postulados que según la evidencia histórica y lo que vemos hoy en día en nuestro país se siguen manteniendo y defendiendo por parte de muchos empresarios, dirigentes políticos y medios de comunicación, en el entendido de que este escrito es un ensayo meramente teórico, sin cifras ni estadísticas, pues con ellas, se amerita otro escrito.

 

El mercantilismo, como primera doctrina económica sistemática de la Europa moderna, además de ser una de las primeras escuelas de pensamiento económico con la que los economistas de hoy inician sus estudios universitarios, desarrolló una visión profundamente instrumental del trabajo y de los salarios. En ese marco, el salario no era concebido como un derecho del trabajador, ni como una variable orientada al bienestar social, sino como una herramienta de política económica al servicio de los dueños del capital, la competitividad externa y la acumulación de riqueza nacional, o en general, de la acumulación privada de Capital.

 

Uno de los pilares centrales de esta doctrina fue la convicción de que el mantenimiento de salarios bajos y una población numerosa constituían condiciones necesarias para el progreso económico. Esta concepción, que Edgar Furniss denominó más tarde “la utilidad de la pobreza”, expresa con claridad el fundamento amoral de la política salarial mercantilista.

 

1.  El salario como instrumento de la política laboral

Para los autores mercantilistas, el salario no debía responder a criterios de justicia distributiva, ni a consideraciones morales sobre la dignidad del trabajador. Su función principal era garantizar un nivel mínimo de subsistencia que permitiera la reproducción de la fuerza de trabajo, sin generar incentivos al ocio o al consumo suntuario. En palabras de Thomas Mun, uno de los principales exponentes del mercantilismo inglés:

 

Es deber necesario del magistrado mantener al pueblo diligentemente ocupado y con tales niveles de trabajo y bajos salarios, que puedan vivir con contento, pero sin volverse licenciosos o perezosos.”. Thomas Mun, *England’s Treasure by Forraign Trade*, 1664.

 

2.  La pobreza como mecanismo disciplinario

 

La idea de que el “sufrimiento económico” tenía un efecto moralmente correctivo fue ampliamente compartida en la literatura mercantilista. Según esta visión, las clases trabajadoras poseían una inclinación natural hacia el vicio y la indisciplina, por lo que sólo la necesidad material constante podía inducirlas al trabajo regular. La idea de que el “sufrimiento es terapéutico” logró amplia aceptación en el pensamiento mercantilista, pues debido a la baja condición moral de las clases inferiores (trabajadores asalariados), los salarios elevados las llevarían a toda clase de excesos, por ejemplo, a la embriaguez y el libertinaje, y eso no se podía permitir, por lo que había que mantener a raya, o al borde del hambre al trabajador y a su familia. Nace ahí la idea de pagar al trabajador un salario tal, que represente solamente el mínimo para mantenerle vivo y a su familia, así dio a luz el denominado “salario mínimo” o con mayor exactitud, el salario mínimo vital.

 

Jean-Baptiste Colbert, ministro de finanzas de Luis XIV, expresó esta concepción de manera explícita: “La riqueza de un país reside en el número de sus habitantes y en la laboriosidad de su gente. Los altos salarios solo sirven para volver perezosos a los trabajadores.”. Jean-Baptiste Colbert, escritos administrativos, ca. 1660–1683.

 

3.  Salarios bajos y competitividad externa

 

El vínculo entre salarios bajos y competitividad internacional fue central en el razonamiento mercantilista. Dado que el objetivo principal era lograr una balanza comercial favorable (exportaciones mayores a las importaciones), cualquier aumento en los costos laborales era percibido como una amenaza directa a las exportaciones, en tanto las encarecía y perdían así competitividad. Lo mismo siguen afirmando hoy en Colombia, economistas y no economistas, más por hacer crítica a la decisión presidencial, que sustentados en teoría económica y evidencia histórica. Josiah Child lo resumió con claridad al afirmar: “Los altos salarios solo elevan el costo del trabajo y de nuestras manufacturas, haciéndonos perder comercio exterior.” Josiah Child, *Brief Observations Concerning Trade and the Interest of Money*, 1668.

