Cinco poetas españoles

Selección de Carolina Cárdenas Jiménez

Enero, 2023

 

 

 

Mariluz Escribano Pueo

(Granada, 1935 - 2019)

Ha sido, desde la publicación de su primer poemario en 1991, parte de lo que se ha venido a denominar por la crítica como ‘literatura sumergida’; es decir, aquella que, a pesar de su evidente calidad, ha estado oculta a los ojos de la mayoría, como los pecios cargados de tesoros en el mar. Su situación como autora ageneracional y un carácter fuerte que la distanció de cenáculos literarios, dificultó su proyección en los primeros años, pero la rotundidad de su verso y su compromiso ético acabó por imponerse con la publicación de Umbrales de otoño (2013, Premio Andalucía de la Crítica). Después vinieron El corazón de la gacela (2015) y Geografía de la memoria (2018) que consolidan una trayectoria fecunda donde fondo y forma se dan la mano para erigir a Escribano como una de las poetas esenciales de la segunda mitad del siglo XX. 

 

 

DESDE UN MAR DE SILENCIO 

 

En el niño el misterio es su mirada intacta 

que adjetiva la savia del húmedo futuro, 

cuando alcanzar al hombre es nombrar la tristeza 

y sentir como el tiempo suprime los pronombres. 

El niño es el regreso a un espejo de hierbas 

con senderos que surcan un sol indeclinable 

que los pájaros vencen con sus vuelos oscuros. 

El recuerdo camina con sus pasos de lino 

por la laguna inmensa de sus puras pupilas, 

y como el mar regresa, 

con vocación de ola, 

a posarse en la densa penumbra 

de los sueños. 

Y es así que esta tarde, 

cuando me miro y siento los puñales del tiempo 

con esquinas de múltiples alfileres de agua 

que me cosen la boca con heridas pequeñas 

con sosiegos, silencios 

y soledades claras,

cuando no tengo a nadie a quien cantarle un verso 

o darle una limosna de beso remansado, 

con quien hablar de nada 

con serena tristeza, 

leo a Guillén y pienso: 

el amor fue mi casa, 

quiero decir mi madre, 

con sus andares lentos, 

con su afanoso amor por ordenar la casa 

y conservar la harina de los racionamientos, 

los retales, 

los hilos 

y la esperanza intacta. 

Necesario es decir que mi madre cantaba. 

Yo no sé si cantaba para olvidar escombros, 

ruinas, 

          muertes, 

                         tristeza, 

                                        guerras, 

                                                     hombres, 

                                                                   palabras, 

telarañas del tiempo, 

sangre no regresada, 

pero yo la miraba desde el patio llovido, 

sentada en la terraza, 

cuando el otoño alzaba una luz de madera, 

y pensaba: es mi madre, 

definitivamente, 

y mi madre es mi casa. 

Detrás de los visillos silenciosos y albos, 

náufragos en el aura dorada de la tarde, 

habitaba la luz insomne de mi madre, 

su silencio de flor, 

su soledad de pájaro. 

Yo la miraba estar, 

nunca quieta, 

gozosa, 

amasando la blanca pobreza de la harina. 

Otras veces, tocaba, sosegada, el piano 

o cosía con leve puntada primorosa 

para evitar la dura pobreza de las telas. 

La casa era modesta, 

pero mi madre hermosa, 

con sus gráciles manos como ríos o arroyos 

que trabajan la inmensa desolación del tiempo. 

Su cuerpo se poblaba de fantasmas insomnes 

de tristezas de hilo guardadas en baúles 

y recordaba siempre, con mirada de sueño, 

la palidez de agua de su infancia de musgo. 

La nostalgia era en ella sustancia de madera, 

persistencia de algas sobre los ojos limpios. 

Mi madre era la fuerza sideral de los hondos 

caminos de la espiga alejada del agua. 

Y es que yo la miraba desde el patio llovido, 

cuando la superficie de la tarde moría, 

y sabía que ella reposaba un momento 

y leía despacio a Miguel de Unamuno. 

