Foto: asfaddes.org/historia/
Foto: asfaddes.org/historia/

 

María Helena Ruíz

"La mujer que construyó la paz desafiando la imaginación"

Por Ana María Guerrero Martínez

Mayo, 2026

 

 

El 11 de septiembre de 1982, cuatro hombres vestidos de civil llegaron al taller "Los Pijaos" en el barrio Las Ferias de Bogotá. Preguntaron por un tal "Héctor". Nadie respondió. Se llevaron a Hernando Ospina, padre de tres hijos, obrero sindicalista, soñador de justicia social. Desde ese día, María Helena Ruiz cambió su delantal de ama de casa por una pancarta con la foto de su esposo desaparecido. Sin saberlo, se convertía en una de las mujeres que transformarían el dolor en acción, la incertidumbre en organización y la desaparición forzada en un clamor nacional que aún resuena. Esta es su historia.

 

 

María Helena Ruiz tenía 20 años cuando conoció a Hernando Ospina. Ambos provenientes de familias campesinas —ella de Boyacá, él de San Juan de Río Seco (Cundinamarca)— llegaron a Bogotá con el mismo sueño: construir un futuro mejor. Se casaron en noviembre de 1968 y durante 14 años tejieron una vida sencilla pero plena: tres hijos (Martha Yaneth, José Manuel y Alba Luz), un taller de latonería llamado "Los Pijaos" en el barrio Las Ferias, y la convicción compartida de que el mundo podía ser más justo.

 

Hernando era obrero, sindicalista, de esos hombres que no solo piensan en el bienestar propio sino en el de los demás. "Siempre tuve en la memoria a un esposo, padre y amigo que compartió todos sus sueños de vida no solo con nosotros sino con todos los que lo conocían", recuerda María Helena, hoy con 78 años, la voz pausada pero firme, la mirada que aún interpela.

 

El 11 de septiembre de 1982 todo cambió. Cuatro hombres vestidos de civil llegaron al taller. Preguntaron por un tal "Héctor". Nadie respondió. Entonces preguntaron por el dueño. Hernando salió, se identificó. Se lo llevaron. Dijeron ser del F2, el antiguo organismo de inteligencia de la policía. Dijeron que era una investigación. Nunca más volvió a casa.

 

"Cuando ocurrió esto, recibí una llamada de un sobrino de Hernando", relata María Helena. "Me dijo: 'María Helena, unos hombres del F2 se llevaron a mi tío'. Mi vida dio un cambio total. Como madre, tuve que asumir la responsabilidad económica y afectiva de padre y madre de mis hijos. Ellos eran unos niños: Martha tenía 12 años, José Manuel 9 y Alba Luz 5".

 

Lo que siguió fue un viacrucis por instituciones que negaban cualquier información: F2, DAS, Medicina Legal, Batallón Baraya, Brigada de Institutos Militares. Todas las puertas legales se cerraban. "En medio de este dolor, vi cómo todas las puertas se cerraban. Las respuestas de los organismos de inteligencia siempre eran las mismas: negar la información".

 

Pero María Helena no se rindió. Una profesora de sus hijos, al excusar la inasistencia de los niños, le dio una dirección: el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos. Allí conoció a Alfredo Vásquez Carrizosa, Hernando Hurtado, y más tarde al abogado Eduardo Umaña Mendoza, al padre Javier Giraldo y a la abogada Gloria Zamora. "Ellos me apoyaron en la elaboración de las denuncias ante los organismos del Estado. Así empecé a conocer a otras personas que vivían la misma tragedia".

 

En esas reuniones descubrió que no estaba sola. Había más familias, más historias, más dolores. La mayoría eran estudiantes de la Universidad Nacional y uno de la Distrital. El caso sería conocido después como el "Colectivo 82": once personas desaparecidas en seis meses, en una operación conjunta entre la policía y narcotraficantes. Allí estaban los Campos, los Ospina, los Joya, los García Villamizar, los Espitia, los Acosta, los Prado Useche, los Medina, los San Juan y Pedro Pablo Silva.

 

"La abogada Gloria Zamora nos preguntó: 'Ustedes deben tener una identidad propia, algún nombre que las identifique ante la opinión pública'", recuerda María Helena. "Esa propuesta nos llevó a pensar que teníamos que buscar un nombre que nos diera reconocimiento como grupo". Así nació la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (ASFADDES), hoy referente nacional e internacional en la lucha contra este delito.

