Sergio Fombona

Sergio Fombona nace en 1964, en Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina

En 1990 integra la Primera Antología Ilustrada, Editorial Urano; 1992, Premio “Leopoldo Marechal”, Ediciones Barrio de Belgrano, antología. Premio Iniciación S.A.D.E. en el género cuento breve; 1993, Mención de la Editorial del Dock; Premio otorgado por la Secretaría de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil (Facultad de Filosofía y Letras, U.B.A.), “Concurso Nacional Enrique Pezzoni”, categoría cuento. Desde la década del 90 colabora en revistas literarias de Argentina y posteriormente en publicaciones del país y el exterior en la Web. 


En 2004 publica, “La vida muerde”, cuentos, Ediciones Simurg. En 2008, “El Mayor y las perlas”, novela, Ediciones Godot. En 2014, “Aguafuertes de los ochentas”, crónicas, Textos intrusos.


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LA GEOMETRÍA DEL INSTANTE

Sergio Fombona[1]

sdfombona@yahoo.com.ar

 

 

 El hombre con pelo entrecano revuelto sube el cuello de su campera inflable de color gris latoso y vuelve a meter las manos en los bolsillos.

—¿Me convidás un faso?— pregunta al recién venido.

—No fumo.

Se estudian mutuamente disimulando rápidas miradas.

—Cuando la mano viene mal... Hoy tuve un día de perros y ésta, por lo visto, es una noche de perros..., ¡qué lo parió!— declama el de campera.

—Puedo equivocarme, pero a mí me suena que acá los perros somos nosotros. Pensá que cada día se le enseña al mundo, a quienes lo habitamos, más y más imbecilidades. Y el mundo aprende, consume y se regodea; claro, consume sólo la parte que puede, porque son muchísimos quienes le piden al cielo y el cielo le devuelve tempestades.

Hace silencio, convencido de haber dicho una revelación.

 

El hombre con campera gris, sentado a metro y medio en el mismo banco de cemento enfriado, creyendo que puede ser evangelista lo mira neutralmente.

—Europa es bosta reseca y Estados Unidos mierda humeante— agrega el recién venido. 

—Lo parió— declama sonriendo su interlocutor. —Acordate, bola, dentro de cincuenta años, la tercera parte del mundo va a ser amarilla— sentencia.

En el ambiente, un rebelde olor a orines secos, parece encostrado en el propio piso bajo sus suelas.

—Un cuarterón de tierra apenas queda del mundo para que lo sigan descuajeringando: ¿cómo es tu nombre?

—Norberto, pero me dicen Beto, el Beto, aunque no juegue como Alonso— aclara quien lleva puesta la campera gris.

—Sergio.

Se dan la mano.

Alguien ronca, abrigado por una mugrosa frazada que alcanza hasta los pies dejando al descubierto llamativos zapatos blancos, recostado a lo largo del banco.

—Pensemos…, todas esas empresas multinacionales, me refiero a los que las manejan, se garcan en sus hijos, en sus nietos y si vos querés también en sus bisnietos y tataranietos.

—Por ahí no saben...

—¿Saber qué?— interrumpe Sergio y agrega con ensañamiento. —¿Qué concha es saber? Son una sociedad secreta, una secta mormónica, la logia de los Lautaros; mientras nosotros, boludos útiles, nos seguimos juntando en pequeñas tribus, y desde nuestro pequeño refugio competimos entre nosotros para ver quien la tiene más grande.

—En eso se va la vida— opina con seguridad, ahora considerando que es comunista.

Se ven las caras gracias a esa escasa luz artificial proveniente del pasillo, que traspone el ventanuco en la puerta de hierro, sumada a otro borroso y esquinado reflejo de la calle que cae desde una ventana enrejada por la cual no cabría una persona.

—Y vos. 

—Qué. 

—La causa.

