Sergio Fombona

Breves crónicas de Buenos Aires

 

 

LA VIDA ONÍRICA DE JOSÉ MIGUEL

 

Siempre renegué contra quienes apelan a los sueños para relatar historias, detestando a aquellos personajes que en una cena, pasados o no de copas, monopolizan la sobremesa detallando, sin la menor gracia, malísimas anécdotas. Pero Silvia era la mejor amiga de Valeria y debía “fumarme” a su marido José Miguel -por suerte dos o tres veces al año-, sonriendo a desgano ante sus guiños cómplices, sus brutas alusiones y sus irritantes palmadas de hombro. Silvia y José Miguel vivían en el primer cordón del conurbano bonaerense, en una casa de dos plantas cercana a la estación Temperley, y para ir, nosotros –mi gorda y un servidor- debíamos tomar el subte línea A y hacer combinación con la C hasta Plaza Constitución y de ahí tren eléctrico.

 

-Ése tipo es un pelotudo olímpico- sostuve, viendo sucederse por la ventanilla rojos tejados y verdes copas de árboles bajo una celeste franja de cielo.

 

-Maty, almorzamos y volvemos antes del anochecer- prometió mi gorda. 

Soy, por sobre todas las cosas, reservado, aunque en realidad esté “encorsetado por una apabullante timidez generada en la infancia” –según mi psicóloga- y acaso quienes me rodean perciban, en mis circunspectas actitudes, cierta conducta relacionada con la buena educación; pero José Miguel contaba con capacidad innata para sacar lo peor de mí. 

 

Nos recibió Silvia, de buen humor, aparentando estar auténticamente encantada. 

 

-¡Amigazo!-, ensalzó, abriendo los brazos, ni bien me vio. 

 

Parecía que José Miguel, haciendo asado en el quincho del fondo, ya había bebido bastante. 

 

-¿Cómo estás?- atiné a contestar recibiendo su efusiva bienvenida.

 

Sirvió vino tinto y brindamos, vaya a saber por qué.

 

-Las pendejas vienen cada vez más putas- principió la charla haciéndome uno de sus abominables guiños. 

 

Veíamos a nuestras mujeres, a través del ventanal de la cocina, preparar ensaladas.

 

-¡Ajá! 

 

-Las contrato si tienen lindo culito.

 

En su fábrica de sánguches de miga mantenía relaciones íntimas con las empleadas y describía pormenores especificando que consumaba hasta sus fantasías sexuales alocadas. 

 

-Un aplauso para el asador- propuse apenas nos sentamos a la mesa.

 

José Miguel arrancó el almuerzo comentando enorgullecido que ayer por fin había logrado alinear la línea de los ojos con la de sus pensamientos. 

 

-Carajo- me salió. –Cuánta línea junta…

 

-En serio, Matías, hermanás tu ser con el mero hecho de estar- se apresuró a explicar con la boca llena.

 

-Como el yin y el yang- acotó mi gorda.

 

-Para mí con hielo- bromeé con cara de truco.

 

Se hizo un silencio tenso. 

 

Valeria lo rompió hábilmente contándole a Silvia el inesperado reencuentro con una de sus compañeras en común de la escuela secundaria.

 

Aunque el bueno de José Miguel reservaba su historieta central para la hora del postre.

 

-Aprovecho esta cálida velada entre amigos para contarles un proyecto que vengo macerando hace años, porque siento que a mi edad estoy en el momento adecuado para encaminarlo.

 

-No me dijistes nada…- reprochó Silvia frunciendo el ceño cejudo.

 

Visiblemente molesto, por toda respuesta, José Miguel agitó la palma abierta como espantando moscas.

 

-Maty tampoco comenta sus andanzas- dijo, insólitamente, mi gorda, actuando en defensa del dueño de casa.

 

-Los superhéroes mantenemos códigos secretos- lancé, divertido, alentado por el brillo del alcohol.

 

-Se puede saber de qué trata tu “proyecto”- interpeló Silvia, con voz firme, sus ojos fijos en los rombos estampados del mantel. 

 

-Una fundación para rescatar chicos en situación de calle. Estoy relacionado con personas muy influyentes quienes apoyan mi iniciativa. Les daríamos techo y comida a cambio de que presten servicios en mi empresa. 

 

-El trabajo infantil está penado- aclaré poniéndome serio.

 

-Nada fuera de la ley, Matías. -Rebatió con aplomo. -Estas personas influyentes insisten para que la fundación lleve mi nombre- agregó sonriente, sacando pecho. 

 

-Mucha gente necesita asegurarse un espacio del lado de los buenos, “si es que existen los buenos”, para tener la conciencia tranquila- expuse, con calma, diferenciándome de su vozarrón acaparador.

 

Como dije, José Miguel lograba sacar lo peor de mí, pero, en este caso, por lo visto mis respuestas funcionaron a manera de antídoto, con el inesperado corolario de que ése iba a constituirse en nuestro último encuentro.

