LITERATURA

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La Llave - Chiqui Ramirez - Revista Quir
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La Llave

 

 

Chiqui Ramírez[1]

ixlajuj@gmail.com


A mis hijos:

Ricardo Vinicio Berganza

quien parió la idea,

a Héctor Arturo Berganza

quien me dio la tecnología,

a mi marido Juan Bartolo Fratti

por su incondicional apoyo,

A los tatas: Bartolo Álvarez Tebalan

y Marco Antonio Flores Solórzano

por su invaluable ayuda.

 

 

 

 

 


 

Uk’u’x Ulew[1]

 

 

En el círculo de inciensos que representa el universo, el sacerdote Maya colocó la vela amarilla encendida en dirección al sur. Rápidamente empezaron a arder “los materiales sagrados” que se habían seleccionado cuidadosamente para la ceremonia destinada a “los muertos en sufrimiento”. Los dedos duros y recios como raíces de guayacán se incrustaron en el pecho del gallo capón para apoderarse del pequeño corazón sangrante que fue ofrecido al Corazón del Cielo, al Corazón de la Tierra.

 

El Padre Sol estaba en el cénit. Ayudado por una sacerdotisa el Ajq’ij [2] descuartizó y quemó las trece aves en el fuego sagrado. El hombre y la mujer se movían alrededor del altar en llamas, orando en voz baja en lenguas Mayas. Los tejidos típicos ceremoniales que cubrían las cabezas de los oficiantes y las pesadas vestimentas bordadas iluminadas por el fuego, eran testigos una vez más, de las tradiciones religiosas que se practicaban desde hacía más de 6,000 años en el área Mesoamericana.

 

En espirales, el humo del incienso se entrelazaba con el olor a maíz fresco de los tejidos, la sabia de la vegetación y la humedad del suelo cubierto por helechos.

 

De tiempo en tiempo el Ajq’ij removía el fuego con la vara sagrada invocando la presencia de los muertos en sufrimiento. Los rostros de los oficiantes inflamados por el calor del fuego y el calor de la selva en esas horas de la tarde, no demostraban ningún cansancio. Estoicos apenas movían los labios en oración.

 

Caía la tarde. En la penumbra de la selva tropical del Petén, médicos forenses, miembros de organizaciones de derechos humanos, periodistas y amigos trabajaban afanosamente en la exhumación de las víctimas de una de las tantas aldeas masacradas por la represión en 1982, mientras Moisés Andrés, el único sobreviviente de la masacre de Los Tres Sapos realizaba la ceremonia de “Los Muertos en Sufrimiento”.

 

— ...¡Oxlajuj Kame...![3] Dijo el Ajq’ij mientras tomaba la vara sagrada y removía las brazas casi apagadas del Fuego Ceremonial. Una llama amarilla surgió violenta a la altura del hombre y arremolinándose, descendió para apuntar al oeste en donde un grupo de hombres sudorosos encontraron, dentro del pozo, los restos de los masacrados en la Aldea “Los Tres Sapos”.

El Moan, ave mítica, graznó. El cielo se rasgó al rugido de un saraguate y los curiosos monos araña que habían estado observando a los oficiantes, salieron chillando en estampida.

 

— Están presentes, dijo el Ajq’ij.

 

El esfuerzo del trabajo y el calor sofocante hacía sudar copiosamente a los hombres, mientras enjambres de mosquitos ávidos de sangre, los acosaban. Metidos dentro del agujero de unos tres metros, los ayudantes con pequeñas palas y brochas iban cuidadosamente retirando de los despojos humanos, la tierra húmeda y pegajosa. Poco a poco los colores otrora brillantes de los tejidos típicos y las osamentas fueron apareciendo. Cráneos perforados por proyectiles con la mandíbula abierta, costillas de niño recién nacido pegadas a un esqueleto de mujer. Huesos quebrados, parcialmente quemados; manos y pies atados mostrando la indefensión de las víctimas, la saña de los verdugos. Sufrimiento extremo. barbarie incomprensible.

 

El Ajq’ij estoico, sintió la presencia de sus padres, su mujer, sus hijos, sus hermanos, sus amigos asesinados bajo terribles torturas. Flashasos de memoria golpearon el cerebro de Moisés Andrés, cuando el grupo de hombres armados que llegaron a la aldea hicieron un mitin diciendo que luchaban por los pobres, que los campesinos tenían que ayudarlos a hacer la guerra contra los ricos, que la lucha era de todos, de los indios y los ladinos pobres. Los aldeanos escépticos, les dieron un poco de comer y beber, los escucharon y los vieron partir.

 

A la noche siguiente, Moisés salió a orinar y, cosa extraña, una sensación de angustia lo hizo quedarse afuera del rancho mirando el cielo tachonado de estrellas. A lo lejos se escuchó un zumbido que se acercaba. El ruido se hizo más fuerte y el cielo se cubrió con las hélices y las luces de los helicópteros que descendieron vomitando a la tropa que enloquecida, disparaba sobre los ranchos de varas y techo de manaco. Moisés con el corazón oprimido corrió a protegerse detrás de los árboles. Toda su familia había muerto en el primer ataque de los soldados a excepción de su hijo de escasos meses de nacido. Impotente, escondido entre los matorrales, Moisés pudo ver al soldado que encontró al niño llorando y le estrelló la cabecita contra una piedra. Era uno de los hombres que habían llegado a su rancho el día anterior. Los sobrevivientes que habían salido de los ranchos con el pánico pintado en los rostros, fueron capturados y torturados hasta la muerte.

 

Horrorizado, Moisés pudo escuchar los gritos de los soldados acusando a niños, ancianos, hombres y mujeres de comunistas guerrilleros. El sufrimiento antes de la muerte había sido atroz. El Meb ’a’in, es decir, el principio de la tristeza sin consuelo, ocupó la mente de los deudos para siempre.

 

Y ese día de la exhumación, la llama del Fuego Sagrado se levantaba una y otra vez.

Tienen razón hermanos míos, murmuraba el Contador del Tiempo, no hubo tiempo de prepararse para morir. No hubo tiempo para morir en sabiduría como nos enseñaron nuestros abuelos, como nos enseñó el Ajaw, el Dueño de todo. No hubo tiempo de preparar altares y llamar a los perros y al Moan para que les ayudaran en el camino hacia el mundo de los “Ancestros”. No pudimos atender el llamado del difunto agonizante, pidiendo ayuda. No pudimos ayudarlos en el camino hacia el mundo sublunar en donde se purifican las almas. No pudimos sembrar sus huesos, fuente de vida, para que germinen como plantas. ¡Antepasados nuestros de cabezas emblanquecidas! —

 

— Pero ¿Quién iba a rogar por ustedes hermanos? Los hijos no pudieron llorar a sus padres, los padres no pudieron llorar a sus pequeños hijos ¿Quién iba a encender el fuego del difunto agonizante? ¿Quién iba a quemar el Pom, encender las candelas de sebo y sacrificar las gallinas para ayudarlos a morir? ¿Quién iba a derramar abundantes lágrimas para que ustedes puedan permanecer tranquilos, sin memoria de los renacimientos pasados? ¿Quién estaba para hacer las ceremonias que capturaran sus almas para hacerlas llegar hasta un vientre fecundado donde renacer? —

 

— ¡¡CORTARON EL ÁRBOL DE RAÍZ!! — Rugió el Ajq’ij.

 

— ¡¡Oh mis hermanos que permanecen convertidos en larvas por no tener quién por ustedes!! —

El clamor de los acompañantes se elevó al cielo en desgarradora plegaria, mientras una voz interrumpió la oración que el sacerdote continuó entre dientes.

 

— ¡Venga a ver doctor! —

 

El forense llegó corriendo, mientras se secaba el sudor que le caía sobre los ojos impidiendo la visión. Acercó la lámpara de gas y pudo ver al interior del hueco cavado en la tierra, el fémur de un niño que tenía incrustada una moneda de un centavo. Bajó al agujero y con el corazón oprimido lentamente pasó el dedo sobre el hueso.

 

— Posiblemente tenía la moneda en la bolsa del pantalón al morir —, acotó.

 

En pequeños canastos, uno a uno, iban sacando los restos hacia el claro de la selva en donde habían acampado. Alumbrados por lámparas de gas y sobre rústicos tapescos de varas, los especialistas metían los restos en bolsas de plástico y los clasificaban.

 

Pasaron varias horas para que el fuego consumiera el Pom, el chocolate, la miel, la canela, el azúcar, las yerbas de olor, las flores de colores, las velas de sebo, los animales sacrificados.

 

Uno a uno el Ajq’ij iba nombrando los veinte días del mes Maya, implorándole a cada Kajaleb’ la protección, la unión de la familia, de la aldea, del pueblo, del país. Clamando por la luz y la sabiduría que condujera al esclarecimiento de los hechos, de lo sucedido. Pedía por la sabiduría de los que aplican la ley, de las autoridades para que no cometan injusticias. Demandaba la inteligencia para comprender la vida y la muerte, suplicaba por la abundancia de maíz, de frijol... por la paciencia para escuchar a los aburridos.

 

Mientras el Fuego Sagrado pegado al suelo, sisilaba[4]. De pronto, la llama se tornó azul. El sacerdote se echó un trago de aguardiente a la boca y lo roció con fuerza sobre el fuego que se volvió a arremolinar e implorante en columna, se elevó al Cielo. El Ajq’ij miró de reojo hacia el pozo en el preciso momento en que otro hombre gritó de nuevo llamando al forense.

 

— ¡¡Doctor, venga, venga!!—

 

Heddy Pazos el forense, llegó de nuevo seguido por el ayudante que llevaba la lámpara de gas. Con el puño izquierdo trató de espantar la nube de mosquitos mientras recibía los despojos de otro niño. Acercó la lámpara y pudo ver una pequeña mano empuñada.

 

— Esta mano pertenece a un niño de unos cuatro años. Pero que raro— dijo, — parte de la piel sigue sosteniendo los deditos empuñados. Este niño trató de proteger algo muy valioso para él, hasta el último momento. A través de tantos años, — se aclaró a sí mismo.

 

El cielo azul, casi negro se cerraba sobre el campamento. Las carpas estiradas, debajo de las cuales colgaban las hamacas permanecían vacías hasta altas hora de la noche por la actividad febril que desde hacía varias semanas desarrollaban los estudiosos.

 

Esa noche era una noche sin luna, sin estrellas. El viento fresco movía la manaquera junto a la cual habían acampado varios días antes, mientras las mulas que transportaron la carga, con los ojos desorbitados, se movían inquietas tratando de zafarse del lazo amarrado a un árbol, asustando a los nativos que sentían la presencia de los “muertos en sufrimiento”.

 

La pequeña mano fue conducida en un canastito hasta el campamento en donde con mucho cuidado, uno a uno, el forense abrió sin dificultad los pequeños dedos. Una piedra de jade verde tallada, destelló a la luz de un rayo que cruzó la ventana de la selva. Un potente trueno cimbró la selva desencadenando la tormenta, el viento levantaba las carpas sacudiéndolas con fuerza y el agua mojaba todo lo que encontraba a su paso. Ante lo súbito e inesperado de la lluvia torrencial, los forenses trataron de salvar las piezas que se encontraban sobre el tapesco, mientras Moisés Andrés, la sacerdotisa y sus acompañantes permanecían impávidos alrededor del fuego que seguía ardiendo bajo el aguacero.

 

Heddy Pazos cegado por la lluvia sobre los anteojos, tomó la piedra y con la mano empuñada corrió a refugiarse bajo la carpa. Con una mano se quitó los lentes y trató de limpiarlos con la sucia y sudada camisa. La humedad se pegaba a los vidrios y con una sola mano trató de encontrar un trapo seco en su mochila. El miedo de perder la preciosa piedra lo hacía mantener el puño cerrado haciéndose daño. Se sintió miserable. Se tendió sobre la hamaca mojada, respiró profundo y empezó a calmarse. La carpa sobre la hamaca cedió ante el peso del agua que haciendo un canal sobre la misma, empezó a caer a chorros sobre la mochila que se había quedado abierta. —Solo falta que me orine un chucho— pensó Heddy y entonces recordó que en la bolsillo del pantalón tenía una pequeña bolsa de plástico con unas servilletas de papel para limpiar sus anteojos. Trató de meter la mano empuñada en la bolsa del pantalón mojado sin lograrlo y acostado boca arriba, levantó la barriga arqueando el cuerpo y en su intento de meter la mano izquierda en la bolsa derecha del pantalón, la hamaca dio vuelta haciéndolo caer sobre el suelo fangoso. Como pudo se levantó y logró apoderarse de la bolsa plástica con la servilleta de papel. El agua caía a torrentes. Impotente el forense decidió esperar que el agua amainara, limpiar los anteojos y poder ver la piedra.

 

Pasaron varias horas, minutos... quién sabe. Heddy había perdido la noción del tiempo y cuando finalmente la tormenta cesó empezó a tratar de limpiar los vidrios de los anteojos. La tarea no fue fácil y todavía con los lentes empañados, tomó la linterna de mano, para ver detenidamente la Piedra. Una intensa luz iluminó el campamento y segundos después el estruendo de un rayó los ensordeció. El forense sintió que algo se deslizaba de su mano empuñada. Angustiado, trató de rescatar la valiosa piedra, apretando el puño hasta hacerse daño, pero al abrirlo, se encontró con una semilla de ujuxte[5].

 

Moisés Andrés, Ixch’umil la Sacerdotisa y los Ajq’ijab’[6] que los acompañaban seguían orando en murmullo bajo la tormenta.

 

Ixch’umil[7] acarició la superficie lisa y fresca de la piedra verde que sintió caer en el bolsillo de su delantal.

 

 


 

Majukutaj[8]

El Gringo Allan

 

 

Ese mismo día, Allan Howard se despertó sofocado en el cuarto del hotel Silver Spring en Boston. La pesadilla había terminado para él. Sudaba copiosamente y la sábana que había sido blanca, se pegaba a su cuerpo con obstinación. Trató de alcanzar sus cigarros, pero con cólera recordó que el médico le había prohibido fumar debido a su enfisema pulmonar.

 

Sus problemas pulmonares se habían agudizado a partir de su estadía en Guatemala en 1966, cuando siendo corresponsal del New York Times se internó en la Sierra de Las Minas al nororiente de Guatemala, para entrevistar a uno de los grupos guerrilleros más famosos de América Latina en ese entonces.

 

Eran los Años 60s. La posguerra. A nivel internacional, la juventud rebelde, apasionada y bélica, manifestaba su descontento, rompiendo con los prejuicios ancestrales a través de protestas contra el orden burgués establecido. La liberación femenina y el aparecimiento de la “píldora anticonceptiva”, el triunfo de la revolución Cubana, la reciente derrota de los franceses en Viet Nam, las luchas anti coloniales en Europa, África, Asia y América latina, el macartismo en Norte América encendían las pasiones por el derecho a la libre determinación de los pueblos. De esa manera, como en muchos otros países, surgieron en América Latina movimientos guerrilleros en Guatemala, Colombia y Venezuela.

 

Había necesidad de dar a conocer los pormenores de esas luchas y Allan, que trabajaba como reportero del New York Times decidió viajar a Guatemala para entrevistar al Comandante Luis Turcios y al Comandante Marco Antonio Yon Sosa.

 

En esa oportunidad, estando en la Sierra de las Minas, reducto guerrillero, Allan había comido mono. Los parásitos del animal proliferaron en su organismo dañándole los pulmones y parte del cerebelo colocándole al borde de la muerte. Gracias a la intervención de un médico y amigo suyo que había prestado servicio en la guerra de liberación de Argelia contra los franceses, pudo salvarse.

 

Su visita a Guatemala lo había marcado para siempre y a diario recordaba los detalles vividos con los guerrilleros y la búsqueda de algún contacto que lo había llevado al parque Concordia en donde alguien le comentó, podría encontrar algún insurgente. Allan se sentó en una banca y al buen rato miró directamente a los ojos a un tipo que merodeaba en el lugar. El hombre le subió las cejas mientras lo veía y Allan le respondió de la misma manera, creyendo que se trataba de una clave, el hombre se sentó a su lado y comenzó a hacerle proposiciones sexuales. El gringo se levantó molesto.

 

Después de deambular varias semanas en la capital guatemalteca, Allan decidió buscar en la facultad de economía de la Universidad de San Carlos. Se metió a una de las clases magistrales, y tras escuchar la postura marxista del catedrático, decidió abordarlo y hablarle abiertamente.

 

El Lic. Manuel Cordero, lo escuchó en silencio, miró detenidamente sus credenciales de reportero y le dijo.

 

— Espérame unos días que primero tengo que consultarle a los muchachos.

 

Días más tarde Allan caminaba por la Ciudad Universitaria, y sin darse cuenta, el Licenciado Cordero estaba parado a sus espaldas indicándole que no volviera la mirada y que se hospedara en el Hotel Colonial, atrás de la Policía Nacional.

 

— Allí te van a contactar —. Le dijo.

— Cuando llegarán a buscarme —, preguntó Allan.

— No puedo precisar, pero tenés que esperar a que te contacten, te llamarán diciéndote que a que hora te van a recoger. La clave será que se tomarán unas cervezas en el Portalito. Esto quiere decir que te recogerán a las 6 de la tarde—, contestó Cordero.

 

Día y medio después Allan recibió una llamada telefónica. La precisión y exactitud de los guerrilleros urbanos para recogerlo y llevarlo a una casa de seguridad en medio del despliegue militar que había en la capital lo impresionaron. El clima de violencia podía sentirse sobre la piel. El peligro, la inminencia de la muerte, la tensión se posaba sobre la ciudad al punto que podría haberse cortado en rodajas.

Como buen gringo acostumbrado a dar órdenes, al llegar a la casa de seguridad, Allan dijo:

 

— Como sólo hay dos catres, que la compañera de quede en el pequeño y el compañero y yo, nos quedaremos en el catre grande.

 

Los dos guerrilleros se miraron y el Chucho le contestó:

 

— Vos te quedas en el catre grande al fondo del cuarto y nosotros veremos donde.

 

Allan no durmió esa noche. La luna se colaba por los vidrios de la ventana y podía ver a “los compañeros” que abrían los ojos expectantes, cuando un auto pasaba cambiando velocidad para casi detenerse. No, no podía dormir y trató de entender como siendo latinoamericanos, un hombre y una mujer, jóvenes, podían estar acostados en el mismo catre, bien pegados, sin tener sexo. Después los conoció mejor y pudo comprender la mística revolucionaria que manejaban.

 

Con nostalgia recordaba las horas vividas con los guerrilleros urbanos, la hospitalidad de las casas donde lo hospedaron, las bromas, las carcajadas cuando Allan, rojo como un tomate, les contó el incidente con el homosexual del parque Concordia. Recordaba la comida, las tortillas calientes, la desconfianza con que los muchachos miraban a Allan cuando platicaba con las compañeras. Celosos quizás. Pero Allan resolvió el problema cuando planeó una ida a bailar e invitó a la señora de la casa para que fuera su pareja. Desafortunadamente su propuesta no fue bien vista pues la señora, muy guapa por cierto, estaba casada y era muy respetada por los “muchachos”.

 

Después de la entrevista a los Comandantes guerrilleros de las Fuerzas Armadas Rebeldes en la Sierra de las Minas, Allan perdió todo contacto y supo que muchos de ellos habían caído en combate o en manos de sus enemigos.

 

— ¿Dónde estarán? ¿Los habrán matado a todos? ¿Qué será del Chucho Rocael, de Onofre, del Choco, del Shasho, de Balta, del Seco Matías, de la Chaparra? Se preguntaba. Los que murieron, sufrieron terribles torturas, se ensañaban en ellos...— pensó.

 

La gana de orinar lo sacó de la cama. Afuera la ciudad se vestía de blanco. Las luces de los carros que iluminaban a intervalos la habitación y el ruido monótono del tren le recordó donde estaba. Allan corrió la persiana empolvada para ver mejor a la prostituta iluminada por el anuncio de gas neón, justo en el momento en que pese, al intenso frió, abría su abrigo de pieles para mostrar su cuerpo casi desnudo a los clientes. Unas gotas de orines calientes cayeron sobre sus pies desnudos haciéndolo correr hacia el baño en donde se puso a pujar a pausas y a orinar a chorritos.

 

— Es la próstata. ¡Menos mal que duermo sin calzoncillo, sino me hubiera orinado los únicos que tengo limpios! — Pensó.

 

Se miró al espejo. Sus ojos azules que resaltaban en su piel dorada, estaban rodeados de arrugas. Se pasó la mano por la mejilla derecha y el espejo le devolvió los rasgos físicos de su abuela materna. El pelo otrora abundante y rubio, ahora escaso, reseco y blanco enmarcaba el rostro demacrado de Allan que en extraña mueca trató de sonreír para encontrar el parecido que decían tenía con su tío Arthur, que había muerto en Irlanda.

 

Arthur Griffith que había fundado el Sinn Féin, movimiento paramilitar partisano de independencia de Irlanda, envió a su hermano menor Charles fuera del país. La Misión de Charles era establecerse en Boston y recibir a los miembros del Sinn Féin que tuvieran que inmigrar a los Estados Unidos. De esa manera, la casa de Charles debía convertirse en albergue para los activistas irlandeses del sur, que tuvieran que huir de la represión inglesa. Tras varias semanas de travesía en un mar picado y turbulento, una brumosa tarde de otoño con unas pocas monedas en el bolsillo, un escapulario colgado al cuello, una navaja y su pequeña biblia, Charles Griffith llegó al puerto de Boston.

 

El Boston de entonces bullía. El crecimiento económico, basado en la producción de telas y procesamiento de cuero y de maquinaria industrial, hizo que a finales del siglo XIX, en Boston, aparecieran las primeras fábricas para la producción en cadena; lo cual atraía a miles de jóvenes inmigrantes europeos que llegaban en busca de fortuna. Los bares y prostíbulos eran los puntos de encuentro donde podían informarse sobre posibilidades de trabajo, albergues y hostales baratos. Charles logró un empleo cargando bultos en una fábrica de telas pero, joven, violento y apasionado, rápidamente se vio envuelto en una pelea callejera en donde dio muerte a navajazos a un italiano, hijo de un capo de la mafia Siciliana. Su vida peligraba en Estados Unidos y Charles Griffith tuvo que trasladarse a Canadá en donde fingiendo ser loyalista, cambió su nombre y el apellido Griffith por el de John Howard. Todo contacto con el Sinn Féin había sido cortado. El hambre apretaba y la cercanía del invierno hizo que John Howard aceptara cualquier tipo de trabajo en las granjas de Ontario, durmiendo en establos al lado de los caballos para calentarse en un invierno particularmente frío. Su determinación de hacer dinero y poder cumplir con la misión encomendada por su hermano Arthur, lo hizo aceptar un trabajo como controlador de mercadería en la Compañía de la Bahía de Hudson, en territorio canadiense. Las tundras glaciares, planas y lisas como grandes tortas de piedra, lo recibieron a finales de la gélida primavera de 1925. Después de esa fecha perdió la memoria del tiempo. Las estaciones se sucedieron unas a otras.

 

El aislamiento, el frío agotador, la falta de alimentos, el desconocimiento de la sobrevivencia en los territorios del norte, habían forzado a los europeos a hacer alianza con los nativos canadienses para realizar su próspero negocio de pieles finas que eran exportadas al viejo continente. Así, las pieles de armiño, foca, conejos y castores, carne de caribú y salmón ahumado fueron cambiadas por armas de fuego, proyectiles, tabaco y licor.

 

Tras varios años de servicio, John fue enviado, por The Bay Company, al Poste de La Baleine en La Bahía James, en donde desde 1880 había un asentamiento de indios Cree los cuales, aunque seguían cazando caribús, habían abandonado sus “teepee” (casas de pieles) por “La Casa del Pueblo” diseñada al estilo de las casas de Hudson’s Buy Company, y habían aprendido a comunicarse en ingles y francés. The Old Man lo recibió cordialmente. El forastero se incorporó a la vida cotidiana; aprendió a cazar, a pescar y acondicionar las viviendas para los fríos inviernos, mientras las mujeres salaban, secaban la carne, ahumaban el salmón que habría de alimentarlos durante lo más duro de la estación. Al poco tiempo John sentado en el piso cubierto de frescas ramas de ciprés, que las mujeres cambiaban regularmente, junto a los miembros de las otras 30 familias, escuchaba historias de los legendarios Big Bear y Thunderchild.

 

— ¡¡When buffalos were without number, when horses, carts and our own skills served our needs!!—

 

John, embelesado, escuchaba las historias del Hombre Viejo hasta que una noche, al final del invierno, los penetrantes ojos negros de Flor de Agua lo fulminaron. La chiquilla de otrora, que normalmente permanecía escondida, se había convertido en mujer sin que nadie se diera cuenta y John ya no pudo conciliar el sueño.

 

La pasión de John se encendía cuando la muchacha acalorada e incómoda por la estrechez de su vestimenta, se sacaba el pesado vestido blanco de armiño para agrandarlo. Así sentada sobre las pieles, Flor de Agua lucia su virginal belleza de piel dorada apenas cubierta por el negro cabello que en mata bajaba por su espalda. John aspiraba profundamente el olor agridulce que despedía la joven mujer hasta que sentía que el pecho le iba a reventar.

 

Pese a la oposición de la tribu Cree, John Howard fue correspondido por la joven de piel cobriza y pelo negro, que pícaramente lo instaba a ir más lejos. Los amantes consumaron su pasión y meses más tarde Flor de Agua moría al dar a luz a Allan. John enloquecido por la pérdida de su amada, culpó al niño de su desgracia y emigró nuevamente a los Estados Unidos.

 

Poco tiempo después, los Cree fueron obligados a trasladarse a James Smith Reserve, muy cerca de Fort a la Corne, en donde Allan fue criado al cuidado de sus abuelas maternas.

 

Desde 1840 el Departamento de Asuntos Indígenas y el Acta de Civilización Gradual Canadiense abrieron el camino para que a través de las Iglesias Anglicanas, Católicas, Presbiterianas y Metodistas llevaran a cabo el trabajo de adoctrinamiento para “asimilar” a los niños nativos a la sociedad canadiense, eliminando el contacto con su familia, prohibiéndoles hablar la lengua nativa, aplicándoles castigos crueles por practicar su espiritualidad y su cultura. Literalmente el Gobierno y las Iglesias de origen Cristiano de Canadá, los Estados Unidos y Australia secuestraban a los niños indígenas para lograr: “la re—educación de los nativos a fin de civilizarlos y para una asimilación acelerada de los autóctonos ”.

 

En Canadá, como en los otros países bajo el protectorado ingles, dicha medida arrancó a los niños indígenas de sus hogares para recluirlos en orfanatos llamados: “Canada’s Aboriginal Residential Schools”, donde eran sometidos a tratos crueles, abusos sexuales, aislamiento de sus familias, prohibición de hablar lenguas maternas y abandono de su espiritualidad, situación que en muchos casos llevaba a los niños al suicidio, a la muerte por las palizas recibidas, la desnutrición y la tuberculosis.

 

En los años mil novecientos cuarenta, “el gobierno canadiense y las iglesias cristianas, compulsivamente obligaron la asistencia (a dichas escuelas) de los niños indígenas entre 7 y 15 años”. Y los Cree y otras Naciones de los pueblos Originarios no pudieron esconder a sus pequeños hijos, pues el control fue mayor y los métodos de reclutamiento e intimidación más severos. “Nuestro objetivo (aseguraban), es continuar hasta que no exista un solo indio en Canadá que no haya sido absorbido al cuerpo político y ya no exista un problema indígena ni el departamento indio. Esta es la meta de ésta ley”.