—Soy remisero, laburo para una agencia en Capital... Primero contá la tuya— reflexiona y corrige, desconfiado, poniéndose serio.

—Averiguación, ebriedad, vagancia, da lo mismo.

—Veinticuatro horas clavadas— afirma.

—Depende, por ahí cuarenta y ocho o setenta y dos, y multa— acepta Sergio bajando la vista al piso.

Especula con que ese instante parece cobrar una entidad distinta, se torna pesado, se estira, negándose a transcurrir. El tiempo es un invento del hombre, nos ordena, obliga, da sentido, cavila estirando aquella pausa espontánea.

—Ahora te toca— conmina, súbitamente, mirándolo.

—Lo mío no es joda.

—¿Una muerte?

—¿Conocés a Pamela Romi?

Cabecea pensativo.

—¡Lo que te perdés! —se apoya por completo en la pared, también pega la nuca. —Me tocó a mí, le podía tocar a cualquiera. Después supe que ella me pedía. Era su chofer oficial, bien trajeado, impecable. Iba los martes a las diez de la mañana hasta Villa Caraza, la calle Mendoza, de ahí derecho al canal once.

—¿A telefé?

—Al de Pavón, al once. —Sube el cierre de la campera hasta el tope y enseguida mete nuevamente las manos en los bolsillos. —Te explico: las primeras veces yo ni sabía quién era y la piba usaba el cinturón de seguridad, se hacía chiquita en el asiento de atrás, ni una palabra en todo el viaje. Pero me llamaba la atención que la dejaran ir solita, que no viniera con la madre. Yo relojeaba por el espejito y a lo sumo tiraba alguna frase tonta, me hacía el simpático, parecía todo un colegial, parecía.   

—Nunca miro televisión. ¿Está buena?

—Te morís, bola, vas preso. 

Cruzan miradas en un silencio forzoso porque oyen una sirena, se dan cuenta de que se acerca debido a que el ulular aumenta intensidad y, cuando se torna insoportable, cuando satura proviniendo justo del otro lado de la pared, de golpe cesa.

El durmiente les echa una ojeada, los ojos achinados, lagañosos; gruñe algo inentendible y les vuelve a dar la espalda, cubriéndose por completo con esa frazada descolorida.

           —¿Qué hacía en la tele?

—Aunque no me lo creas era una paquita de Xuxa.

—Paquita, ¿qué significa Paquita?

—La novia de Paquito, el loro del programa.

—Ah— repasa unos segundos y sonríe involuntariamente.

—Te bato la justa: si la nombro me da electricidá en todo el cuerpo. Posta, hermano,   

    posta.

—A veces salía directo de la grabación sin despintarse y le quedaba la boca roja bien marcada y los párpados turquesa le daban pinta de mujer; era una nena disfrazada de mujer, sabés. Mirá que pasaba la aspiradora por los asientos, hacía lavar las alfombras y tiraba desodorante de ambiente, pero Pam, ves, ahí me da electricidá, más en el espinazo.

—A ver, repetí conmigo: Pa-me-la.

—Ni hablar, bola, dejá.

—Pam, pame, pamela, pamelita...

—Cayate carajo, no me hinchés las pelotas— gruñe y saca las manos cerrando los puños, despegándose de la pared.

—Disculpá, disculpá, todo bien…— pide Sergio colocando sus palmas hacia abajo, en señal inequívoca de calma; después desvía la mirada hacia el que ronca plácidamente, como si buscara protección.

Vuelven a quedar callados.

Al rato oyen una voz masculina algo afectada reclamar ir al baño repetidas veces, después se aplaca, pero más tarde empieza a los gritos y, por último, también embiste la puerta de hierro.

—Pará, maracaibo, terminala o sos boleta— ordena Beto, exigiendo al máximo su tono disminuido por el hábito tabáquico, descargando enojo. 

Disfrutan de unos minutos en completo silencio.