 

Sergio Fombona

Buenos Aires, febrero 2019

 

 

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Breves crónicas de Buenos Aires

 

 

DATOS DOMÉSTICOS

 

A la larga terminás por acostumbrarte, porque las chicas rellenitas hacemos lo imposible por parecer simpáticas, algo sumisas, serviciales, incluso desarrollamos precozmente nuestro instinto maternal; no es una regla de oro, depende mucho del carácter, la personalidad. Tampoco se debe al sobrepeso que yo, cada tanto, complazca a mi Maty entregándole la cola, sobando a su amigo pelado entre mis tetas o chupándoselo hasta tragarme la lechita. Igualmente el tonto de Maty especula que porque estoy hecha una vaca los tipos ni se fijan en mí ni vociferan cosas por la calle. Obvio, yo no provoco con calzas fluorescentes, maquillándome para la noche al mediodía, llevando prendas con escote corto. Si a los tipos –mi Maty incluido- solamente les importa ponerla, se van a andar fijando en tu estatura, la grasa corporal o si te falta un brazo. Sobre todo si son burdos, ni saben disimular, se babean contemplando una franja flácida de cintura al descubierto y su accionar es bestial. Como si a las mujeres nos sedujesen los “piropos” subidos de tono. Yo haría un alto para preguntarles cuántas chicas se “levantaron” pronunciando esa clase de groserías. Aunque por lo visto necesitan permanentemente probar su hombría. Nunca aceptarían que cualquier hembra insinuante empuja a su cama casi a quien quiere. Ya a mis diez años, cuando mamá me mandaba a hacer las compras, aprendí a diferenciar la mirada varonil por las veredas de Lomas del Mirador, me echaban vistazos libidinosos y los más degenerados detallaban en voz alta sus soeces fantasías. Es un clásico, nosotras, las mujeres, percibimos la mirada de los tipos posarse en nuestros pechos al entrar a un lugar y en nuestro trasero al salir. Mi dulce Maty, por haberme hecho mujer, no pasa a ser mi dueño. Es una pelea constante hacerles entender esos pequeños grandes detalles. Nosotras vivimos librando luchas desiguales para oponernos a una falsa historia de la humanidad escrita por los hombres. Pero, digan lo que digan, jamás se me cruzó por la cabeza amputar el miembro masculino, con lo excitante que es notarlo erecto apenas se rozan los cuerpos. Pienso en Nelson, el nuevo ayudante de carnicería, es un nene, menos de veinte años, está obsesionado conmigo, aprecia el buen lomo, ja. Nelson segurísimamente se toca recordando mis pulposas redondeces, lo devela su acecho ardiente, como si en vez de ojos tuviera camaritas para grabarme entera. Se desvive por ser simpático y trata de despacharme con un toque especial. Su deferencia me hace sentir una dama. Siempre me encantaron los varones y me pueden los bien machos, ahora, si ejercen violencia contra nosotras, del grado que sea, por ahí para creerse superiores, por inseguridad traducida en celos o lo que fuere, para mí lisa y llanamente dejan de ser hombres. Cuando se llega a la violencia no hay más para agregar, porque la relación ya se fue a la mismísima mierda, y al revés igual, si es su compañera quien maltrata, la violencia es el límite. Si la vida es lo que hay mejor disfrutarla en pareja, sea o no del mismo sexo, porque para mí, acá en Almagro o en la Conchinchina, lo único auténtico son los sentimientos.

 

Sergio Fombona

Diciembre 2018 - Enero 2019

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Breves crónicas de Buenos Aires

 

 

UN BELA LUGOSI APORTEÑADO

 

Todavía era soltero aquella cruda madrugada sabatina en la que después de cenar caímos por Almagro, justo frente a la plaza del mismo nombre, para prolongar el festejo del cumpleaños del cajero más viejo de nuestra entidad: Alfredo Solito (Q.E.P.D.) 

 

Confieso que al entrar sentí un violento ahogo. Ese edificio abarrotado de gente, acaso construido a fines del siglo diecinueve -deduje por el grosor de sus paredes y la altura del techo-, daba la impresión de ser demasiado chico para bar. 

-Che, Alfredo ¿Cómo se llama este tugurio?  

-Es el boliche de Roberto, pibe. 

 

Se oía reggae fundido en animadas conversaciones. Un rubio pelilargo, haciendo equilibrio sobre su silla, sacaba fotos a las estanterías repletas de botellas polvorientas. Al fondo hacia la izquierda, en diagonal a la entrada, una puerta corrediza entreabierta causaba misterio.  

 

El Loco Leandro, vaso en mano, pidiendo permiso, arrancó escoltado por Eugenio rumbo a la mesa de las cinco chicas con aspecto de turistas europeas. Alfredo quiso fumar y seguido por Maxi y El Mono Barragán salieron a la vereda. Yo permanecí con César, empleado de seguridad, viendo a quienes despachaban bebidas detrás del viejísimo mostrador, molesto por tomar cerveza parado.  

-¿Cuál será Roberto?

 

César, la cara inexpresiva, levantó los hombros. 