Y ahora, cuando no vuelve, 

cuando la llamo y nada 

presagia su palabra de inmediata costumbre, 

desde el patio la llamo, 

desesperadamente, 

y sólo el mar responde, 

es decir, sólo el viento, 

quiero decir la brisa, 

aquella que movía su pelo, levemente, 

mientras la luz de otoño deshacía 

la suave penumbra de los arces.

(De Desde un mar de silencio, 1993)

 

 

 

CANCIÓN DE LA TRISTEZA 

 

Aquí está la tristeza. 

No hay mar para abarcarla con latidos

de barcos por sus olas, 

no hay albas más inciertas por sus bordes,

ni sueños que respiren

paisajes humanísimos y ocasos.

 

Porque está aquí y es sólo la tristeza

de saberme mujer como manzana

asomada a la lluvia del espejo,

a una historia desnuda de relatos

y un pasado sin nombre y consecuente

y justamente azul, como debiera,

como debe erigirse en la memoria. 

 

Ahora tengo una mano de marfil

y otra de ausencia

y ejerzo de tristeza y de noviembre.

(de Canciones de la tarde, 1995)

 

 

 

LOS OJOS DE MI PADRE

 

Los ojos de mi padre, 

los ojos de mi padre,

mirándome en la patria cereal de  los trigos,

en un tiempo de cunas

mecidas por el viento de la guerra,

mirando cómo crezco

en los abecedarios

y conquisto sonidos primitivos

balbuceos, palabras necesarias,

porque él me empuja y vuelve,

desde su corazón y sus espigas,

su corazón de tierra y manantiales,

patria de tierra y gritos apagados.

Mi padre es un silencio que observa como crezco.

Sus manos me conforman,

me miden la estatura,

la dimensión del cuerpo,

averiguan gozosas

que me elevo en trigal.

Las manos de mi padre

tocan mi cuerpo y cantan,

y yo sé que me acunan

con nanas de caballos,

con la salmodia triste del judío,

del converso que habita por su sangre.

Pero paseo con mi padre.

Abandono en sus manos

mis manos tan pequeñas, 

y al calor de su sangre

mis pulsaciones tienen

una ambición de tiempos.

 

En las luces inquietas de la tarde,

al borde de la noche,

vamos pisando hierbas, territorios,

ríos como torrentes, manantiales,

horizontes donde la niebla habita,

paisajes metalúrgicos y bosques,

ciudades, vientos, cordilleras,

blancas constelaciones.

Camino con mi padre.

Me nombra a las palomas,

pájaros migratorios,

aguanieves que rozan las praderas,

alcaudones de viento,

golondrinas, gorriones, avefrías.

Y todo  pasa y llega de su mano,

y a mi infancia regresa

el calor confortable de su sangre

 

Cuando llegan los días de septiembre,

láminas del otoño,

las madrugadas frías y estrelladas

detienen sus palabras.

Pero es sólo un instante

de sangre y de fusiles

porque mi padre vuelve del silencio

y pasea conmigo

el callado silencio de las calles,

y los campos sembrados

y las constelaciones,

y su voz de madera me acompaña, 

me mira cómo crezco.

Todo el mundo conoce

 que heredé de mi padre una bandera.

 (De Umbrales de otoño, 2013)

 

 

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

 

 

 

 

Juan Carlos Mestre

(Villafranca del Bierzo, León, 1957)

Poeta y artista gráfico, es autor de varios libros de poesía y ensayo, como Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonáis, 1985) La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992) o La tumba de Keats (Premio Jaén de Poesía, 1999). Su obra poética ha sido recogida en varias antologías como Historia Natural de la Felicidad (Fondo de Cultura Económica, 2014) o La hora izquierda (Ya lo dijo Casimiro Parker 2019). Por su libro La casa roja obtuvo el Premio Nacional de Poesía 2009, y con el poemario La bicicleta del panadero el Premio de la Crítica. Museo de la clase obrera es su más reciente publicación. En el 2018 se le concedió la Medalla Europea “Homero” de Poesía y Arte, el “Annual Cheng Ziáng Prize of the China Writers Association”, así como el Premio de las Letras de Castilla y León en reconocimiento al conjunto de su obra.