 

4.  La desconfianza moral hacia el trabajador

 

Una constante en la teoría mercantilista del salario fue la profunda desconfianza hacia el comportamiento moral de los trabajadores cuando disponían de ingresos superiores al mínimo de subsistencia. Se asumía que el exceso de ingreso derivaría inevitablemente en embriaguez, libertinaje, holgazanería y decadencia moral.

 

Sancho de Moncada, representante del mercantilismo español, expresó esta idea sin ambigüedades: “Conviene que haya pobres en el reino, y que estos se mantengan en su estado; si el pobre se hace rico, dejará de trabajar.” Sancho de Moncada, *Restitución de la moneda*, 1619.

 

5.  Trabajo intenso y consumo restringido

 

El ideal mercantilista del trabajador combinaba una elevada intensidad laboral con un consumo estrictamente limitado. El gasto debía concentrarse en bienes esenciales, evitando cualquier forma de consumo suntuario que implicara importaciones o desviara recursos del ahorro nacional.

 

Antonio Serra lo formuló de manera sintética: “El pueblo llano debe trabajar duro y gastar poco; solo así prosperará el Estado.” Antonio Serra, *Breve trattato delle cause che possono far abbondare li regni d’oro e argento*, c. 1613.

 

6.  El sufrimiento como virtud económica

 

Arthur Young, ya en el siglo XVIII, heredero tardío de la mentalidad mercantilista, sintetizó brutalmente esta lógica al afirmar que la pobreza era una condición indispensable para la disciplina laboral: “Cualquiera, excepto un idiota, sabe que las clases inferiores deben mantenerse pobres o nunca serán laboriosas”. Arthur Young, *Eastern Tour*, 1771.

 

7.  Educación y trabajo infantil

 

Ni los hijos de los trabajadores se escaparon de las excluyentes tesis mercantilistas. Bernard de Mandeville argumentaba que a los niños de los pobres y a los huérfanos no se les debía dar una educación a cargo de fondos públicos, sino que debían ser puestos a trabajar a una temprana edad. La educación arruina al “que merece ser pobre” y en su “Fabula de las Abejas” (1714), afirmaba con contundencia: “el saber leer, escribir y conocer la aritmética, es muy necesario para aquellos cuyos negocios requieren tales conocimientos, pero donde la subsistencia de la gente no depende de ellas, estas artes son muy perjudiciales para los pobres… la asistencia a la escuela, comparada con cualquier trabajo, es holgazanería; cuanto más tiempo continúen los menores en ese cómodo tipo de vida, más ineptos serán cuando crezcan, tanto en fortaleza, como en la disposición para el trabajo al que están destinados”.

 

El “salario mínimo” mercantilista y su continuidad en Colombia

 

La teoría mercantilista del “salario mínimo” se construyó sobre una premisa fundamental: el bienestar del trabajador era secundario frente a los objetivos de acumulación de capital, de poder, de riqueza y de competitividad. El salario debía mantenerse en el nivel mínimo de subsistencia, no por razones económicas estrictas, sino por una concepción moral que identificaba la pobreza con la virtud y con el trabajo disciplinado.

 

Desde esta perspectiva, salarios superiores al mínimo no mejorarían la productividad ni el bienestar colectivo, sino que conducirían al vicio y a la ruina moral de las clases trabajadoras. La pobreza, en cambio, era concebida como una herramienta terapéutica y funcional al orden económico y social. Esta visión, aunque hoy resulte éticamente inaceptable, constituye un antecedente fundamental para comprender la evolución histórica de las teorías salariales y del pensamiento económico moderno.