 

Deslizando la mentada puerta corrediza, guitarrista y cantor treparon a una diminuta tarima. El instrumentista era gordito, calvo y vestía totalmente de negro. El cantor, con traje liso oscuro, rostro lechoso y pelo engominado hacia atrás, tenía cierto parecido a Bela Lugosi. Pocas veces en mi vida había escuchado tango, menos tocado en forma acústica y a escasos metros de distancia. Interpretaron varias piezas, premiadas con efusivos aplausos. Por los dos ventanales con postigos abiertos se asomaban El Mono, Alfredo y Maxi entre otros curiosos. Yo me sentía atraído por una morocha preciosa, le clavaba la vista fingiendo seguir al dúo. El Loco y Eugenio ahora compartían silla con las turistas mientras un muchacho flaquito empezó a pasar “la gorra”, acercando un clásico sombrero tipo fungi dado vuelta: el público contribuyó de buena gana. Había retornado la música funcional; César, ni noticias. Pedí fernet acodado en la barra. Debido al clima invernal, diagnostiqué resfrío o rinorrea acuosa a unos cuantos concurrentes masculinos y femeninos, porque les goteaba insistentemente una fosa nasal. De pronto tres jóvenes empezaron a ejecutar tangos y valsecitos criollos con guitarras y bandoneón. La morocha preciosa se ponía de pie entonces averigüé dónde quedaba el baño. Me costó trabajo atravesar aquella puerta corrediza. En ese pasillo a la derecha no cabía un alfiler. Se hablaba animadamente, casi todos fumaban y bebían. Me sentía extraño, acaso en diferente frecuencia con los demás. Esperé en un rinconcito. Circulaba un cigarrillo armado y lo rechacé. Al rato la morocha preciosa cruzó como rayo y no tuve oportunidad. Y de la nada apareció Bela Lugosi: ¿primerizo en Roberto? Sí, ¿todo bien? Espectacular, nene; y, desplegando su sonrisa postiza, diseminó aliento alcohólico al preguntarme en voz baja si buscaba milonga. Gracias, gracias pronuncié confundido y corrí la puerta regresando al salón. 

 

La morocha preciosa brillaba por su ausencia. Miré hacia todos lados sin poder hallar a mis compañeros de trabajo. A la mesa de las turistas la ocupaban distintas personas. Había amanecido cuando decidí irme. Caminé largas cuadras a la luz de un tibio solcito, y al traspasar el puente ferroviario llegué hasta Avenida Rivadavia, tratando de localizar la parada del colectivo haciendo visera con la palma. 

 

Sergio Fombona

Octubre - Noviembre, 2018

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Breves crónicas de Buenos Aires

 

BALNEARIO BARRACUDA

 

Cualquiera merece unas buenas vacaciones y el hecho de mudarse por un tiempito a un lugar con mar disponible debiera de ser una situación enteramente favorable. Pero aquel viaje en ómnibus desde la estación terminal de Retiro, con aire acondicionado soplando a diecisiete grados durante cinco horas, fue una tortura, y, para peor, al llegar al balneario bonaerense de Villa Gesell, mi compañera de ruta y un servidor nos desayunamos de que no arribábamos a la histórica terminal frente al edificio donde alquilamos, ésta era flamante, espaciosa y quedaba a veinte cuadras. 

 

Amanecimos con un día espléndido, desde nuestro balcón sólo divisábamos una lonja azul verdosa pese a que el anuncio prometía “vista al mar”. A mi gorda, tan blanca como una ballena blanca, le costó trabajo calzarse su malla enteriza, y después de untarnos una buena capa de bronceador con beta caroteno factor de protección solar cincuenta, salimos provistos de heladera portátil, toallones playeros, sombrilla y sillas reposeras. El sol brillaba a sus anchas sobre el atlántico helado y con mi gorda optamos por mojarnos los pies en la orilla, avanzar despacio para que el cuerpo vaya tomando temperatura, pero cuando nos llegó a la cintura de golpe la perdí de vista. Fueron apenas segundos desesperados en los que empecé a chillar y hasta pedí ayuda al bañero agitando los brazos en alto. Emergió echa una tromba escupiendo líquido e insultos y ante la mirada azorada de los demás veraneantes nos fuimos a guarecer bajo la sombrilla. Trató mal a un senegalés vendedor de anteojos y recién se calmó zampándose media docena de empanadas bajadas con un litro de gaseosa cola. Aunque lo peor de aquella primera jornada en la playa estaba por suceder… Viéndome de cuerpo entero en el espejo del placard, noté mi piel colorada como tomate y de la bronca cerré con fuerza la puerta sintiendo ruido a vidrio roto: mal augurio. 

 

El martes también fue espectacular. Yo seguía despellejándome porque no cabíamos ambos en la sombrilla y mi gorda machacaba que la mostaza rancia le había revuelto el estómago, por eso insultó al vendedor de choclos y por poco tengo que irme a las manos en su defensa. A la mañana y entrada la tarde había invasión de churreros, iban y venían soplando sus silbatos, gritando a viva voz y hasta uno usaba un pequeño megáfono, y pese a su malestar mi gorda engulló cuatro rellenos con dulce de leche recubiertos con chocolate. Pasadas las diecisiete quiso meterse al agua con el argumento de su calidez crepuscular. Yo la acompañé hasta cierto punto, con semejante corpachón le resultaba sencillo flotar, pero no contamos con la marea, se fue alejando de la costa y cuando intentó volver a nado el estómago le jugó una mala pasada. Tuvieron que traer un lanchón para subirla entre una verdadera dotación de bañeros geselinos. Todo el mundo aplaudía a los rescatistas quienes la depositaron en la arena y se turnaban haciéndole respiración boca a boca, hasta que empezó a lanzar chorros de agua hacia arriba como una fuente de carne y hueso. 