 

 

LA CASA ROJA

 

Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa donde los cardenales negros sacrifican papagayos a la voz del diluvio. El diluvio tiene las barbas blancas como el sauce de la jurisprudencia un domingo de bodas. Los predicadores aman la tempestad y golpean con sus Biblias de nácar la erección de los guardiamarinas. Las familias beben alcohol, se santiguan, recolectan insectos. El niño de la lámina se masturba plácidamente con la transparencia. La rosa de Jericó huele a vainilla. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa cuya ilusión está llena de peces, el pez de San Pedro, la conciencia del delfín encerrada en el aro de la bahía desierta. Lorenzo de Médicis tenía una casa roja, las maniquíes de Bizancio tenían una casa roja. Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante. La geometría bebe veneno, en el canto de los pájaros suena la armonía del baile de los muertos. En la casa roja hay una mesa blanca, en la mesa blanca hay una caja de plata con la nada del sábado. La intemperie gime contra los muros, la tristeza gime contra los mármoles. El profeta tuvo una casa de papiro a la orilla del lago, la muchacha del ghetto vivió en la casa de las preguntas. Mi mano izquierda luce un anillo de agua, en el camafeo de la supersticiosa brilla el mercurio de la temperatura. Lo que canto es lumbre, caballos, lo que canto contra la aritmética y los números. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja, una casa bajo el índice del cielo y el negro nenúfar de la amante devota. El muchacho con ojos de ebonita ama la enfermedad y el rubí de los reyes. Las mujeres hermosas sueñan con acuarelas, sueñan con garzas y volúmenes y súbitos prodigios sobre las alfombras de lana. Yo vivo extraviado entre dos rosas de sangre, la que tiñe la calamidad de impaciente belleza, la que tiñe la aurora con su astro eucarístico. Mi voluntad tiene la cólera del orfebre, mi capricho tiene el óxido de tu frente de hierro. Nadie cruza los bosques malignos, nadie sobre la yerba de la muerte escucha el desconsolado discurso de las ceremonias asiduas. Yo veo el arco iris, yo veo la patria de los músicos y el olivo de los evangelios. Mi casa es una casa roja bajo la fibra de un rayo, mi casa es la visión y la beldad de una isla. Aquí cabe la gala del mandarín y la escrupulosa usura de las edades antiguas. Esta casa mira al norte hacia las lagunas de helechos, esta casa mira al sudeste azotada por el aliento de los que piden limosna.

 

 

 

CAVALO MORTO

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

 

Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas, posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

 

Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

 

Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río  que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas,  pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

 

Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aún así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras para el timbre de las bicicletas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

 

Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

 

En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.

 

 

 

EL NIÑO JOHN

 

El niño John no es el niño Juan.

Los ojos del niño John y los ojos del niño Juan no ven las mismas cosas en el fondo del lago.

Bajo los párpados del niño John la sed es un caballito de mar que vale dos dólares.

Bajo los párpados del niño Juan aletean las mariposas negras del vendedor de sandías.

El niño John tiene un martillo de cristal, el niño Juan tiene una nuez transparente.

Las manos del niño John cuentan las semillas de las estrellas, los dedos del niño Juan juegan con la chapa de la luna nublada.

Los ojos del niño John y los ojos del niño Juan no miran a los mismos pájaros que tiemblan en la oscuridad.

El niño John trae a su madre el declive de la montaña, el ruido del río, la perla de granizo le trae el niño Juan.

Cuando se hace de noche la sombra del niño John sueña que es la sombra del niño Juan cuando se ha hecho de día.

 

 

 

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

 

 

 

 

María Ángeles Pérez López

(Valladolid, 1967) 

Es poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca. Ha obtenido varios premios literarios. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, hija adoptiva de Fontiveros y miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros, el pueblo natal de San Juan de la Cruz.