 

Los Cree, que conocían en carne propia la experiencia de en esas escuelas, temerosos decidieron mandar a Allan a vivir con su padre.

 

Una larga noche blanca, cobijado entre pieles de animales, Allan despertó con la algarabía de los perros huskyes y la voz de su tío Lobo de la Montaña calmándolos. La abuela Cabellos de Lucero le entregó a Allan los zapatos de cuero de foca con plantillas de pelo de mujer que había estado confeccionando desde hacía varias semanas. El niño tomó los zapatos y en silencio, la miró profundamente a los ojos.

 

Los perros moviendo la cola se dejaron colocar los arneses que tirarían del trineo. Lobo de la Montaña empujó el vehículo para darle impulso y desprenderlo del hielo que lo atrapaba mientras alentaba a gritos a los perros para coordinar esfuerzos e iniciar la carrera que los conduciría hasta la frontera canadiense. Allan saltó ágilmente sobre los bultos de pieles y se acomodó entre ellas. El viento frío rebotaba en las mejilla y en los anteojos de hueso con pequeñas ranuras que permitían la visibilidad a Lobo de la Montaña que, protegido con espesas vestiduras de piel de oso, instaba con el látigo, sin tocar a los perros, a seguir adelante, mientras mentalmente calculaba el tiempo que les tomaría llegar a su destino. Horas más tarde, la nieve caía incesantemente borrando los rastros dejados por el trineo. El cansancio y el frío amodorraban al niño que finalmente cayó en profundo sueño. Viajaron varias horas en la larga noche borealhasta que Lobo de la Montaña detuvo el trineo y despertó a Allan sacudiéndolo.

 

— El viaje será largo y tienes que ser muy valiente. Trata de no dormirte profundamente— le dijo.

 

El hombre en silencio oteó el ambiente hasta estar seguro de que no existía peligro para acampar, liberó a los perros de los arneses y Allan saltó del trineo para estirarse. En torno al fuego, el desayuno con carne de caribú ahumada y miel de arce los reconfortó. Mientras los perros después de comer, hicieron hoyos en la nieve para descansar. Durante dos semanas durmiendo de día, viajando de noche, la pequeña caravana se dirigió hacia el sur—este, evadiendo los poblados de los nativos, los grupos de cazadores y a la Guardia Montada Canadiense que pudieran encontrarse a lo largo del territorio llamado Voices Of The Plains Cree. Tenían que evadir las guarniciones militares de Fort Touchwood y Fort Pelly, bordear Beaver Hill y de ser posible atravesar los ríos Qu’ Appelle y Souris y otros riachuelos antes que se descongelaran. Debían ser muy cuidadosos pues de lo contrario Allan iría a parar a un orfanato.

 

Al sur, el invierno empezaba a retirarse y la nieve no era suficiente para poder avanzar rápidamente sobre el trineo. Corrientes de agua clara llamaban al fondo de la tierra para hacer resurgir la vida con todo su verdor. Las pequeñas plantas floreando se asían con sus raíces a las piedras desafiando el gélido viento primaveral, mientras miles de insectos despertaron de su sueño y los marsupiales recién nacidos miraban curiosos fuera de sus cuevas. El trineo fue escondido cuidadosamente, y los perros fueron soltados de sus amarras con la orden de regresar a la reservación.

 

Lobo de la Montaña y Allan emprendieron entonces una larga caminata que duró otras tantas semanas, ya que la pequeña talla del pequeño no permitía ir más rápido. El viaje había sido planeado cuidadosamente y Lobo de la Montaña estaba preparado para cazar y pescar cuando los víveres se terminaran. Debían atravesar la frontera Canadá—Estados Unidos antes que terminara la primavera para evadir fácilmente la vigilancia fronteriza. En esa época del año los rastros dejados a su paso serían borrados por las constantes lluvias y podrían llegar a la pequeña población de Blackduck en el Estado de Minnesota. Afortunadamente la dirección que tenían del padre de Allan, era correcta.

 

John Howard recibió al niño a regañadientes, no atreviéndose a mirarlo a los ojos. Temía encontrarse con la mirada de Flor de Agua y ser cautivado por el muchacho, pero la inteligencia y dulzura que el muchacho heredara de su madre, sedujeron nuevamente a John, y poco después se estableció entre padre e hijo una relación de camaradería que Allan iba a guardar por muchos años.


I'q Balam

Los vientos procedentes del norte

 

 

La situación de los nativos en Norte América iba de mal en peor y tanto el padre de Allan como sus familiares Cree, decidieron proteger al niño, ocultando su origen en los Estados Unidos y para lograrlo John y Allan, se trasladaron a Chicago.

 

Pasaron los años y una noche Allan fue llamado en sueños, por las abuelas y abuelos Cree. Era el tiempo de regresar a James Smith Reserve. Allan fue recibido con alegría y permaneció entre ellos siete años, retomando el idioma materno y las tradiciones y costumbres ancestrales, hasta que una tarde de otoño cuando el cielo anunciaba la entrada inexorable del invierno, The Healer lo llamó ante su presencia.

 

— Hoy tendremos la misma duración de la noche en todo el planeta tierra... comenzó diciendo el Healer.

 

El equinoccio de otoño, pensó Allan, acomodándose frente al Healer para no perderse una sola de sus palabras.

 

Desde muy temprano se había encendido el gran fuego que habría de calentar las piedras que serían colocadas, una a una, dentro del agujero del Sweat Lodge o baño sagrado que los miembros de James Smith Reseve acostumbraban llevar a cabo cada 21 y 22 de septiembre, para agradecer el alimento del verano y otoño, dar la bienvenida al invierno y pedir abundante caza y pesca a la Madre Tierra.

 

Hombres y mujeres, cubiertos con mantas, esperaron hasta que el Healer, vistiendo taparrabo, bordeó por el lado derecho las insignias enterradas al frente del domo construido con pieles de animales, depositó una concha de nácar con humeantes hojas secas de salvia como ofrenda, se arrodilló frente la pequeña entrada, besó la tierra y se metió gateando al Corazón de la Madre Tierra. Allan lo siguió muy de cerca imitándolo y, poco, a poco los hombres y mujeres colocaron sus ofrendas a la entrada del domo, besaban la tierra y se adentraban en el oscuro y húmedo recinto, sentándose alrededor.

 

Una a una las piedras fueron empujadas hacia el centro del domo. Con la pipa sagrada la esposa del Healer tocaba la piedra caliente, fumaba de la pipa y la pasaba al vecino. En silencio todos aspiraron el humo blanco de la salvia seca de la pipa. Cuando las trece piedras calientes fueron colocadas, la puerta de pieles de oso fue cerrada, la oscuridad los envolvió y el Healer roció las piedras con agua fría que había sido deposita con anterioridad y una nube de vapor caliente les golpeó la cara. Los cuerpos absorbían el calor hasta los huesos llenándolos de una placidez voluptuosa. Con las mentes en blanco los presentes disfrutaban la temperatura del vapor emanado de las piedras. De mano en mano fueron pasándose un recipiente con grasa de oso negro, con la cual los asistentes frotaron las partes enfermas de su cuerpo. Pausadamente The Healer comenzó a hablar.

 

— Hace muchos años en la Primera Era Solar, una inundación destruyó el mundo porque los astros habían completado el gran ciclo. Los hombres y mujeres se volvieron peces y sólo unas cuantas parejas de seres humanos lograron sobrevivir. Una pareja fue protegida por un gran árbol, otras siete parejas se escondieron dentro de una caverna hasta que las aguas bajaron. Ellos repoblaron la tierra y se convirtieron en Dioses de sus propias Naciones. Esta primera Era Solar duró 4008 años y una Nueva Era, la Era del Segundo Sol debía comenzar...

 

The Healer siguió hablando de las diferentes Eras del Sol, hasta que las piedras anunciaron que la ceremonia había terminado. La esposa del Healer entonó el canto gutural que fue coreado alternativamente por hombres y mujeres. Salieron del Sweat Lodge y se dirigieron al arroyo que corría cerca del domo ceremonial y refrescaron sus cuerpos calientes con el agua fría. Compartieron los alimentos y Allan fue invitado a la cabaña en donde The Healer le entregó una pequeña bolsa de cuero de venado y una pluma de águila. Hablaron toda la noche y muy temprano por la mañana Allan se despidió de su familia nativa y emprendió el retorno a la casa paterna. Al llegar a su casa en Chicago, se enteró que su padre había muerto en un accidente cuando trabajaba en la construcción de un edificio.

 

Mientras orinaba, Allan recordó los ojos azules en el rostro pecoso de su padre, enmarcado en una melena rojiza. Se miró de nuevo al espejo, su calvicie era casi total. El abdomen caía flácido sobre su sexo enjuto, y sus piernas flacas rematadas por grandes pies temblaban al peso de su cuerpo. Allan Howard tan varonil y buen mozo en sus años de corresponsal de guerra había estado en lugares inhóspitos y peligrosos, había enfrentado la represión de la época Macartista contra los comunistas en Estados Unidos después de publicar en el New York Times, su artículo sobre los guerrilleros de Guatemala.

 

— Los desgraciados querían quebrarme la moral — se dijo, y recordó con amargura la tarde en que dos hombres llegaron a su apartamento en Chicago, se identificaron como miembros de La C.I.A. y lo presionaron para obtener información sobre los contactos establecidos con los comunistas en Guatemala. Se negó a cooperar y esto le costó muy caro. Su vivienda fue registrada minuciosamente por los hombres de la CIA, quienes cargaron con sus escritos, libros de marxismo, cartas, fotos, su máquina de escribir y hasta sus lapiceros. En uno de los libros Allan había guardado un pequeño papel en donde casi borrados aparecían dos nombres: José y Choly.

 

Después de esa tarde Allan no pudo conseguir trabajo en ningún periódico, ni en ningún otro lado y las puertas se le cerraron una y otra vez en los Estados Unidos. Allan era vigilado muy de cerca por la CIA.

 

Meses más tarde, con la información que contenía el pequeño papel encontrado en las pertenencias de Allan, la CIA envió a Guatemala a un agente encubierto disfrazado de periodista. El tipo logró contactar a los guerrilleros urbanos argumentando que era amigo de Allan y que llevaba un mensaje para José y Choly, sin saber que dichos personajes no existían.

 

Los guerrilleros urbanos sospechando su filiación política, de inmediato lo metieron a una casa de seguridad y lo llevaron a la Sierra de las Minas. El gringo creyó que había logrado engañar a los insurgentes guatemaltecos para poder cumplir con la misión de asesinar al Comandante Luis Turcios Lima. Una vez descubierto, el espía no negó su procedencia y fue fusilado en plena montaña, encontrándose entre sus pertenencias, una cuerda para ahorcar y el pequeño papel con los supuestos nombres de los colaboradores en donde Allan había estado hospedado.

 

Allan conocía bien los motivos que habían originado el conflicto armado en Centro América, motivos que iban más allá de la simple explicación política regional como la Guerra Fría, la Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense y el anticomunismo que justificaba el apoyo a los militares Centro Americanos para llevarlos hasta donde el Pentágono quería.

 

Allan recordó que en el año 1954 en Guatemala, el gobierno estadounidense había financiado la intervención militar que derrocó al presidente electo, Jacobo Arbenz Guzmán, que trataba de construir una sociedad capitalista independiente con justicia y desarrollo social. El gobierno democrático de Arbenz fue acusado de comunista al emitir el Decreto 900 o ley de Reforma Agraria y nacionalizar las tierras que pertenecían a la United Fruit Company. Como resultado de esa intervención, se establecieron no sólo en Guatemala, sino en el área latinoamericana. gobiernos militares al servicio total de los designios estadounidenses.

Para evadir el servicio militar en la guerra en Viet Nam, Allan viajó nuevamente a Guatemala con la esperanza de restablecer los contactos con los guerrilleros, pero fue inútil. La situación se había tornado más peligrosa. Los pocos guerrilleros urbanos que habían sobrevivido a la ofensiva del gobierno y los errores de organización, fueron desmovilizados por orden del Partido Comunista, y Allan temeroso de ser reconocido en la capital, decidió irse a los lugares turísticos y finalmente se quedó deambulando como hippie a orillas del lago de Atitlán. Prácticamente se regaló con una familia indígena del lugar, aprendió el kaqchikel y vivió con ellos, que lo aceptaron y se divertían a sus costillas.

 

Una tarde Allan cayó gravemente enfermo, el curandero, un sacerdote Maya del lugar llamado Isaías, lo sanó con medicinas tradicionales. La fiebre hizo delirar dando a conocer su origen indígena. En su lengua materna habló sobre el pequeño envoltorio que The Healer le había entregado y fue hasta entonces que realmente lo aceptaron como parte de la gran familia nativa y lo llevaron a visitar Tzip, Xe Ab’aj y Manamel, Centros Ceremoniales Sagrados de los antiguos Mayas, dedicados a la cacería en el altiplano guatemalteco.

 

Ab’aj Takalik era su meta. Allí Allan conoció la ubicación de Chikchan[1] en la bóveda celeste y el punto donde la estrella Eta Dacronis hizo su tránsito meridiano en la misma fecha y hora durante 2,400 años. Hecho que permitió a los Mayas del Periodo Clásico, desarrollar, no sólo el calendario agrícola de 365 días, reafirmar el Calendario Ceremonial de 260 días, sino también establecer la traslación de Venus y otros avances astronómicos, como ninguna otra civilización lo había hecho.

 

Allan se adentró en la Cosmovisión Maya. Conoció los secretos de los antepasados y los hizo suyos, reconfirmó la creencia americana de los nativos sobre las Eras Solares, y aprendió de los Sacerdotes Mayas los secretos de la vida y la muerte, del renacer, de la energía liberada al morir, del camino al mundo sublunar en donde se purifican las almas y pierden la memoria de las reencarnaciones anteriores. Conoció la cuenta de los días del Cholq’ij [2], su significado, y el de las ceremonias.

 

Allan aprendió a controlar sus dolores físicos con estoicismo y, sobre todo, a ver la vida con el optimismo de la máxima de los pueblos originarios: “respeto y reciprocidad, de vive y deja vivir”. Pasados los meses Allan preguntó al Tata Isaías porqué, antes de su enfermedad, nunca lo habían llevado a visitar ningún altar. La respuesta fue tajante:

 

Cuando te enfermaste y te pude curar, nos dimos cuenta que eras gente—.

 

Una noche de luna llena, en un centro ceremonial escondido entre la selva, después de haber pasado por los Siete Fuegos Sagrados, Allan colocó el tejido de tela roja, símbolo de la dignidad, sobre su cabeza, realizó junto a otros sacerdotes la sagrada ceremonia del Waxaq'ib B'atz[3] y los Abuelos entregaron Allan su Tzite[4] o envoltorio sagrado, Así fue iniciado como sacerdote Maya.

 

La presencia del hombre blanco, alto, rubio, hablando lengua Maya, vistiendo pantalones a rayas y descalzo, captó la atención de las autoridades locales. Allan temió  poner en peligro a su familia adoptiva y decidió abandonar el lugar con ayuda del Ajq'ij Tata Isaías y otros jóvenes que lo llevaron hasta la frontera con México.

 

Por seguridad, decidieron atravesar el Petén, subiendo por las Verapaces la selva tropical los albergó en su seno. Cruzaron el Río Negro o Chixoy, remontaron el Gran Río de La Pasión. Visitaron los sitios sagrados en los cerros,  las montañas y las cavidades de la tierra. Se enredaron en el Cerro de las Nueve Vueltas del Diablo, en donde Zipacná, el guardián del cerro, les aconsejó:

 

–“Hay que ir contando las vueltas, porque cada vuelta es un escondite que se esconde cuando viene y cuando queda atrás. Miren solo el pedazo de vuelta que van caminando sin dejar de contar, porque el diablo, juguetón que es, le agrega más vueltas.”-

 

Finalmente llegaron a Cancuen, el Lugar de las Serpientes, cubierto por la selva y que sólo los   Contadores del Tiempo de mayor jerarquía del lugar, sabían que allí se encontraba, y que fue descubierto por los kaxlanes[5] años mas tarde. En cada Centro Ceremonial quemaron Pom y sacrificaron animales de monte, encendieron velas a los cuatro lados del universo, ofrendando para agradecer la vida, el aire, el agua, el fuego que el Ajaw[6] Bitol Tzakol[7] nos brinda cada día, y chuparon guaro. La malaria se apoderó de Allan una y otra vez el Ajq'ij Isaías lo curaba.

 

Evadiendo las fuerzas militares del gobierno  y los grupos de guerrilleros, llegaron hasta la aldea Los Tres Sapos en donde fueron recibidos con naturalidad por sus habitantes. Ya los estaban esperando.

 

La ubicación geográfica de la aldea Los Tres Sapos lo impresionó. La fuerza cósmico-telúrica se dejaba sentir sobre ese pequeño pedazo de tierra, perdido entre la selva tropical a orillas del río Usumacinta. Los lugareños se esmeraban en producir maíz, frijol, hortalizas y frutas. Las limpias calles de tierra cruzaban entre los cercos de claveles rojos, árboles  frutales y de achiote, detrás de los cuales, en los ranchos de varas y techos de manaco se escuchaba el sonido acompasado de las palmas de las mujeres echando las tortillas.

 

El grito y aleteo de una guacamaya de brillantes y rojas plumas los hizo sonreír. Un niñito de piel dorada desnudo como había llegado al mundo y que apenas se podía sostener sobre sus piernas, se agarraba de la cola de un cerdo para ayudarse a caminar, mientras un venado curioso lo miraba con sus ojos negros como carbón.

 

En la cabeza de Allan resonaron las palabras del Healer Cree:

 

“Las diferencias entre las gentes, son causadas por las manchas y los vientos solares que afectan los campos magnéticos de la tierra en el momento de la concepción. Un huevo humano recién fertilizado trae estampados los patrones genéticos que prevalecen en la atmósfera, determinando el tipo de astrología al nacer. Los Mayas desarrollaron la conexión entre los ciclos de las manchas solares con la numeración y  el calendario.”- Allan sacudió la cabeza.

 

Allan e Isaías llegaron hasta el centro de la aldea Los Tres Sapos, se hincaron para besar La Madre Tierra, quemaron pom y encendieron velas. No hubo necesidad de explicaciones, ni presentaciones, ni acuerdos de qué hacer. Al caer la noche los habitantes de Los Tres Sapos y sus visitantes iluminados por la luna llena, se encaminaron al centro ceremonial de Cancuen.

 

            Era el Waxaq'ib 'B'atz.[8]

 

Ahora, en ese cuarto de hotel de mala muerte que era lo único que podía pagar, Allan repasaba su vida mientras orinaba. Cuando consideró que la vejiga estaba vacía decidió regresar a la cama. Se sentó a la orilla del lecho mugriento y empezó a hurgar entre sus pertenencias. Con mucho cuidado puso sobre la almohada la pequeña bolsa de cuero que el Healer le había entregado en la reservación Cree. Sacó una libreta sucia y maltratada, se vistió, y salió del hotel con paso cansado. Sonrió ante los piropos de la prostituta que abriendo el abrigo de pieles, le mostró su cuerpo cubierto por un pequeño calzón. Allan cruzó la calle en donde había un teléfono público.

 

-Hi Scott!  ¿ How are you?-

 

-¡Allan  eres tú! Cuanto tiempo ha pasado sin saber de ti. -


 

Le Tukur[9]

El ave que anuncia la muerte

 

 

Horas más tarde, Scott entraba en el hotel en donde se hospedaba Allan. Su cuerpo atlético, su elegancia en el buen vestir y su pelo plateado, impresionaron al encargado del hotel, quien lo revisó de pies a cabeza antes de indicarle la habitación de su amigo.

 

Howard y Scott se conocían desde la infancia, habían estudiado juntos parte de la escuela secundaria en Chicago, antes de que Allan regresara a Canadá a vivir con los Cree. A pesar de  la amistad entrañable entre los dos muchachos, Allan no había mencionado su origen nativo a su amigo hasta un día antes de su partida, dejando a Scott boquiabierto por la impresión y con cientos de preguntas sin respuesta y otras tantas respuestas a la manera como Allan lo defendía de los chicos abusadores de la escuela.

 

A Scott le llamaba mucho la atención como Allan lo había iniciado en el estudio de la historia de las Naciones originarias de América y con que apasionamiento habían robado horas al descanso para leer, discutir especialmente la historia de “La larga marcha” de los navajos rendidos ante las armas de los blancos en 1864 y que fueron conducidos a pie más de 500 kilómetros hasta el Fort Summer, donde vivieron cinco años de desesperación, privación y enfermedades. Muchos fueron vendidos como esclavos y otros navajos que habían logrado escapar se escondieron en el Gran Cañón hasta que lograron regresar a su tierra y se desarrollaron como ganaderos.

 

Con la ausencia de Allan su vida ya no fue la misma, las cosas que como niño no tenían importancia se remarcaron,   percatándose  de las grandes diferencias entre sus supuestos padres y hermanos. La crisis existencial de adolescente se agudizó al no contar con el  amigo-confidente y su reacción rebelde lo llevó a enfrentar a sus padres hasta obtener la verdad de su procedencia. Scott se explicó entonces, porqué, las lecturas sobre la historia del pueblo navajo hechas con Allan, lo habían llenado de inquietud, provocándole pesadillas, sueños de hechos y cosas que parecían reales, más bien recuerdos de cosas vividas; de las paisajes rojos en un cielo inmensamente azul, de tambores y cantos guturales, envueltos en volutas de humo azul celeste que lo hacían llorar. De allí en adelante Scott decidió buscar a su familia biológica, retomar sus raíces ancestrales, recuperar su idioma materno y la visión filosófica navaja. Una tarde de invierno tras una larga jornada, llegó a la región de Utah, con la determinación de quedarse entre los suyos.

 

Scott permaneció entre el pueblo navajo hasta que pudo hablar y escribir su idioma materno y comprender la cosmovisión ancestral, pero, la influencia de la educación formal europea que tuvo en su niñez y adolescencia, más  la curiosidad científica propia de la genética que lo había marcado al nacer, lo lanzaron sediento de saber, en busca de la verdad. La influencia de la educación formal europea no había sido en balde.

 

Años más tarde Scott, el médico forense de origen navajo, que se había apasionado por la arqueología, la matemática y astronomía Maya, que participó en varias expediciones científicas en el área mesoamericana, más sus estudios sobre el Códice de Dresden, que aportaron a los Mayistas los elementos filosóficos religiosos del período clásico, y especialmente sus brillantes trabajos relacionados con el ciclo de las manchas solares, los calendarios y su relación con la biología humana en la tierra, lo que llamó la atención a la  Agencia Central de Inteligencia estadounidense, ya que los aportes de Scott sobre la energía liberada a la hora de la muerte, “El Re-nacer” y su vinculación con la energía cósmico-telúrica lo hacía indispensable para la misión “especial”  en Centro América. 

 

Al recibir la propuesta de la C.I.A., Scott recién se estaba divorciando de su tercera mujer, mientras las dos primeras reclamaban pensión. Su situación económica era desesperante, los cheques a pagar y las llamadas de las ex esposas lo tenían al borde de la locura, pues no era precisamente el ex marido de los sueños y decidió aceptar el trabajo. Viajó a Guatemala, a Momostenago, en el altiplano, pues tenía conocimiento que es uno de los pueblos Mayas que han conservado todas las ceremonias y tradiciones de la cuenta del calendario Ceremonial  de origen precolombino.

 

Scott era un respetuoso admirador incondicional de los logros científicos Mayas, así que, cuando sus jefes inmediatos ejercieron gran presión sobre él, para obtener mayor información sobre la energía liberada al morir, y el lugar en donde podía concentrarse dicha energía, sus principios éticos y científicos lo hicieron tambalear. A la C.I.A. le interesaba obtener esa información a cualquier precio, sobornando, torturando, asesinando a familiares de los conocedores ancestrales, despojándolos de sus tierras.

 

- Sáqueles la verdad a cualquier precio, le dijo el oficial de la C.I.A, y pídale apoyo al ministro de la defensa, al mismo presidente  de turno, ellos siempre colaboran con nosotros, agregó.

 

Pero el mismo Scott desconocía cómo exactamente se generaba la energía al morir, y donde estaba el lugar que concentraba dicha energía, por lo que fue acusado de ocultar información estratégica militar y no fue fácil  enfrentarse a dicha acusación. Afortunadamente tenía el respaldo científico y los años que había trabajado en la N.A.S.A. que lo calificaban como excelente y responsable investigador, y pudo solventar el problema.

 

Gracias a la publicación del artículo de Allan sobre Guatemala en el New York Times, los amigos habían logrado comunicarse nuevamente. Y esa noche, el periodista, que conocía los pormenores de su estancia en Guatemala, llamó a Scott.

 

El ruido de pasos de hombre pesado por el pasillo, hizo a Allan levantarse de la cama y abrir la puerta de la habitación. Los amigos se abrazaron. Scott no pudo ocultar su sorpresa.

 

-Dilo de una vez.- ¡Estoy hecho una piltrafa! - Dijo Allan.

 

-No. Simplemente te has descuidado mucho. Antes que nada déjame hacerte un chequeo y mañana a primera hora te vengo a recoger para llevarte a hacer análisis de laboratorio y unas radiografías... - respondió Scott.

 

-¡He, he, he! ¡No tan rápido por favor que no me estoy muriendo! Tenemos mucho de qué hablar,- respondió Allan.

 

Amanecía. Los tímidos rayos de sol de la mañana atravesaron la persiana percudida del cuartucho del hotel. Los amigos seguían conversando sin darse cuenta de las horas que habían pasado. Unos golpes en la puerta los sacaron de su plática.

 

-¡Mister Howar! ¡Acuérdese que me debe una semana de renta y que debe pagarme hoy!- Dijo el conserje en español.

 

Scott miró su reloj, se levantó de la silla, se puso el abrigo de lana negro de invierno y recogiendo la pequeña bolsa de cuero que Howard le había entregado, se dispuso a salir. Tomó la mano de su amigo y colocó unos billetes en la palma y la volvió a cerrar. Allan quiso negarse, pero Scott le indicó con el índice que se callara, agregando:

 

-Sin discusión. Debemos arreglar este asunto inmediatamente, de todos modos será muy bueno ir a disfrutar del calorcito de Guatemala-.

 

Allan sonrió de solo pensarlo.

 

Scott estaba muy entusiasmado con el proyecto que junto a Allan llevarían a cabo. Debía trasladarse a su oficina en  Massachusetts, inmediatamente. Paró un taxi y se dejó caer en el asiento trasero. Como siempre que tenía que emprender un nuevo proyecto  ponía la mente en blanco y comenzaba a jalarse la oreja izquierda, por lo que no reparó que el chófer del taxi lo miraba insistentemente por el espejo retrovisor.

 

-Mister- le dijo, - sino deja de jalarse la oreja, se la va a arrancar ...-

 

Scott miró al taxista que le sonreía mostrando unos dientes torcidos pero muy blancos.

 

-¡Mauricio Chamal ! - gritó emocionado Scott. - ¡Quien iba a creer que en medio de este frío iba a encontrarte! Tenemos mucho que platicar, sabes qué- agregó-mejor llévame en tu taxi hasta mi trabajo en Massachusetts, así aprovechamos para platicar.