 

Por la noche, trasladados hacia la sofocante ciudad de Buenos Aires en ambulancia de alta complejidad, apretando la manota del brazo sin suero de mi gorda, murmuré: debo estar meado por una jauría de elefantes… Manada, me corrigió, con voz extrañamente dulce, hablando en medio de sus sueños dopados. 

 

Sergio Fombona

Agosto - Septiembre, 2018

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Breves crónicas de Buenos Aires

 

CON AMIGOS NO ES PECADO

 

-¡Buenos Aires…! La nombrás y aparece esa nostálgica imagen del monumento a la erección- se burlaba Manu con sonrisa cantábrica.

 

Manuel -Manolo le decían en su casa- o Manu -lo apodamos en nuestra infancia villalurense-, había llegado ayer de Gijón, donde reside hace cinco años. 

 

-Estás más flaca y muy bella, querida Valeria- alagó Manu con impostado acento asturiano –Tomá, para ti- le entregó una ristra de chorizos de jabalí. 

 

-Zalamero- reía mi gorda, contenta. 

 

Cenamos asado de tira a la parrilla, ensalada mixta, degustando una botella de borgoña y otra de cabernet sauvignon; mi amigo, con expresión placentera, los calificó: “sublimes caldos mendocinos”. Había alquilado un Fiesta para moverse por la ciudad y lo notaba ansioso por salir de ronda. Al terminar el postre borracho de vainilla también preparado por mi gorda, Manu alegó el impostergable encuentro con los “pibes”. Se había informado a través de Internet sobre locales nocturnos y rumbeamos directamente. En el trayecto le comenté que sentía mareos y me dio una pastilla rosa con tamaño de aspirina. 

 

-No la trago sin líquido.

 

-Agarrá- ordenó alcanzándome su petaca de whisky.  

 

Pese a las luminarias coloridas se imponía cierta media luz, lograda al ennegrecer techos y muros, en consonancia con gran parte del mobiliario. Atravesamos aquel aparatoso salón –yo medio a los tumbos-, para ubicarnos en una mesa alejada. Me daba vueltas la cabeza y ese engendro musical, estridente como pasada de murga, parecía sacudirme el cráneo. Una chica esbelta, alzando una bandeja repleta por entre la humanidad de los concurrentes, nos plantó dos tragos largos. Manu, inquieto, sólo se quedó escasos minutos. Alrededor mío las cosas se movían vertiginosamente. Tenía mucha sed. Asqueroso resultó el cóctel. Pensaba que ni en mi adolescencia había pisado este tipo de lugares. Además pensaba en mi gorda, si se enterase seguro me trozaría como a un pollo. 

 

-A este tololo lo conozco desde que era así…- dijo Manu sosteniendo su palma a la altura de la rodilla. 

 

Se dirigía a una rubia exuberante; me guiñó un ojo. 

 

-Divertite, chambón- agregó dejándome una ficha similar a las de casino.

 

Recostado contra la pared levanté el pulgar en signo de aprobación. Vacié mi vaso, paladear alcohol me revolvió el estómago. Traté de relajarme mirando mujeres. Vino una morocha pechugona. 

 

-Acá nadie se aburre- susurró con voz insinuante acercando sus labios a mi oreja. 

 

-Estoy bien- atiné a contestar.

 

La pechugona, apoyando su mano derecha en mi muslo, me lamió el cuello.

 

Al instante retornó la chica esbelta para retirar las bebidas y reemplazarlas por copas de champán. 

 

Ni Valeria me llamaba papito, menos todavía era de contar fantasías sexuales. Pagué otra ronda feliz por acariciarle los pechos. Aunque al querer besarla sacó la boca terminé por darle mi ficha. 

 

-¿Vamos?- preguntó frotándome la entrepierna.

 

Me puse de pie y todo volvió a girar pero esta vez tuve una arcada. 

 

La pechugona me llevaba de la mano cautivado por sus bonitas piernas, aquellas nalgas prominentes desbordando la ajustadísima minifalda, su espalda desnuda. Cruzamos la pista de baile, eludimos los reservados y, al ingresar por un angosto pasillo, brotó un vómito imparable y la bañé.    

 

-Error de aforo, Maty- bromeó el gijonés al día siguiente cuando lo llamé por teléfono. 

 

Y yo quedé mudo recapacitando: la saqué barata… Acordándome de los insultos a grito pelado de la pechugona, el posterior cachetazo y las fieras caras de los musculosos que me lanzaron a la calle como a una bolsa de basura.

 

Sergio Fombona

Junio - Julio, 2018

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Breves crónicas de Buenos Aires

MATY EL HERMOSO

 

     A Lili, mi entrañable abuela materna, le encantaba repetir que su nietito preferido sería gran conquistador; y yo me imaginaba capitán de buque pirata desembarcando en playas exóticas. También la tía Ana, hermana menor de papá, afirmaba concluyentemente que rompería muchos corazones femeninos: ni siquiera soy cardiólogo. Pero mi vieja entendía de qué hablaba; siempre, desde la cuna diría yo, mamá vaticinó mi vínculo con una mujer gorda, y aquello que para algunos puede transformarse en condicionamiento o llegar hasta el punto extremo del trauma, yo lo tomé como desafío. A decir verdad, nunca resulté atractivo para el sexo opuesto ni para el propio. Tuve escasa experiencia con chicas a lo largo de mi adolescencia, después tampoco florecieron alentadoras relaciones, sólo un puñado de noviazgos y si te he visto no me acuerdo…

 

     A pesar de todo, en algún momento, la vida nos acaricia. 