Antologías de su obra han sido publicadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey, Bogotá y Lima. También, de modo bilingüe, en Italia y Portugal. Su obra ha sido traducida a varias lenguas. Acaba de aparecer en Nueva York una extensa antología suya titulada Puñal y otras ventanas.

 

 

CONOZCO MI CULPA

 

Aprendizaje lento e insobornable.

No hay quien dé más por menos,

ni manera

de asumir esta flor que hiere el agua.

 

(de Tratado sobre la geografía del desastre, 1997)

 

 

 

PODRÍA AHORA

 

Podría ahora,

mientras un hombre duerme aquí a mi orilla,

remontarme por el río de la sangre

hasta la piedra primera de mi especie,

hasta el vértigo inicial de una mujer 

ceñida por los signos, 

apenas comprensibles,

que fueron roturados en su cuerpo.

Mi madre, y la suya, y la suya de la suya,

se agachan despacio y miran silenciosas,

se acuclillan despacio.

La mujer que es primera de mi genealogía

calienta en su entraña aquello que rezumo:

la tintura más roja de la sangre,

el ocre de la piel sobre sí vuelta

hasta alargar las manos y el deseo,

ese blanco sin adjetivos de las lágrimas

o la leche que nace por sí sola.

La palabra es una excrecencia más tardía,

no nos ha sido dada por igual,

ni siquiera en mi origen más cercano

se encuentra el don de hablar y conjurar la muerte.

 

Por eso estoy condenada a nombrarlas a todas.

 

(De Tratado sobre la geografía del desastre, 1997)

 

 

 

EL HILO

 

El hilo se enhebra

en el estricto hueco de la aguja

y trae memoria del huso, de la rueca,

de la paciente disciplina de que hablaba

el libro de los proverbios,

del largo tránsito por el algodón,

por su torcedura

desde que alguien lo miró crecer en su semilla

imaginando el blando copo de riqueza

hasta que es parte diminuta

e imprescindible

de la bobina, la máquina, el pedal.

También del pie o los dedos que lo mueven,

lo liberan

de su propia trabazón, su coyuntura

si es hilo solo, apenas desprendido

de la costura tortuosa y necesaria.

 

El hilo arrastra en sí

una puntada secular e inconmovible

que nos anda trabando, remendando

al comienzo del frío, del pudor,

del forzoso reconocimiento de la tribu

en la lana, en el cuero,

en la piel,

en la enorme cicatriz de los cuerpos desnudos

y amparados.

 

(De La sola materia, Premio Tardor, 1998)

 

 

 

LA SOMBRA DE LA TIERRA

 

La sombra de la tierra,

la inicial, la ennegrecida,

fermentada por el humus feliz

del nacimiento,

ocupa la dilatada posesión

del tiempo en que no somos,

en que andamos, rumiados,

en la imprecisa coordenada del deseo

de ser y estar que son nuestra condena,

los dos al mismo tiempo, necesarios

hermanos cada día, inaguantables

en su riña, en su celo, su avaricia.

 

La misma negra tierra que atesora la lágrima,

que atesora con prisa el suspiro,

oleaje,

que especula la justa proporción

de sales minerales, de tesoro

nutriente como el aire, como el beso.

 

La misma que remonta del invierno,

del tiempo de la infamia, el de la dicha,

la misma que remonta del manantial oculto

con su carga preciosísima de líquido,

la que nace del padre, su batalla

al inicio del amor y de la historia.

 

(De La sola materia, Premio Tardor, 1998)

para Ana Orantes, a quien su exmarido prendió fuego un 17 de diciembre de 1997

 

 

 

LA MIRADA INSOLENTE

 

Es una forma aguda como un clavo en la tierra,

contiene una porción horrible de sí misma

y apenas imagina la depauperada humillación de estar

como si no,

del cuerpo que se arruga

y se encoge en su nudo primerizo

volviéndose ceniza, haciéndose invisible

materia degradada por el odio,

la paja que se prende con blandura.