 

–¿Tenés tiempo?-

 

-¡Chis la mierda! Para usté, siempre tengo tiempo. - contestó Chamalé.

 

Y se metieron en una sabrosa conversación que duró varias horas, tiempo que aprovechó Scott para ponerse al tanto de lo que ocurría en Guatemala, entre otras cosas.

 

A grandes pasos Scott llegó al laboratorio del Centro de Investigaciones Arqueológicas Mesoamericanas, de la Universidad de New Hampshire, Massachusetts, en donde trabajaba como director de proyectos. Llamó a dos de sus ayudantes de confianza, explicándoles lo que necesitaba mientras preparaban el equipo para los análisis químicos y datación de antigüedad. Como siempre, bajo las órdenes de Scott, el personal del laboratorio se envolvió en el frenesí del trabajo.

 

Bajo una potente lámpara los estudiosos se dispusieron a abrir el pequeño bolso de piel de coyote. En el interior del  bolso se encontraba un envoltorio de  tela roja, que por capas que habían sido superpuestas iba protegiendo las más profundas, las cuales mostraban claramente su antigüedad. A la medida que se acercaban al objeto que envolvían las telas, éstas prácticamente se pulverizaban al contacto con el aire y las manos. Con mucho cuidado los científicos fueron apartando cada una de las capas de tela, colocándoles en escudillas separadas y haciendo anotaciones de las mismas. Rastros de bordados sobre el tejido con la misma inscripción, llamó la atención de los estudiosos.

 

Scott descifró varios de los glifos que decían en idioma Maya antiguo; “busque la llave”, y debajo de la inscripción aparecía la datación Maya de ceremonias realizadas durante el periodo formativo de la cultura Maya, que venía a corresponder al periodo clásico Olmeca. “Busque la llave”, “busque la llave” una y otra vez apareció en las diferentes capas de tela, hasta que llegaron a la última que extrañamente se conservaba intacta al paso de los años. 

 

Varios números habían sido bordados cuidadosamente: 

 

144,000  / 7,200 / 360 / 260 / 20

 

Las columnas de números que fue leyendo de abajo para arriba indicaban que tenía que llegar a otro número mayor, a una cifra desconocida pero que tenía sin lugar a dudas, un significado especial.

 

La tensión aumentaba a cada momento y Scott tomó con mucho cuidado el pequeño bulto para abrirlo. Una brillante piedra verde-azul de jade tallada destelló ante sus ojos. El pequeño objeto era, sin duda, parte de una pieza más grande, pues paredes rectamente cortadas con pequeñas entradas indicaban que otra pieza debía encajar en ellas. Las inscripciones numéricas finamente talladas databan la pieza con precisión. Scott alcanzó la calculadora e hizo algunas operaciones y como siempre que se encontraba en situaciones similares, empezó a jalarse la punta de la oreja con la mano derecha mientras continuaba haciendo operaciones con la izquierda.

 

-¡Increíble! ¡Fantástico! - exclamó - Según estas inscripciones estamos en el año 5115 del calendario Maya, que es el mismo que los Mayas actuales reconocen en estos días. Pero esta piedra fue tallada hace 4,000 años, que fue la fecha en que los Mayas-Olmecas descubrieron el punto donde se alteraba el tiempo, que es cuando la traslación de Venus, la Tierra, el Sol y la Luna coinciden. Una vez completado el ciclo de los astros, la tierra se destruye  y renace. Re-comienza una nueva era solar.-

 

Hablaba atropelladamente, queriendo explicar muchas cosas a la vez, volteó la pequeña piedra y se encontró con otra inscripción numérica: 260. Pero este último número correspondía a otro número mayor, que sin duda se encontraba en la otra parte de la piedra. 

 

-¿Cuál era ese número?- se preguntó.

 

Pero había otra inscripción jeroglífica muy clara:

 

“Oxib Ixpäq[10], (y la fecha que correspondía a octubre 9 de 1982). Destruya la llave”.

 

Intrigado por la última inscripción descifrada, Scott recordó que a finales de 1982, el ejército de Guatemala había masacrado cientos de aldeas en todo el país. Rápidamente se comunicó a la Comisión de Derechos Humanos de Guatemala para obtener mayor información al respecto. Sí, la fecha correspondía a la de la masacre en Los Tres Sapos Le dijeron.

 

-Usted puede obtener más información en unos pocos días, porque precisamente el director de la CDHG, desde hace nueve días se encuentra en Los Tres Sapos haciendo la exhumación de la masacre, con varios forenses,  le contestó una cantarina voz de mujer. Scott miró su reloj que marcaba las nueve horas.

 

El trabajo de análisis de los trozos de tela les había llevado nueve días; el envoltorio estaba cubierto por nueve capas de tela. Allan se había comunicado con él, hacia nueve días, y aunque Scott perdía la noción del tiempo en cuanto entraba al laboratorio, sintió la necesidad de comunicarse con su amigo Howard ese mismo día.  Tenía que suspender el trabajo, ya que le faltaba más información que le permitiera atar los cabos que descifraran el misterio. Como de costumbre, antes de salir del laboratorio, tuvo que preguntarle a su secretaria en que día estaban.

 

-Viernes nueve, le contestó la joven.

 

Nevaba. Scott se puso la bufanda alrededor del cuello. Tomó el pesado abrigo de lana que terminó de ponerse en la calle, mientras paraba un taxi para dirigirse al aeropuerto,  para llegar a donde se hospedaba Allan Howard en Boston. El viaje se le hizo largo y tedioso, tenía muchas preguntas que hacerle a su amigo, y prefería hacerlo personalmente. Una radio patrulla estaba parqueada  frente al hotel, varios agentes federales salían y entraban del lugar. En la puerta, un oficial detuvo a Scott.

 

-Vengo a ver a mi amigo Allan Howard que se hospeda en la habitación número nueve respondió molesto.

 

-Mire que coincidencia - respondió el agente-, es la misma persona que encontraron muerta esta mañana.

 

-¡Muerto Allan! -exclamó Scott.

 

Haciendo uso de una credencial del gobierno federal gringo, el médico forense, impresionó a los policías que rápidamente lo dejaron pasar. Llegó hasta la habitación en donde el cuerpo sin vida de Allan se encontraba tirado en el suelo. El conserje, a todas luces yucateco, le explicó a Scott que su huésped salía muy poco de su habitación, que la noche anterior lo había visto platicando con la prostituta que acostumbraba pasearse enfrente del hotel. La mujer, que según el conserje no podía saber si era trasvesti o mujer, subió a la habitación de Allan y se había quedado allí una media hora. Luego la vio salir presurosa y minutos más tarde, a las nueve de la noche, se escuchó el ruido de un cuerpo que cayó sobre el piso. El empleado del hotel, tuvo miedo de subir, y fue hasta  las 9 de la mañana,  a la hora en que Allan acostumbraba bajar a tomar un café, que se atrevió a llamar a la policía, al ver que el hombre no salía de su habitación.

 

Scott se hizo cargo personalmente de la necropsia del cadáver. Necesitaba saber cuál había sido el motivo de la muerte repentina de Allan. El chequeo médico que le había hecho en su última visita, demostraba desnutrición y cansancio. Nada alarmante a corto plazo. Además su amigo era un hombre que nunca había tenido relaciones sexuales con prostitutas y según sabía, cuando The Healer le entregó el pequeño paquete a Allan, le explicó que su misión era muy importante para todos los nativos de América y que él, no podía tener una esposa ni hijos hasta que la llave fuera encontrada y destruida.

 

La observación del conserje sobre la prostituta que parecía trasvesti le llamó la atención. Al parecer, la mujer-hombre no mostraba tener mucha clientela y nunca había entrado al hotel con ningún cliente. Minuciosamente Scott revisó el cuerpo de su amigo. No había señales de violencia física, los brazos estaban limpios. Nunca fue amigo de las drogas, pensó. El cadáver fue trasladado al anfiteatro en donde rápidamente tomaron muestras para el laboratorio, encontrando que Allan había muerto de una intoxicación alérgica provocada por fresas.

-¿Fresas ¿Dónde pudo encontrar fresas en pleno invierno? Se preguntó Scott.

 

-El señor Allan, era alérgico a las fresas. Nunca las comía. Aseguró el conserje.

 

Un concentrado de fresas le había sido administrado en una bebida. Indudablemente se trataba de un crimen.

 

Allan fue enterrado sin ninguna ceremonia especial. Solo Scott, sus ayudantes y el conserje del hotel lo acompañaron. Se escuchó el canto acompasado de un pájaro.

 

-Es el Moan,- dijo el yucateco.


 

Le Dineh[11]

 

 

Scott intrigado por los acontecimientos y la muerte de Allan, decidió viajar al área Maya. Al salir del aeropuerto internacional de la ciudad guatemalteca, niños pordioseros lo rodearon para pedirle dinero. Mujeres indígenas con bebés  colgados en la espalda  alargaban las manos suplicantes. Con el corazón oprimido sin saber qué decir los separó con dificultad tratando de sonreírles, pero ellos insistían ante la actitud del gringo que no parecía mala gente, hasta que un policía amenazante les dijo:

 

-“¡Muchá, muchá![12] dejen pasar al mister. Que mala impresión les dan ustedes a los turistas por la gran diabla!”

 

Scott tomó un taxi y pidió ser llevado a un hotel en el centro de la ciudad. Asombrado miraba a través de la ventanilla del carro las calles patrulladas por  militares; los almacenes, carnicerías, panaderías resguardadas con barrotes de hierro para protegerse de los asaltos. Muchos almacenes tenían uno o dos guardias de seguridad armados, amenazantes. Un camión repartidor de refrescos custodiado por un hombre armado con una escopeta cuache[13]. La ciudad enrejada, pensó Scott.

 

El taxi se detuvo detrás de una fila de carros.

 

-¿Qué  pasa? - preguntó Scott al chófer.

 

-Parece que están linchando a un ladrón. ¡Mire, mire allí lo están amarrando! ¡parece que lo van a quemar! - le decía señalando hacia un grupo de personas que vociferaban mientras golpeaban al ladrón.

 

-¡Pero hay que llamar a la policía!- gritó Scott. -¡Cómo es posible que pase esto en pleno centro de la capital!-

 

-¡Ay mister, usté en lo que está! Aquí la policía y el ejército sólo sirven para gastar el pisto y para matar gente. Sabe qué, mejor doy la vuelta y nos vamos por otro lado. -

 

Dicho y hecho, el hombre se subió sobre la banqueta para dar vuelta y tomar en dirección contraria.

 

-Pero para usté, mister, es mejor que se hospede en la Zona Viva,- agregó el hombre.

 

Scott, que no salía de su asombro, se hizo sho[14] y asintió con la cabeza, mientras el chófer lo observaba por el espejo retrovisor.

 

Scott reconoció  la séptima avenida prolongación, con su imitación a escala de la Torre Eifel, la avenida de La Reforma con sus estatuas de hierro pintadas ahora de negro, los camellones con árboles frondosos, grandes edificios custodiados con más de dos hombres armados. Muchachitos bien, con marcado físico Maya, en autos lujosos vestidos como modelos de portada de revista. Indios vestidos de gringos recordó que decían los chiapanecos. La Zona Viva como un cáncer, otro mundo incrustado en el corazón de la pobreza.

 

Como siempre, le llamó la atención la variedad de marcas de carros que se podían encontrar en ese pequeño país tan lleno de contradicciones. Ya instalado en el hotel, se comunicó con los encargados de la oficina de Derechos Humanos.

 

-Es mejor que venga personalmente pues no le podemos dar información por teléfono, le contestaron.

 

Los nueve forenses que participaron en la exhumación de Los Tres Sapos, habían muertoen circunstancias no muy claras. Otros ayudantes de los mismos, habían tenido que abandonar el país tras recibir amenazas de muerte.

 

-Sabemos, le dijo en tono confidencial el encargado de Derechos Humanos, que los dos forenses guatemaltecos y dos estadounidenses, que supuestamente eran miembros del Instituto de Criminología de la Universidad de Stanford, realmente eran miembros de una Agencia Federal secreta estadounidense clausurada en 1963. -

 

-¿Pero cómo pueden tener ustedes esa información?- dijo Scott desconcertado.

 

- Esos agentes secretos cometieron la imprudencia de robar la imagen de la Virgen del Carmen, de gran valor religioso para el pueblo católico, aseguró el funcionario. Esa misma noche del robo a la Iglesia, en la carretera que va a la frontera con México, los ladrones de la imagen fueron a su vez asaltados por un grupo de hombres. La balacera se armó y en el lugar murieron todos a excepción de uno que, días más tarde, dejó un sobre en las oficinas de Derechos Humanos, con las identificaciones de estos agentes secretos.

 

-¿Y la Virgen del Carmen? - preguntó Scott.

 

Como usted sabrá, la Imagen de la Virgen del Carmen es de un gran valor artístico, cultural y religioso. Seguro hay más de un coleccionista dispuesto a pagar cualquier cantidad de dólares por esa pieza. Si el motivo del asalto era el robo, no creo que podamos recuperar la imagen-.

 

-Pero... ¿Porqué ese hombre les hizo llegar esa información?- inquirió Scott.

 

-Dentro de la delincuencia guatemalteca-, le contestó, - hay muchos que pertenecieron al ejército nacional y a la guerrilla de izquierda. A lo largo del conflicto armado, muchos de ellos perdieron a su familia y a sus  amigos, ellos están al tanto de los informes de Derechos Humanos sobre las masacres que hizo el ejército y de las exhumaciones de cementerios clandestinos. La información que obtenemos los coloca como víctimas o como victimarios. Hay que recordar que en muchos casos el ejército obligaba a los habitantes de una aldea a ir a masacrar a otra aldea, siendo las víctimas, en muchos casos, conocidos de sus verdugos. Posiblemente sea alguien que, con cargo de conciencia por lo sucedido, quiere colaborar para desenmascarar y juzgar a los culpables de tanta masacre-.

 

Scott decidió llegar hasta el fondo del problema. La pequeña piedra de jade verde tallada que siempre llevaba consigo colgada al cuello en una pequeña bolsita de cuero, le daba una energía inusitada y lo empujaba a querer saber más sobre su procedencia. De regreso al hotel, se quedó mirando fijamente la pequeña piedra, entonces recordó que Allan le había entregado una libreta vieja que contenía varios nombres y direcciones de sacerdotes Mayas a lo largo de área Mesoamericana. Excitado por el recuerdo buscó la libreta y mentalmente empezó a preparar un recorrido que prefirió no apuntar en ningún papel.

 

Estando al servicio del Pentágono a principios de los años sesentas, Scott había tenido acceso a archivos secretos y allí había encontrado datos sobre un punto geográfico en Petén, en donde los satélites experimentaban oscilaciones y perdían el contacto con el control de  tierra. Su misión secreta en Guatemala en los años sesentas, consistió en la ubicación de ese punto geográfico al que caprichosamente, llamaron “La Llave”. Junto a otros arqueólogos se había internado en la selva tropical a pie, mientras aviones especializados tomaban fotos aéreas.

 

Luego de muchos infructuosos intentos, Paolo Do Amaire, de origen brasileño, le sugirió a uno de los pilotos, tomar fotos en la época de las “rozas” que los nativos acostumbran hacer antes de sembrar el maíz. El descubrimiento fue sorprendente. Las tierras quemadas mostraban líneas muy definidas, pero difíciles de interpretar, y los aviones de entonces no tenían la capacidad para fotografiar con la definición necesaria, un área más grande. Sin embargo, años más tarde, una foto satélite mostraba claramente “el punto”, con la forma de una mano. La información confidencialmente  se la dio a Scott, su colega forense Paolo Do Amaire, quien días más tarde desapareció misteriosamente. La explicación del jefe del proyecto sobre Do Amaire fue, que siendo casado tenía una amante, con la cual escapó.

 

-Los brasileños son gente que antepone las pasiones al raciocinio - comentó el oficial del Pentágono.

La Balvina

 

 

Moisés Andrés terminó de cenar. Mientras la empleada recogía los platos de la mesa, el Contador del Tiempo cerró los ojos y la imagen de un hombre fornido se pegó a sus párpados. Minutos más tarde, se escucharon unos golpes en la puerta. La mujer  chancleteando corrió por el corredor oscuro y abrió la pequeña ventana para ver quien era. La luz del farol de la calle entró de golpe a la casa mientras Moisés gritaba.

 

-Decile al mister que pase adelante y que se siente.

 

Scott sintió un escalofrío, con el corazón en un hilo se percató que no le habían dado tiempo ni de preguntar si esa era la casa del Ajq'ij Moisés Andrés. La mujer abrió la pesada puerta de madera. El esperó unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Caminó un poco a tientas por el oscuro zaguán detrás de la mujer, hasta la puerta de una habitación. Una luz mortecina iluminaba el salón con sillas de pino colocadas en círculo. El olor a tierra mojada del piso de baldosas recién barrido se mezclaba con el aroma del incienso y el sebo  de las velas, con el olor a comida, a café de tortilla con rapadura. Olor de casa habitada desde hacía muchos años, presencia de generaciones pasadas pegadas a las paredes sin tiempo, a los manojos de chiles secos que colgaban de las vigas del techo ahumado. No se podía distinguir el color de las paredes que en partes desnudaba los adobes oscuros y quietos. Un gato pardo vino a ronronear y a sobarse en las piernas de Scott que le acarició el lomo, el animal levantó la cola indicando que allí terminaba el gato. Se sentó en una silla y se distrajo acariciando al gato que había saltado sobre sus piernas y sorprendido comprobó que el felino que le miraba fijamente a la cara, tenía la misma expresión y el mismo color de los ojos del  difunto Allan. Su corazón se sobresaltó de alegría. El gato se deslizó entre sus manos y Scott quiso alcanzarlo, pero sintió el peso de una mirada sobre sus hombros y se quedó paralizado como ratón ante la culebra que se lo va a tragar. Cuando levantó la vista, vio la figura de Moisés Andrés en el dintel de la puerta. Era éste un hombre de edad madura no definida. Piel color de cobre, de mediana estatura, delgado, de pelo negro largo recogido en la nuca. Su rostro le recordó al Señor Pacal[15] con su típica nariz aguileña, sus ojos rasgados y su labio inferior ligeramente caído. Vestía una camisa de algodón rojo y blanco a rayas, con el cuello bordado de Todos Santos Cuchumatán, un pantalón de lona sostenido por una faja típica también roja. Las cintas de los rústicos caites de suela de llanta se fundían en sus pies morenos curtidos por largos y lejanos caminos.

 

Aquel hombre  había nacido en la aldea Las Brisas, en Mazatenango, en la costa sur de Guatemala. Su madre, Balvina Xocoj fue pedida en matrimonio a los doce años. Dificultades económicas hicieron que el pretendiente y los padres concertaran mejor el robo de la muchacha, pues salía más barato, pero a los pocos días el marido la devolvió a la casa paterna y desapareció. Los padres consternados aceptaron a su única hija, con la esperanza que más adelante le tocaría mejor suerte.

 

Balvina se desarrolló en todo su esplendor y ni uno sólo de los hombres de la aldea Las Brisas podía evitar mirarla al pasar. Bajo el güipil bordado con esmero, los pechos duros y redondos, y su cintura apretada por la faja, que resaltaba las caderas despertaba los instintos  de los lugareños. Sus ojos grandes y negros miraban con candor de Virgen inmaculada, y nunca se supo que sonriera o coqueteara para atraer a los hombres. Balvina estaba allí, liberando feromonas, con mansedumbre de hembra en espera del macho que la poseyera para perpetuación de la especie, sin poses rebuscadas, sin aspaviento. Silenciosa mostraba su belleza como la flor abierta a la polinización del colibrí.

 

Balvina fue codiciada como ninguna otra mujer en la aldea. Hombres solteros, viudos y casados la asediaban. Ella aceptó el amor de unos cuantos, provocando separaciones de parejas, peleas callejeras con las esposas ofendidas, con novias llorando la pérdida del amado, con madres gritándole al pasar. Balvina era de poco hablar y ante los insultos bajaba la cabeza y corría hasta su rancho. Pero una y otra vez los amantes que la llevaban a vivir con ellos, la regresaban a casa de sus padres y desaparecían de la aldea

 

Ninguno de los ex-maridos de Balvina daba explicaciones acerca de las razones por las que devolvían a muchacha. Las mujeres hacían comentarios de lo más diverso, desde que les daba agua de vuélvete loco, que quizás Balbina no estaba abierta de agujas y que cuando tenía al hombre montado, le podía romper el espinazo, hasta el hecho de haber nacido en dia I'q del calendario Ceremonial Maya, que según decían la gente, la hacía demasiado birreonda[16].Sus padres cansados de tanto escándalo y no sabiendo que hacer con su hija, mejor la ayudaron a construir un rancho y la mandaron a vivir sola.

 

-Al menos, que los hombres no se vayan de la aldea-, comentó el padre de la muchacha.

 

Uno que otro macho acostumbrado a violar a las jovencitas, habían hecho lo mismo con Balvina, pero igual, consumado el hecho, abandonaban la aldea. Los comentarios acerca de los poderes mágicos de Balvina para enloquecer a los hombres, hizo que muchos maridos, aunque curiosos, prefirieran mantenerse tranquilos en sus casas, suspirando por la muchacha mientras  copulaban con sus mujeres.

 

Un día de tantos llegó el Agente de la Malaria. Delgado y de mediana estatura. Airoso, de un salto bajó del caballo, con los antebrazos se arremangó el pantalón vaquero ceñido por un cincho de cuero café en donde la hebilla de metal mostraba la boca abierta de un león. Calzaba botas vaqueras amarillas de tacón, que hacían juego con los cuadros de la camisa enrollada para mostrar los bíceps. Se acomodó el sombrero de palma, escupió y miró a las muchachas del lugar sonriéndoles. La corona de oro en un diente  brilló con el sol.

 

Llegó saludándolos a todos. A los hombres les decía compadres, a las viejas las llamaba madrecitas y a las muchachas no las bajaba de mi vida,  mi cielo, y si algún marido estaba cerca, se apresuraba a dar disculpas y a felicitarlo por la hembra que adornaba su rancho. Llegó fumigando los ranchos y dando pastillas contra la malaria en medio de la turba de muchachitos que lo seguían por todos lados. El hombre aprovechó la coyuntura para piropear a las jovencitas del lugar que, ruborizadas, se mordían la punta de la trenza o trataban de abrir un hoyo en la tierra con el pie descalzo. Cuando el hombre, sintió hambre y sed, buscó la solera de un rancho y se sentó a conversar con los dueños. Su encanto personal era tal, que la aldea entera se congregó para escuchar las historias y chistes que contaba. Las mujeres se apresuraron a moler la masa tres veces para obsequiarle tortillas más suaves y jugosas. Los hombres corrieron al monte a desenterrar la cusha [17] que tenían escondida para llevársela todavía espumeando. Todos querían darle algo de comer o beber, para alargar el gusto de tenerlo entre ellos. Pero la culminación de su presencia, fue, cuando sus ojos se posaron sobre una guitarra colgada en la pared de bajareque. Pidió permiso para tomarla, afinó un poco las cuerdas, y la aldea se estremeció con su potente voz al escuchar:

 

-¡Soy un pobre venadito que habita en la serraniiiiía.

Como no soy tan mansito, no bajo al agua de día

solamente por las noches y en tus brazos vida mía!-

 

Una de las muchachas emocionada le gritó -¿Y cómo se llama usté pues?

 

-¡Me dicen el Tirabuzón, mi vida! Contestó sin dejar de charránguear[18] la guitarra, mientras la miraba sonriendo.

 

-¡No me diga que porque puede abrir cualquier cosa!- le grito otro por allí.

 

-¡Le abro lo que me ponga enfrente compadre. Y si todavía no ha podido. páseme a su mujer!-

 

Un grito de júbilo celebró la ocurrencia, Mientras el Tirabuzón continuó con una mirada de picardía que todos admiraban.

-¡Quisiera ser perla fina de tus lúcidos aretes,

p'a morderte la orejita y besarte los cachetes,

quien te manda ser bonita, que hasta a mí me comprometes!-

 

-¡En la cárcel de Zelaya estuve preso y sin delito

por una infeliz pitahaya, queeee picó mi pajarito,

mentira no le hice nada, ya tenía su agujeritoooo!-

Las risas y los chistes subían de tono. Las mujeres estaban arrobadas por su encanto y trataban de llamar su atención, mientras los hombres insistían en tomarse un trago con el de la Malaria, abrazándolo, gritándole con aliento aguardentoso [19], el gusto que tenían de haberlo conocido y que no podía irse de Las Brisas. Que debía quedarse allí, le decían, y que por casa y comida no se preocupara, que ellos lo invitaban. Las mujeres solteras querían ir a acicalarse, lavarse al menos las piernas y los pies y ponerse su mejor vestido, envaselinarse el cabello y echarse su perfume Siete Machos. ¡Pero no querían dejar de verlo y, estar cerca de él, no fuera que se fijara en otra! Mientras que a las casadas les valía madre el marido y hacían planes para llamar su atención, y ocultar el olorcito del flujo blanco que desde hacía días las molestaba.

 

La aldea Las Brisas estaba de fiesta. Bajo  los cocoteros y árboles de achiote, las pericas se unían a la algarabía de los aldeanos. Los chuchos aullaban imitando al cantante. El viento en oleadas, hizo llegar las notas de la guitarra y la potente voz del hombre hasta el río, en donde Balvina se bañaba, después de lavar ropa ajena. Como potente iman, actuó la voz de aquel hombre en el alma de la muchacha que se vistió apresuradamente, colocando el pelo mojado sobre su cabeza en  forma de yagual[20]. Tomó el canasto con ropa y empezó a subir la pendiente que llegaba hasta la casa de donde venía el alboroto. Entonces pudo ver las espaldas del gentío que rodeaba al cantante. Presurosa puso el canasto en el suelo y corrió hasta el grupo. Inútilmente trataba de ver sobre las cabezas y hombros de la gente, su curiosidad crecía y la angustia de saber qué pasaba, la hacía moverse de un lado a otro, hasta que empinada sobre los dedos de sus pequeños pies desnudos pudo ver la nuca del cantante. Como aguijón de tábano sintió el de la Malaria la mirada de la joven. La guitarra enmudeció, la melodía se congeló en la boca abierta del cantante, entregó la guitarra al que estaba sentado a su lado, giró la cabeza anhelante y se topó con los ojos negros y brillantes de la muchacha. La luz del día se hizo más brillante. Todos enmudecieron. El hombre alelado, como poseído, se abrió camino entre los asistentes. Pero logró sobreponerse de su turbación y, ni lerdo ni perezoso, estiró el cuerpo y sin dejar de ver a Balvina dijo con voz firme,

 

-Señores y señoras perdonen la interrupción, pero el deber me llama-. Tomó sus bártulos, avanzó hacia la muchacha y tomándola por la cintura se alejó con ella.

 

El silencio invadió la solera del rancho y uno a uno los lugareños se fueron levantando de sus asientos, desperezándose, estirando el cuerpo como si recién se hubiesen despertado de un largo y hermoso sueño.

 

El agente de la Malaria entró al rancho de Balvina, supuestamente para fumigar y suministrarle las pastillas de Aralen, como lo hacía con todo el mundo. Los muchachitos que lo seguían a todas partes embelequeros, se sentaron, en espera de que saliera el de la Malaria, pero, al ver que pasaban las horas y el hombre no salía, mejor se fueron a sus casas.

