Un grito desde el asfalto

“Vivir y arder en el underground”

Por Luna Vera

Febrero, 2025

 

Honrando la memoria de Mauricio Pardo “Batori”

 

“La ciudad es un ruido constante; el arte es aprender a gritar dentro de él.”

— Patti Smith

 

 

La ciudad se deambulaba para entenderla, para sentirla, el palpitar de las calles era un pulso subterráneo, un murmullo eléctrico que subía desde el asfalto. La calle 19 era una garganta áspera que respiraba humo, el asfalto ardía y sangraba de noche. Se caminaba esquivando sombras, botellas rotas.  En la Calle 19 el aire era denso: buses agonizantes , voces rotas, respiraciones quebradas, fantasmas en las esquinas. Entre el ruido y la prisa, aparecían las casetas de discos y libros, cuevas mal iluminadas donde giraban vinilos rayados y páginas amarillas. Refugios para los que no encajaban. Altares profanos donde el ruido se volvía música. Se escuchaban guitarras filosas, bajos espesos, baterías urgentes. La música no buscaba agradar sino decir, escupir, sobrevivir.  La ciudad sonaba sucia, intensa, viva y libertaria.

 

En esas calles ásperas, ruidosas, pero profundamente vivas, transitó Mauricio Pardo, “Batori”, como habitante y parte del paisaje de esta calle 19 emblemática. El underground no era una etiqueta: era una forma de moverse por Bogotá, de sobrevivirla. Cafés, bares oscuros, espacios que formaban pensamiento, oído y carácter. Allí se cruzaban melómanos, músicos, poetas, seres lúcidos y buscadores de señales. Ese circuito informal alimentó una escena que luego estallaría en bandas, conciertos improvisados, grabaciones artesanales y una ética radicalmente independiente. La ciudad como escenario, como ruido constante.

 

De ese escenario denso, de esas calles del centro, nacieron voces como la de Batori: áspera, contradictoria, ferozmente honesta. Su música y sus letras no se entienden sin el palpitar de las calles. Bogotá no fue solo su telón de fondo: fue el paisaje, el espíritu y el fuego de su tiempo. El underground, más que un lugar, fue su manera de estar en el mundo.

 

Mauricio Batori no fue solo un nombre en los créditos ni una firma al margen de un afiche fotocopiado. Fue una vibración, un pulso subterráneo que recorrió la escena independiente colombiana de finales de los años ochenta, cuando el rock todavía se hacía con las uñas, con rabia, con hambre de sentido; cuando no había industria, solo urgencia, sueños y ganas de gritar.

 

Batori caminó el underground como quien camina su propia casa, sin pedir permiso. Participó en bandas icónicas como: Sabotaje, Perro Muerto, fundó Papaya Republik y, más allá de los proyectos, acompañó procesos, empujó sonidos, sostuvo fuegos pequeños que luego incendiaron generaciones. No buscó coronas, pero terminó siendo rey del underground bogotano.

 

A continuación, la letra de su canción “Mi Cuarto”, grabada en 1996 en formato casete, en el estudio de Federico López “Habichuela”, Grupo Sabotaje, Volumen I.

 

Mi Cuarto*

Letra: Mauricio Pardo “Batori”

 

Qué miedo me da abrir los ojos

y encontrar la realidad,

afrontar la realidad

de esta absurda claridad.

Enfrentar la oscuridad

de la absurda claridad.

Este smog que me rodea,

esta ciudad, esta atmósfera

que me envenena.

 

Cortar mis venas

podría ser la solución,

manchar el piso de sangre

y dejar que la coagulación

empiece a arder…

Pero no hay tal.

 

¡Hijueputa! Tengo que comer,

¡tengo que comer!

Ser hipócrita con el jefe,

con el personal… ah, ah, ah.

Decirle que no aguanto más,

quisiera…

pero no, no.

Hay que sonreír

como una vil puta.

Eso es lo que soy:

una ramera, un vendido.

 

Y estoy aquí gritando,

encerrado en mi cuarto,

cavilando que no hay nada más

sino un colchón, dos cobijas

y un montón de pulgas.

Jua, jua, jua, jua…

mis vecinas asesinas.

 

Me fumé un bareto hoy,

cuatro pastillas calmantes.

No puedo conciliar el sueño,

la risa es tan pegajosa

que se repite tres veces.

 

No dormí, no dormí

porque no tengo paz.