 

La mirada insolente

acompaña a la mano, a la pierna insolentes

para apresar el cuerpo con el garfio del miedo

porque ella está tan sola y ya vencida,

herida de la queja y azotada

con el tizón de espanto que lleva el que es su ángel

del mal o de la ira.

 

La violencia insolente

hace temblar los márgenes del cuerpo

y en su lenta combustión como de encina

la tinta de las venas escribe ese calvario

cuando era profanado el templo de la carne

y en el aire se anotan garabatos, grafitis

con la voz enfangada y sucia de ese grito

que calcina los labios, las cuerdas de la boca,

“porque yo no sabía hablar

porque yo era analfabeta

porque yo era un bulto

porque yo no valía un duro”.

 

Oh cuerpo de papel para la hoguera.

 

(De El ángel de la ira, 1999)

 

 

 

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

 

 

 

 

Víktor Gómez “Valentinos”

(Madrid, 1967) Reside en Paterna (Valencia)

Poeta, editor y activista cultural. Público en 2021 999 palabras (Cartonera del escorpión) y  ¿Bailás? Le dice la soga al ahorcado, seguido de Siseo (Espacio Hudson, Argentina), en 2019  sobrante  (La Garúa), en de 2016 Mediodía (Ed. Eolas), en 2013 Pobreza (Calambur) y En 2010 Incompleto, (Ed. 4 de agosto) entre otros libros. De 2007 al 2018 coordinó ciclos de lecturas poéticas y de pensamiento crítico en Librería Primado. De 2011 hasta 2019 con Ediciones Amargord junto a Javier Gil co-dirigió la  Col. de poesía ONCE. Desde el 2016 forma parte del núcleo directivo del Club Nuevo Mundo. En 2019 arrancó en Eolas ediciones la Col. de poesía Lengua de agua. 

A partir del 2017 dirige la colección de ensayos –estudios culturales― de pensamiento crítico y lateral “Nuevos mapas del s.XXI”. Pertenece al Consejo Editorial de Castálida Revista de Literatura y Expresión Visual (Dir. Gral. Cultura de México). En 2021 comienza a dirigir la Col. de poesía Libros de la hospitalidad en la editorial Olé Libros. 

Ocupación actual: Estudiante. 

 

 

OCHO PRIMUS INTER PARES

 

«Vengo aquí a escuchar …/… a apagar la voz que habla en mi cabeza para atender a las que lo hacen fuera de ella»

Robin Wall Kimmerer

 

«Me piensan tus palabras cuando callan 

y ya no son palabras sino cuerpo»

Jesús Aguado 

 

 

A Enrique Lihn y Jaques Lacan 

i

 

sin mundo sólo música el tacto una palabra incompleta la sonrisa el arbusto midiendo saltos abajo arriba bota y salva un muro un banco unos signos casi enteros el cartel amarillo un enfermo en última instancia sin cuerpo órganos hoy tacha las últimas notas lo insufrible borrón a la armonía no el arte aquí resiste sin padre oligotrófica selva en las ingles «¿eyaculó Lihn?» *

 

• («un enfermo de gravedad se masturba / para dar señales de vida» Enrique Lihn)

 

ii 

 

agujerea el sexo —qué verdad no es úlcera— grito rabioso lacerada la mano lacra —perspectiva violenta— la pobreza no habla a veces quiere preguntar —pregunta mejor— su fallo lo que falta pero no es una sintaxis todavía en las tramas la trampa exuda el falo obvia    ¿le quiere      a través  ar? 

 

• («La sexualidad perfora a la verdad» Jaques Lacan. El texto en francés dice literalmente «le da por el culo» si bien el traductor sustituye por «perfora».

 

 

A Soledad Fariña y María Auxiliadora Álvarez

 i

aprieto el puño abro la mano espolvoreo luz 

abro la mano cierro el puño y amaso sombra

 

 ii

 

el cansancio de los verbos, la fábula de los nombres: 

—¿qué calumnian ahora que nos fuimos?