 

Ninguno de los habitantes de Las Brisas reparó que el sol burlón que los espiaba, se había quedado quieto, negándose a esconderse en el horizonte, alargando las horas del bochorno que les hacía hervir la sangre en las venas, en los cuerpos calientes y sudorosos.

 

En todos los ranchos el de la Malaria era el tema de conversación y, en la medida que más se hablaba de él, la voluptuosidad se iba apoderando de todos y cada uno de los habitantes de Las Brisas, al punto que los atributos del hombre se fueron interiorizando en las mujeres que empezaron a imaginar su aliento a tabaco cerca de su cara, su boca húmeda y caliente en la punta de sus pezones, los dedos del Tirabuzón que daban pequeños toques eléctricos entre las piernas, escalofríos en la espalda que descendían hasta el entronque de las nalgas y bajaba hasta la punta de los pies. Ellas se estremecían suspirando. Imaginaron caricias desconocidas, sensaciones nuevas que nada tenían que ver con su novio, marido, concubino "u" amante[21], como decía el Zito. Quizá esas experiencias venían a su mente cuando el novio, marido, concubino "u" amante se les echaba encima como lagarto y todavía les pedían que se movieran ...  Como si fuera fácil!! Pensaban. Con el cabrón que pesaba casi doscientas libras, todavía con las botas puestas, y la hebilla del cincho del macho trabada en las pantorrillas y las varas del tapesco zampadas en las costillas de la mujer, para darle tres empujones contra la pared del rancho y levantarse ufano y feliz. Sus pensamientos y frustración sexual eran rechazados para dejarse llevar por esa nueva sensación que venía de no sabían dónde. Algunas con pena apretaban las piernas pues sentían que desde su interior sus jugos se desprendían como torrentes en busca de un cauce donde descansar.

           

-Como será el Tirabuzón para el amor? Se preguntaba más de una recordando el olor a hombre de mundo, olor a sol, a sudor de largos caminos, mezclado con tabaco y sexo. Mas de alguna suspiró evocando a algún guerrillero que la cortejara tiempo atrás, de esos que hacían el amor en cualquier lado, al haz de un palo, en el matocho, sin quitarle el calzón, sin zafarse el fusil de la espalda. Y lo peor, que ella se había dejado hacer de todo, pues querían sentir de todo lo que ofrecía el canchito [22]. Recordaba, esa forma de hacer el amor con angustia, temor, ternura, como si fueran a morir en una hora. Lo cierto es que no había vuelto a tener sexo como ese jamás ... Quizás él, ese hombre, el de La Malaria, era uno de esos que sí, sabían tratar a las mujeres.

 

Caía la tarde-noche y el cielo estaba claro y brillante. Los lugareños no se percataron que el tiempo estaba como detenido, en suspenso. A lo lejos se escucharon gritos como de niño llorando, como pájaros que cantan en el cielo, como gente que habla en el cielo, ángeles o espíritus, o quizás los azacuanes anunciando el verano. Pero esa vez, ni caso les hicieron los habitantes de la aldea.

 

Las mujeres se movían llevadas por sus fantasías eróticas mientras terminaban de preparar el maíz con la cal, para sólo montarlo sobre el fuego a la mañana siguiente cuando el lucero Nixtamalero[23] se asomara por la ventanita de la cocina. Los pechos y las caderas se erguían, el vientre se plegaba hacia adentro, el cuello se ladeaba en melancólico deseo, mientras los ojos vidriosos buscaban  anhelantes, entre las varas del rancho, al macho que aplacara ese fuego.

 

Los hombres en medio de los tragos que seguían echándose, se sentían cada vez más identificados con El Tirabuzón. La imaginación volaba, y veían  a Balbina sedienta de  caricias, postrada anhelante ante la humanidad de aquel macho. Pero no era el Tirabuzón! En su mente eran ellos mismos que podían tocarla, deleitarse con sus pechos duros y redondos, con sus caderas y sus piernas regordetas, y más de alguno reparó, que nunca había acariciado a su novia, mujer, casera, concubina u amante de esa manera. Que jamás se habían imaginado que la mujer pudiera “acabar”, pues podría quedar embarazada y se podía mal acostumbrar ... Era mejor así, a lo que te truje Chencha. Ni mierda!! se decían ellos mismos. Pero esos pensamientos eran fugaces y en medio de ese frenesí libidinoso, los hombres inventaban caricias inusitadas y ya no sintieron ganas de vomitar al imaginarse, ellos mismos, besando la vulva de su novia, esposa, casera, concubina "u" amante. Jóvenes, hombres maduros, adultos, ancianos, TODOS !! Sentían bullir la sangre por sus venas, la sangre que parecía coagularse entre sus piernas, el hormigueo en los testículos, el sofoco propio de la inminencia  del sexo. La necesidad de expulsar ese calor que les quemaba las entrañas. La tarde-noche calurosa los hacía sudar copiosamente y los casados repararon que las caderas de sus mujeres escondían placeres nunca imaginados. Las vieron lozanas y bellas, deseables, apetitosas como frutas maduras, como la primera vez que sus ojos se toparon con los de ellas  y  ya no pudieron conciliar el sueño.  Los adolescentes se escabulleron buscando lugares solitarios donde saciar sus angustias y los jóvenes que tenía vista a alguna muchacha salieron a buscarla, a silbarle para que saliera a enredarse con él, en un abrazo prolongado sobre el monte, bajo las estrellas. Y los niños se echaron en los tapescos de varas después de beber el té de tila, que los hacía dormir profundamente.

 

Los gritos de las pericas que en parvada rompieron el cielo de la aldea, anunciaron que Balam Q'itzé entregaba el Tiempo a Balam Ak'ab'al, señor de la oscuridad y el silencio, para que indujera el descanso del cuerpo y la mente de las criaturas del Ajaw. Pero esta vez no fue así, ya que B'alam Q'itzé y B'alam Ak'ab'al  decidieron quedarse estáticos, semi-escondidos en el firmamenteo, para poder espíar, a los habitantes de Las Brisas.

 

Y en el tiempo del no-tiempo, lentamente el sol se escondió, dejando a la luna llena que iluminara los ranchos con reflejos de plata, los árboles permanecieron quietos como fantasmas vigilantes, y los candiles se apagaron. Ya ni los grillos cantaban. El silencio envolvía todo, pero el pueblo no dormía. Las respiraciones se hicieron expectantes, los cuerpos calientes y sudorosos se juntaron para iniciar el escarceo amoroso. Los hombres abrazaron a sus mujeres, las mujeres se apretaron a sus maridos como nunca lo habían hecho, mientras su alma volaba entre los matorrales y se instalaba en el tapesco de los amantes, en el cuerpo del de la Malaria, en el cuerpo de la muchacha, para descubrir alegremente que allí  nomás a su lado,  tenían todo lo necesario para ser inmensamente felices. La respuesta de la pareja los hizo descubrir que más allá de la “costumbre de estar juntos”, de sentirse “hallados “ con él o ella, la otra persona desconocida hasta ese momento, respondía a cada caricia, a cada beso, a cada susurro de una manera increible, llevándolos a tener sexo, una otra y otra vez. Inventando, recordando dentro de la borrachera de orgasmos múltiples, las poses que el Chayito había descrito en su cuaderno después de una investigación en las filas guerrilleras, y que de manera secreta mostraba y que todo mundo conocía.

 

–Que aguacate en mostrador! 

–Que gallina encostalada!

–Que la puntada de zapatero!

 

Las manos adolescentes resbalaron hasta los pubis y más de uno dedicó sus pensamientos a Balvina y otras al forastero,  y unos recordaron lo que los hombres en el guatal comentaban sobre el cuaderno del Chayito en medio de risas y bromas. Los patojos  no lograban entender porqué los hombres se quedaban callados cuando ellos se acercaban, pero por alguna razón esas palabras  los excitaban profundamente. Especialmente esa de “aguacate en mostrador”. Que a saber que era pero que sonaba rico.

 

-Aguacate en mostrador, aguacate en mostrador!  Se repetían los jovencitos y jovencitas, una y otra vez, afanados entre pujidos de placer, dolor, tristeza, ardor y alegría.

 

La luna cómplice sonrió al escuchar al  tecolote que cantó como nunca, al orgasmo colectivo de los habitantes de la aldea Las Brisas, que quedó suspendido en el tiempo y la distancia como  aliento que se traba de placer hasta ver luces de colores que explotan dentro del cerebro. Nadie podía explicarse qué estaba pasando, además, no había tiempo para eso. Estaban demasiado ocupados en descubrirse unos a los otros, en descubrir sus propios cuerpos que ahora parecían livianos, hermosos. No durmieron en esa larga noche de placer chapaleando en sus secreciones, chaguitosos, pegajosos. Gritos, pujidos de placer, subieron hasta el Cosmos, convirtiéndose en hermosa sinfonía en el escenario infinito de las estrellas. A veces entre bromas y risas de gozo, tenían que empujarse uno al otro para desprenderse del semen viejo que se endurecía como cola de zapatero y los atrapaba ... pero seguían una y otra vez. Los hombres más viejos estaban sorprendidos de su propia capacidad amatoria, pues a esas alturas, morir como el sapo era lo mejor que les podía pasar. Y las viejitas, pues encantadas, porque ni en sus buenos tiempos tuvieron oportunidad de experimentar tantas cosas nuevas y buenas para ellas.

 

Esa larga tarde-noche, los brisaleños sintieron que, mientras hubiera disposición y el cuerpo aguantara, había que aprovechar la oportunidad que podría presentarse, quizá, sólo una vez en su vida.

 

El raro y extraño fenómeno estelar, hizo que el tiempo se detuviera sobre la aldea Las Brisas durante SETENTA Y DOS HORAS de intenso y sofocante calor. Fenómeno que desgraciadamente no pudó ser registrado en los libros municipales del lugar, pues todos los habitantes de la aldea estaban en trance amoroso.

 

Y fue hasta setenta y dos horas después, desde que la negra mirada de Balbina se posara sobre  la nuca del forastero, y que todos pudieron recuperar el aliento, que se escuchó el galope del caballo blanco del de La Malaria.

 

Las Barba Amarilla en sus cuevas húmedas y frescas, detuvieron el escarceo amoroso, los faisanes sacudieron sus plumas, los perros de agua dejaron de pescar y los venados que dormían levantaron las cabezas para ver pasar al Tirabuzón medio vestido, cabalgando, bebiéndose los vientos como alma en pena.

 

Amaneció en Las Brisas. Los gallos cansados de cantar para levantar a sus amos y que les dieran de comer, mejor se dedicaron a corretear a las gallinas. El calor de media mañana  despertó  a los aldeanos  sudorosos, babeados, mojados en sus fluidos nocturnos, con los rostros brillantes, con los cuerpos calientes.  Poco a poco  fueron saliendo de los ranchos, sonrientes, satisfechos, relajados, felices. Las tensiones, los resentimientos, los rencores eran cosa del pasado y nadie más volvió a desear a Balvina, ni para tenerla en su cama, ni para matarla.


Rax Uk'u'x   Ab'aj[1]

 

 

Meses más tarde nació Moisés Andrés. Su nacimiento había estado marcado por varios hechos poco comunes que habían provocado la admiración de los k'iché del lugar. Ese día las mujeres de la familia se habían dado cita a los primeros síntomas de parto que Balvina Xocoj había manifestado. Como era costumbre, las mujeres más viejas le pidieron a Balvina que fuera a traer la gallina que habían amarrado desde temprano, que la matara y la limpiara para hervirla y hacer el caldo. El petate nuevo estaba en la esquina oriente del rancho barrido y regado. En la esquina poniente se encontraba un altar con velas e incienso, en medio del rancho orientado hacia donde sale el sol, se encendió un fuego con dos troncos grandes que garantizaran agua caliente, calor y luz durante toda la noche. Todo estaba preparado para la ocasión.

 

Las horas pasaron, las mujeres se dormían sentadas. Balvina caminaba, se ponía en cuclillas, se levantaba y al sentir las contracciones volvía a acuclillarse, pujaba  sufría, el caldo de gallina se consumía y el niño no nacía. Las parteras preocupas por tanta tardanza comprobaron  que la fuente hacía rato se había roto, que la dilatación estaba completa y que el bracito de la criatura había salido primero.

 

Lo que más las asustó, fue mirar al k'uch*[2] parado sobre el techo del rancho, pues sabían que a lo mejor ya estaba viendo el espíritu de la Balvina o del niño saliendo del cuerpo. Temiendo por la vida de ambos, la mujer más vieja aconsejó ir a buscar al curandero para que ayudara en el parto. El curandero que a la vez era el Ajq'ij de la aldea, llegó lo más rápido que pudo, acompañado de otros dos hombres. Con la ayuda de estos, el hombre hizo pasar unos lazos sobre los travesaños del rancho,  amarró a la muchacha por los hombros y la suspendieron, de manera que el cuerpo cayera flácido por el peso. En esa posición el Ajq'ij regresó el bracito al vientre de la madre y con las manos untadas de sebo, manualmente hizo rotar al niño para ponerlo cabeza abajo y permitir el parto. El niño resbaloso y caliente arrastrando la placenta, cayó en las manos del Ajq'ij quien cortó el ombligo con una hoja de afeitar y cauterizó el mismo con hierro al rojo vivo. El niño lloraba a gritos.

 

El Ajq'ij acercó al pequeño al candil para contemplarlo. La espaldita estaba toda morada de la presión que el curandero había ejercido para rotarlo. La mancha mongólica, en la rabadilla del bebé, era una línea en forma de punta de flecha apuntando a la nuca, rematada por dos curvas pequeñas.

 

-Es el símbolo de Venus-, dijo el Ajq’ij, mientras los otros hombres bajaban a Balvina de techo.

 

-Este patojo es especial-, dijo el Contador del Tiempo. Trae todas las condiciones para ser un Ajq'ij. Nació en Waxaq'ib B'atz. Fue engendrado en Oxlajuj Ak'abal y su destino está en Oxib Kawoq.- Este niño está llamado para iniciar grandes acontecimientos, Wajxaqi'b B'atz[3] (8 Mono) lo confirma. El haberlo engendrado en Oxlajuj Ak'abal (13 - Amanecer) lo destinó para llevar la luz, para develar las tinieblas en que nos encontramos y su destino es Oxib' Kawoq (3 – Agrupar) lo llevará a conducir a los pueblos originarios de Abya Yala[4]. La cabeza de diez sabidurías está presente. Varias generaciones de Ajq'ijab[5] han renacido hoy en este muchachito. Yo lo voy a tomar a mi cargo y prepararlo en todos los secretos de nuestros abuelos. Hay que cuidarlo pues será un poco enfermo, y él trae misiones muy importantes a cumplir.

 

Un trago de aguardiente y un tazón con caldo de gallina le fue ofrecido a Balvina que sonriendo satisfecha, bebió y comió antes de caer en un profundo sueño.

 

El Ajq’ij les dijo:

 

-El niño debe llamarse “Uk'u'x Ab'aj Rax” (Corazón de Piedra Verde). 

 

Ese era su nombre Maya, pero que por razones de papeles para legalizarlo, había que escogerle un nombre cristiano. Buscaron en el calendario y como él de la malaria se llamaba Andrés y suponiendo que era su hijo, todos lo llamaron Moisés Andrés.

 

Cada semana el Ajq'ij visitó la casa de la familia de Moisés  Andrés, hasta que a la altura de los seis años, tomó la completa tutela del niño, quien seguía a su maestro por todas partes y por las noches lo acompañaba a los lugares sagrados ocultos en las montañas. Utilizando frijoles rojos, palitos y flores, el maestro le enseñó a Moisés Andrés el arte de contar de los antiguos Mayas.

 

-Mira Moisés Andrés -le decía- un fríjol es la unidad, la semilla. Esta pequeña semilla a su vez guarda la vida. Cinco semillas colocadas en línea podemos representarla con un palito, si al palito le ponemos un frijol arriba son seis, diez con dos palitos, quince con tres palitos..., veinte dedos forman una veintena que a su vez representa una persona, a ver contemos hijo ...- Jun, keb',  oxib' , kajib' , job, waqib', wuqub', wajxaqib' ...

 

Y el niño contaba las falanges de sus pequeños dedos.

 

Y el maestro le explicaba al niño que el Ajaw del Cielo, el Venido del Infinito, el que no tiene sexo, el llamado Un Pie, el que ve de lejos y de cerca, arriba y abajo, El Ajaw del Cielo, en un acto de amor, había creado todo, empezando en B'atz, como el hilo de la vida que se enreda y desenreda en devenir infinito. Veinte días se tardó el Ahau en su Creación, afirmaba.

 

- Si te das cuenta- le decía -, en el cuerpo tenemos trece articulaciones, una en el cuello, dos en los hombros, dos en los codos, dos en las muñecas, dos en las caderas. A ver contemos juntos.  Y el niño imitaba a su maestro tocándose cada parte del cuerpo, dos en las rodillas y dos en los tobillos.

 

Y el Moisés Andrés arrebatado por el entusiasmo con la sonrisa pintada en su carita morena gritaba:

 

-¡Oxlajuj! ¡Son trece Tata! - ¿Porque son trece Tata? -preguntaba el niño.

 

–Son los años que cada persona necesita para desarrollarse. Cuando vos tengas cuatro veces 13 años, también te llamaran Tata- le contestaba su maestro.

 

Y así, utilizando las falanges de sus pequeños dedos, Moisés Andrés aprendió la matemática Maya, la cuenta de los Nawales, de los meses del calendario ceremonial y el agrícola. Aprendió que los Nawales-Energía determinaban la personalidad de cada criatura.

 

-Las fuerzas Cósmico-Telúricas nos dan nuestro signo al nacer, marcando nuestra misión en la vida y en la sociedad. En kiché se llaman kajaleb, que es el día en que por vez primera, le miramos la cara al Padre Sol, cuando él, nos muestra su rostro, le explicaba.

 

Supo que cada 260 días la luna daba la vuelta alrededor de la tierra y que sumándole 13 días más, era el tiempo en que el ser humano, permanecía en el vientre materno; que había días propicios para engendrar y así poder tener niños sanos y correctos, respetuosos de la costumbre, como dicen. Que "la costumbre" se basa en el respeto, el amor, la unidad y el entendimiento entre las personas.

 

El niño había mostrado cualidades especiales desde muy pequeño, por lo que la gente empezó a buscarlo, pues respetaban lo atinado de sus predicciones, por la veracidad de su palabra, porque podía leer la sangre.

 

-¿Cuándo podemos casarnos? ¿Será buen tiempo para sembrar? ¿Cuándo bendecimos la semilla del sagrado maíz?- preguntaban y Moisés Andrés respondía correctamente a todas las preguntas.

 

Y Moisés Andrés fue creciendo en sabiduría, bajo la mirada vigilante de su maestros hasta que la vuelta del calendario agrícola marcó trece veces 365.2422 días[6].

 

Pocos años después, por razones inexplicables, Moisés  Andrés no quiso seguir el camino que el Contador del Tiempo le estaba mostrando. Toda la familia y los vecinos de la aldea desaprobaron su decisión y cuando el muchacho creyó sentirse libre de la responsabilidad que todos le atribuían, una extraña enfermedad se apoderó de él, y salía corriendo enloquecido a golpear a todos aquellos que se encontraba a su paso. Las autoridades de la aldea Las Brisas, que al principio pensaban que estaba borracho, lo amarraban a un árbol y lo dejaban allí hasta que se calmaba. Aturdido y molesto Moisés Andrés fue a pedir consejo a su maestro, quien le dijo:

 

-¡Sos necio vos, no parecés gente. No podés cambiar tu destino y vos tenés muchas cosas que hacer, pues tu cuerpo fue tomado antes de nacer, por varias generaciones de Ajq'ijab! Ahora tenés que volver a recorrer los altares y pasar otra vez por los siete fuegos, antes de empezar de nuevo. Buscá mujer, que el hombre sin mujer sólo vale la mitad.

 

Moisés Andrés puso el dorso de la mano derecha del Maestro sobre su frente y le pidió que fuera a pedir a la Margarita para su mujer.

 

Meses más tarde, llegaron unos hombres a la aldea, a informar que el gobierno estaba regalando tierra y que quien quisiera ir a colonizar El Petén, diera su nombre para que fueran transportados en camiones hasta el lugar. La pasión por la tierra hizo que muchos emigraran, entre ellos, Moisés Andrés con su familia. Los colonizadores fueron acarreados en camiones del ejército hasta los lugares que les habían designado. Muchos de ellos habían vendido todas sus pertenencias para hacer el largo viaje. Los más afortunados lograron tierras a la orilla de los ríos, otros fueron a caer a sibales y pantanos imposibles de cultivar. Sin embargo, la gente llegó con el entusiasmo de cultivar su propia tierra y se metieron a levantar las aldeas y formar cooperativas de producción, que no estaban entre los planes que el gobierno tenía para los colonizadores.

 

Moisés  Andrés y su familia llegaron hasta su parcela a la orilla del Río de La Pasión, besaron la tierra y quemaron Pom. Sabía de antemano que por designios del destino, él tenía que llegar hasta ese lugar, al que decidieron llamarle: Los Tres Sapos.

 

Porqué ese nombre tan raro para una aldea, preguntó el registrador de la municipalidad, en Flores Petén. Otros - dijo. - le han puesto a su aldea: La Lucha, La Prosperidad, Manos Unidas, La Bella Guatemala, Josefinos, pero ustedes le van a poner Los Tres Sapos!! Y molesto agregó, indios brutos, ya están igual a esos que le pusieron las Tres Erres.

 

Nadie pudo responder por qué razón decidieron ponerle Los Tres Sapos a la aldea, pero igual, así la llamaron.

 

Rápidamente la selva fue barrida y los árboles frutales, hortalizas y maizales crecieron y alimentaron a los pobladores que felices agradecían al Corazón del Cielo, al Corazón de la Tierra, haciendo peregrinaciones a los lugares sagrados. Allí se encontraban con otros colonizadores, algunos ladinos pobres y otros indígenas.

 

Hasta ese momento los indígenas de diferentes etnias que habían inmigrado al Petén, no tenían mayor necesidad de comunicarse en español, pero se alegraban de poder platicar con otras personas de diferentes departamentos y divertidos comprobaban que había similitud en sus idiomas. El entusiasmo crecía y la necesidad de abrir el mercado para sacar las quintaladas de maíz, frijol, pepita, achiote y todos los frutos de la tierra, hizo que se organizaran mejor para solicitar ayuda en la cabecera departamental. Tenían planes de construir la escuela y se proponían pagar ellos mismos al maestro, con tal que sus hijos aprendieran a leer y escribir. Las cooperativas que surgían como hongos, asustaron a las autoridades locales y uno que otro enemigo del cooperativismo, facilitó los nombres de los líderes acusándolos de comunistas y  guerrilleros.

 

La terrible noche en que llegó el ejército a masacrarlos, Moisés Andrés, el único sobreviviente de Los Tres Sapos, tuvo que internarse en la selva después de haber perdido a toda su familia. Encontró a un grupo de guerrilleros, se quedó con ellos unos meses, con el propósito de  aprender bien la castilla[7]. Tenía curiosidad de saber cuáles habían sido los motivos del ejército para torturar y asesinar a tanta gente. Sorprendido comprobó que muchas aldeas estaban siendo masacradas, y que los sobrevivientes eran torturados hasta la muerte. Intrigado Moisés Andrés preguntaba, pero por qué tanta crueldad! Cuál el propósito de hacer sufrir a las criaturas del Ajaw?

 

Consternado recordaba las enseñanzas de su maestro, y como, todo el conocimiento matemático de la espiritualidad y cosmovisión Maya que a lo largo de su infancia y adolescencia había aprendido, iba orientado a que no era bueno manifestar dolor o sufrimiento. Si se golpeaba le decían:

 

-“¡No te preocupés vos patojo, si no duele tanto!”  “aguantáte patojo”.

 

Y recordó, que una noche del Oxlajuj Noj [8], cuando el sagrado Fuego convertía las ofrendas en cenizas, el Ajq' ij explicó al muchacho que, el sufrimiento de las personas generaba energía negativa y que había que evitarla. La energía positiva por otra parte iba directamente a fertilizar la tierra, a hacerla producir los alimentos que hacían la felicidad de los mayas. Que la gente no necesitaba muchas riquezas materiales porque la riqueza está en la paz interior de cada persona, en su capacidad de apreciar las bondades que el Ajaw, dueño de todo, nos permite disfrutar, y en la capacidad que tengamos de agradecer su bondad podremos vivir y trabajar en paz.

 

-La fertilidad de la tierra, le dijo su maestro, está vinculada con las explosiones solares,  al explotar sobre la superficie del Sol,  regresan de nuevo sobre esa superficie y forman así, las llamadas manchas solares. Las manchas del sol se producen en ciclos de 11 años y son directamente responsables de la fertilidad de todo lo creado. Y agregó, la cuarta Era Solar, que es en la que estamos ahora, está regida por el Padre Sol. El Padre Sol demanda el Fuego Purificador, el Pom, las velas y nuestras oraciones aquí en la tierra. Por eso, durante muchos siglos los mayas hemos realizado ceremonias para fertilizar la tierra con el Fuego Sagrado que es el representante de Sol en la Tierra, es Ajaw mismo, le decía. En casos extremos, practicamos el auto sacrificio. El auto sacrificio se llevaba a cabo porque las influencias que llegaban del norte habían hecho cambiar a la gente. Nuestras Siete Vergüenzas llegaron hasta  nosotros y el orgullo, la ambición, la mentira, el crimen, la ingratitud, la ignorancia y la envidia  nos atraparon. Para detenerlas tuvimos que auto sacrificar nuestra lengua que mentía o nuestro sexo que adulteraba, nuestro corazón que no podía amar todo lo creado. Y continuó: desde el año 400 del calendario gregoriano, los Toltecas y Aztecas que eran guerreros, vinieron como comerciantes a Kaminal Juyú y allí se quedaron y luego llegaron más por el lado de Yucatán, hicieron alianzas con los gobernantes Mayas y nos conquistaron. Lo dicen los libros de Chilam B'alam. Vinieron a corromper a nuestros jóvenes, a meternos en la locura del sacrifico humano. Los invasores que llegaron del norte dijeron que el Padre Sol necesitaba abundante sangre humana para iluminarnos cada día, para fertilizar la tierra. Los sacrificios humanos fueron traídos a territorio Maya por los Tulas, que necesitaban capturar gente para llevarla al sacrificio. Para eso hacían la guerra, afirmó.

 

Y con voz pausada, mirando de reojo, por si alguien ajeno pudiera escuchar, en el susurro del  que confiesa una vergüenza, el maestro, agregó: Los Mayas olvidaron las enseñanzas de Votan y de Kukulcán, y fueron arrastrados en esa ola de violencia, de guerra. También los guerreros Mayas capturaban y sacrificaban gente. Los gobernantes se corrompieron y exigían el pago de muchos tributos, de construcciones de pirámides lujosas, de mucho trabajo en época de siembra. Se cortó mucha madera, mucha leña para hacer cal, para las construcciones de palacios, de complejos urbanos.  El pueblo se moría de hambre, no llovía y el maíz no creció. Muchas  personas murieron en gran sufrimiento, y ese sufrimiento generó una energía negativa, a tal punto que la piel de la tierra se perforó. Las manchas solares se redujeron, ocasionando la infertilidad de la tierra, de la gente, de los animales. -Por el año 1450 la guerra se generalizó en Meso América. Las grandes ciudades se inundaron de sangre y sufrimiento. El Padre Sol no quiso más fertilizar la tierra y vinieron grandes hambrunas, pestes, desolación y muerte. “Los zopilotes entraron en las casas”, como lo cuenta el Chilam Balam[9]. Las almas de los difuntos no tuvieron un vientre fertilizado donde renacer y se quedaron enojados deambulando alrededor de los vivos hasta que fueron convertidos en larvas. Los que sobrevivimos, tuvimos que aprender a no manifestar dolor. Nuestro corazón estaba triste y se nos permitió llorar, pero sin dolor, porque comprendimos que ese dolor genera la mala energía, que pone la tierra seca y ya no podemos cultivar el maíz-.