 

No obstante, y a pesar de que el capitalismo ha superado con creces sus niveles de productividad gracias al impresionante desarrollo tecnológico en maquinaria y equipo, en tecnologías de punta, e incluso hoy con el increíble avance de la Inteligencia Artificial, en Colombia, América Latina y otras zonas pobres del mundo hizo carrera hasta hoy día la idea mercantilista del “salario mínimo”, donde se mantiene por décadas a los trabajadores con salarios de hambre, hecho que restringe poderosamente la posibilidad de ahorro o acumulación, y que condena al trabajador pobre a seguir siendo eternamente trabajador y eternamente pobre. Por eso, cuando un presidente como Gustavo Petro en Colombia decide incrementar el salario mínimo para los trabajadores en un 23,7% para el 2026, la mayoría de la clase empresarial colombiana y los medios de comunicación de los que son propietarios, saltaron como “gato panza arriba” y a dentelladas, mordiscos y arañazos critican el alza salarial decretada y vaticinan una catástrofe económica nacional.

 

Cree equivocadamente la clase empresarial colombiana que el camino expedito para obtener ganancias y acumular capital es pagar el mínimo posible de salario a sus trabajadores, olvidando el maravilloso ejemplo que dio Henri Ford en los EE.UU. hace más de cien años, cuando en 1914 decidió pagar ya no 2,34 dólares por jornada de 9 horas, sino 5 dólares por jornada de 8 horas (un incremento salarial de más del 100%) a sus trabajadores, superando al resto de la competencia (quienes lo calificaron de loco e irresponsable), obteniendo por resultado un incremento de la productividad del trabajo nunca antes visto en USA, pues trabajador bien remunerado trabaja bien y mejor, con disciplina, con entrega, con amor, como si la empresa fuese propia, con alto sentido de pertenencia, a tal punto que a Ford Motors fueron a parar los mejores ingenieros, los mejores mecánicos, los mejores latoneros y pintores, los mejores diseñadores, los mejores electricistas y los mejores técnicos de la industria automotriz norteamericana y se convirtió en el primer productor mundial de vehículos y logró la meta de que cualquier trabajador de Ford Motor pudiera comprar un vehículo producido por la misma compañía donde trabajaba, obviamente a crédito, pero con capacidad de pago suficiente.

 

Para el caso que nos atañe en Colombia (alza del 23,7% en el SMMLV 2026), la conclusión es tajante y las cifras categóricas, el presidente Petro en los cuatro años de su mandato (2023, 2024, 2025 y 2026) incrementó el salario mínimo en varios puntos por encima del índice de precios al consumidor -IPC, y contra todo pronóstico y vaticinio catastrófico por parte de la oposición y de muchos analistas, la inflación no se disparó en ese periodo, por el contrario, bajó del 13,12% en que terminó el 2022 y la lleva en el 5,1% en enero de 2026. Se diluye así la teoría económica en la que los críticos basan su posición, que dice que la inflación depende del alza salarial, pues los resultados de los últimos 3 años en Colombia lo desmienten, y como dijo el mismo presidente Petro: esa afirmación “es un absurdo, una equivocación y una falsedad”. Olvidan los críticos “expertos” y no expertos, que la INFLACION depende también de otras variables como la baja productividad, la elevación brusca de los costos de producción en materias primas, insumos y maquinaria, o por elevación fuerte de los precios en las fuentes energéticas como electricidad y petróleo, o por expansión monetaria (emisión excesiva de dinero), o por variaciones bruscas de la tasa de cambio, o por otras razones; el error es pretender descargar en el alza de los salarios la causa del incremento de los precios o inflación. Afortunadamente para Colombia y para sus trabajadores, el alza del salario mínimo por encima del IPC que se ha dado en la presidencia de Gustavo Petro no ha disparado la inflación, sino que ha significado recuperación del poder adquisitivo por parte de la población y ello implica una mayor capacidad de compra, es decir, mayor consumo de bienes y servicios y por tanto mayor bienestar.