 

    Cuando la conocí, Valeria recién había cumplido veintisiete años. Le cedí mi asiento en el colectivo por creerla embarazada, aunque no estaba tan obesa como ahora. Casualmente viajábamos en la línea dos y nos fuimos haciendo amigos. A las pocas semanas le propuse ir a tomar algo al salir del trabajo; yo me iniciaba en la cadetería bancaria, ella vendía ropa informal. La cité una tarde calurosa en el Teatro San Martín, porque daban películas a cualquier hora y, además, por su ubicación estratégica sobre la Avenida Corrientes donde hay infinidad de librerías, teatros, cafés y pizzerías. Esperé en el enorme hall central,  disfrutando del aire acondicionado, oyendo alegremente a una banda de jazz. Justo esa misma mañana, yéndome de mi casa en Villa Luro, descubrí un objeto tirado en la vereda cubierta por pasto crecido y me acerqué; trae suerte, dije guardándolo, omitiendo el oxido y los clavos doblados. Al ver entrar a Valeria cargaba la herradura en mi mochila y compararlas fue un acto inevitable: hombros caídos, redondeces notorias distribuidas por su oronda anatomía, cabeza diminuta contrastando con su corpulencia generalizada. Y pese a llevarme quince centímetros de altura me sedujo su sonrisa apenas insinuada, esa manera cansina al desplazarse, la precisión en el uso del vocabulario, su voz suave y melodiosa trasmitía cierta calma. Al quinto encuentro, sin mediar palabra, confesó su virginidad. Quedé callado, la mirada fija en mis zapatillas flamantes; Valeria agregó: “te amo, Matías”. De nuevo no supe responder; probablemente enrojecí, pero me sentía muy bien, por primera vez especial. La noticia produjo el compromiso de ser nada menos que yo quien zanjara aquella incómoda situación. Entonces tomé coraje, admitiendo medio a la ligera que cantidad de personas en el mundo sufren de halitosis, y, cautivado por sus ojazos color miel, le planté mi glorioso primer beso en su roja boca carnosa. 

 

Sergio Fombona

Abril - Mayo, 2018

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LA GEOMETRÍA DEL INSTANTE

Sergio Fombona[1]

sdfombona@yahoo.com.ar

 

 

 El hombre con pelo entrecano revuelto sube el cuello de su campera inflable de color gris latoso y vuelve a meter las manos en los bolsillos.

—¿Me convidás un faso?— pregunta al recién venido.

—No fumo.

Se estudian mutuamente disimulando rápidas miradas.

—Cuando la mano viene mal... Hoy tuve un día de perros y ésta, por lo visto, es una noche de perros..., ¡qué lo parió!— declama el de campera.

—Puedo equivocarme, pero a mí me suena que acá los perros somos nosotros. Pensá que cada día se le enseña al mundo, a quienes lo habitamos, más y más imbecilidades. Y el mundo aprende, consume y se regodea; claro, consume sólo la parte que puede, porque son muchísimos quienes le piden al cielo y el cielo le devuelve tempestades.

Hace silencio, convencido de haber dicho una revelación.

 

El hombre con campera gris, sentado a metro y medio en el mismo banco de cemento enfriado, creyendo que puede ser evangelista lo mira neutralmente.

—Europa es bosta reseca y Estados Unidos mierda humeante— agrega el recién venido. 

—Lo parió— declama sonriendo su interlocutor. —Acordate, bola, dentro de cincuenta años, la tercera parte del mundo va a ser amarilla— sentencia.

En el ambiente, un rebelde olor a orines secos, parece encostrado en el propio piso bajo sus suelas.

—Un cuarterón de tierra apenas queda del mundo para que lo sigan descuajeringando: ¿cómo es tu nombre?

—Norberto, pero me dicen Beto, el Beto, aunque no juegue como Alonso— aclara quien lleva puesta la campera gris.

—Sergio.

Se dan la mano.

Alguien ronca, abrigado por una mugrosa frazada que alcanza hasta los pies dejando al descubierto llamativos zapatos blancos, recostado a lo largo del banco.

—Pensemos…, todas esas empresas multinacionales, me refiero a los que las manejan, se garcan en sus hijos, en sus nietos y si vos querés también en sus bisnietos y tataranietos.

—Por ahí no saben...

—¿Saber qué?— interrumpe Sergio y agrega con ensañamiento. —¿Qué concha es saber? Son una sociedad secreta, una secta mormónica, la logia de los Lautaros; mientras nosotros, boludos útiles, nos seguimos juntando en pequeñas tribus, y desde nuestro pequeño refugio competimos entre nosotros para ver quien la tiene más grande.

—En eso se va la vida— opina con seguridad, ahora considerando que es comunista.