 

Para finalizar el maestro dijo a Moisés: -Por eso los Mayas somos tristes, aunque nos estemos riendo, nuestros ojos están tristes. Pero lo más importante para nosotros es conservar la tradición de agradecer al Corazón del Cielo, al Corazón de la Tierra, todo lo que nos brinda cada día, como nos enseñaron los abuelos y abuelas-.

 

Moisés Andrés, recordando a su maestro, entornó sus almendrados ojos tristes y mejor miró al gringo, que por cierto, no parecía gringo.

 

Esa noche en Chimaltenango, en la penumbra  de la habitación, en susurro, el Ajq'ij le dijo a Scott,

 

-Siéntese míster.-

 

Scott, sabíase ridículo, con las piernas dobladas tratando de agarrar al gato. Casi en cuclillas reculó hasta encontrar la silla y se sentó mientras señalaba al animal. Moisés Andrés lo ignoró, se acercó a la mesa y encendió un candil. La habitación se iluminó, entonces miró fijamente al extranjero diciéndole:

 

-Buenas noches.

 

-Buenas noches-, respondió Scott.

 

Un reloj anunció la hora. El fuerano mentalmente contó nueve campanadas.


 

Le Pëk[10]

 

 

Scott tendió la mano hacia Moisés Andrés abriéndola. La pequeña piedra verde-azul brilló entre sus dedos que se cerraron inmediatamente.

 

–No se preocupe míster, guárdela usted, nosotros los hombres Mayas no podemos tocar eso, acotó el Ajq’ij. Ya tengo todo preparado, quédese hoy aquí. Saldremos mañana por la madrugada. Apague el candil antes de dormirse. Le dijo y salió de la habitación.

 

Scott miró a su alrededor. Encontró un petate enrollado, lo extendió y poniendo la cabeza sobre sus zapatos se quedó profundamente dormido. Las imágenes se sucedieron en su inconsciente, su amigo brasileño Paulo Do Amaire, vestido como indígena Yanomami, le susurraba al oído secretos del Pentágono. “Si los gringos llegan a encontrar el punto exacto en donde los satélites zozobran y pierden  comunicación  con la tierra, su control sobre el mundo va a ser absoluto. ¡Te lo digo yo! ¡Te imaginas el ahorro de combustible de una nave espacial que pueda atravesar la capa terrestre por ese agujero en la atmósfera, para luego tomar impulso a distancias no imaginables! ¡La implantación de una base extra-terrestre para el control militar de la tierra, es fundamental en la política armamentista de los Estados Unidos!”

 

Los ojos del gato que se achicaban y agrandaban seguían a Scott, y las capas de tela de colores que habían cubierto la piedra verde, caían como las hojas en el otoño. En el horizonte, una gran bola de fuego titilaba en un cielo gris plomo que se iba tornando en arcoiris. Con la angustia pegada al pecho, Scott corría en un campo verde esmeralda, sus pies se hundían en el musgo húmedo y fresco, corría tratando de alcanzar los pedazos de tela que se escapaban de sus manos. Su angustia aumentaba cuando al tocar los tejidos, éstos se deshacían en sus dedos. Tenía que recuperar todos y cada uno de los trozos de tela, pero se escapaban y parecían burlarse de su empeño. Se sentía sumamente cansado, pero tenía que recuperar todos los trozos de tela, descifrarlos, encontrar la verdad, el camino. ¡De pronto todo había cambiado! Ahora se encontraba en un desierto de arena dorada, brillante como el swet gras, las dunas se perdían en la distancia y la soledad lo agobiaba debajo del sol enceguecedor.  Estaba parado a la orilla  de un gran cesto de paja, que representa la tierra, en cuyo fondo las cuatro montañas sagradas rodeaban el símbolo del cuarto mundo navajo. Sus pies resbalaron y dando tumbos, llegó hasta los triángulos de colores del cesto que se transformaron en las Mascaras del los Yei[11]. Scott quiso cantar para que, los Yei se quitaran las máscaras y dejaran de asustarlo, pero tenía la boca seca, la sed lo devoraba y, arrastrándose con gran dificultad, bajo ese sol implacable que le trepanaba el cerebro, cayó en el fondo de un Cenote; el agua lo cubrió. Tocó el fondo y pudo ver huesos y ofrendas de tiempos pasados. Con una claridad alucinante pensaba: tengo sed y no puedo beber agua porque me ahogaría, ¡Que hago Dios mío! Una mano lo sacudió con energía.

 

-Míster, ya es hora.-

 

Le dijo Moisés Andrés, extendiéndole un batidor con café humeante. Scott se sentó con el terror incrustado en los ojos y el Ajq'ij le hundió el dedo pulgar y el índice entre la clavícula. Un dolor agudo que le bajó hasta la columna lo hizo despertar del todo, mientras el otro lo miraba entre serio y sonriente. Scott bebió el líquido caliente y oloroso, endulzado con rapadura.

 

-¿Le dolió? Perdone mister pero es la única manera de alejar las pesadillas-, y dándole la espalda agregó, - ya tenemos que salir-.

 

            -Solo déjeme ir a orinar, - contestó Scott.

 

Pero no era cierto, también debía desocupar los intestinos. Se sentó en el escusado y buscó con que limpiarse. Todo fue inútil, la oscuridad del pequeño recinto no le permitía ver. Su pie topó con una piedra y la tomó para limpiarse. A lo mejor es la que usan todos, pensó. Trató de lavarse las manos en la pila que estaba en el corredor, pero lo frío del agua lo hizo desistir y se lavó sin jabón la punta de los dedos. Salieron de la casa. Scott tenía la armonia [12] de olerse la punta de los dedos, pero prefirió tratar de limpiarse en el pantalón. La calle solitaria iluminada por las luces mortecinas de Chimaltenango, se llenó de ruido del motor del viejo Fiat.  Las almas de los enterrados pegadas a las paredes de las viejas casas de adobe estiraron el cuello para verlos pasar por las calles adoquinadas. El auto enfiló hacia la carretera, abriéndose paso entre la bruma de la madrugada. El frío se colaba por las ventanas mal cerradas del carro y Scott se protegió el pecho abotonándose la chumpa.

 

-¿Tiene frío mister? No se preocupe que ya se va a calentar, dijo Moisés Andrés.

 

Scott trató de entablar conversación pero no pudo. El silencio del Ajq’ij lo intimidaba y hasta cierto punto se dio cuenta que no necesitaban hablarse. Cada quién tenía su propia función, su meta, su responsabilidad en ese asunto, pero él, quería saber, al menos, a donde iban esa mañana. Y tímidamente se animó a preguntar.

 

-Tengo que presentarle a alguien que ya conoce, le contestó Moisés Andrés.

 

La respuesta lo desconcertó aún más, por lo que prefirió dormitar. Pero no pudo dormir. Moisés Andrés manejaba rápidamente en medio de la niebla, y bien se miraba que en las curvas, tenía que bombear el freno muchas veces, antes de lograr disminuir la velocidad. Scott buscó inútilmente el cinturón de seguridad para ponérselo y de reojo miró a su improvisado chofer que sonriendo se burlaba de él. Cerró los ojos e hizo como que dormía. De pronto sintió que la carretera había cambiado, ahora estaban sobre un camino de tierra. Abrió los ojos y se enderezó en el sillón. El campo brillaba a los primeros rayos del sol. Los campesinos se movían hacia sus parcelas con sus morrales al hombro y el machete afilado en la mano. Al pasar los saludaban y Moisés les sonaba la bocina del carro, sacaba la mano, les hablaban en Cakchiquel y se reían. Llegaron hasta una casa a la orilla del camino. Bajaron y unos perros salieron moviendo la cola, chaqueteando[13] a la visita que no conocían, con la esperanza de llevarse algo al estómago. Scott se quedó parado cerca del carro. Un hombre salió a la puerta y cuchicheo con el Ajq’ij. En ese momento reparó que el hombre de la casa no era maya. Se frotó los ojos y no podía creer lo que veía.

 

- ¡Drew Burke! ¿Qué haces aquí? ¡Jamás pensé que podría encontrarme contigo nuevamente!-

 

- El mundo es chiquito, le contestó Burke.

 

Se abrazaron somatándose la espalda, y entraron a la casa de blancas paredes.

 

Burke había sido miembro de las Fuerzas Especiales Norteamericanas y había trabajado con Scott en el proyecto de “La Llave”, ahora era pastor evangélico y habitaba entre los grupos Mayas con el propósito de construir una iglesia, cobrar diezmo y vivir en su retiro espiritual.

 

Rápidamente, ambos entablaron conversación sobre cosas triviales. El desayuno de tortillas calientes recién salidas del comal y frijoles parados, calmó el hambre de Scott, mientras Moisés Andrés comía en silencio escrutando el rostro de los gringos.

 

- ¿Podemos hablar en inglés?- preguntó Scott.

 

- Sí.- dijo Moisés Andrés.

 

-Igual, también él habla inglés. Lo aprendió cuando se fue de mojado a California, después de la firma de la paz, agregó Burke mirando de reojo al Ajq'ij, mientras sonreía. Moisés Andrés es la pieza clave en todo este asunto, continuó. Así que todo lo que haya que hablar debe ser ahora. El tiempo que tenemos es corto, y cualquier retraso, puede traer malas consecuencias.

 

Esa forma particular que Burke tenía para decir las cosas, en donde los gestos decían más que las palabras, siempre había divertido a Scott. Sus negros ojos, bordeados de espesas pestañas y las gruesas cejas cómplices de una boca carnosa pequeña le daban un aspecto de niño burlón. Burke bien podía pasar por un nativo maya, aunque un poco más alto y fornido, su piel morena / rojiza no tenían nada que ver con su nombre y apellido inglés.

 

 

 

B'alam Q'itze[14]

El color rojo del oriente

 

 

Drew Burke había nacido en la provincia de Amdo, el mismo año en que murió el XIII Dalai Lama. Según la tradición milenaria  tibetana, uno de los vientres fecundados después de la muerte de su líder espiritual, podría ser bendecido con la reencarnación del Buda de la Compasión. Cuando falleció el XIII Dalai Lama  en 1935, los responsables civiles y religiosos del Tibet, tras nombrar un nuevo sucesor, se dieron a la tarea de buscar y descubrir al niño en que el Buda de Compasión, debía encarnar. Aquel año, el regente del Tibet fue al lago sagrado de Lhamo Lhatso a unos 150 kilómetros al oriente de la capital del Tibet, donde se pueden tener visiones referentes al futuro. Allí pudo ver en las señales del lago, el lugar y las primeras letras del nombre de la aldea donde el Buda / Dalai Lama fallecido había reencarnado. Dos años más tarde, altos funcionarios que llevaban el secreto de la visión, fueron enviados a todas las regiones del Tibet, en busca de las señales que el regente tibetano, había  tenido en el lago sagrado. La misión que se dirigió al oriente, en la provincia de Amdo, encontró un lugar que correspondía a la descripción de la  visión secreta.

 

El Lama Rimpoche, al mando de esa misión que se hacía pasar por el criado, llevaba en el cuello un rosario de cuentas que había sido del XIII Dalai Lama. El niño de dos años que habitaba en la casa de tejas azules, que correspondía a la visión del regente y que en ese entonces se llamaba Lhamo Dhondrub, reconoció aquel objeto, así como la identidad del Lama Rimpoche, la identidad del sirviente, de sus acompañantes y contestó a todas las preguntas que le hicieron. Los buscadores se regocijaron al comprobar que habían encontrado la reencarnación de Buda.

 

El nacimiento de Lhamo Dhondrub, llenó de bendiciones la provincia de Amdo. Los niños nacidos poco después de la muerte del santo hombre, gozaron de sabiduría y compasión, agregando que tenían misiones importantes que cumplir a lo largo de su vida, no importaba donde ni cuando, ese era su destino, de tal suerte que los niños que compartieron sus juegos con el nuevo Lama, pudieron alimentar su espíritu con sus enseñanzas y las bendiciones de Buda, hasta que el pequeño, cumplió seis años. Edad en que tenía que comenzar su preparación como el XIV Dalai Lama.

 

Dentro de los niños que compartieron con el nuevo Dalai Lama, en la provincia de Amdo, se encontraba Altan khan que llevaba el nombre del príncipe Mongol que organizó la iglesia Tibetana bajo la autoridad del Dalai-lama. Siendo muy pequeño, sus padres tuvieron que viajar a India y, cuando se dirigían  hacia Bombay, el tren en que viajaban descarriló, provocando varios cientos de muertos, entre ellos los esposos Khan. El padre que había protegido al niño con su cuerpo, quedó atrapado entre los hierros retorcidos pero en esfuerzo sobre humano sacó a su hijo ileso, por una abertura, colocándole un trozo de papel entre sus ropas.

 

-Cuida este papel hijo mío, hasta que puedas leer y comprender su contenido, le dijo con el poco aliento de vida que se escapaba de su cuerpo.

 

El llanto desconsolado del pequeño, llamó la atención de una pareja de escoceses que viajaban en el mismo tren, ahora el llamas. Tomaron a Altan en sus brazos y sintiendo compasión por él, decidieron adoptarlo, cambiando su nombre por el de Drew Burke. Este fue llevado a Escocia en donde aprendió a comunicarse en ingles. Huyendo de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, la familia Burke se trasladó a Chicago. Allí en la escuela, Burke conoció a Scott y a Allan. La identificación fue recíproca, con la frescura y naturalidad propias de los niños. El muchacho de ojos rasgados y piel cobriza encontró en Allan y Scott a los amigos de juego y travesuras, a los compañeros de estudios. Cuando Allan regresó con los Cree, la familia Burke también se mudó de estado y los amigos se separaron por varios años. Ninguna comunicación era posible en esos tiempos.

 

Cuando Drew cumplió trece años, sus padres adoptivos le entregaron el papel que habían encontrado entre sus ropas y que habían guardado con gran cuidado. El problema era que dicho documento estaba escrito en tibeto-búrmano, idioma que el joven,  no podía leer. Fueron largas noches en vela las que pasó mirando el papel, que de tanto verlo, se aprendió de memoria cada letra, escribiéndolas una y otra vez sin lograr comprender su significado. Sus padres adoptivos comprendieron la necesidad que el joven tenía de encontrar sus raíces culturales, su familia biológica, pero pusieron de por medio una condición: Drew debía terminar sus estudios universitarios, antes de viajar al Tibet. Un poco a regañadientes, se graduó como médico forense en la Universidad Autónoma de México, y después regresó a su natal Xizang en donde re-tomó el idioma tibeto-búrmano y concluyó su formación Mahayana-Budista, especializándose en el conjunto de la vida religiosa que tiene como misión primordial, la guía de los difuntos y lectura y ritos del Bardo Thodol (Libro Tibetano de los muertos).

 

Fue hasta entonces, que pudo leer el contenido de la nota que tanto lo había inquietado. En el pequeño papel, maltrecho por el constante manoseo, sus padres le decían cuanto lo amaban, que el destino los iba a separar y, que él, tenía que cumplir una misión muy importante para la humanidad. El momento llegará, le indicaban, después que los astros se alineen en el firmamento, y que su torrente sanguíneo le iba a indicar el lugar donde debía cumplir su misión. Había que esperar pacientemente, vivir una vida normal, pero sin ataduras. Además aparecía el número: 1,366.560.

 

Sus estudios  llevaron a Drew a interesarse en la cultura Maya y con gran sorpresa descubrió las similitudes en la creencia de la reencarnación, entre Los tibetanos y los antiguos Mayas clásicos, según pudo descifrar en el Códice de Dresden.

 

En esos años de intensa investigación científica, y sus frecuentes visitas al área Maya, a pesar de las advertencias de sus amigos sobre lo peligroso de andar solo, Burke gustaba escaparse para visitar lugares sagrados, conocer personas, escuchar relatos, saborear un tazón de boshbol con tamalitos o un kackic picante, o simplemente admirar el paisaje  Guatemalteco.

 

Un día de tantos se adentró a la cueva de A'k Tela en Peten. Alelado contemplaba el lugar, la emoción le oprimía el pecho ante tanta belleza, alzó la vista, y sintió como si dos manos se aferraran a sus tobillos. Quiso dar paso y no pudo. Era como si de repente sus pies se hubieran convertido en raíces, y no pudo pensar pues la certeza de que alguien estaba frente a él, le hizo bajar la mirada para toparse con un extraño personaje, posiblemente un  Contador del Tiempo[15], que  al sólo verlo le dijo:

 

-Vos sos B'atz. Naciste en B'atz. Traés misiones muy importantes que cumplir. B'atz es el  principio y el fin, el hilo que se enreda y desenreda en devenir infinito. Es el principio cuando el Ajaw hizo la Tierra y el Cielo en toda su dimensión, por su poder infinito. Fue cuando se empezó a desarrollar la vida sagrada; y surgieron todas las criaturas y se extendieron por los Cuatro Puntos Cardinales. El mono te protege y te da su inteligencia. Aunque tengas mucha hambre, no vayas a comer carne de mono.

 

En seguida le tomó la muñeca derecha, dejándole la mano hacia arriba. Lo miró al fondo de los ojos, y Drew, sintió que su pulso se aceleraba, y cómo, los músculos de su pierna izquierda se movían.

 

-Es la pulsación del rayo de la resonancia armónica que da el Waxaq'ib (número 8), el que sentís en tu pierna izquierda. Yo la estoy sintiendo en la derecha, le dijo, y afirmó, naciste en Waxaq'ib B'atz, y al fin estas en el lugar indicado. Hoy es el día Oxlajuj Ajmaq, el kajaleb de tu misión, concluyó.

 

Drew tuvo la sensación que el extraño personaje, lo había visto con un solo ojo, quiso preguntar más, pero él, ya se había retirado con la cabeza baja y sus grandes pies, envuelto en un halo azul. Sentía una alegría tan grande, que ya no se preocupó, si el extraño tenía o no, dos ojos.

 

Tenía que esperar la alineación de los astros, que según había leído, sería el 30 de octubre de 1984. Las señales que lo condujeran hacia la misión que tenía que cumplir, se estaban dando.

 

La separación de Allan y Scott, en sus años de adolescente, había llenado de angustia a Burke; era hasta ahora que  entendía el porqué de su relación con ambos amigos, de su viaje a América, de sus fracasadas relaciones amorosas, de su incapacidad para tener hijos, de la misión que sus padres antes de morir en el accidente del tren en India, le habían dejado en ese pequeño papel, y que  debía cumplir. De esa manera empezaba a desenmarañarse el hilo de sus vidas. Había que tomar la punta del ovillo, desenrollarlo y llegar al final. Esa era su misión.

 

Años más tarde, después que Allan, publicó su artículo sobre los guerrilleros guatemaltecos y que los tres amigos se reencontraron, fue cuando pudieron comentar su origen, su orfandad, la pérdida de raíces culturales, la omisión de su idioma materno, el temor al rechazo, a la exclusión que sufrieron de niños.

 

Por extraños vericuetos del destino, Burke se vio enrolado, junto a Scott, en el Proyecto de la Llave, como miembro de las Fuerzas Especiales Norteamericanas. Ahora Drew Burke se hacía pasar por pastor anglicano que  habitaba entre los grupos Mayas con el propósito de construir una iglesia, cobrar diezmo y vivir en su retiro espiritual. Situación que aprovechó para conocer sobre la tradición oral de la Cosmovisión Maya y aprender una de las lenguas.

 

-Entonces tu verdadera misión aquí. - dijo Scott señalando la iglesia a medio construir.

 

- Pues sí, contestó Burke. Tenía necesidad de una cobertura que me permitiera estar aquí todo el tiempo necesario. Sabía que alguien tenía que llegar para emprender la misión que hoy nos une. Y ese día ha llegado. Pero déjame contarte lo que viví después que dejamos de vernos.

 

Una humeante jarrilla con café de maíz fue puesta sobre la mesa por una mujer que, acto seguido, tomó la mano de Moisés Andrés poniendo el dorso de la misma sobre su frente. Este le devolvió el saludo poniendo su mano sobre la cabeza trenzada de la mujer. Burke bebió un sorbo de café y continuó.

 

-El Pentágono estaba interesado en localizar “el punto” en donde los satélites  sufren alteraciones y pierden el contacto con la tierra. ¿Te acuerdas que trabajamos juntos en este asunto?-

 

Scott asintió con la cabeza.

 

-Luego que tu abandonaste el proyecto, Héctor Bonilla, un antropólogo guatemalteco, y yo, logramos establecer la ubicación de “el punto”. La información la obtuvimos haciéndonos pasar por compradores de piezas arqueológicas Mayas. La búsqueda nos llevó casi un año. Después de mucho caminar, conocimos a unos huesheros[16] que buscaban un lugar escondido en la selva en donde según decían ellos, los indios llevaban ofrendas de comida, pom e incienso a un altar muy antiguo en donde solo en ocasiones especiales se les permitía llegar. Los Chuchcajau[17] más importantes, eran los únicos conocedores del lugar, y los huesheros habían emborrachado a uno de ellos para sacarle información sobre la ubicación del altar. La cantidad de aguardiente que habían ingerido, había sido tanta, que el sacerdote murió de intoxicación alcohólica, y los huesheros a duras penas podían recordar algunos detalles de la información obtenida. Sin embargo, lo convencimos, argumentando, que nosotros teníamos compradores seguros para los tesoros mayas, y los seguimos con la esperanza de encontrar una pista que nos condujera hasta “el punto". Y continuó, saliendo de Rabinal caminamos como veinte días, pues ellos, los huesheros, no conocían exactamente el lugar.   Sabían que era dentro de una cueva y según nuestros cálculos, era en la zona en donde se encuentra “La Mano“. Subimos y bajábamos montes y montañas escarpadas y llegue a creer que nos acercábamos a Lanquin y que quizás, esa era la cueva de la que hablaban, pero no, continuamos caminando hasta llegar a Semuy Sampey en donde la belleza del lugar nos dejó anonadados. A todo esto, comíamos donde la gente nos podía vender unas tortillas con sal, pues la pobreza en esa zona es increíble. Pero tampoco era allí y luego de mucho caminar, llegamos a un gran sibal [18], posiblemente el Peten pensé, por los relatos que había escuchado de unos chicleros. Caminamos todo el día con el agua hasta la cintura. Oscureció y decidimos acampar, pero no podíamos encontrar ningún árbol o mata suficientemente fuerte para colgar las hamacas. Uno que otro escobo [19] se erguía sobre islotes de tierra. Las baterías de las linternas se nos agotaron y a tientas caminábamos en la oscuridad, entre el agua, tropezándonos con los troncos y las raíces, pinchándonos con las espinas de los escobos y bayales. Teníamos miedo de detenernos, de permanecer parados pues se escuchaba, no muy lejos, el golpe de la cola de los lagartos sobre el agua. No pedíamos detenernos. Estábamos agotados, con las piernas dormidas por el agua fría. Un piquetazo, como un calambre en los testículos me hizo caer sobre un borde de tierra húmeda y allí me quedé tirado. Agarrándome los testículos, traté de calentarlos, hasta quedarme dormido. No sé cuánto tiempo pasó. Cuando desperté, vi que mis acompañantes también estaban dormidos sobre las protuberancias de tierra. El agua casi había desaparecido. Ya sabes cómo son esas aguadas del Petén, en horas se llenan y en horas se secan.-

 

-Día tras día seguimos avanzando, comiendo lo que podíamos, unas veces encontrábamos coyoles[20] o pacayas silvestres, otras veces encontramos caracoles o chacalines[21] que comíamos crudos. Descansábamos cuando ya no aguantábamos dar un paso más. A ratos parecía como si estuviéramos caminando en círculos, pues podíamos identificar algunas matas, bejucos o piedras, pero rápido nos dábamos cuenta que no era así y volvimos a caer en otra aguada [22]; hasta que topamos con una montaña de piedra. Sabíamos que  esas aguadas estaban infestadas de cocodrilos y cantiles de agua;  en varias oportunidades logramos evadirlos. Al llegar al cerro de piedra,  agarrándonos de los bejucos y las raíces, trabajosamente subimos como doscientos metros. Sabíamos que estábamos arriba, pero al mirar hacia abajo solo mirábamos una zanja azul-verde como agua o quizás el cielo. Lo curioso es que había muchas vueltas y cuando sentíamos estábamos de nuevo en el mismo lugar. Así pasamos una noche y otra y otra hasta que finalmente cansados y hambrientos sentimos, a saber porqué, que habíamos llegado al lugar que buscábamos.

 

-Aquí dijo el hueshero, aquí fue donde cayó muerto el Poronel [23]. Y nos señaló la entrada de la cueva.

 

A machetazos limpiamos la entrada que estaba cubierta por la vegetación. Encendimos una antorcha y asustados salieron volando cientos de murciélagos. Lentamente nos introdujimos a la cueva  y quedamos cegados por el reflejo de la luz sobre  las estalactitas y estalagmitas que  brillaron ante nuestros ojos. Cuando nos acostumbramos al reflejo,  surgió  una enorme catedral blanca, plateada, con tonalidades turquesas de hielo en donde del techo en bóveda  colgaban cientos de estalactitas, mientras las estalagmitas, en delicado encuentro, formaban columnas de afiladas puntas que pacientemente esperaban que el goteo del carbonato de calcio al paso de los años, las unieran. La cueva tiene superpuestos tres niveles, y a la luz  de las antorchas creímos ver un lago en el fondo de la misma; curiosos, nos acercamos y estuvimos a punto de caer en el precipicio, ya que la luz de las antorchas nos proporcionaron esa alucinación. La belleza del lugar es impresionante y nos percatamos que fuera de los rastros de ceremonias que unos pocos Chuchcajau, conocedores del lugar llevaban a cabo, no había nada, ni siquiera piezas arqueológicas antiguas de valor. El piso estaba resbaloso por la cera de las velas que allí queman los nativos.  Los huesheros aseguraban que los indios hacían ceremonias en ese lugar antes de sembrar, ir a cazar  o cuando las mujeres querían tener hijos.   Nosotros no lográbamos entender la relación entre, lo que nosotros buscábamos y lo que nos explicaban esos hombres.-

 

Drew continuó, frustrados y sintiéndonos engañados por los huesheros, decidimos forzarlos a hablar. Uno de los G-2 que nos había asignado el gobierno como seguridad, se ofreció para tomarlos a su cargo. Aburrido y hastiado de la infructuosa búsqueda, le dije: hágalos hablar a como dé lugar, pero sáquelos de aquí. De inmediato los dos G-2 empezaron a golpearlos, arrastrándolos del pelo hacia fuera de la cueva. Actuaban como profesionales, de esos salidos de la escuela de Dan Mitrione[24]. Lo primero que hicieron fue amarrarlos de pies y manos y empezaron a torturarlos. Era el mes de enero. Exactamente el treinta y uno de enero. El calor sofocante nos calentaba la sangre y yo preferí adentrarme unos metros al interior de la cueva, pues allí estaba fresco. Bonilla me siguió. Necesitaba poner en orden mis ideas. Apagué la antorcha y cerré los ojos. Era una pesadilla. La cueva oscura y húmeda, el calor, los mosquitos, la respiración agitada y los gritos de los G-2 torturando a esos dos hombres que rugían como bestias ante el dolor. El eco de la cueva reproducía todos los sonidos en una sinfonía de lamentos, gritos, pujidos y golpes. Los huesheros no sabían qué contestar, ni los G-2 sabían que preguntar. Lo único que sabían era que tenían que hacer sufrir a esa gente hasta el paroxismo del dolor. Los gritos fueron acrecentándose, de tal manera, que todo empezó a girar a mí alrededor. Al interior de la cueva se escuchó una explosión y una luz iluminó la estancia y se dirigió hacia la entrada justo en el momento en que los dos huesheros morían de dolor.-

 

Scott anonadado escuchaba el relato de su amigo. Con la mano le indicó que continuara.

