Pirotecnia

(Federico Atehortúa, 2019)

Por Juan Carlos Carvajal Sandoval

Revista Quira, octubre 2025

 

 

Pirotecnia abre sus fuegos presentando el testimonio de un hombre a quien delegaron la tarea de enterrar unos cuerpos. En vez de hacerlo, decide aceptar la misteriosa oferta de venderlos, sin saber que terminarían como falsos positivos. En aquel tiempo la gente pedía ver guerrilleros muertos, y al no haberlos, debían fabricarse. Asumí que el hombre y su testimonio eran reales, pero más tarde comprendí que eso no venía al caso. No es ese el destino al que quiere llegar el director, Federico Atehortúa. No se proponen develar qué tanto tiene o no de real una imagen. Se trata de preguntarse qué se siente como espectador, como nación, vivir e interpretar esas imágenes, más aún cuando “se han convertido en instrumentos de guerra y una guerra es también la historia de sus imágenes”.

 

Con formidable material de archivo, se narra el “verdadero” nacimiento del cine en Colombia. En 1906, el presidente Rafael Reyes, tras sobrevivir a un atentado, decidió someter al escarnio público a sus fallidos asesinos, fusilándolos en donde ahora se encuentra la carrera séptima con calle 45, en plena vía pública, ante la presencia de una muchedumbre. A la par, decidió elaborar un registro fotográfico que difundió en los periódicos, añadiendo testimonios de personas que estuvieron allí presentes. Así, comprendiendo el poder de las imágenes, junto al oficial encargado de la operación y su fotógrafo, decidieron elaborar una puesta en escena también documentada a partir de fotografías, que registraran el atentado y sus momentos previos. Compuso 22 imágenes, de las que 18 eran trucadas, e hizo pasar su falso documento como verídico. 

 

El presidente logró su cometido: por una parte, sentar un precedente de justicia y respeto, y por otro, unir al pueblo a su favor. Nadie cuestionó si las imágenes eran o no reales. Esto me llevó a pensar en cierta teoría de la conspiración —que me parece cada vez menos descabellada—, en la que se piensa que Estados Unidos no llegó a la Luna en 1969, sino que todo fue un montaje para asegurarse la victoria en la carrera espacial, rodada con el permiso y complicidad de Stanley Kubrick, quien presuntamente habría prestado los mismos escenarios donde se rodó 2001, una odisea en el espacio. 

 

En contraposición, Federico Atehortúa documenta la “verdadera” primera película colombiana, que nació y murió con el evento del asesinato del general Uribe Uribe. Los directores, los hermanos Di Doménico, se lanzaron a la calle con urgencia, muy cerca de la casa donde el general agonizaba, para registrar con su cámara, la que sería El drama del 15 de octubre, película que posteriormente sería censurada y destruida, pues la gente no soportó ver las imágenes del general falleciendo ni tampoco las de sus ejecutores. Tan solo sobrevive la escena de una mujer sosteniendo los símbolos patrios. Atehortúa, hace reflexionar, de manera pasmosa, cómo la puesta en escena de la muerte tiene valores tan relativos, y cómo, en últimas, la verdad pasa a un segundo plano cuando lo que realmente importa es el efecto, la emoción, la conmoción. 

 

De manera muy sensible, honesta y abierta, a la par, Atehortúa registra imágenes de su madre, quien ha dejado de hablar. Se preguntan los médicos y los miembros de la familia si es una condición médica, psicológica, o si simplemente la mujer ha optado por una decisión consciente. El director se pregunta si su mutismo es verdadero, y lo compara con Rafael Reyes, Rafael Uribe, los falsos positivos y hasta imágenes de repeticiones de partidos de fútbol para preguntarse qué es real en una imagen y qué no lo es. Ante tal interrogante, surge un nuevo mutismo, más a sabiendas de que, como se sabe, el cine es en gran parte una mentira, un espejismo que se asienta incluso en lo que es considerado por muchos como un defecto del ojo llamado “persistencia retiniana”. La ilusión creada por Reyes, que tuvo como claro mensaje: “Colombia soy yo”, se replica con insistencia hasta nuestros días, aún más ahora, cuando la IA puede fabricarlas con mayor facilidad. Definitivamente, “las imágenes no son un buen lugar para buscar la verdad”.