Se ven las caras gracias a esa escasa luz artificial proveniente del pasillo, que traspone el ventanuco en la puerta de hierro, sumada a otro borroso y esquinado reflejo de la calle que cae desde una ventana enrejada por la cual no cabría una persona.

—Y vos. 

—Qué. 

—La causa.

—Soy remisero, laburo para una agencia en Capital... Primero contá la tuya— reflexiona y corrige, desconfiado, poniéndose serio.

—Averiguación, ebriedad, vagancia, da lo mismo.

—Veinticuatro horas clavadas— afirma.

—Depende, por ahí cuarenta y ocho o setenta y dos, y multa— acepta Sergio bajando la vista al piso.

Especula con que ese instante parece cobrar una entidad distinta, se torna pesado, se estira, negándose a transcurrir. El tiempo es un invento del hombre, nos ordena, obliga, da sentido, cavila estirando aquella pausa espontánea.

—Ahora te toca— conmina, súbitamente, mirándolo.

—Lo mío no es joda.

—¿Una muerte?

—¿Conocés a Pamela Romi?

Cabecea pensativo.

—¡Lo que te perdés! —se apoya por completo en la pared, también pega la nuca. —Me tocó a mí, le podía tocar a cualquiera. Después supe que ella me pedía. Era su chofer oficial, bien trajeado, impecable. Iba los martes a las diez de la mañana hasta Villa Caraza, la calle Mendoza, de ahí derecho al canal once.

—¿A telefé?

—Al de Pavón, al once. —Sube el cierre de la campera hasta el tope y enseguida mete nuevamente las manos en los bolsillos. —Te explico: las primeras veces yo ni sabía quién era y la piba usaba el cinturón de seguridad, se hacía chiquita en el asiento de atrás, ni una palabra en todo el viaje. Pero me llamaba la atención que la dejaran ir solita, que no viniera con la madre. Yo relojeaba por el espejito y a lo sumo tiraba alguna frase tonta, me hacía el simpático, parecía todo un colegial, parecía.   

—Nunca miro televisión. ¿Está buena?

—Te morís, bola, vas preso. 

Cruzan miradas en un silencio forzoso porque oyen una sirena, se dan cuenta de que se acerca debido a que el ulular aumenta intensidad y, cuando se torna insoportable, cuando satura proviniendo justo del otro lado de la pared, de golpe cesa.

El durmiente les echa una ojeada, los ojos achinados, lagañosos; gruñe algo inentendible y les vuelve a dar la espalda, cubriéndose por completo con esa frazada descolorida.

           —¿Qué hacía en la tele?

—Aunque no me lo creas era una paquita de Xuxa.

—Paquita, ¿qué significa Paquita?

—La novia de Paquito, el loro del programa.

—Ah— repasa unos segundos y sonríe involuntariamente.

—Te bato la justa: si la nombro me da electricidá en todo el cuerpo. Posta, hermano,   

    posta.

—A veces salía directo de la grabación sin despintarse y le quedaba la boca roja bien marcada y los párpados turquesa le daban pinta de mujer; era una nena disfrazada de mujer, sabés. Mirá que pasaba la aspiradora por los asientos, hacía lavar las alfombras y tiraba desodorante de ambiente, pero Pam, ves, ahí me da electricidá, más en el espinazo.

—A ver, repetí conmigo: Pa-me-la.

—Ni hablar, bola, dejá.

—Pam, pame, pamela, pamelita...

—Cayate carajo, no me hinchés las pelotas— gruñe y saca las manos cerrando los puños, despegándose de la pared.

—Disculpá, disculpá, todo bien…— pide Sergio colocando sus palmas hacia abajo, en señal inequívoca de calma; después desvía la mirada hacia el que ronca plácidamente, como si buscara protección.

Vuelven a quedar callados.

Al rato oyen una voz masculina algo afectada reclamar ir al baño repetidas veces, después se aplaca, pero más tarde empieza a los gritos y, por último, también embiste la puerta de hierro.

—Pará, maracaibo, terminala o sos boleta— ordena Beto, exigiendo al máximo su tono disminuido por el hábito tabáquico, descargando enojo. 

Disfrutan de unos minutos en completo silencio.

—El mundo sigue siendo igual... —Sergio rompe el mutismo manteniendo la vista fija en un agujero del techo. —Habría que remitirse a los guetos, especialmente al de Venecia, a las segregaciones raciales, a la exclusión de las minorías, recién para empezar a hablar— plantea todavía sin ver a su interlocutor.

—¿Lo qué?

—Nada. Pero imaginate el hipotético caso de que tuvieses que “definir”, entrecomillado (hace el gesto separando el índice y el anular de su mano derecha a la altura de los ojos), en pocas palabras, a un ente de otra galaxia, cómo es el ser humano.

—Un pobre infeliz que se vive equivocando.

—Ahí va, animales “desarrollados”, también entrecomillado (reitera el gesto curvando y enderezando varias veces las primeras falanges), que siguen siendo carnívoros porque quieren. No hay civilización posible si el ser humano no puede con sus propias miserias, y aclaro, propias, subrayado, si preferís, porque a lo largo de la historia se ha intentado digitar el comportamiento, incluso se hizo el famoso decálogo obviamente con diez mandamientos y todo sigue como era entonces. Avanza la ciencia, pero al hombre no hay ley “natural” que lo amanse.