—El mundo sigue siendo igual... —Sergio rompe el mutismo manteniendo la vista fija en un agujero del techo. —Habría que remitirse a los guetos, especialmente al de Venecia, a las segregaciones raciales, a la exclusión de las minorías, recién para empezar a hablar— plantea todavía sin ver a su interlocutor.

—¿Lo qué?

—Nada. Pero imaginate el hipotético caso de que tuvieses que “definir”, entrecomillado (hace el gesto separando el índice y el anular de su mano derecha a la altura de los ojos), en pocas palabras, a un ente de otra galaxia, cómo es el ser humano.

—Un pobre infeliz que se vive equivocando.

—Ahí va, animales “desarrollados”, también entrecomillado (reitera el gesto curvando y enderezando varias veces las primeras falanges), que siguen siendo carnívoros porque quieren. No hay civilización posible si el ser humano no puede con sus propias miserias, y aclaro, propias, subrayado, si preferís, porque a lo largo de la historia se ha intentado digitar el comportamiento, incluso se hizo el famoso decálogo obviamente con diez mandamientos y todo sigue como era entonces. Avanza la ciencia, pero al hombre no hay ley “natural” que lo amanse.

Beto prolonga su mirada indiferente, aunque ahora cree, pese a no sentirle aliento alcohólico, que lo trajeron por ebriedad.

—...Se llenan la boca con grandilocuencias: avaricia, no robaras, codicia,  ¿y el poder? Fijate vos, al poder nunca se lo consideró pecado en sí mismo, pero junto a la invención del dinero es uno de los mayores males de la humanidad, son las drogas más potentes. Eso le puntualizaría a un extraterrestre.

 

—Yo lo haría encamarse con una buena mina.

—¿Y si te toca hablarle a una Venus galáctica?

—Yo nunca me confundo— escupe con severidad.

La habitación tiene paredes descascaradas de color aceitunado y está repleta de inscripciones, por lo común ofensivas o recordatorias, otras todavía más viejas, cubiertas por capas de pintura, manchas, dibujos pornográficos, tachaduras, algunas hechas con tinta azul, la mayoría rasgando el revoque con algún elemento cortante, aunque el techo y sus bordes conservan cierta brillantez original.

—Bueno, mejor no confundirse, pero si pasa, pasa— dice con ironía.

—…

—Como te contaba, yo le hablaría de la relación que guarda el poder en la conducta del hombre, ese nivel de superioridad que ya determinaba Darwin, o sea, el pez grande se come al chico. Y apenas señalo el poder físico, imaginate el psicológico. Cuando el hombre inventa el linaje o sangre azul para sostener intereses y pone al frente de un reino a un chico de diez años está llegando al súmmum en el manejo de masas; en esta coyuntura sumale los medios audiovisuales, el consumo fomentado...

—Bola, a mí me gusta ir a la cancha, las pendejas, el asado, tener una buena cupecita, ¿o a vos no?

—Claro, pero pensemos, siempre en el hipotético caso de tener que explicarle a un extraterrestre, que hay presidentes, primeros ministros, empresarios en este preciso momento…, dije preciso momento, frase trilladísima, suena mejor geométrico instante, ¿no?— se toma un respiro para complacerse con su ocurrencia. —En fin…, dirigentes que ahora mismo están mandando al muere a países enteros para apropiarse de suministros estratégicos, ¿te suena el mentado viaje a las Indias Orientales? Creo que el ente de otro planeta nos borra del universo, porque si la civilización se funda en la mentira y todos nos mentimos para sobrevivir, incluso a nosotros mismos, el mayor mentiroso es siempre quien termina ganando, si se puede afirmar que alguien salga ganando.

—¿Vos pensás que hay marcianos?, y mirá qué justo, te van a venir a hablar.

Beto lo mira con determinación, de arriba abajo, sin ningún pudor, porque ahora presume que desde el principio estuvo totalmente drogado.

—Tenés razón, primero van a ir a Nueva York.