 

Burke se pasó un pañuelo por la frente sudorosa y siguió relatando.

 

- Fue espantoso. No sé cuánto tiempo duramos allí, pero un  fuerte olor a pom inundó la cueva. Vi mi reloj y se había parado; marcaba las nueve horas. Busqué mi brújula y la aguja daba vueltas sin control. Busqué a Bonilla, que, paralizado, no salía de su asombro y lo insté a salir. Afuera los G-2, no sabían que había pasado, pero lo encontraban normal, ya que se habían drogado poco antes de empezar a torturar a los huesheros. Sin hablar, ambos reparamos que durante la orgía de la tortura; los G-2 habían eyaculado. Trastumbando, los torturadores arrastraron los cuerpos inertes hasta un precipicio que colindaba con la cueva. Los cuerpos de las víctimas cayeron al sibal en donde los cocodrilos dieron cuenta de ellos. Perdí la noción del tiempo. En silencio, emprendimos el camino hacia a la base militar de Poptún. Ya en la base, después de bañarnos, comer y dormir, salimos con Bonilla a caminar. Ni él ni yo queríamos hablar de lo ocurrido. Me acerqué al encargado de comunicaciones para preguntarle la fecha y hora para ajustar mi reloj y, por distraerme, entablé conversación acerca de la capacidad de los transmisores.-

 

–Fíjese mister, me dijo uno de los técnicos en comunicación satelital, que hace como diez días, como a la nueve de la mañana, inexplicablemente perdimos la comunicación con la central. Era como si las ondas sonoras se escaparan por un hueco en el cielo. Nos dijeron por teléfono que el satélite oscilaba al pasar sobre Guatemala y que no sabían a qué se debía. Se logró la comunicación normal hasta ayer. Nueve días estuvimos sin comunicarnos y eso para el ejército es grave, concluyó.-

 

Y pensé, siguió Burke, nueve días incomunicados! Era el mismo tiempo que mi reloj marcaba, cuando se detuvo dentro de la cueva! El satélite oscilaba y perdieron la comunicación! La mirada cómplice de Bonilla me confirmó que habíamos encontrado el punto en donde se abría un umbral en el tiempo y el espacio! Ambos, no nos animamos a hacer comentarios sobre lo vivido, pero decidimos trasladarnos a Los Estados Unidos para informar sobre nuestra misión. Me invadió un gran temor. Que pasará me dije, cuando los del Pentágono sepan dónde está el punto que abre el umbral en el cielo? Hasta dónde tenemos nosotros el derecho de informarles a ellos de nuestra misión, sabiendo lo que podría significar para el futuro de la humanidad? Tendría que convencer a Bonilla, primero, y a los G-2 que nos acompañaron después. Cómo hacerlo? Mi angustia crecía. Yo no quería explicar a mis superiores que la energía se liberaba sólo cuando la gente tenía, un gran sufrimiento, y que ese sufrimiento abría el umbral en el tiempo y el espacio, aunque ciertos indicios los hacían suponer, que el sufrimiento humano tenía que ver con ese fenómeno. Yo no quería confirmarlo. Golpeándose el pecho continuó. ! Yo sabía de lo que podían ser capaces los Estados Unidos y el ejército guatemalteco para obtener el control de un umbral que se abriera en el tiempo y el espacio!. Y todavía agitado por la indignación Burke agregó, supe por otro oficial, que los especialistas de la Misión Secreta estadounidense se habían trasladado a Guatemala en cuanto supieron que los satélites zozobraban y perdían comunicación. Ellos suponían que la energía se libera no sólo cuando el sufrimiento es ejercido directamente en “El Punto”, sino también cuando se lleva a cabo entre gente Maya o de origen Maya, en el territorio que ellos han habitado por siglos.-

 

-Pero cuando yo estuve en el proyecto, ya había teorías de que los Mayas podían abrir el umbral del tiempo y el espacio, a través del sufrimiento, agregó Scott.

 

-Pero no lo habían confirmado, contestó Burke.

 

-Los Mayas del periodo clásico tardío, agregó Moisés Andrés, influenciados por la ola de guerra que los envolvió durante la invasión mexica, se dieron cuenta que ese umbral podía ser abierto cuando el pueblo Maya era sometido a grandes sufrimientos. Los que dominaban esa información, fueron los Chuchcajau Mayas del periodo clásico, quienes descubrieron que las manchas y las erupciones solares se intensificaban a tal punto con el sufrimiento del pueblo, que la tierra se tornaba infértil, los animales morían y se producían sequías terribles. Las mujeres y las hembras de los animales abortaban. El semen de los hombres se tornaba espeso, como resina de pino y no podían eyacular. Hubo un sacerdote mexica-maya que interpretó toda ésta desgracia como la respuesta del Padre Sol, demandando más sangre para renacer cada día. Otros, los que guardaban la tradición pacífica Olmeca-Maya, argumentaban que el sufrimiento del pueblo debía detenerse, que el Ajaw dueño de todo, pedía que con humildad cesara de derramarse la sangre en Mesoamérica, pero, como siempre, se impuso la brutalidad y la ignorancia. -

 

- Y así se llegó a, en lo que los antropólogos llaman La Balcanización de la civilización Maya, agregó Moisés Andrés. Las Ciudades Estado se separaron y se enfrascaron en luchas intestinas terribles en busca de prisioneros para ser sacrificados. Muchas tribus emigraron hacia lugares más seguros, construyendo ciudadelas militares. Otros se internaron en el mar como los Indios Cunas que ahora habitan en la isla de San Blas, muy cerca de Panamá.-

 

-Por eso, aclaró Scott, antes de la Balcanización, los pueblos se levantaron en armas y dieron muerte a la élite militarista mexica-maya, que en una orgía de poder y suntuosidad, demandaban más trabajo en la construcción de edificios, complejos urbanos, lujos y fiestas. Estos falsos Sacerdotes-gobernantes, ya no podían predecir eclipses, ni las épocas de siembra y otros fenómenos, pues la ciencia ya no era la misma para ellos.

 

-Los Sacerdotes-Gobernantes del periodo clásico temprano, sabían que su misión como tales, era servir al pueblo, como guías espirituales, autoridades civiles, como científicos, como organizadores de la sociedad. Eran los buscadores del bienestar común. Agregó Moisés Andrés. Todo eso se había perdido al final de periodo clásico tardío. Las revueltas populares no se hicieron esperar. El pueblo cansado descabezó las Ciudades Estado y siguiendo a sus verdaderos guías locales, se dispersaron a lo largo de Ixim Ulew[25]. Muestra de ello es la mutilación de muchas Estelas, la destrucción de templos y ciudades antes de abandonarlas y el reciente descubrimiento de la masacre de Cancuen, donde fueron muertos doce miembros de la realeza Maya y metidos en una pileta de almacenamiento de agua, lo confirma. Todos tenían sus joyas, el robo, no fue la razón del homicidio.

 

Burke que sudaba copiosamente continuó con su relato. Pues esa noche me retiré a dormir y, soñé a Paulo Do Amaire que me decía: “¡DREW, NO DESCUBRAS EL PUNTO!” La voz se repetía en el eco de la cueva y vi miles de cuerpos de mayas torturados.

 

-No quise comentar con Bonilla lo que había soñado, más bien traté de evadirlo durante esos días y él hacía lo mismo, pero la noche, antes de salir para la capital guatemalteca, él fue mordido en la pierna por una serpiente barba amarilla. El veneno es mortal y ataca el sistema nervioso, como ustedes saben, fueron escasos minutos los que bastaron para terminar con el hombre. A la mañana siguiente, muy temprano, cuando preparaban el cuerpo para ser trasladado a la capital, se produjo un ataque insurgente a la base militar en donde estábamos. Uno de los rockets, que fueron lanzados por los guerrilleros, fue a dar a la barraca en donde, los G-2 que nos habían acompañado, estaban preparando sus maletas para viajar con migo. Los dos murieron en el ataque.-


 

B'elejeb' Tiku[26]

9 x 52 = 468

 

 

Y muy de mañana, en un día Lajuj[27] Ajmaq[28], propicio para pagar deudas, los tres hombres se dirigieron a la Cueva del Centro Ceremonial de Iximché, donde llevaron a cabo una ceremonia de agradecimiento por haberse encontrado de nuevo y, para pedir a los antepasados orientación sobre la misión a cumplir. Mientras el Sagrado Fuego expiraba, Scott, Burke y Moisés Andrés conversaban amenamente sobre los pormenores de los hechos que del pasado venían a impulsar su Chac Patan[29], recopilando la información para estar seguros de estar en la misma sintonía, con en el mismo conocimiento de la importancia de su misión que estaba íntimamente relacionada con el ciclo calendárico de los TIKU.

 

-Estos dijo Moisés Andrés, son los que tienen más influencia sobre la vida de las criaturas del Ajaw. El inicio y el final de los Tiku están en relación directa con los periodos positivos y negativos que afectan el planeta tierra y hay un calendario que enmarca y subdivide estos ciclos: el Bolom Tiku y el Oxlajuj Tiku, afirmó y luego agregó, desde tiempos remotos para los Mayas, cada cincuenta y dos años el calendario Cholq'ij o Ceremonial de 260 días, el calendario Ab' agrícola de 365.2422 días más la cuenta de trece, coinciden en el mismo punto, para dar inicio a una nueva cuenta de 52 años. Y continuó, este periodo, multiplicado por  nueve (los nueve niveles del inframundo), da inicio al B'olom Tiku' que empezó el 17 de agosto de 1519. Hernan Cortés señor de la gran noche oscura, sin saberlo, fungió como impulsor y artífice de este ciclo negativo donde impera el oscurantismo, el materialismo, el culto al egoísmo, la frivolidad, la injusticia. Los textos sagrados son muy claros. Kukulkan - Quetzalcoalt mago y profeta, había advertido a los pueblos de Abya Yala que los mexicas debían suprimir los sacrificios humanos pues si estos no dejaban de practicarse, la crueldad del B'olom Tiku' no tendría parangón en la historia. Y continuó sin desmayar, Moctezuma, el emperador azteca conocía que su reinado estaba marcado por la fatalidad  del B'olom Tiku'. El odio y la crueldad, la ambición y la injusticia, la perversión, el interminable derramamiento de sangre que sufrieron los pueblos de Abya Yala en la llamada Balcanización[30] daba paso al sufrimiento mayor que se avecinaba. Por eso Moctezuma, era un hombre triste que esperaba la llegada de los hombres que vendrían a regentar las Américas. Porque, anteriormente, al final del Oxlajuj Tiku, décadas antes de la llegada de los europeos, los pueblos de Mesoamericana no querían más derramamiento de sangre; las diferentes etnias conocían, por los profetas, que los sacrificios humanos que se llevaban a cabo impulsados por la élites militaristas, habían provocado tanta desgracia, hambre, pobreza, sufrimiento extremo, destrucción de “la costumbre”[31], del respeto y la reciprocidad que demanda la espiritualidad Maya, del orden social, del bienestar social.

 

–Bastante  habían tenido con las guerras intestinas, que enfrentaron a pueblos hermanos, a hijos contra padres, a padres contra hijos. Fueron años difíciles en que no habían podido sembrar el sagrado Maíz, escaseó la lluvia, los alimentos y el agua. Los eclipses no podían ser pronosticados por los Sacerdotes-gobernantes, el hambre y la desolación campeaba por toda la tierra. Hubo insurrecciones locales que descabezaron a las élites militaristas, y los pueblos se dispersaron siguiendo a sus líderes locales. Las profecías de los abuelos y abuelas habían dicho que: No se debía confrontar ese designio. Que vendrían otros seres a dominar estas tierras, y ellos serían los regentes y los verdugos del nefasto ciclo del Bolom Tiku de 9 x 52 años. Y a la llegada de los castellanos las enfermedades, la esclavitud, las espadas y armas de fuego mataron al 99% de las criaturas sobre la faz de ésta Madre Tierra, Abya Yala. Terminó diciendo apesadumbrado Moisés Andrés.

 

Después de un largo silencio, cuando la llama azul del Sagrado Fuego se movía en círculo pegada al suelo, los tres hombres, sintieron la presencia de los antepasados de cabezas emblanquecidas, que escuchaban sus plegarias, y aceptaban las ofrendas convertidas en cenizas. En estado de meditación total, los hombres se dejaban llevar por la humedad caliente de la cueva, que como un gran vientre materno, los protegía, los fortalecía y los preparaba para la misión que debían cumplir. La voz gutural casi en susurro del elegido Rax Uk'u'x Ab'aj resonó en sus cerebros. Los pueblos originarios desde los Inuit, los Hurones en el norte, hasta los Mapuches en el sur de Abya Yala, perdieron sus profetas, sus líderes, sus maestros. Y el 12 de julio de 1562  los Mayas presenciaron con horror, como en el acto de fe de Mani, Yucatán, el Obispo Landa quemó piezas religiosas y miles de documentos Sagrados, libros que contenían toda la sabiduría del origen de la creación, la investigación científica, los cálculos matemáticos, los elementos filosóficos de la espiritualidad Maya, la organización social, la distribución de la riqueza, el bienestar de una sociedad armónica que diera grandeza a la civilización. Todo el pasado fue quemado en nombre de la Santa Iglesia Católica que pretendió, sin lograrlo, borrar la memoria colectiva, la tradición, la costumbre, el idioma. Muchos Mayas prefirieron ahorcarse antes de dar a conocer donde tenían escondidos los pocos materiales que pudieron salvar, otros ante la tortura de ellos o su familia habían dado información sobre dichos documentos. Pese a ello, varios documentos fueron salvados, escondidos, reproducidos y consultados a lo largo de 500 años. Las guerra de conquista, primero y más tarde la esclavitud, mas la voracidad de los castellanos por el oro, hizo que muchas criaturas de los pueblos originarios murieran por las pestes, el exceso de trabajo, por el  hambre y la desnutrición. Los mismos cronistas españoles cuentan que las personas caían muertas en los caminos, en los montes y los barrancos. Las criaturas estaban perdidas, huérfanas, dijo Moisés Andrés entre un fuerte suspiro.

 

Los tres hombres tenían los rostros cubiertos de lágrimas, que al caer, sobre el suelo de tierra apelmazada, brillaron, alumbrando la estancia de una tenue luz azul. Ellos comprendieron que los ancestros estaban allí, con ellos, que aún había esperanza, y Moisés Andrés agregó:

 

–Ante esa gran desgracia, el Ajaw del Cielo, Bitol Tzakol, Alom, K'ajolom, Padre-Madre [32], se compadeció del pueblo Abya Yala y envió a Ixpiacok- Ixmucané[33], abuelo-abuela, la Sacralidad de la mujer, que como madre amorosa pero enérgica, llevó el mensaje del Ajaw a los Mayas, “Los 468 años de sufrimiento ya empezaron, les dijo Ixmucané, eso no puede dar marcha atrás. Hijitos míos, hijitas mías, todavía les falta mucho camino por recorrer. Caminos de sufrimiento y desolación, pero de ustedes depende mantenerse, resistir, conservando sus lenguas, su religión, el amor entre ustedes. Tendrán que reconciliarse primero con La Madre Tierra, símbolo de la Sacralidad de la mujer, Nuestra Tierra, lugar sagrado que es el centro integrador de la vida de la familia y la comunidad. Después deben lograr la reconciliación con sus antepasados, romper las barreras espirituales del odio para perdonar y pedir perdón. Harán ofrendas de pom, mazorcas de maíz de colores, ajonjolí, flores y candelas de colores, blancas de sebo para los antepasados y miel para endulzar al Corazón de la Tierra, el Corazón del Cielo. Los abuelos les enseñarán a los jóvenes los caminos de la reconciliación, la forma de ofrendar y agradecer al Ajaw. Pero en este camino no estarán solos hijitos míos, hijitas mías. Tendrán su protector especial, que los llevará por el camino del amor y la compasión hacia los demás. Sigan sus enseñanzas, no le pidan cosas malas, no hagan cosas malas en su nombre y él, solo él, les enseñará el camino para resistir esos 468 años que se avecinan “

 

-Era la cuenta de nueve niveles del inframundo por 52 años que dan 468 años de sufrimiento, dijo Scott.

 

-¿Se refería a Maximón?[34] preguntó Burke.

 

-¡Por supuesto! y quién más? - A él y sus reencarnaciones, contestó Moisés Andrés con pasión.

 

Pero no era sólo eso. Durante esos 468 años, los Mayas se apoyaron en la utilización del Cholq'ij, del Ab' y la cuenta de trece, la utilización del Tzité por los Ajq'ijab, para mantener viva la espiritualidad Maya. El conocimiento y aceptación de los Nawales-Energía; las ceremonias en los lugares sagrados de convergencia Cósmico-telúrica debían conservarse y lograr así la reconciliación con la Madre Tierra, con los otros Mayas, con los otros pueblos originarios de estas tierras de Abya Yala y para eso, debían conservar el idioma. Además, Ixmucané dijo que, había que encontrar La Llave y destruirla en el principio del Oxlajuj Tiku de lo contrario el pueblo Maya y sus descendientes, los mestizos y toda la humanidad no podrían entrar al otro ciclo de Los Trece Cielos, del Quinto Sol.-

 

-De allí, siguió Moisés Andrés-, que con  la llegada de los europeos, una y otra vez los profetas aparecían en lo alto de las pirámides para orientar a su pueblo, para recodar las palabras de Ixpiacok Ixmukané[35]. Uno de estos profetas fue Nimaman[36] quien subido en lo alto de la pirámide de Chichen Itzá les indicó a los allí presentes, que debían conservar el Cholq'ij, el Ab' la cuenta de trece, su Tzité, el respeto y las enseñanzas de sus mayores, de los de cabezas emblanquecidas, de sus ancestros, de los difuntos. Visiten los lugares Sagrados que son centros de convergencia Cósmico-Telúrica, les dijo, -hagan sus ceremonias allí, aunque estén cubiertos por iglesias cristianas. Construyan los templos cristianos pensando en que debemos resistir, no oponernos para no desaparecer. Tengan hijos e hijas, edúquenlos en la espiritualidad Maya, no pierdan su idioma, su lengua.

 

Luego de una pausa, mientras removía las cenizas del Sagrado Fuego, Tojil se manifestó en una llama bajita, tenue, azul y el ajq'ij prosiguió, a Nimaman lo capturaron cuando se dirigía al pueblo y su cuerpo fue desmembrado por cuatro caballos. Después su cabeza fue puesta en exhibición en una picota. Pero los Castellanos se llenaron de terror cuando en lo alto de otra pirámide, allí estaba de nuevo Nimaman, ENTERO! gritándole al pueblo que debía resistir! y reencarnó una y otra vez a lo largo del B'olom Tiku' y una y otra vez el pueblo logró burlar a sus opresores venerando a Nimaman o Maximón como muchos le llaman. Por eso le cambian la ropa y en los últimos tiempos se le viste como un abogado, de traje y sombrero negro. Es el símbolo de la resistencia pacífica del pueblo Maya. Los kaxlanes [37] lo han tratado de desacreditar, lo identifican con el diablo, con la magia negra y no saben, que en la espiritualidad Maya el diablo no existía, ni la magia negra, ni el infierno. Ser seguidor de Nimaman es una forma de vida de respeto y reciprocidad, ayudar diariamente al que lo necesita en nombre de Maximón, sin que las personas lo sepan.

-El sufrimiento continuó a través de la Colonia y los Gobiernos Independentistas, de los gobiernos Conservadores y Liberales, de la Revolución de octubre, de la intervención gringa, de todos los gobiernos militares, dijó Scott interviniendo, -hasta llegar a las masacres y arrasamiento de aldeas que llevaron a cabo Ríos Montt y los hermanos Lucas García, bajo el auspicio de Estados Unidos, Israel y el gobierno de Sudáfrica. Y mirándolos agregó: -La intervención Americana, en 1954, tenía como propósito que los soviéticos no se apoderaran de ese “Punto” donde se abre el “umbral“ que podría hacerlos ganar la carrera espacial. El bloqueo a Cuba, la crisis de octubre del 62 y todo el control político ejercido sobre Latino América eran parte de ese plan. Aunque los ejércitos nacionales en América Latina desconocían los verdaderos motivos del Pentágono. La represión que se extendió a todos los que viajaban a los países socialistas. El control en las listas de aeropuertos y aduanas que la C.I.A. tenía en todos los países  del mundo occidental acrecentó el temor de que algún indígena Maya o descendiente de los mismos, o alguien con filiación comunista  descubriera el secreto a los rusos.

           

-El día que Bonilla y yo descubrimos la cueva del “Punto” -dijo Burke retomando su relato-, fue el 31 de enero de 1980. El Pentágono atribuyó la liberación de esa energía que descontroló los satélites a que, el 31 de enero de 1980, el ejército de Guatemala incendió la embajada de España, en donde murieron calcinadas más de 30 personas.

 

-¡O sea que no tuviste necesidad de descubrir el secreto ante ellos!- dijo Scott emocionado.

 

Los tres mostraron los dientes en franca sonrisa. Burke continuó.

 

-No, afortunadamente. En los años ochentas el Pentágono, a través del presidente de los Estados Unidos, giró la orden al ejército de Guatemala para que incrementara la represión contra los indígenas Mayas y campesinos ladinos, por su  supuesta implicación con la guerrilla comunista.

 

Los asesores estadounidenses personalmente trabajaron con los generales y hermanos Lucas García, en la planificación y ejecución de la campaña de exterminio genocida contra el pueblo Maya, finalizó diciendo Moisés Andrés.



Sac b'e[1]

 

 

Scott ajustó la cinta de su mochila. Mentalmente hizo un recuento de lo que llevaba dentro de la misma: Cerillos, encendedor, cuchillo, sal, un paquete de café, azúcar, anzuelos; un par de calcetines, un  calzoncillo, una camiseta, hamaca, mosquitero, carpa, una lámpara de mano, baterías, una calculadora, una pequeña olla, un plato y un pocillo, cuchara y tenedor y por aquello de las dudas había metido una pequeña cámara fotográfica. En una de las bolsas del pantalón, colocó cuidadosamente una libreta envuelta en plástico. No, pensó, mejor la guardo dentro de la bolsita en donde llevo la piedra. Y así lo hizo.

 

Burke terminó de amarrarse las botas con punta de acero, se colocó la pesada mochila con varillas de metal sobre  los  hombros, ajustó las cintas y las hebillas y miró a Moisés Andrés que solamente llevaba un morral colgado en banderola. Burke sonrió y movió la cabeza. Había cosas que no podía comprender, que nunca iba a comprender. Iban a una larga caminata y Moisés Andrés en caites, sombrero de petate y su eterno morralito de lana y, eso sí, su machete al cinto.

 

Scott, Burke y Moisés Andrés emprendieron la marcha. Habían consultado el Tzité, para estar seguros de cuál era el mejor día de acuerdo al calendario Lunar, para emprender el camino hacia el cumplimiento de su misión.

 

Waqub[2] Ee[3]: Pulsación del rayo del poder de Ajaw. Dice el Tzité, afirmó Moisés Andrés, después de mover, contar e interpretar la ubicación de los frijoles rojos sobre la mesa.

 

 Los preparativos fueron discutidos por los tres amigos, con el fin de llegar al “Punto” exactamente cuando los astros se colocaran en línea y diera inicio un nuevo conteo de 5,200, años también llamada "La Cuenta Larga del calendario Maya".

 

Moisés Andrés explicó que la ruta estaría marcada por nueve puntos o lugares sagrados donde tenían que realizar ceremonias de acuerdo al día del Cholq'ij y, que en cada uno de ellos irían purificándose. El camino tenía que ser recorrido a pie, como lo hacían los antiguos peregrinos en Abya Yala, aún cuando en la actualidad, se contara con carreteras y medios de transporte.

 

Debían estar en el lugar preciso, cuando se  iniciara el nuevo ciclo de actividad electromagnética y explosiones atómicas en El Padre Sol y que era cuando coincidirían una vez más el calendario agrícola A'b de 365 días, el calendario Ceremonial o Cholq'ij de 260 días, y la cuenta de trece, más el Baktún periodo de 144,000 días = 400 años; el Katún de 7, 200 días = 20 años; el Tun de 260 días y el Winal de 20 días. Esa fecha ya no daría marcha atrás.

 

-El pasado, pasado fue, el presente está aquí y el futuro adelante. El pasado nos impulsará al futuro dependiendo de las fuerzas Cósmico-telúrica, del Corazón de la Tierra y del Corazón del Cielo, y de los ciclos de los Tiku' [4]. Les dijo Moisés Andrés a sus amigos.

 

Scott dominaba el conocimiento sobre los ciclos de actividad solar y la importancia que las manchas solares tienen sobre la fecundidad de todas las formas vivas de la tierra. Los estudios hechos por Maurice Cotterell [5] sobre las inscripciones encontradas en la tumba del Señor Pacal en Palenke, lo habían apasionado, ya que demostraba el alto nivel de conocimiento de los astros que los Mayas del Pre-clásico y Clásico habían alcanzado. Desgraciadamente dejó olvidado el libro de Cotterell en un café y no pudo terminarlo ya que coincidió con el llamado que Allan le hiciera después de tantos años. Lamentaba enormemente no haber podido terminar de leer el libro, porque esa era la parte que, ahora precisamente, le serviría para desenmarañar el misterio. Los números bailaban en su cerebro, las cifras y su pensamiento acerca del tema se veían interrumpidos por las cifras escritas en la Piedra Verde de Jade y los trozos de tela que la envolvían.

 

Las inscripciones Mayas eran claras, pero hacía falta un número, o algo parecido, que desenredara la maraña. Scott  trataba inútilmente de concentrarse en la larga caminata que emprenderían pero una, y otra vez, las imágenes de los glifos con dichas inscripciones se repetían. Recorda como en sueños que había algo relacionado con el calendario Ceremonial  de 260 días, pero era inútil, la cabeza le dolía enormemente y trató de cambiar de pensamientos -o voy a parar loco-, pensó.

 

Moisés Andrés los conduciría la mayoría del trayecto desde Iximché hasta Petén. Ya estando allá, Burke sería el guía; él era el único que conocía el lugar donde se encontraba la Llave y la manera de llegar hasta allí. Una equivocación, o que perdieran el rumbo, podría echar todo a perder. El tiempo era corto, había que preparar las condiciones para el inicio de la nueva era que se aproximaba. El B'olom Tiku' había terminado el 16 de agosto de 1987, exactamente al final de la cuenta larga de 52 años.