Beto prolonga su mirada indiferente, aunque ahora cree, pese a no sentirle aliento alcohólico, que lo trajeron por ebriedad.

—...Se llenan la boca con grandilocuencias: avaricia, no robaras, codicia,  ¿y el poder? Fijate vos, al poder nunca se lo consideró pecado en sí mismo, pero junto a la invención del dinero es uno de los mayores males de la humanidad, son las drogas más potentes. Eso le puntualizaría a un extraterrestre.

 

—Yo lo haría encamarse con una buena mina.

—¿Y si te toca hablarle a una Venus galáctica?

—Yo nunca me confundo— escupe con severidad.

La habitación tiene paredes descascaradas de color aceitunado y está repleta de inscripciones, por lo común ofensivas o recordatorias, otras todavía más viejas, cubiertas por capas de pintura, manchas, dibujos pornográficos, tachaduras, algunas hechas con tinta azul, la mayoría rasgando el revoque con algún elemento cortante, aunque el techo y sus bordes conservan cierta brillantez original.

—Bueno, mejor no confundirse, pero si pasa, pasa— dice con ironía.

—…

—Como te contaba, yo le hablaría de la relación que guarda el poder en la conducta del hombre, ese nivel de superioridad que ya determinaba Darwin, o sea, el pez grande se come al chico. Y apenas señalo el poder físico, imaginate el psicológico. Cuando el hombre inventa el linaje o sangre azul para sostener intereses y pone al frente de un reino a un chico de diez años está llegando al súmmum en el manejo de masas; en esta coyuntura sumale los medios audiovisuales, el consumo fomentado...

—Bola, a mí me gusta ir a la cancha, las pendejas, el asado, tener una buena cupecita, ¿o a vos no?

—Claro, pero pensemos, siempre en el hipotético caso de tener que explicarle a un extraterrestre, que hay presidentes, primeros ministros, empresarios en este preciso momento…, dije preciso momento, frase trilladísima, suena mejor geométrico instante, ¿no?— se toma un respiro para complacerse con su ocurrencia. —En fin…, dirigentes que ahora mismo están mandando al muere a países enteros para apropiarse de suministros estratégicos, ¿te suena el mentado viaje a las Indias Orientales? Creo que el ente de otro planeta nos borra del universo, porque si la civilización se funda en la mentira y todos nos mentimos para sobrevivir, incluso a nosotros mismos, el mayor mentiroso es siempre quien termina ganando, si se puede afirmar que alguien salga ganando.

—¿Vos pensás que hay marcianos?, y mirá qué justo, te van a venir a hablar.

Beto lo mira con determinación, de arriba abajo, sin ningún pudor, porque ahora presume que desde el principio estuvo totalmente drogado.

—Tenés razón, primero van a ir a Nueva York.

—Vos te golpeaste la mollera de chico.

—Jugando a ser Superman.

—Qué te dije, bola.

La luz que ingresa de la calle cobra distinta resolución, una fosforescencia que se va expandiendo y crece progresivamente de manera casi escenográfica.

—Disculpá el divague, seguime contando la historia de la paquita. Dale, fijate que ni la nombré

— sonríe.

—Vos querés sacarte el frío.

Sergio levanta el pulgar en signo de aprobación.

—Bueno, sabés bola, lo primero que me vuelve siempre es el perfume. —se acomodó nuevamente con la espalda muy recta contra la pared, como si hubiese  respaldo acolchado. —Dejaba mi 505 con una fragancia dulce, a fruta rica; lo digo y es como si la estuviese viendo bajarse— se le quiebra un poco la voz. —Pero eso fue el primer año. En las vacaciones ni noticia. Y cuando en marzo arrancó el programa ella empezó a tomar confianza, me trataba de che, me decía Beto y ya usaba anteojos negros y fumaba.

—Qué contraste.

—No te digo, bola, me explicaba que con ese nombre calculaban que era extranjera, americana; andá, nena, si vos sos morocha bien argentinaza, la jodía yo, enseguidita se cabreaba, repetía que Adina Souza, una productora brasileña viajada, le explicó que en Orlando o La Florida iban a pensar que ella, la paquita de Caraza, lo dije una vez y casi me come el hígado, era latina y nacida en los Estados Unidos.

—Podría, aunque para mí se lo informaba de envidiosa, tan pendeja y lindita la rebajó a chicana.

—Justo esa brasuca lesbiana, metiendo chicana, a quién carajo le ganó.

—Parece que la conocés.

—Esa turra de Souza me la negó— detalló amargamente. —Cuando la piba fue tomando más confianza, contó que vivía con el padre y una abuela...

—¿Materna o paterna?— interrumpe tiritando.

—Da igual, bola; la cosa es que el viejo chupaba desde que la madre se había escapado con un ñato, y ella tenía la esperanza que al verla laburar en la tevé iba a volver. Lo decía y yo fichaba por el espejo retrovisor y sus ojitos redondos, medio juntos, de color miel, se le enturbiaban.

              —Me vendría bárbaro esa frazada roñosa— alude al durmiente que ronca con suavidad de lactante.

              —El calor se va para arriba y encima aquella ventanita está sin vidrio.

Estudian la ventana alumbrada alzando las cabezas, como si necesitaran constatar que a una caprichosa brisa helada no la detienen los barrotes. 