—Vos te golpeaste la mollera de chico.

—Jugando a ser Superman.

—Qué te dije, bola.

La luz que ingresa de la calle cobra distinta resolución, una fosforescencia que se va expandiendo y crece progresivamente de manera casi escenográfica.

—Disculpá el divague, seguime contando la historia de la paquita. Dale, fijate que ni la nombré

— sonríe.

—Vos querés sacarte el frío.

Sergio levanta el pulgar en signo de aprobación.

—Bueno, sabés bola, lo primero que me vuelve siempre es el perfume. —se acomodó nuevamente con la espalda muy recta contra la pared, como si hubiese  respaldo acolchado. —Dejaba mi 505 con una fragancia dulce, a fruta rica; lo digo y es como si la estuviese viendo bajarse— se le quiebra un poco la voz. —Pero eso fue el primer año. En las vacaciones ni noticia. Y cuando en marzo arrancó el programa ella empezó a tomar confianza, me trataba de che, me decía Beto y ya usaba anteojos negros y fumaba.

—Qué contraste.

—No te digo, bola, me explicaba que con ese nombre calculaban que era extranjera, americana; andá, nena, si vos sos morocha bien argentinaza, la jodía yo, enseguidita se cabreaba, repetía que Adina Souza, una productora brasileña viajada, le explicó que en Orlando o La Florida iban a pensar que ella, la paquita de Caraza, lo dije una vez y casi me come el hígado, era latina y nacida en los Estados Unidos.

—Podría, aunque para mí se lo informaba de envidiosa, tan pendeja y lindita la rebajó a chicana.

—Justo esa brasuca lesbiana, metiendo chicana, a quién carajo le ganó.

—Parece que la conocés.

—Esa turra de Souza me la negó— detalló amargamente. —Cuando la piba fue tomando más confianza, contó que vivía con el padre y una abuela...

—¿Materna o paterna?— interrumpe tiritando.

—Da igual, bola; la cosa es que el viejo chupaba desde que la madre se había escapado con un ñato, y ella tenía la esperanza que al verla laburar en la tevé iba a volver. Lo decía y yo fichaba por el espejo retrovisor y sus ojitos redondos, medio juntos, de color miel, se le enturbiaban.

              —Me vendría bárbaro esa frazada roñosa— alude al durmiente que ronca con suavidad de lactante.

              —El calor se va para arriba y encima aquella ventanita está sin vidrio.

Estudian la ventana alumbrada alzando las cabezas, como si necesitaran constatar que a una caprichosa brisa helada no la detienen los barrotes. 

—Escuchá, bola, agarraba noche hasta mediodía, y de tarde, a la hora en que me ponía a comer algo antes de echarme, en la tele de la pensión miraba el programa.

—¿Tu paquita bailaba bien? 

             —La mejor, lejos. Un día me contó que terminaba el programa y Xuxa se volvía a Río y la había elegido especialmente a ella para llevarla. Ahí me di cuenta que ya no la iba a ver más. —Sacó las manos de los bolsillos y las estudió un momento. —Seguí manejando como si nada, pero sentí ahogo en el pecho, una especie de angustia mezclada con bronca o pena. Me paré en el semáforo y la piba lagrimeaba. Entonces le dije por qué llorás y me contestó que el padre no la dejaba ir y sin autorización... —Me reí, sabés, y en aquel instante se me encendió la lamparita. Enseguida le pregunté: ¿conocen a tu viejo?

             —Ya veo cómo viene...

             —Pará, bola, esto no termina acá. El asunto es que acomodé las cosas para acompañarla a firmar la autorización, haciéndome pasar por el papá.

             —¿Y la abuela?

             —La vieja ni se enteró. Fuimos, firmé...

—¿No te pidieron un documento para certificar quién eras?

             —Por supuesto que sí. La piba le chorió el D.N.I. al curda y cambiamos de foto, yo tengo más o menos su misma edad.