 

Finalmente, concluyo que la oposición acérrima y la crítica feroz al decreto presidencial de incrementar el salario mínimo en un 23,7% para el 2026 en Colombia, no se sustentan precisamente en el argumento económico de que esa alza generará inevitablemente una alta inflación, sino en que los planteamientos mercantilistas han hecho carrera en la mente de empresarios, de políticos y de clases dominantes de nuestro país, pues creo que hoy se sigue pensando igual que en los albores del capitalismo, pues quieren sustentar “la utilidad de la pobreza”, manteniendo salarios mínimos bajos como condición necesaria del progreso económico, o pensar que los salarios elevados conducen a los trabajadores a toda clase de excesos y falencias, como la pereza, la embriaguez, la indisciplina y el libertinaje, por lo que hay que mantenerlos a raya, al borde del hambre, en una especie de “sufrimiento terapéutico”, que los obliga a cuidar su trabajo y a agradecer eternamente a su patrono que les brinda empleo, “Cualquiera, excepto un idiota, sabe que las clases inferiores deben mantenerse pobres o nunca serán laboriosas”, o que “El pueblo llano debe trabajar duro y gastar poco” porque…”solo así prosperará el Estado”, con este tipo de pensamiento, conviene que haya pobres en Colombia y que estos se mantengan por larga data en ese estado, pues “si el pobre se hace rico, dejará de trabajar”. La pregunta entonces es: será que con los $327.000 pesos colombianos (U$88), que equivalen al 23,7% que decretó el presidente como incremento al salario mínimo mensual para el 2026, esos pobres se harán ricos? Suena ridículo, pero esa es la verdad del asunto, la verdad que el mundo y toda la nación colombiana debe conocer y reflexionar sobre esa controversia. El problema no son los U$88, con eso ni los pobres se hacen ricos, ni los ricos se quedan pobres, ni las empresas van a implosionar, cerrar o irse. Eso es mentira, vil y pura. El problema aquí es de clases. De la clase empresarial colombiana y de la clase política que la representa y de la clase de medios de comunicación que los defienden con sumisión,

 

frente a la clase de los trabajadores colombianos. El 60% de los trabajadores colombianos ganan el mínimo o menos del mínimo (en la informalidad). Vivir con U$243 mensuales, como lo hizo la población trabajadora en el 2022, en pleno siglo XXI, es una afrenta a la dignidad humana y un atentado a los derechos mínimos vitales de los trabajadores y de sus familias. El actual presidente incrementó el salario mínimo de U$243 en el 2022 a U$472 y a U$540 incluido el subsidio de transporte en el 2026. No es cosa del otro mundo dicho incremento, pero sí un alivio importante para los más humildes, para los que viven del salario mínimo mensual, simplemente es mejorar en algo la dignidad del nivel de vida de los más pobres, y eso es lo que ha generado tanta indignación en las clases acomodadas de nuestro país.

 

De este modo (el de la lucha de clases) y no de otro, es que nos podemos explicar la posición que tomaron el ex presidente de la Corte Constitucional, magistrado Alejandro Linares Cantillo y el ex ministro de justicia Wilson Ruiz, quienes demandaron el decreto presidencial del alza del salario mínimo en un 23,7% (U$88) ante la justicia colombiana interponiendo Acción de Tutela, mientras ellos dos han percibido ingresos mensuales por sus trabajos que rondan en los 55.000.000 de pesos, casi U$15.000 mensuales. Ante este hecho, cualquier pobre de nuestro país se preguntará con razón: con qué derecho, con qué autoridad moral, con qué cara, dos personas que han percibido por sus servicios U$15.000 en promedio demandan ante la justicia colombiana el decreto presidencial de incremento del salario mínimo de U$88 para el 2026?. Vuelvo y repito, el problema no es económico, no son los U$88 de incremento, el problema es de clase social.

 

 

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