 

El 4 de febrero de 1983 realizaron la primera marcha. Portaban claveles blancos. "Para mí el clavel significaba paz y amor por nuestros detenidos desaparecidos, pero también era un signo de interrogación porque nuestras mentes estaban en blanco al no saber nada de ellos", explica. Desde entonces, cada jueves al mediodía se reunían en la carrera séptima con el Parque Santander. Los llamaban "los claveles blancos". La sociedad empezó a ver esos rostros, esas fotos, esas preguntas que no cesaban: ¿Dónde están?

 

El dolor, sin embargo, no solo estaba en las marchas. Estaba en casa, en la cotidianidad, en los hijos. José Manuel, el segundo, preguntaba constante: "Mamá, ¿por qué mi papá siempre se entregó más a los demás y ahora que yo lo necesito no está?" El trauma psicológico lo llevó a ser hospitalizado varias veces. Hoy vive con diagnóstico de esquizofrenia afectiva y fibromialgia, pensionado prematuramente por la Secretaría de Educación Distrital.

 

Martha Yaneth, la mayor, compartía los ideales sociales de su padre. Participaba en luchas estudiantiles en la Universidad de Cundinamarca. En una marcha, María Helena escuchó gritos: "¡Mamá, mamá, auxilio!" Eran Martha y otro joven, arrastrados por dos hombres de civil hacia un carro particular. "Empecé a gritar para llamar la atención de los manifestantes. Así impedimos que se los llevaran también".

 

Alba Luz, la menor, era la consentida de su papá. En las marchas siempre iba junto a su madre. Creía que debían permanecer en casa porque en algún momento su padre regresaría. En dos ocasiones intentaron subirla a un carro particular. El trauma psicológico se manifestó en una infección intestinal que no sanaba. Los médicos diagnosticaron baja energía y depresión severa relacionada con la ausencia del padre. Alba Luz murió a los 15 años por un paro respiratorio. "El trauma había sido demasiado impactante", dice María Helena con la voz quebrada.

 

Pero la lucha continuó. Las mujeres —Josefa Joya, Yolanda San Juan, Nancy García, Fabiola Lalinde, Gloria Gómez, Yaneth Bautista, Gladys Ávila, Lola de Campos— se convirtieron en el alma de la resistencia. "La mayoría éramos mujeres que habíamos cambiado el rol de amas de casa a activistas de Derechos Humanos", afirma María Helena. "Nos señalaban como 'las lloronas'. Pero seguimos".

 

Su trabajo incansable contribuyó a hitos históricos: el 10 de julio de 2000 se aprobó la Ley 589 que tipifica la desaparición forzada como delito en Colombia. También impulsaron la creación de la Comisión de Búsqueda de Personas Desaparecidas y la implementación de protocolos técnico-científicos para la identificación de cadáveres, en colaboración con el equipo forense argentino.

 

Hoy, María Helena se moviliza en silla de ruedas por un accidente automovilístico. Pero su voluntad sigue intacta. "Me emociono cuando los jóvenes me invitan a eventos de reivindicación de la memoria. Ellos han tomado las banderas que nosotras empuñamos". Su hijo José Manuel le dice que así no puede hacer nada. Ella responde asistiendo a cada convocatoria.

 

Una vez, uno de los supuestos autores materiales de la desaparición de su esposo le pidió, a través de un intermediario, que no lo volvieran a denunciar. "Yo no fui capaz de decirle nada a la justicia. Uno después de haber sufrido tanto dolor, no tiene ganas de lastimar a nadie, sino de seguir luchando por la verdad. Solo les pedía que nos dijeran la verdad, que nos dieran así fuera un huesito para hacer el duelo. Nunca obtuvimos respuesta. Hasta hoy seguimos esperando".

 

María Helena Ruiz encendió una vela que no se ha apagado en 34 años. Su historia, la de su familia, la de ASFADDES, es un testimonio vivo de que la paz se construye desafiando el dolor, la indiferencia y el olvido. Como ella misma dice: "Creo que tanto mis compañeras como yo venimos haciendo un gran aporte al proceso de paz desde hace más de 30 años. No solo en el discurso, sino en la práctica como gestoras de paz". Su clavel blanco sigue floreciendo. 

 

 

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