—De esta forma conociste a la productora.

             —Bien, bola, bien. Le digo a la piba cuando salimos: me debés un favor, uno muy grande, ni te imaginás cuánto.

             —¿La llevaste a la pensión o derecho a un telo?

             —Bola, te creíste que iba a arruinar todo tan rápido, qué poca fe… Yo quería algo más, seguir haciendo el papel, lo otro iba a venir sólo.

             —Por decantación, en un cinco estrellas de Río de Janeiro— arriesga Sergio, repentinamente animado.

             —Tanto así.

Al alba el frío se torna más intenso, la luz crece imparable tapando a ese manchón artificial, coladizo por el ventanuco de la puerta que interrumpe el pasillo.

             —Te la hago corta porque reviento por acordarme. Nos dieron fecha: el lunes diez a las ocho de la matina volábamos por Varig saliendo de Ezeiza. Entonces fui a retirar los pasajes y me sonó raro ir a buscarlos a las oficinas de la productora.

             —Te sacó.

             —Yo lo sentí, bola. Viste cuando uno miente, por más que seas el mejor mentiroso del mundo hay un instante... 

             —Geométrico— agrega.

             —Como quieras, te vendés, bola. Todavía no sé qué miércoles hice o dije, la negra tortillera era una perra de presa. 

             —Odian a los hombres.

             —El asunto es que salí tranquilo con los pasajes, la reservación del hotel, todo el papelerío metido en una carpeta. Contento como un chico pensaba zafé, la Souza ni se avivó. Pero esa misma tarde cayó la cana a mi pensión y por fortuna me sacaron con la zabiola tapada por una campera. Los periodistas preguntaban a grito pelado y por fortuna pasó en un pedo.

             —¿Supiste quién fue?, digo, quién te mandó al frente.

             —Estoy segurísimo que fue la productora, aunque por ahí el padre se dio cuenta que le faltaba el documento, pudo ser hasta la abuela. Si sospecho de Pam estoy cagado, la verdá no sé.

             —Viste, la nombraste y no te pasó nada.

             —Lo que hace el hombre para dejar de pensar— murmura apenado, se le modifica la expresión, inclina el torso hacia adelante y cubre el rostro con las manos.

             —Por eso el peor de los castigos sigue siendo la reclusión, estás doblemente guardado y pensás, pensás hasta cuando dormís— comenta y hace silencio, advirtiendo que Beto está gimoteando.

              —¡A ver, Bombona!— grita una voz a través del ventanuco. 

              —Sí, yo— responde Sergio presuroso, al oír que corren el pasador, poniéndose de pie. 

              —Venga, Bombona, apúrese— insiste esa voz de mando abriendo la puerta.

              —Chau, Beto, suerte, mucha suerte— atina a desear.

Beto ni lo mira.

El de zapatos blancos con alto taco cuadrangular echa una ojeada, en seguida se da vuelta, cierra los ojos achinados y se arropa casi por completo con la frazada descolorida.

 



[1] Sergio Fombona nace en 1964, en Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina.

En 1990 integra la Primera Antología Ilustrada, Editorial Urano; 1992, Premio “Leopoldo Marechal”, Ediciones Barrio de Belgrano, antología. Premio Iniciación S.A.D.E. en el género cuento breve; 1993, Mención de la Editorial del Dock; Premio otorgado por la Secretaría de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil (Facultad de Filosofía y Letras, U.B.A.), “Concurso Nacional Enrique Pezzoni”, categoría cuento. Desde la década del 90 colabora en revistas literarias de Argentina y posteriormente en publicaciones del país y el exterior en la Web.

En 2004 publica, “La vida muerde”, cuentos, Ediciones Simurg. En 2008, “El Mayor y las perlas”, novela, Ediciones Godot. En 2014, “Aguafuertes de los ochentas”, crónicas, Textos intrusos.


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