 

Moisés Andrés era “el elegido”; varias generaciones de Ajq’ijab[6] habían reencarnado en él y ahora era el momento de enfrentarse a su destino. Los tres amigos sabían cuál era el papel de cada quien sin hablarlo. La trilogía de hombres nacidos de mujer, que habían sido escogidos a través del tiempo y el espacio, representaban los tres puntos del símbolo de Venus, los tres lados del cielo en forma de pirámide. Los tres habían sido engendrados en OXLAJUJ (13) AK'AB'AL  (Amanecer) y nacido en el WAJ XAQI'B[7] B'ATZ[8]; y su destino o misión en la vida, estaba regenteado por KEB (3) KAWOQ, fecha que corresponde al 11 de mayo de 1935 del calendario gregoriano. Al finalizar el Bolom Tikú en 1987, los tres tenían 52 años, y solo Moisés Andrés había engendrado hijos e hijas que fueron masacrados por el ejército de Guatemala. Ahora los tres hombres iban en busca de los Sac’be o caminos blancos de la selva, con el propósito de encontrar y destruir la llave.

 

La tarde caía. Un viento fresco de junio les llenó los pulmones. Se hincaron trece veces, besaron y olieron la tierra trece veces en gesto de penitencia. Ese día era el día, así tenía que ser, para dejar sus pecados en ese lugar. Su suerte estaba echada y los tres se encaminaban a enfrentarse con su destino. Caminaron toda la noche y cuando en el cielo las primeras luces de la mañana asomaban, encontraron la gran Ceiba con sus 400 pezones que alimentan todas las formas de vida sobre la Madre Tierra, y los estaba esperando. Los tres hombres colocaron las mazorcas blancas, amarillas, rojas y negras, encendieron las velas de colores con las mechas hacia afuera, apuntando a los cuatro lados de la tierra, quemaron pom, e hincados de frente a B'alam Q'itze ( el Este), esperaron la salida del Padre Sol.

 

Poco a poco, sobre las montañas el Padre Sol empezó a asomarse y Moisés Andrés elevó su plegaria en  Maya-k'iche.

 

- Uk'ux K'aj, Uk'ux Ulew[9]...

 

El canto agudo y gutural de Scott subió por el tronco y las ramas de la ceiba Sagrada hasta el cielo, mientras Burke susurraba oraciones en Tibeto-Burmano haciendo sonar la media bola de cobre con el batón de madera. Y Uk'u'x Kaj, Chi'pi Kaqulja, Raxa Kaqulja, Tepew Q'ukumatz, Alom, Kájolom, Ixpiakok, Ixmukane, Tz'aqol, Bitol, el mismo Ajaw en sus diferentes manifestaciones les devolvieron la visión, les desempañaron los ojos para que lo vieran todo, lo cercano y lo lejano[10], para que recuperaran la sabiduría.

 

Pasaron los días y las semanas. Cuando la situación se los permitía los tres hombres caminaban de día y descansaban de noche. A su paso, los lugareños les ofrecían bebidas, alimentos, información sobre los caminos más seguros y un lugar donde descansar. Les informaban sobre el paso de los guerrilleros desmovilizados o del ejército o de los patrulleros civiles, todavía activos, a fin que avanzaran en su misión sin tropiezos. El Ajaw, Bitol Tzakol dueño de todo, envió a Tz'i el perro, para que los guiara en las noches sin luna. Los tres hombres caminaban en silencio, en fila india.

 

Los cerros y las montañas del altiplano guatemalteco fueron testigos de su paso, velando su sueño, quitando las espinas, las piedras filosas, para que no se golpearan los pies descalzos, botando frutos de los árboles a su paso para que se alimentaran, moviendo los riachuelos a fin de que no sufrieran sed. Las miradas se cruzaban al menor indicio de peligro y, en una de esas, Burke descubrió que los ojos de Scott habían cambiado de café claro a un azul intenso. Eran los ojos de Allan Howard en el rostro de Scott.

 

-Se los robó al gato, comentó Moisés Andrés.

 

Los tres hombres atravesaron montañas, colinas, cerros y hondonadas, hasta que empezaron a descender  hacia las tierras húmedas de las Verapaces. La vegetación había cambiado. Quedaron atrás las pinadas y el clima fresco, las colinas sembradas de trigo y las ovejas pastando sobre el verde esmeralda de los campos, al ojo vigilante de los niños, las mujeres en grupo lavando ropa en los riachuelos mientras conversaban.

 

Cada día encontraban nuevas cosas que los admiraban, ya fuera en el verde brillante del musgo pegado al tronco de un árbol, o las alfombras de flores de colores moradas, blancas o amarillas o la exuberancias de los líquenes en los lechos semi-secos de los ríos, el canto de las guangololas[11], el sonido de la selva con sus miles de matices en inexplicable sinfonía. Manadas de monos descansando sobre la cima de los árboles a la hora del bochorno, los veían de reojo, en medio de esa vegetación que parece caótica al principio, armónica después, los dejaron pasar. A lo largo del camino, los animales de la selva los acompañaban y les indicaban el rumbo adecuado, las piedras rodaban y al caer de los cerros se convertían en personas que les ofrecían zapotes y aguacates para que su ayuno[12] fuera total y les advertían que no fueran a comer piñuelas por muy hambrientos que estuvieran, pues podrían quedar convertidos en sapos y les costaría mucho más cumplir su misión. Moisés Andrés les agradecía sus consejos y seguían.

 

Habían planeado bordear todos los poblados que encontraran a lo largo de su camino, pero al llegar al cruce que conduce a Rabinal, Moisés Andrés se detuvo bruscamente y tomó en dirección al pueblo. Burke y Scott lo siguieron hasta donde estaban exhumando los restos de setenta víctimas de las masacres cometidas por el gobierno del General Efraín Ríos Mont, en las aldeas las Tres Sapos, Dos Erres, Las Cruces, Chitucán, Inebe y Plan de Sánchez durante el conflicto armado interno. En silencio, los viajeros se unieron esa noche, al velorio de las víctimas.

 

El Meb'aín, el principio de la tristeza sin consuelo de los rabinalenses se rebeló.La herida estaba abierta, la barbarie sin nombre presenciada por los sobrevivientes, los hizo recordar cada uno de los detalles de las masacres. Su alma intensamente adolorida quería salírseles del pecho ante tanta injusticia. Toda la noche recordaron esos años de 1981 y 1982. Recordaron los rostros, las palabras, las anécdotas, el amor, el olor, el calor de los cuerpos de sus seres queridos, la manera brutal como fueron asesinados, masacrados, quemados dentro de las iglesias. La violación de las mujeres, el asesinato de los niños y ancianos. Recordaron con tristeza como, todos los hombres de 12 a 50 años  fueron obligados a convertirse en Patrulleros de Autodefensa Civil. Y decían que eran voluntarios!! Todo eso lloraba sangre!! Las siembras fueron abandonadas porque tenían que patrullar o los asesinaban.

 

-NO !ESO ERA INSOPORTABLE!! La mayoría de ellos apenas eran unos niños cuando  los masacraron y el Ajaw había protegido a los pequeños para que no se perdiera la memoria de lo que había sucedido. Y como lo que más maltrata el alma del indio es la mentira y el engaño, apretando los dientes y con los ojos llenos de llanto comentaban:

 

-Y siguen las mentiras!

 

-Y todavía tiene el descaro ese Ríos Monto de venir a Rabinal mañana!

 

-Ya estamos cansados de tanta mentira! Nosotros no queremos un gobierno manchado de sangre!!

 

-Llevémosle nuestros muertos para que se acuerde de lo que hizo!!

 

-Me duele mucho cargarlos ... es como cargar la muerte ... no voy a enterrarlos todavía, quiero que descansen, descansar yo también, pero todavía no puedo. Estos huesos son prueba de mi declaración ... quiero un papel que diga LO MATARON ... y que no tenía delito, que era inocente ... entonces vamos a descansar. Decía una anciana.

 

La indignación crecía a cada momento y dicho y hecho, al llegar el general genocida en campaña política, los rabinalenses salieron  en procesión cargando las pequeñas cajas de madera, con los restos de sus familiares asesinados. Moisés Andrés, Scott y Burke acompañaron a los deudos al traslado de los amados familiares hasta la plaza Central de Rabinal donde el candidato presidencial iba a realizar un mitin proselitista. El Chipi-chipi los acompañó[13]. Grande fue su sorpresa, cuando vieron del brazo del candidato presidencial a uno de los ex-comandantes guerrilleros como miembro de su comitiva.

-Miren, decía el genocida, ahora los guerrilleros son nuestros amigos. La guerra ya se terminó. Este es el comandante Pancho de la URNG, y ahora viene conmigo para que ustedes sepan que ya se firmó la paz.

 

Y haciendo un gesto al ex-guerrillero, le dice, andá a sentarte vos. El otro obedece al general quien, subiendo la voz, gritó:

 

-ES TIEMPO DE ESTAR JUNTOS PARA CONSTRUIR LA PAZ!!   YA NO HAY MAS GUERRA!!  HEMOS FIRMADO LA PAZ!!

 

-MENTIROSO! ASESINO! Le empezaron a gritar los deudos que traían cargando los restos de sus familiares.

 

El bochinche entre los gritos de Ríos Mont queriendo hilvanar un discurso pacifista en donde culpaban a “los derechos humanos”, a la cooperación internacional y a los periodistas de instigadores y los gritos de los campesinos indignados, echándoles del lugar y acusándolos de asesinos, mentirosos y ladrones, culminó  con una piedra que se estrelló en la cabeza del genocida. Y bajo una lluvia de piedras; el ex-comandante guerrillero se levanta y con su cuerpo cubre a su nuevo benefactor que salió huyendo con la cara ensangrentada, en medio de sus esbirros.

 

Es el inicio de la Quinta Era Solar. Es el inicio del Oxlajuj Tiku'. Comentó Moisés Andrés y se retiraron de Rabinal.


 

Jun Lajuj[14]

 

 

La selva tropical, húmeda y caliente, los recibió con su exuberancia de mujer en celo. Llegaron a Tactíc. Bordearon Cobán, la capital de la Baja Verapaz, cruzaron ríos y riachuelos, pantanos y sibales; las quebradas llenas de helechos, y las orquídeas los saludaban con su belleza. Un quetzal de pecho rojo  sangre cruzó en lo alto de los árboles de caoba, rozándolos con sus largas plumas de color verde esmeralda. Los poblados espaciados entre si por trozos de selva impenetrable, los obligaban a bordear grandes extensiones que los desviaban de su ruta. Moisés Andrés retomaba el rumbo seguido en silencio por los otros dos hombres. Estaban llegando al noveno sitio sagrado de purificación.

 

Hasta ese momento Scott y Burke repararon, sin decirlo, que todo el equipo que llevaron al principio, por alguna razón desconocida, había desaparecido. Pero no les importaba, las cosas pasaban porque tenían que pasar ¿Para qué buscar explicación? Una piedra es una piedra y un hombre es un hombre.

 

Nadie hubiese imaginado que aquellos dos hombres no eran Mayas. La piel curtida por el sol, macilentos, descalzos, sus ropas gastadas y sucias, el sombrero de petate, el pequeño morral en banderola y el machete en el cincho, nada podía delatarlos a menos que alguien mirara fijamente a los ojos azules de Scott.

 

Pero una tarde,  a la orilla de la Sierra de Chamá, cuando el grupo se disponía descansar después de muchas horas de caminata, Moisés encendió el fuego, de su morral de pita sacó unas pacayas silvestres y las puso a azar mientras los otros dos hombres cortaban bejucos para beber su sabia. Scott y Burke se sentaron en rueda, Moisés  habló por primera vez desde que salieron de Rabinal.

 

-Esta noche, dijo, dormiremos aquí y esperaremos a las mujeres que vendrán a unírsenos. Nuestra misión requiere de nuestra otra mitad, sin ellas no estamos completos. Y mientras esperamos, podemos fumar nuestros cigarros.

 

Burke y Scott permanecieron callados, no deseaban hablar, no tenían nada que decirse, simplemente se sentían parte de la vegetación, de las piedras, de los grandes y frondosos árboles, del musgo de verdes matices pegado a los troncos añejos. Eran uno más entre todos los animales grandes y pequeños que habitaban la selva. Los tres buscaban comida y bebida como busca el tepezcuintle o el mapache, escarbando con las uñas, cortando con los dientes, recogiendo frutos de los árboles, buscando caracoles o chacalines[15]. Dormían a la intemperie bajo los árboles, acurrucados, ya ni los zancudos los picaban.

 

Transcurrieron varios días, hasta que al noveno día, muy de mañana escucharon que alguien avivaba el fuego con un soplador. Alrededor de la fogata Ixchumil, Ixjob e Ixmoyew[16] preparaban el desayuno. El batidor de barro fue colocado cuidadosamente sobre las tres piedras y, a los pocos minutos, el aroma del cacao los hizo respirar profundo. Las mujeres, de edad indefinida, vestían largos guipiles[17] blancos bordados, amplias faldas plegadas de azul oscuro con pequeños detalles negros y blancos que dejaban al descubierto, solo los pies descalzos. El pelo recogido en moño detrás de la nuca mostraba ligeramente los hombros. En silencio, cada una de ellas se dirigió a diferente hombre y les ofrecieron tortillas con carne de tepezcuintle y bebida de cacao caliente endulzado con miel de abejas silvestres. Ellos agradecieron con la cabeza.

 

Después de comer y beber, todos se dirigieron al arroyo, con la mayor naturalidad se despojaron de sus vestimentas y sus cuerpos desnudos fueron contorneados por los rayos del sol de la mañana.

 

Y en el tiempo se repitió el mito de la creación cuando el Ajaw, dueño de todo, envió a los Cuatro Balameb y cuatro mujeres[18] para que poblaran la madre Tierra. Pero esta vez no eran cuatro varones y cuatro mujeres, sino tres parejas las que debían cumplir la misión de destruir la llave, para que la humanidad sobreviviera en la Nueva Era que se avecinaba.

 

Mientras los hombres se bañaban, las mujeres lavaron sus ropas  con jaboncillo y las tendieron sobre las piedras. Seguidamente los despiojaron, les curaron las llagas de los pies y les sacaron las espinas y los colmoyote [19]s. Limpios, peinados  y bañados emprendieron camino hacia las tierras bajas de Peten. Llegaron a Cancuen lugar de las serpientes; se embarcaron sobre el Gran Río de la Pasión hasta llegar a Seibal y Machaquilá. Quemaron pom y encendieron velas en todos los centros ceremoniales que se encuentran en las cuevas, barrancos y los árboles sagrados de Ramón.

 

-Hoy es Belewej[20] Ajpu les dijo Moisés Andrés. Hoy es el día de la grandeza, el día para vencer las energías negativas, el día del Varón Formado, el guerrero espiritual Jun Ajpu, Ixb'alamke. Como todos sabemos, la Madre Tierra está teniendo muchos cambios,  algunos como parte natural del ciclo de vida y muerte de todo lo existente; nuestro planeta tierra está vivo y también se regenera, se defiende de los cambios  que han sido provocados por los humanos en los últimos 150 años. Que no nos extrañen pues, las grandes catástrofes que están sucediendo, terremotos, huracanes, tornados, inundaciones, tsunamis, hambrunas, crisis financieras globales, enfermedades incurables, guerras. La contaminación de las aguas del mar: los ríos, lagunas y lagos, de las fuentes subterráneas; el abuso en la extracción de petróleo, de minerales, de la tala inmoderada de árboles. Todas esas desgracias son producto de NUESTRAS  SIETE VERGUENZAS. Si, El ORGULLO, LA AMBICIÓN que lleva a la MENTIRA, al CRIMEN a la INGRATITUD, a la IGNORANCIA y a la ENVIDIA están destruyendo esta Madre Tierra y a toda la vida animal y vegetal, y agregó:

 

-El OXLAJUJ[21] TIKU, la ERA del QUINTO SOL tiene su proceso. El niño NO se vuelve adulto de la noche a la mañana, la flor no se vuelve fruto en una noche y de igual manera el Quinto SOL tiene su propio proceso para instalarse. A partir del Uno Imox, continuó diciendo Moisés Andrés, van a pasar 5 años de adaptación; después 9 años de gestación y luego 13 años de formación para que se establezca el Oxlajuj Tiku. Durante esos años habrá muchos cambios sociales y políticos en el mundo, de hecho la caída del Muro de Berlín, la Perestroika y la caída de la Unión Soviética, la crisis económica en los Estados Unidos, la producción masiva en la economía China e India, las guerras en el medio oriente, el uso de los alimentos para combustible, el mayor empobrecimiento de los países más pobres. Todos esos eventos serán visibles, pero habrá otros eventos invisibles que existirán en el corazón y las mentes de las gentes como; la angustia, la desesperación, la desolación, la desesperanza.

 

-Nuestra misión es garantizar que pese a las grandes catástrofes que se avecinan, los seres humanos sobrevivan, dijo enfáticamente Moisés Andrés.

 

Su recorrido ahora al lado de las mujeres, debía tardar 52 días, en los cuales debían dormir al lado de ellas sin  tener sexo. La abstinencia sexual, practicada por los Mayas antiguos y los actuales, antes de llevar a cabo las Sagradas Ceremonias, era indispensable para encontrar la cueva en donde se encontraba la Llave. Evadiendo la vigilancia del ejército, de las patrullas de autodefensa civil reactivadas, de la población civil, de los narcotraficantes y de los guerrilleros desmovilizados, se encaminaron al noroeste.

 

En la cabeza de Scott, que hasta ese momento había estado con la mente en blanco, volvieron a repetirse incesantemente los glifos mayas que correspondían a los números:

 

144,000 / 7,200 / 360 / 260 / 20

 

Día y noche los números se repetían en su cerebro, una y otra vez, hasta que decidió hablar con Burke, Moisés y las mujeres sobre esas cifras que lo atormentaban cada día más.

 

-Buscá en tus recuerdos, le dijo una de las mujeres llamada Ixchumil.

 

-Tenés que saber encontrar la respuesta agregó, Ixjob, de lo contrario nunca llegaremos a nuestro destino. 

 

-El Ajaw ya de dio el indicio, dijo Ixmoyew.

Benjamin Tso

Un navajo en la selva

 

 

Scott sintió un fuerte dolor de cabeza, los escalofríos sacudieron su cuerpo y la fiebre, que lo hacía sudar copiosamente, lo hizo caer al suelo convulsionando. Los árboles danzaban a su alrededor, los saraguates se reían de él, señalándolo, mientras él trataba de capturarlos sin lograrlo y un remolino de imágenes, de sucesos, se instalaron en su mente y empezó a recordar toda su vida pasada desde el momento de la concepción. Sintió en todo su ser la desesperación de su madre por no abortarlo, postrada sobre la manta de algodón, en reposo absoluto, la nausea, la tos, la debilidad en su cuerpo  de feto, aferrándose al vientre materno para no ser expulsado, soportando las contracciones . Después la relajación, la tibieza del vientre oscuro y caliente, el bienestar de saberse amado antes de nacer. Sufrió nuevamente la presión sobre todo el cuerpo, pero ésta vez era inevitable, tenía que salir, la cabeza empujando hacia afuera, el paso por la cavidad uterina, el dolor extremo en su cerebro que se comprimía deslizándose hacia el exterior, salió la cabeza y después el hombro derecho, para luego ser expulsado con fuerza, la caída al vacío y dos manos que lo sostenían, los dedos de alguien  que hurgaron dentro de su pequeña boca y finalmente la angustia por respirar, por tomar la vida. En la desesperación de sobrevivir al trauma del nacimiento, del no ser al ser, estiró los brazos con las manos abiertas y aspiró profundo el aire frío que le golpeó los pulmones, su propio llanto resonó en su oído. Su llanto de niño ante la muerte de su madre cuando él, apenas, tenía cinco años. Como una enorme pantalla su cerebro reflejó hacia adentro de su ser, las cuatro montañas sagradas que rodean La Nación Navaja de Arizona, en Utah, rojas doradas a la luz del sol, bajo ese cielo inmensamente azul.

 

La Tierra del Pueblo le decía su padre que se alejaba mientras las mujeres dispersaban maíz al viento y sobre las espaldas de los guerreros que partían al combate con los aliados. El hambre, el frío, su corazón de niño atribulado por el abandono, la Escuela Residencial con comida y cama pero sin amor. Sí, las escuelas de los blancos en donde no podían hablar en Navajo, el sufrimiento, el rechazo. El regreso de su padre, Samuel Tso, de la guerra. Ese desconocido que sabía que era su padre pero que ya no habló más, que rodeaba sus fantasmas y su silencio con botellas de licor y estallidos de violencia, o en medio de volutas de humo blanco en ceremonias de purificación con objetos arrancados al enemigo en batalla.

 

-¡Benjamín Tsoooo !!! Gritaba el niño ...¡ Benjamín Tsooooo !!!

 

Y la mujer blanca vestida de negro, de rostro adusto y huesudas manos, le restregaba la boca con jabón mientras el pequeño niño insistía en llamarse Benjamín Tso. Los 3,600 guerreros Navajos marchando hacia la guerra, como servidores voluntarios del pueblo estadounidense. Pueblo guerrero, que consideró que la Segunda Guerra Mundial,  era su guerra, la defensa de su territorio, de su Nación Navaja, porque ellos creían  que formaban parte de los Estados Unidos de América. Los guerreros navajos no dudaron en dejar su tierra y su familia y partieron como marinos que donarían su vida con honor. El padre de Benjamín Tso, uno de los treinta y cinco Cod Talkers que sirvieron en las batallas contra los japoneses, utilizando el idioma navajo para transmitir la información militar que les permitió a los aliados derrocar a las tropas  niponas. La misión de los Code Talkers los convirtió en objetivo militar,  pues los japoneses, necesitaban capturarlos vivos para hacerlos hablar, y descifrar así, el código de comunicación militar utilizado por ellos. Cada Code Talker iba acompañado de un oficial, cuya misión era matarlo, antes de que fueran capturados vivos. Sí, eran los héroes navajos anónimos que, al terminar la guerra, no fueron condecorados porque su misión fue considerada “secreta”, haciendo que los navajos sobrevivientes de la II Guerra mundial  fueran olvidados, marginados de los honores de haber servido a los Estados Unidos de Norteamérica.

 

-Benjamin Tsoooooooo! 

 

–Gritaba el pequeño niño y su voz rebotaba en las  rojas y pétreas montañas de Utah esculpidas por el viento, reproduciendo el lamento, veinte veces, mil veces, millones de veces en frenética y espantosa angustia. Hasta que los brazos de alguien que le sonreía cariñosamente lo levantaron y lo abrazaron por primera vez en muchos años. Su familia adoptiva ocupó su mente y su corazón, la universidad, sus estudios, sus fracasados matrimonios, su resistencia a engendrar hijos e hijas, pues temía que fueran marginados por ser indios. La amistad con Allan y Burke, La N.A.S.A., la C.I.A. los años vividos en la guerra de Viet Nam, la lluvia constante, el calor sofocante, los mosquitos, el Viet Cong como un fantasma inaccesible que los horrorizaba, las trampas de púas, las emboscadas que no les permitía descansar, las drogas que lejos de envalentonarlos los ponían más cobardes, más niños, más temerosos. Y la cobardía provocada por el miedo que hacía a los yankees más sanguinarios, más crueles, dirigiendo su frustración hacía los hombres, mujeres y niños, ancianos civiles inocentes masacrándolos, solo porque si, porque no podían hacer nada contra el Viet Cong. La tortura de los huesheros, el sufrimiento, la muerte, la explosión dentro de la cueva. Un ronco grito de dolor salió de su garganta y Scott y se retorció en el suelo delirando. 

 

- ¡¡Nueve, nueve es el número!! Repetía Scott sin cesar.

 

Ix-chumil[22] tocó suavemente la pequeña piedra de jade verde que llevaba colgada de su cuello dentro de una bolsita tejida, mientras Scott convulsionaba derramando espuma por la boca. Con los ojos desorbitados señalaba a un grupo de trece hombres- guerreros con insignias y banderas vestidos con taparrabos, el torso desnudo y el pelo recogido sobre la coronilla, tocando largas trompetas de barro y tambores que venían asomando entre los troncos de los árboles de zapote. Descalzos, los hombres caminaban sobre la hojarasca seca, en donde los zapotes caídos como cabezas descarnadas parecían querer salir del fondo de la tierra. Los trece hombres, de mediana estatura, avanzaron hasta donde estaba Moisés Andrés. Se saludaron llevando su mano derecha al hombro izquierdo a la antigua usanza precolombina. 

 

Burke, preocupado por la gravedad de su amigo, miraba para todos lados, tratando afanosamente de encontrar un árbol de sauce que le permitiera hervir la corteza y calmar el sufrimiento de Scott; se apartó del grupo y se perdió entre la selva. De pronto se topó con un enorme árbol con el tronco cubierto de musgo verde azulado, sus manos palparon  torpemente la acolchonada corteza; bordeó el árbol para toparse con la entrada de la cueva  donde se encontraba la llave. La certeza le venía de no sabía dónde, pero esa era la cueva que venían buscando. Excitado por la emoción y olvidando la gravedad de su compañero, regresó hasta donde estaba el grupo. Con señas y voz entrecortada, les indicaba que había encontrado la cueva. Pero ellos, sus amigos, arrastrando el cuerpo desmayado de Scott, se dirigían a la entrada de la caverna.

 

La penumbra caía sobre la selva llenándola de fantasmagóricas sombras al reflejo de la luna llena, que empezaba a esconderse tras el padre Sol. El zumbido de las ranas que cantaban, invadió hasta los últimos rincones de la selva donde las mazacuatas y las barba amarilla se escondieron, el tigre que devoraba su presa se retiró asustado, los venados corrieron  con el corazón al viento y las guangololas y pajuiles salieron en estampida buscando refugio.

 

El cielo se ennegreció. Ayudándose con largos bastones de madera, los trece hombres comenzaron a retirar las piedras de la entrada de la cueva, mientras las tres sacerdotisas que debían ayudar a los hombres con sus conjuros y oraciones en la batalla que se aproximaba, preparaban los materiales del Fuego Sagrado.

 

Burke, hacía beber un poco de agua a Scott que, pálido y macilento, recostado en un árbol movía las manos tratando de capturar sus alucinaciones. Desesperado sacudió el cuerpo fláscido de Scott con la esperanza de hacerlo reaccionar, pero inexplicablemente éste se levantó y tomándolo por el cuello trató de asfixiarlo; infructuosamente Burke busca defenderse, pero la fuerza inusitada de Scott lo tiene paralizado. Finalmente, con gran esfuerzo logra zafarse y sale corriendo para alejarse lo más que pueda de Scott, pero no logra llegar muy lejos, ya que metros adelante, una mina antipersonal estalla  lanzándolo por los aires. Simultáneamente una poderosa luz cae sobre la entrada de la cueva. Scott ahora totalmente lúcido avanza detrás de los trece hombres. Una nube de murciélagos sale volando de la cueva, en medio de chiídos de espanto. Adentro, la oscuridad es total. El grupo camina despacio, tanteando cada paso. Scott recuerda el precipicio del que le había hablado Burke; en ese preciso momento, su pie descalzo resbala hacía el vacío, pero en medio de su angustia logra asirse de un promontorio en la roca.