—Escuchá, bola, agarraba noche hasta mediodía, y de tarde, a la hora en que me ponía a comer algo antes de echarme, en la tele de la pensión miraba el programa.

—¿Tu paquita bailaba bien? 

             —La mejor, lejos. Un día me contó que terminaba el programa y Xuxa se volvía a Río y la había elegido especialmente a ella para llevarla. Ahí me di cuenta que ya no la iba a ver más. —Sacó las manos de los bolsillos y las estudió un momento. —Seguí manejando como si nada, pero sentí ahogo en el pecho, una especie de angustia mezclada con bronca o pena. Me paré en el semáforo y la piba lagrimeaba. Entonces le dije por qué llorás y me contestó que el padre no la dejaba ir y sin autorización... —Me reí, sabés, y en aquel instante se me encendió la lamparita. Enseguida le pregunté: ¿conocen a tu viejo?

             —Ya veo cómo viene...

             —Pará, bola, esto no termina acá. El asunto es que acomodé las cosas para acompañarla a firmar la autorización, haciéndome pasar por el papá.

             —¿Y la abuela?

             —La vieja ni se enteró. Fuimos, firmé...

—¿No te pidieron un documento para certificar quién eras?

             —Por supuesto que sí. La piba le chorió el D.N.I. al curda y cambiamos de foto, yo tengo más o menos su misma edad.

—De esta forma conociste a la productora.

             —Bien, bola, bien. Le digo a la piba cuando salimos: me debés un favor, uno muy grande, ni te imaginás cuánto.

             —¿La llevaste a la pensión o derecho a un telo?

             —Bola, te creíste que iba a arruinar todo tan rápido, qué poca fe… Yo quería algo más, seguir haciendo el papel, lo otro iba a venir sólo.

             —Por decantación, en un cinco estrellas de Río de Janeiro— arriesga Sergio, repentinamente animado.

             —Tanto así.

Al alba el frío se torna más intenso, la luz crece imparable tapando a ese manchón artificial, coladizo por el ventanuco de la puerta que interrumpe el pasillo.

             —Te la hago corta porque reviento por acordarme. Nos dieron fecha: el lunes diez a las ocho de la matina volábamos por Varig saliendo de Ezeiza. Entonces fui a retirar los pasajes y me sonó raro ir a buscarlos a las oficinas de la productora.

             —Te sacó.

             —Yo lo sentí, bola. Viste cuando uno miente, por más que seas el mejor mentiroso del mundo hay un instante... 

             —Geométrico— agrega.

             —Como quieras, te vendés, bola. Todavía no sé qué miércoles hice o dije, la negra tortillera era una perra de presa. 

             —Odian a los hombres.

             —El asunto es que salí tranquilo con los pasajes, la reservación del hotel, todo el papelerío metido en una carpeta. Contento como un chico pensaba zafé, la Souza ni se avivó. Pero esa misma tarde cayó la cana a mi pensión y por fortuna me sacaron con la zabiola tapada por una campera. Los periodistas preguntaban a grito pelado y por fortuna pasó en un pedo.

             —¿Supiste quién fue?, digo, quién te mandó al frente.

             —Estoy segurísimo que fue la productora, aunque por ahí el padre se dio cuenta que le faltaba el documento, pudo ser hasta la abuela. Si sospecho de Pam estoy cagado, la verdá no sé.

             —Viste, la nombraste y no te pasó nada.

             —Lo que hace el hombre para dejar de pensar— murmura apenado, se le modifica la expresión, inclina el torso hacia adelante y cubre el rostro con las manos.

             —Por eso el peor de los castigos sigue siendo la reclusión, estás doblemente guardado y pensás, pensás hasta cuando dormís— comenta y hace silencio, advirtiendo que Beto está gimoteando.

              —¡A ver, Bombona!— grita una voz a través del ventanuco. 

              —Sí, yo— responde Sergio presuroso, al oír que corren el pasador, poniéndose de pie. 

              —Venga, Bombona, apúrese— insiste esa voz de mando abriendo la puerta.

              —Chau, Beto, suerte, mucha suerte— atina a desear.

Beto ni lo mira.

El de zapatos blancos con alto taco cuadrangular echa una ojeada, en seguida se da vuelta, cierra los ojos achinados y se arropa casi por completo con la frazada descolorida.

 



[1] Sergio Fombona nace en 1964, en Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina.

En 1990 integra la Primera Antología Ilustrada, Editorial Urano; 1992, Premio “Leopoldo Marechal”, Ediciones Barrio de Belgrano, antología. Premio Iniciación S.A.D.E. en el género cuento breve; 1993, Mención de la Editorial del Dock; Premio otorgado por la Secretaría de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil (Facultad de Filosofía y Letras, U.B.A.), “Concurso Nacional Enrique Pezzoni”, categoría cuento. Desde la década del 90 colabora en revistas literarias de Argentina y posteriormente en publicaciones del país y el exterior en la Web.

En 2004 publica, “La vida muerde”, cuentos, Ediciones Simurg. En 2008, “El Mayor y las perlas”, novela, Ediciones Godot. En 2014, “Aguafuertes de los ochentas”, crónicas, Textos intrusos.





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