Un cuento de Sebastián Santisteban

Vejez en Marsella

Se habían conocido por Internet cuando aún eran niños. Hablaron durante un par de horas, el colegio, la música, los novios, la comida. Él pensó que ella era demasiado niña e inmadura, y ella que él demasiado feo y simple. Pasaron los años, ambos crecieron y la niña se convirtió en una bella señorita. Ya a sus quince, cuando volvieron a hablar por webcam él quedo impresionado al verla de nuevo. Su belleza le cambió algo por dentro; fue como si lo hubiera marcado. Se había convertido en la chica más hermosa que hubiera visto, y fue tal su impresión que no sólo sintió una gran felicidad y excitación por aquella sensación de belleza, sino al tiempo un profundo desamparo y angustia. De aquella conversación solo recordaba que ella le había dicho que iba a vivir en la misma ciudad para hacer sus estudios universitarios, y desde entonces no pasó un solo día en el que él no la pensara o soñara con verla.

Nunca se vieron, desde luego, o mejor, ella nunca quiso verlo. Seguro estuvo ocupada con la búsqueda de la felicidad pues se convirtió en una reconocida publicista y empresaria. Se casó con un rico heredero de una familia de políticos de la Costa, tuvo dos hijos, y se divorció luego al entender que el amor no existe y que si existiera, los hombres no podrían sentirlo, y mucho menos comprenderlo. Compró propiedades en Bogotá, Riohacha y Miami. Hizo unas inversiones en minería y política. Construyó fortuna y prestigio considerables. En su tierra la habían reconocido como una de las divorciadas más apetecibles de la Costa Caribe, tanto por su belleza como por su inteligencia y simpatía. Vio el mundo desde las terrazas de los más lujosos hoteles, comió la más deliciosa comida, bebió el mejor vino, probó los más agradables perfumes, escuchó la más bella música, apreció el más perfecto arte, y vivió de la mejor manera. Ya a sus sesenta años se sentía realizada y muy satisfecha consigo misma.

Por su parte, a él no le había ido igual de bien. Desde joven había pensado que la vida se trataba de no esforzarse demasiado, de vestir sencillo, comer y beber barato, no endeudarse y nunca encartarse con hijos ni familias. Gastarse los ahorros de la vida y la vida misma en aerolíneas de bajo costo, hostales de habitaciones compartidas y sanduchitos hechos a mano; mandar el buen trabajo a la mierda, la carrera a la mierda, la pensión y las cesantías a la mierda, mandarse a sí mismo a la mierda. Intentar enamorar a alguien mejor y fracasar, y volver a intentar y volver a fracasar, y así hasta cuando el cuerpo ya no dé más. Dejarse querer de la que tocó y no de la que se quería. Comprar cientos de libros usados y luego intercambiarlos, y regalarlos, y abandonarlos en alguna estación de tren. Meter todas las pertenencias en el espacio de una maleta. Él simplemente había llegado a la conclusión de que la vida no consistía en la búsqueda de la perfección sino más bien en el aprender a vivir consigo mismo; así, sencillo, medio feo, medio gordo, medio miserable y pobre, medio perdedor, medio la maldita sea que uno es. Que la vida se trataba, en fin, de vivir, y ahí ir viendo. Y así, con esa filosofía barata de colegio fue como a sus sesenta y pico de años lo único que había conseguido era una habitación en una pensión de un barrio de inmigrantes argelinos en Marsella, y un puesto como administrador de un café en un bulevar frente al mar donde apenas si ganaba lo suficiente para no dejarse morir de hambre y aburrimiento.

Por aquellos días, ella se encontraba de vacaciones en la Riviera Francesa. Él se enteró y le pidió verla, y ella, cosa extraña, por primera vez decidió aceptar. Se encontraron en el café que él administraba y nada particularmente importante o memorable que merezca ser contado sucedió aquella tarde. Hablaron del clima, la familia, los hijos, la vida, y el clima de nuevo. La conversación fue larga pero no por lo entretenida sino porque ninguno de ellos tenía otra cosa mejor que hacer. Él pensó que ella ahora era muy vieja y complicada, y ella que él seguía siendo muy feo y simple. Al final, luego de un par de horas, se despidieron y ella desapareció por una de las rues que llevan al centro de la ciudad.

Fue así como su última fantasía había quedado deshecha - C’est la vie. – se dijo, mientras volvía al café a asegurarse que los platos ya se hubieran lavado, que las mesas se hubieran puesto, y que la realidad de la vida continuaba siendo lo que siempre habían sido.


Sebastián C. Santisteban, (1988). Profesor investigador en un Business School. Enseña los núcleos de liderazgo consciente y sistemas de control gerencial. Administrador de Empresas. Master of Commerce in Information Technologies. Doctor en Estudios Sociales. Alguna vez creyó en la idea burguesa de la felicidad. Autor del libro de cuentos: “De Rumba en la 51 Vol. 2.0”. Tiene una hermana y tiene una mamá. Ha sufrido dos crisis nerviosas de consideración. Pensó que de la última no saldría ya quizás. Nunca ha tenido perros, ni gatos. Autor de la novela: “MADLL”. Sus escritores de retratos de biblioteca serían: J. Lacan, L.F. Céline, S. Beckett; quizás F. Pessoa. Autor del libro: “Las startups en Bogotá: un estudio sobre los imaginarios de la creatividad y el emprendimiento”. No tiene biblioteca. Suele decir que ha viajado por más de 50 países en todo el mundo. Puede que no sea del todo mentira. En la actualidad, dice querer superar aquella bizarra esperanza de amor imaginaria del Instagram; es decir, ha empezado a envejecer no muy bien. Tampoco se ayuda. Alguna vez se le vio muy feliz en Aitutaki, parado en medio del agua pandita, las ondas alejándose desde sus rodillas con suavidad, la cara levantada al cielo con un gesto orgulloso e infantil, una gorra roja, la barba poblada, las gafas oscuras, y al fondo, el turquesa cristalino del mar mezclándose con el reflejo de las nubes y las nubes y, más atrás, el azul rey más profundo que se podría imaginar en un cielo, como rodeado de una especie de infinito. Una frase con la que se podría identificar sería: “Sí, es mi culpa, pero no sé bien por qué, ni sobre qué.” Dice que le gustan los camionetos. También dice que sus historias en histagram generan un sentimiento raro entre aburrimiento y pena ajena quizás. Está trabajando en un nuevo libro: “Todo paisa se quiere ir de Medellín… amor”.