 

Un segundo rayo entra a la cueva cegándolos. Scott eleva la vista y puede ver a Moisés Andrés y a las tres mujeres, impasibles, señoriales, estoicos a pocos metros sobre su cabeza. En el cuerpo flácido de Scott, solamente los ojos azules que interrogaban a Moisés Andrés, parecen tener vida. Haciendo un esfuerzo sobrehumano Scott arranca de su cuello el pequeño envoltorio que protegía la Piedra verde de Jade, y se lo lanza a a Ixjob[23].


Oxlajuj Tikú

52 x 13 = 686

 

 

El Cielo se enrojeció. La Luna elevó su negro manto que, como párpado, dejó al descubierto la parte baja del lóbulo lechoso y miró hacia la tierra. Miles de estrellas se asomaron curiosas ante el estruendo de los tambores y trompetas de guerra acompañando los gritos del ejército de 400 muchachos-estrellas que habían permanecido en el firmamento, y que en espiral descienden de la Vía Láctea para apoyar a los trece mayas, los tres hombres y las tres mujeres que libran la final batalla para re-generar la vida sobre la Madre Tierra.

 

Los trece guerreros armados con los bastones de madera logran quitar las piedras, las malezas y el repello que cubría la entrada de la cueva, hasta llegar a una cámara funeraria en forma de pirámide, cuyo dintel está dirigido al occidente. El lúgubre sonido de las largas trompetas de barro llena la bóveda, mientras los trece hombres hacen valla y Moisés Andrés entra al interior del recinto de forma piramidal, que se ilumina con su presencia y se cierra a sus espaldas.

 

En el interior de la cámara, tres grandes paredes en forma de triángulos se unen en lo alto, reflejando como enormes pantallas, dimensiones desconocidas, en donde Moisés puede ver, simultáneamente, miles de muertes, de catástrofes, en momentos distintos de la historia de la humanidad. Las imágenes se suceden unas a otras con gran velocidad, sacrificios Mayas-mexicas, las guerras en Abya Yala, en Europa, en Asia, en África, las guerras de conquista, las pestes, la destrucción de Irak, la quema de la embajada de España, las Torres Gemelas ardiendo, el atentado al tren en Madrid, las masacres de 1982 en Guatemala, los campesinos, los estudiantes y profesionales, hombres, mujeres, ancianos, niños asesinados por tortura, por los paramilitares…

 

-Cada muro es una ventana en el tiempo, pensó Moisés Andrés.

 

Poco a poco las imágenes se van juntando dejando al elegido ante las tres grandes ventanas llenas de bruma. Moisés pone su mano sobre la pantalla derecha que, aclarándose, le muestra una escena de guerra. Son las hordas europeas saqueando, violando mujeres, asesinando a los pobladores americanos. Los estruendos de los trabucos y pistolas contra piedras y garrotes de madera con que inútilmente los nativos de Abya Yala se querían defender. Miles de muertos diezmados por las epidemias que trajeron los europeos. Las playas de Abya Yala con cientos de cadáveres de hombres y mujeres de piel oscura. Barcos cargados de esclavos negros arrancados de su tierra para ser vendidos en América. Desolación, muerte, infertilidad, dolor, tristeza.

 

Moisés Andrés gira y toca a su izquierda. Año 1530. La bruma se desvanece y es justo cuando en lo alto del Templo Mayor de Tenochtitlan, los españoles acometen contra hombres y mujeres que llevaban a cabo la celebración que honraba a Huitzilopochtli y a Teponaztli. Los danzantes pacíficos, adornados con plumas y flores de colores, se movían rítmicamente con los cantos y los instrumentos de viento y percusión ejecutada por un grupo de músicos. Son los músicos los primeros en caer atravesados por las lanzas y los trabucos de Pedro de Alvarado y sus secuaces, luego los danzantes y los espectadores fueron asesinados sin compasión. La sangre se derrama en torrentes y corre sobre el graderío de la pirámide.

 

Moisés se retira horrorizado y su espalda choca contra el tercer muro del recinto. Helicópteros descienden en medio del ruido espantoso, vomitando las tropas que incendian los ranchos, asesinan a la población indefensa. Moisés Andrés tiene que tomar una decisión rápida, sabe que no puede esperar mucho tiempo, cada minuto cuenta, cada segundo perdido cuenta, y su misión es garantizar la sobrevivencia de los seres creados, de la gente que pueda finalmente vivir en armonía con toda la creación del Ajaw del Cielo y la Tierra. La re-generación de la GENTE que pueda compartir SIN ORGULLO, SIN AMBICIÓN, SIN MENTIRAS, SIN CRIMEN, SIN INGRATITUD, SIN IGNORANCIA Y SIN ENVIDIA[1], la vida en sociedad en este planeta tierra.

 

Moisés Andrés toca con el codo otra pared del recinto piramidal y la escena cambia. Esta vez muestra el templo de Chichen Itzá; la multitud mira anhelante hacia lo alto de la pirámide que está vacía. Sin vacilar,  gira en redondo y se lanza dentro de la ventana que muestra al pueblo Maya  al pie de la pirámide de Chichen Itza al inicio de la invasión española. Una gran explosión lo acompaña y el elegido, cae justamente en la cúspide de la pirámide, entero, sin un rasguño. La luna enrojecida se oscurece. El Fuego Sagrado a espaldas de Moisés Andrés se levanta e ilumina con matices de rojo-amarillo de amanecer, al hombre que alza los brazos. El pueblo al pie del templo sagrado enmudece ... y al reconocerlo lo ovaciona ...

 

NIMAMAN !!!! NIMAMAN!!![2]

 

Las re-encarnaciones de Nimaman se suceden unas a otras, Kayb'il B'alam, Kaji' Imox, Diego Hernández Xahil. Chuuy Tziquinú, Juan Pérez, Pedro Ramírez, Diego Lopéz, Francisco Díaz Xahil, Pacal Queh, Gebutá Queh, Lucas Aguilar, Atanasio Tzul, Serapio Cruz, Marco Antonio Yon Sosa, Manuel Colom Argueta, Fito Mijangos, Oliverio Castañeda, Mirna Mack, Monseñor Gerardi y muchas re-encarnaciones más que aparecen y que todo mundo reconoce.

 

NIMAMAM !! NIMAMAM!!!

 

Mientras afuera del recinto piramidal, en el segundo piso de la cueva, la explosión sacude el cuerpo de Scott que recorre con la vista el paredón que lo separa de sus amigos hasta que se topó con su propio puño, agarrado a uno de los dedos de “LA MANO“. Una mano abierta de niño tallada en la roca.

 

Afuera de la cueva, los 400 guerreros investidos del supremo poder de la justicia, luchan contra los grandes vientos arremolinados que tomando formas fantasmagóricas de los personajes que han avergonzado la creación del Ajaw del Cielo, los atacan con estruendos ensordecedores mostrando los rostros de Pedro de Alvarado, Hernán Cortés, Diego de Landa, Francisco Pizarro, Adolfo Hitler, José Stalin, Augusto Pinochet, Francisco Franco, George Bush, Efraín Ríos Mont, Idi Amin Dada, Carlos Arana Osorio, Pol Pot, Germán Chupina, Romeo Lucas García, Donaldo Álvarez Ruíz desfigurados por el odio, la ambición, la avaricia que se mezclan con el sonido gutural de las largas trompetas y los tambores de guerra. Las grandes catástrofes se suceden en todos los continentes. Las bolsas de valores se vienen abajo en las grandes ciudades, se producen  terremotos y maremotos de gran intensidad, incendios, tsunamis, los volcanes lanzan toneladas de lava y ceniza, inundaciones y desprendimiento de glaciares, de montañas que sepultan poblados enteros, que destruyen la presa de las Tres Gargantas en China, las centrales nucleares explotan, los pozos petroleros se incendian, los precipicios  absorben rascacielos; huracanes y tornados destruyen ciudades enteras alrededor del planeta tierra, falta el agua, la electricidad.  Los sismos hacen caer a los guerreros mayas dentro  las grietas que se abren y se cierran, pero ellos salen intactos, cortando con sus espadas los maléficos poderes.  Los grandes árboles de Ujuxte y las Ceibas Sagradas se desploman ante los fuertes vientos huracanados, porqué Kabraqan y Sipakná aprovechan para destruírlas, pero los guerreros con sus armas y la fuerza de las oraciones de las mujeres los vuelven a poner de pie de inmediato. Las fuerzas del mal derriban lo creado y los 400 muchachos junto a las Sacerdotizas, con sus macanas, en encarnizada batalla, lo restauran todo, una y otra vez . . . contribuyendo en la dicotomía de la oposición existente entre el bien y el mal, en lo negativo y lo positivo, a la destrucción y el renacer de todo lo vivo sobre la Madre Tierra. Todo debe ser ser destruido, como fue destruido una y otra vez en las Eras pasadas, para que se cumpla la profecía de la llegada del Quinto Sol, del Oxlajuj Tikú que solo puede reinar cuando la humanidad RE-NAZCA,  Y SE RE-GENERE LA VIDA SOBRE LA MADRE TIERRA.

 

Mientras tanto, dentro de la cueva, la voz sonora y ronca de Moisés Andrés repitiendo que los Mayas no fabricaron “Le Lawe”* ,  porque ésta, está relacionada con el mal, con las siete vergüenzas, va rebotando por las paredes en la profundidad de la cueva.

 

-Es el fin del B'olom Tiku' de los nueve inframundos de dolor!! Es el inicio, el inicio del Oxlajuj Tiku', de los Trece Cielos, DEL QUINTO SOL, DE LA QUINTA ERA SOLAR!!

 

Repetía el eco rebotando en las paredes de la cueva olorosa a pom blanco y a velas de sebo.

 

–Súbitamente aparece Burke, y trata de sacar a las tres mujeres del recinto, junto con los dos pequeños envoltorios que Ix-job aprieta contra su pecho. Ix-chumil e Ix-moyew como reinas guerreras, envestidas de grandeza, se colocan frente a Ix-job protegiéndola y rechazan con enérgico ademan a Burke, mientras con sus oraciones en Maya antiguo, apoyan la batalla que los hombres libran contra el mal. Ix-job extrae las dos piedras de jade de los pequeños envoltorios y eleva los ojos al Corazón del Cielo, antes de unirlas.

 

Un estruendo acompaña la intensa luz verde-azul, que se produce al choque de las piedras que se engarzan, y las mujeres, a coro repiten las PULSACIONES NUMÉRICAS, de los días calendáricos multiplicados por nueve:

 

144,000 X 9 = 1.296,000

     7,200 X 9 =      64,800

       360 X 9  =        3,240

        260 X 9 =        2,340

          20 X 9 =        1,800       = 1,366,560!!!

 

Se escucha el aleteo de helicópteros que se acercan. Scott reconoce de inmediato el inconfundible sonido de los CH-47.

 

-Son los helicópteros gringos, pensó.

 

Mientras que Burke corre hacia la salida de la cueva, y al escuchar el número sagrado, se queda paralizado, en el momento en que los militares que descendiendo de los helicópteros, se lanzan a tierra, disparando.

 

Agarrado de la pequeña mano de piedra y en esfuerzo sobre humano Scott, logra ver que Ix-job lanza las dos piedras verdes engarzadas, hacia la mano abierta de niño tallada en la roca, en el preciso momento en que mortalmente herido por las ráfagas de ametralladora cae al fondo de la cueva. Los trozos de las estalagmitas vuelan en pedazos. La Mano de piedra abierta, se cierra. La plegaria en lengua Maya repitiendo el súper número se eleva al cielo.

                                                          

1,366,560!!!

 

Scott, en medio de la angustia de la muerte, también repite el súper-número, y angustiado grita:

 

-¡¡Destruyan la Llave!!  ¡¡ Destruyan La Llave que ellos vienen para llevársela!!

 

El sonido ronco y profundo de las largas trompetas llaman a la batalla final, los lab'al[3] replican, y los cuatrocientos muchachos se lanzan al ataque.

 

Burke, pegado de espaldas al muro del fondo de la cueva, intenta acercarse a las mujeres, pero una barrera de energía azul las envuelve. Los militares, con equipo sofisticado, tratan de abrirse paso a la entrada que, nuevamente, se había cubierto de mampostería, piedras, malezas y bejucos espinosos. Uno de los oficiales gringos ordena lanzar una granada para abrir un boquete. Su misión es asegurar el control de La Llave, aunque no tiene idea de que se trata. La granada explosiona y media montaña lo sepulta a él y su tropa.

 

Mientras dentro de la cueva, Scott logra levantarse y con gran esfuerzo, toma una roca y la lanza contra la mano tallada en la piedra, haciéndola explotar. Los ojos abiertos sin vida del hombre quedaron fijos en la estalactita en forma de jaguar que parece querer devorar su corazón que dejó de latir. Los pedazos de la mano al  caer, se convierten en nueve escarabajos verdes que salen huyendo.

 

 


 

 

La penumbra cae sobre la selva, llenándola de fantasmagóricas sombras. El zumbido de las ranas que cantaban llamando la lluvia, invadió hasta los últimos rincones donde las mazacuatas y las barba amarilla se escondieron. El tigre se retiró asustado. Los venados corrieron  con el corazón al viento y las guangololas y pajuiles salieron en estampida buscando refugio. El Tz'i'[4], nuevamente se cubrió de rojo y corrió a esconderse en el agujero de un árbol en lo alto de un cerro. Debía sobrevivir  a la destrucción y continuar con la misión que el Ajaw le diera el veinteavo día  de la primera creación. Los peces se refugiaron en sus madrigueras. Una lluvia torrencial se desató entre rayos y truenos. Del fondo de la cueva, el rugido de un río que se desbordaba, los sorprende. Ix-chumil, Ix-job, Ix-moyew y Burke , son arrastrados por la corriente, que rápidamente inundó la cueva. Inútilmente tratan de asir el cuerpo sin vida de Scott. La fuerza del agua los lleva por un túnel subterráneo que desemboca en un precipicio, los cuerpos caen rebotando en los salientes de piedra. La oscuridad y el silencio lo envolvieron todo, en el momento, en que la Madre Tierra se detuvo, cuando los Campos magnéticos del centro de la misma, estaban cambiando la polaridad para reiniciar un nuevo ciclo.

 

Era el 21 de diciembre del 2012. Era el año 5128, el final de la cuenta larga del Calendario Maya, y una nueva Cuenta Larga del tiempo se había iniciado. Los años de madurez del Oxlajuj Tikú  estaban por terminar, para que se cumpliera la predicción de la llegada del Quinto Sol con el advenimiento pleno del  Oxlajuj Tikú que daría inicio en el año 2014. El nuevo ciclo de los Tiku', el  OXLAJUJ TIKU' el de los 13 Cielos multiplicados por  52 años, que daba inicio al ciclo de 676 años de luz, armonía y paz entre las criaturas del Ajaw, estaba por llegar.

 

Y, en la oscuridad de una larga noche del no-tiempo, el agua cubrió todas las partes bajas de la tierra. New York, Londres, New Orleans, Centro América, Yucatan, Paris, Tokio, sufrieron los embates del precioso líquido que en la Cuarta era no supimos cuidar.

 

Poco a poco, los zopilotes, los buitres y otros animales de rapiña limpiaron de cadáveres la tierra, comiéndose la carroña.

 

Los ríos abrieron nuevos cursos y caudales formando lagos y lagunas de aguas frescas y limpias. En las montañas y valles, nuevas y hermosas plantas surgieron de la tierra removida por la catástrofe y finalmente Uk'ux Caj mostró su rostro.

 

Y en las más altas montañas de las cuatro esquinas del globo, trece veces cuatro parejas de sobrevivientes, besaron y olieron trece veces la tierra en señal de penitencia, y avivaron el Fuego Sagrado Tohil representante del Padre Sol, aquí en la Madre Tierra. Trece veces cuatro parejas de seres creados, iniciaban la nueva cuenta de  52 X 13 años, en que la humanidad debía rectificar, reconstruir, renovar su relación con todo lo creado por el Corazón del Cielo- el Corazón de la Tierra. Habían sobrevivido la destrucción de la Cuarta Era, y su misión era repoblar la tierra en la nueva Era de luz del Quinto Sol; convertirse en guías de sus pueblos, enseñar a las nuevas generaciones  a vivir en armonía con ellos mismos y con todo lo creado, tomando como base el respeto y la reciprocidad[5].

 

Los sobrevivientes sabían que la dualidad Madre-Padre: Ixmucané- Ixpiakoc haría descender las aguas en los valles, y que en Paxil y K'ayala[6], surgirían nuevamente las mazorcas del sagrado maíz, el trigo, el arroz, las papas, el pataxte, los zapotes, las anonas y los vegetales necesarios para la vida. El largo camino que debía recorrer la humanidad, comenzaba  nuevamente, cumpliendo con la obligación de agradecer cada día, la vida, la muerte, el aire, el agua, la luz y la oscuridad, las bondades del Ajaw.

 

El Corazón del Cielo, que se vestía de un azul intenso, pareció sonreír, cuando en lo alto de una montaña, en la profundidad de una cueva iluminada por Tohil, el llanto de un recién nacido se elevó al Cosmos.

 

Los oficiantes, con sus ojos y sus manos elevados hacia el Corazón del Cielo, vieron al Padre Sol Hunajpú, a la Madre Luna Ixbalanké, a los Trece guerreros con su ejército de Cuatrocientos Muchachos, que convertidos nuevamente en estrellas los saludaron, como muchos siglos atrás habían saludado a los héroes gemelos del Popol Wuj tras derrotar a los seres de Xibalba.

 

 

 

Fin

 

 


 

 

¿Profecía o coincidencia?

 

Según las tradiciones y profecías Mayas, existieron Cuatro Eras cósmicas: AGUA, AIRE, FUEGO y TIERRA. Nosotros estamos entrando en la Quinta, la Era del Movimiento. Cada era dura 5200 años del calendario Maya y termina con inmensos desastres naturales. Nuestra Cuarta era tendría que acabar con grandes catástrofes en el año 2012 del calendario gregoriano.

 

¿Supersticiones?

 

1.-La Primera Profecía dice que a partir de 1999, nos quedan 13 años para cambiar de conciencia porque inicia la era de los grandes desastres.

 

2.-La segunda profecía habla de grandes cambios sociales que alterarán nuestras comunicaciones y relaciones.

 

3.-La Tercera Profecía habla del aumento de temperatura del planeta.

 

4.-La Cuarta Profecía habla del derretimiento de los polos.

 

5.-La quinta dice que los sistemas de gobierno basados en el miedo caerán y el hombre se encontrará en una etapa de des organización de la que, eventualmente, saldrá victorioso.

 

6.-La sexta profecía menciona un cometa que se acercará peligrosamente a nuestro planeta,

 

7.-La Séptima  profecía dice que al amanecer del 22 de diciembre del 2012, la luz emitida del centro de la galaxia sincronizará a todos los seres vivos y les permitirá transformarse para bien y la humanidad será una.

 

Superstición o no, las profecías Mayas se vuelven terriblemente reales. Todo puede pasar en este mundo, se han cumplido muchas profecías pero todo sigue en duda.

 

 



[1] Las siete vergüenzas de las que habla el Pop Wuj. Traducción de Adrían Ines Chavez. Ed. Casa Chata, Mexico

[2] Nimaman = Maximon

[3] Lab'al = tambores hechos con piel de venado macho

[4] Tz'i '= En el  dia 20 de la Creación, el Ajaw creó al Tz'i' (perro) como guardián/autoridad  de todo lo creado

[5] Respeto y reciprocidad= base de la Espiritualidad Maya

[6] Paxil y K'ayala =lugar en donde según el popol Wuj, se originó el Maiz. Lugar de abundancia




[1] Sac b'e = Camino blanco

[2] Waqub = número nueve

[3] Ee = segundo día del calendario lunar o Cholq'ij

[4] Tiku'= periodos negativos y positivos que afectan el planeta tierra .  Calendario que marca y subdivide estos periodos

[5] Maurice Cotterell. The Mayan Prophecies

[6] Ajq'ijab= plural de Ajq'ij

[7] Waxaq'ib = número 8. La pulsación del rayo de la resonancia armónica

[8] B'atz= primer día del mes  del calendario Ceremonial Maya; Cuando el Creador hizo todo y mostró su rostro a la Madre Tierra

[9] Uk"ux K'aj, Uk'ux Ulew = Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra

[10] Segun el PopolWuj, cuando fué creado el humano, las diferentes manifestaciones del Ajaw, decidieron nublarles la visión, para que vieran solamente lo cercano: "Acaso van a ser iguales a nosotros?" se dijeron

[11] guangololas= gallináceas de huevos azules

[12] Es requisito para los Ajq'ij,  antes de realizar una ceremonia, observar el ayuno con frutas y la abstinencia sexual

[13] Chipi-chipi = llovizna pertinaz de Alta Verapaz

[14] Jun Lajuj = número once, matemática Maya

[15] Chacalines= pequeños camarones que viven en los charcos

[16] Nombres de mujeres Estrella, Lluvia y Niebla

[17] Guipil= blusa amplia tejida a mano

[18] Los cuatro Balameb = Balam Q'itze, Balam Aq'ab, Majukuta e I'q Balam

[19] Colmoyote= parásito que se introduce en la piel que se convierte en gusano

[20] Belewej= número nueve. pulsación del rayo de la periodicidad cíclica

[21] Oxlajuj= número trece,  pulsación del rayo del movimiento universal

[22] Ixchumil, nombre de mujer = Estrella

[23] Ix-job, nombre de mujer que significa Lluvia




[1] Rax Uk'u'x Abaj= corazón de piedra verde

[2] K'uch = zopilote

[3] Nombres de los 20 días del calendario Maya que van intercalados de un ciclo de 13 números ques se repiten

[4] Abya Yala = América

[5] Ajq'ijab= plural de Ajq'ij

[6] La duración del nuestro año actual gregoriano corregido es de 365.2425 días

[7] Castilla o idioma castellano

[8] Oxlajuj Noj = trece Sabiduría. Día propicio para comprender, para pedir por el conocimiento

[9] Libros de Chilam Balam= documentos escritos en lengua Kiché en caracteres latinos al principio de la colonia

[10] Le Pëq = La Cueva. Lengua Kichee

[11] Los Yei= seres sagrados de los Navajos, rodeados de arco iris

[12]Armonia, en Guatemala significa picazón cerebral

[13] chaquetear= querer quedar bien con alguien

[14] B'alam Q'itze:  uno de los cuatro profetas que representa el oriente con el color rojo

[15] Contador del Tiempo= Ajq'ij o sacerdote

[16] Huesheros; depredadores de tesoros arqueológicos

[17] Chuchcajau= El mas alto grado de sabiduría en la espiritualidad maya, padre superior. Padre y madre, orientador espiritual de la comunidad, de la nación. Responsable de realizar ceremonias para garantizar el bien-estar de su linaje, su aldea, su pueblo

[18] Sibal¬:  bajos, humedales con plantas llamadas sibas

[19] Escobos, bayales = plantas nativas de Peten

[20] Coyoles, pacaya: frutos de los sibales

[21] Chacalines: especie de camaroncillo

[22] Aguada: sibales, extensiones de tierra que son inundadas por el agua de lluvia o por ríos cercanos que se desbordan

[23][23] Poronel = quemador de pom o Sacerdote de bajo nivel

[24] Dan Mitrione = Director de la escuela para entrenar agentes de espionaje de la C.I.A. en Paraguay

[25] Ixim Ulew = Territorio Maya antes de la colonización europea

[26] Bolom Tikú = Calendario Maya de tiempos malos y tiempos buenos

[27] Lajuj = número diez, pulsación del rayo de la manifestación

[28] Ajmaq = Significa el estado de perdón e iluminación en el cerebro.. día propicio para dar y pedir perdón, pues Ajmaq maneja la armonía y desarmonía, la palabra, el mensaje y los linajes ancestrales. Día para evitar el confrontamiento para la defensa de los desposeídos y la justicia en la tierra

[29] Chac Patan= la misón, su  tarea

[30] Balcanización en Mesoamericana se le llama a las guerras intestinas que  van del Clásico tardío hasta  la conquista española -1500 D. C.

[31] La Costumbre= se le dice a la tradición

[32] Ajaw, Bitol, Tzakol, Alom, K'ajolom = nombres que toma el Creador en la espiritualidad Maya

[33] Ixpiacok-Ixmumukane = los primeros abuelos, padre-madre, dualidad en la unidad

[34] Maximon= profeta maya que reencarnó, varias veces a lo largo de la colonia

[35] Ixpiacok / Ixmukane = padre y madre, abuelos y abuela, la dualidad masculino / femenino.

[36] Nimaman = Maximón

[37] Kaxlanes = los no Mayas, o ladinos



[1] Chikchan= serpiente emplumada o Vía Láctea

[2] Cholq'ij= Calendario Ceremonial Maya de 260 días que se usa en toda el área Maya

[3] Waxaq'ib Bátz= Ocho hilo o mono, inicio del calendario Ceremonial Maya

[4] Tzité = envoltorio de tela con frijoles rojos en su interior que es entregado a la persona en una ceremonia especial, cuando comienza su preparación  como Ajq'ij, El Tzité o vara, se utiliza para predecir acontecimientos y para contar el tiempo.

[5][5] kaxlanes= no indígena

[6] Ajaw : nombre del Creador en la espiritualida Maya

[7] Bitol Tzakol: otros nombres que toma el Creador

[8] Waxaq'ib B'atz= Ocho Mono/Hilo, inicio del calendario Ceremonial  Maya

[9] El tecolote

[10] Oxib (tres) Ixpäq (zapos) lengua kichée

[11] Le (artículo en Kichee) Dineh nombre que los navajos se  dan a sí mismos

[12] Muchá= diminutivo de muchacho (a), despectivo en este caso

[13] Escopeta cuache= arma hechiza de dos cañones

[14] Hacerse sho = callarse

[15] Señor Pacal. Tallado en piedra en Palenque, Chiapas,  Mexico

[16]Birrionda; Guatemaltequismo = con demasiado apetito sexual

[17] Cusha = bebida fermentada de maiz y frutas

[18] Charranguear = tocar las cuerdas de la guitarra con todos los dedos

[19] Aguardentoso = Aliento a licor muy fuerte

[20] Yagual = manera como duermen las serpientes

[21] concubina  u amante = utilización de la u,  como broma

[22] canchito = apodo que se le dio a los guerrilleros, por pálidos

[23] *Lucero Nixtamalero; Venus- Nixtamal ; cocer el maíz con cal, costumbre que caracteriza a Mesoamérica




[1] Uk’u’x Ulew = Corazón de la Tierra

[2] Ajq’ij = contador del tiempo para los mayas, Sacerdote para otros

[3] Oxlajuj = número trece

Kame = 16 avo, día del mes Maya. Cuando el Ajaw del Cielo dijo: “el origen de la muerte será por el ciclo de vida de todas las criaturas sobre la faz de la tierra”

[4] Hacer sonido como de sssss

[5] Ujuxte o árbol de Ramón = árbol sagrado de los Mayas

[6] Ajq’ijab’ = plural de sacerdote

[7] Ixch’umil= nombre de mujer que significa Estrella

[8] Majukutaj = Uno de los primeros hombres de la mitología Maya. El norte



[1] Escritora, Ceramista, Muralista, Guatemalteca: Maestra de artes plásticas, Alfabetizadora de adultos y Conferencista sobre la Cultura Maya.