No dormí porque no tengo nada.

No quiero soñar tampoco.

 

Cuando abro los putos ojos

la pesadilla continúa.

Ahhh… jua, jua, jua… ahhh.

¡Ya llegooo!

 

Ser crítico de arte…

pero no.

Qué miseria, qué miseria

la que me consume.

Solo puedo comprar alcohol barato

o fumarme un pistolo o dos.

Me provoca atracar a una gonorrea

o levantar a chuzo a la gorda

de la panadería

que me rompió los huevos ayer,

y tenía hambre.

Qué malparida.

 

Esta ciudad me está asfixiando,

tengo los bolsillos llenos de mierda.

De su agradable tiempo…

¡Hijueputas! No tengo tiempo

para su agradable tiempo.

 

Seguí soplando, gonorrea,

morite.

Terminá en una hijueputa esquina

con un balazo de 38 en la cabeza.

Corriendo… corriendo,

porque el miedo a morir puede más.

 

Solo soy rebelde en mi cuarto,

cuando estoy solo

con mis pulguitas.

Jua, jua, jua, jua…

Tomarme cuatro pastillas

con alcohol

y un poquitín de morfina

que me calmeeeee…

 

Quisiera vomitar,

le echo la culpa

a mi cobardía miserable.

 

* Transcripción literal de la letra de la canción “Mi cuarto” de Mauricio Pardo, disponible en el programa Morfosis Radio de su canal de YouTube. Entrevista realizada el 9 de septiembre de 2015.

 

Según lo manifestó Batori en la mencionada entrevista, “Mi cuarto, es una canción autobiográfica, escrita en estados alterados. La letra se iba creando sobre la música, como una sesión de jam”.

 

Es una canción-confesión de un tiempo: un monólogo visceral donde Mauricio Pardo Batori convierte el espacio cotidiano en un territorio político, existencial y sonoro. No hay metáfora complaciente; la letra se sostiene en la crudeza del lenguaje directo, callejero, incluso ofensivo, como un gesto deliberado de honestidad radical. Aquí la poesía no embellece: expone, como una daga que rompe, quiebra y deja entrar la luz.

 

Mi Cuarto” no es solo un espacio físico, sino un dispositivo simbólico: refugio y trampa, guarida y jaula. Desde allí observa una ciudad hostil, envenenada por el humo, la miseria y la hipocresía laboral que asfixia cualquier posibilidad de futuro. La ciudad aparece como un organismo agresivo, una criatura que devora el alma, muerde y vomita el corazón. El trabajo, lejos de ser redención, es humillación: “hay que sonreír como una vil puta”. La identidad se quiebra y se nombra sin eufemismos: vendido, ramera, cobarde.

 

La canción avanza como un flujo de conciencia, como un río. El pensamiento es un pez en un cardumen, un lienzo acuático donde se entrelazan memoria, ausencia y presencia. Pinceladas de tiempo y espacio: su mundo, su cuarto, donde cabe un océano de pensamiento.

 

Uno de los aspectos más potentes de la letra es su ambigüedad entre humor negro y desesperación real. La fantasía, el insulto y el sarcasmo conviven con una fragilidad profunda. Se ríe de lo trágico no por crueldad, sino por supervivencia: cuando la realidad es demasiado pesada, se vuelve risa para no quebrarse.

 

Batori, dueño de un amplio bagaje cultural, usaba la ironía, los juegos de palabras y una sinceridad descarnada para socavar cimientos, desestabilizar y revelar las miserias de una sociedad permeada por la hipocresía y el egoísmo.

El suicidio en la letra aparece no como glorificación, sino como pensamiento intrusivo, rápidamente negado por la urgencia material de seguir vivo: “pero no hay tal / tengo que comer”. Esa tensión revela una ética subterránea: la vida continúa no por esperanza, sino por inercia.

 

Como diría Rosa Montero en "El peligro de estar cuerda":

Para suicidarse hace falta la tormenta perfecta. El camino que lleva a alguien a la muerte está empedrado de un millón de coincidencias. Por eso no es posible cargar a la literatura con el peso de la muerte de quienes la escriben. Quien se dedica a ella es una persona sensible a los temas sociales, alguien que cuestiona su época y, en ese ejercicio, se cuestiona a sí misma. Entrar en la complejidad de la condición humana y salir intacto no es posible.