 

A Blanca Varela y Úrsula K. Le Guin 

 

i

al barrer la amplia sala vacía nada o casi nada arrastras, apenas mínimamente una uña corta, pulida, translúcida; no sabes de qué cuerpo y tan poco polvo mueve la escoba que se queda flotando en el aire, imperceptible, la uña, cuando cae al cubo y sin ruido desaparece.

 

 ii

 

torturar un tornillo hasta que llore óxido, retorcer un alambre cuya forma sea irreparable, asfixiar una bombilla hasta que explote, borrar todas las huellas de una casa, igual que hace el Sistema-mundo con los desvalidos, pero la fotógrafa no se limitó a masticar la rabia, escupió imágenes, ángeles del infierno que purificarían la vergüenza de los obesos comensales del gran banquete; despertó y se durmió en los brazos tatuados de la furia: gema sin anillo.

 

 

 

A Roque Dalton y  L. Wigenstein 

 i

 

no hay ángel cuyo corazón no sea un disparate

 

 ii

 

no tiene la palabra exacta porque la exactitud pertenece al silencio y el silencio es la complejidad del vacío y su promesa

 

(veracidad)

A Clarice Lispector y Susan Sontag

 

se aleja la verdad conforme el dolor

se revela maestro y la locura ciencia

—se alejan raudos el coraje la intrepidez

el placer más ofensivo —la efervescencia

—escribir tiene y mucho de intemperie

la intimidad al otro lado de la muralla

en el descampado esa desnudez 

del animal pudoroso —lo maldito biendice

¿alguna vez robaste un bello diamante

para lucirlo en la fiesta interior? sólo

dime como si fuera imposible juzgar

¿qué sabes de lo incomunicable? 

maldición que sana  salud del enfermo

—nos permite estar en ninguna celda

 

 

 

A Safo y Teresa de Ávila

i

beso —distancia más corta entre dos

cuerpos  —frutal y colmena —lo político 

—deshacer con las bocas lo maledicente 

 

ii

 

óxido en la sintaxis aún llueve —vuelve, cuerpa, a izar la ira de amor —¡cuerpea, hereje! 

 

 

A Paul B. Preciado y   Ambar Past

Lo que siembra en el cielo, 

que no le vaya a brotar en el viento. 

Ambar Past

 

i

 

ESTO OCURRE porque todo es bruma, salvo la sangre tibia, que es fluido espejo. Avanza y avanza. Rumor, río, sueño que avanza y avanza. Esto ocurre entre la vida  y la palabra: mi cuerpo. 

 

ii 

 

deshielo destierro desierto — ¿Y si la dahlia es luz y la luz agua y el agua bendición y la bendición —niña del desierto —eres tú —plantando nuestra vida en el centro de la gratitud y el azar? 

 

 

A Ignacio Ellacuria y Judith Butler

i

 

 

un 

hilo 

cae 

al 

cie-

lo

su-

cio

de 

mi 

voz 

tris-

te

como mancha de aceite se expande

des-

a-

par-

ece 

 

 

 

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

 

 

 

 

Tina Escaja "Alm@ Pérez"

(Zamora, 1965)

Escritora, crítica literaria y artista digital española con nacionalidad estadounidense. Creció en Bellvitge, y en la actualidad reside en Burlington, Vermont (EE. UU.) en cuya universidad (Universidad de Vermont) ejerce la cátedra de Literatura Iberoamericana y el rango de Profesora Distinguida de Lenguas Romances y Estudios de Género.

Entre los galardones que ha recibido como investigadora y poeta se encuentran el Premio del Decanato por su labor docente y de investigación (Universidad de Vermont, 2010) y el Premio Hispanoamericano de Poesía Dulce María Loynaz en 2003 por su poemario Caída Libre. Su trabajo digital y electrónico ha sido expuesto en museos y galerías internacionales.

Tina Escaja ha ejercido los cargos de Vicepresidenta y Presidenta de la Asociación de Género y Sexualidad (llamada anteriormente Asociación Internacional de Literatura y Cultura Femenina Hispánica), y de ALDEEU (Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en Estados Unidos); Presidenta de Feministas Unidas, Inc., y es Correspondiente de la ANLE (Academia Norteamericana de la Lengua Española).

 

 

LLEGA LA MUERTE A DOS, LLEGA EL INVIERNO

 

y el final de los días

y tu llegada llega.

Llega el fin succionado por el ojo de un dios sin carne,

de un dios obsoleto y cruel que masturba oleajes y rompe el mundo en dos de la ciudad enorme. La devora. 

Y tú llegas también, aventurera, con tu vientre rosa y tu clítoris por hacer, con esa tierna mermelada tuya de cuerpo a concebir.

Liberada de sabios, de mesías, de revelaciones. 

Y el mundo sucumbe todo al alegato de dios,

de ese dios sin memoria, sin más rumbo que un falo succionado por masas que lo heredan, sin más itinerario

que un profeta loco y confundido perpetuado en dildos y amuletos. 

Llegas a tiempo amor, 

si acaso sobrevivo la embestida. 

De Caída libre, (Premio Hispanoamericano de Poesía “Dulce María Loynaz”, Gobierno de Canarias, 2004).

 

 

 

ME LLAMAS

 

y son las cuatro y sin comer

la basura por cerrar

abierta el alma

y tú mojando en ella

putrefacta

el pan de tu deseo.

 

Nos morimos amor.

El fin de siglo acaba de mendrugos.

Succiono el borde de la farsa

y muero en sus despojos.

Te muero amor.

 

Presiona el rojo centro, botón rojo de estiercol

(amor y virus)

y a ver qué pasa.

 

NO QUIERO ser vidente

Ser catástrofe

apedrearte amor

 

Soy sólo tu palabra

Amante sin tregua ni condón.

Soy esfera dura y frágil

para tu vuelo redondo.

 

De Respiración mecánica. 

Badosa EP. e-book, 2001; Barcelona: Icaria, 2014

 

 

 

LUNA DE SANGRE

Menstruum Universale

 

Como la luna esparces tu mar reflejo por la entrepierna.

Como la luna

te dejas morir y hacer

iluminada y líquida por la entrepierna

que lame

celebración y epitafio,

como la luna.

 

Muerte y sección, nacimiento y vulva-herida, apo-calipsis

y encuentro-pálpito

con el ritmo claro del mundo.

Muerte y medida exacta, mis flujos, 

y tus mareas. 

 

Y ahora avanzas roja y seguida, buscando cauce y pálpito lunar,

geometría hambrienta por mi epidermis,

haciendo caso omiso

de artificio inalámbrico, de lámparas incandescentes, de paredes quebradas

y digitales 

espejos.

 

Como la luna

riges y pesas, haces balance, modificas y ensanchas hasta parir y abrirme, 

lugar de la muerte y el des-hacer-

te a medias. 

 

Equilibrio y herida

 

mi sangre,

como la luna.

 

(De 13 Lunas 13. Madrid: Torremozas, 2011)

 

 

 

CUNEIFORME O TACÓN

(Anatomía de un pie)

 

Esa raíz que aprieta zapato en tacón y ausculta fieltro y mesura, astralago inquieto, escritura cuboide

y punzón afilado que inventa nombres al pie sujeto, la aventura en venas precipitadas al sur de un vértice en cuadros. 

 

Formación cuneiforme, metatarsiano adverso, palpitación extrema mientras alcanzas reposo acaso bajo el prensado hostil;

falange media apurada,

pasión concentrada y planta

que atisba al mirador y asiente en pose y tejanos.

 

Apurando mi lengua a tu despunte acaso,

 

esperas.

 

(De Palabras veladas. Con fotografías de Víctor L. Gómez. Salamanca: 2009.)

 

 

 

 :::::::::::::::::::::::::::::::::::::::