 

En “Mi cuarto”, Batori encarna al antihéroe del underground, testigo incómodo de una ciudad que expulsa a quienes no encajan en su ritmo productivo. La rebeldía no se ejerce en la calle ni en la revolución, sino en la intimidad: “solo soy rebelde en mi cuarto”. Esa frase resume una generación y una escena: la disidencia como acto solitario, precario, pero auténtico; una apuesta ética y filosófica, la necesidad de ser fiel a sí mismo como acto de libertad.

 

Mi Cuarto” es una canción histórica y emblemática del metal y el rock nacional. Es un documento emocional, un archivo de rabia, miedo y lucidez. En el contexto de la obra y la vida de Mauricio Pardo Batori, funciona como una pieza clave de su legado. No solo retrata una subjetividad extrema: captura una época del rock independiente colombiano donde la marginalidad no era pose estética, sino condición material.

 

Con Batori no se va solo un músico: se va una forma brutalmente honesta de decir yo frente al mundo. El rey de la calle, el rey de la fiesta interminable y de la soledad que llega cuando se apagan los amplificadores.

 

Con él, el metal y el rock colombiano fueron más que música: fueron postura, cuerpo y desobediencia lúcida. Guitarras estridentes como vidrios rotos, letras dichas desde el borde, una ética hecha de intensidad y riesgo. La música no era un género, sino una forma de estar en el mundo: incómoda, frontal, viva, visceral.

 

Hoy su muerte no se mide en silencio, sino en eco, en voz, en grito sobre el asfalto. Porque con Batori se va una época: la de los bares, los escenarios improvisados, las grabaciones imperfectas, artesanales —como él las llamaba,  que decían más verdad que mil producciones limpias. Se va una manera de resistir desde el sonido, de hacer comunidad, tribu desde el exceso, de existir sin pedir disculpas.

 

Quedan los recuerdos como granos de arena de muchísima gente que lo amó. En estas semanas he escuchado innumerables historias y anécdotas: rostros que sonríen al recordarlo, ocurrencias, frases certeras y ese humor fino que lo caracterizaba, afilado como un bisturí que cortaba el aire. Sus amigos coinciden en algo: fue solidario y, sobre todo, sabía escuchar.

 

Los amigos de Batori se cuentan por legiones. Fue profundamente amado y será recordado siempre.

 

“Si las nubes no anticipan en sus formas

la historia de los hombres

si los colores del río no figuran los designios

del dios de las aguas

si no remiendas con tus manos de astromelias

las comisuras de mi alma

si mis amigos no son una legión de ángeles

clandestinos

¿qué será de mí?”

— Raúl Gómez Jattin

 

Mauricio Batori fue eso: ruido y lucidez. Un relámpago persistente en la historia del rock y el metal colombiano.

 

Lo despedimos sabiendo que los reyes del underground no mueren: se vuelven mito.

 

 

Comentarios: 2
  • #2

    ROSAURA MESTIZO (lunes, 23 febrero 2026 06:53)

    Gracias a Quira Medios y a "la Luna", echa caminante pausada que recorre esas historias irónicas de la gran ciudad. Recorrer las huellas de su memoria alrededor de las casetas que guardaban una ciudad sintética y profunda que guarda en todo rincón del alma.
    Muy difícil no recordar los pasos obligados por la carrera séptima y merodear esas casetas ruidosa que hacian pensar en el infierno del Bosco.
    Casetas sonando con diversas y difusas melodías, mientras un hombre en una de ella, con sombrero de cinta, camisa playera y zapatos blancos, taconeaba la mezcla.
    Y a un lado en una fila de hierro, dormían en ellos las huellas de los limpiadoras donde se pulsan sus zapatos para llegar pulidos a sus oficinas. Una sola acera, sobre el costado suroriente de calle 19, abiertamente, estaba la opulencia y la emergencia.
    Muy buena reseña. Gracias, si de eso se trataba la intención de Luna y Quira Medios y en medio de la intención un hombre con nombre propio y una realidad cantada.

  • #1

    Henry Casas G. (sábado, 21 febrero 2026 15:36)

    Luna Vera, no es solo una despedida y semblanza esta columna tan firme que haces de la vida de Batori sino la fotografía cotidiana y lúcida de nuestra ciudad y gentes. Además radiografía en colores que hieren nuestro entorno podrido de sociedad.
    Sigue iluminando resplandeciente Luna.!