Los suicidas del Sisga No. 1 Beatriz González, Museo La Tertulia, Cali (fragmento)
Los suicidas del Sisga No. 1 Beatriz González, Museo La Tertulia, Cali (fragmento)

Los amantes suicidas del Sisga

Por María Alejandra Garcés Isaza

Junio, 2022

 

Hace unos días, en una de esas tardes soleadas de enero, me hallaba trabajando en el campo. Cumplía con alguno de los deberes que demanda la finca de mis padres y que me son asignados mientras paso el tiempo de vacaciones allí. Después de casi un mes de labores domésticas y agrícolas ya me sentía cansada. Quería retornar a mis libros, a la rutina de la universidad. Como ya mi espíritu no se concentraba en el trabajo del campo, sino que empezaba a dispersarse en tantas otras cosas, no me alcanzaba el tiempo para cumplir con los quehaceres o los hacía mal. Me enviaban por agua, yo me ponía a recoger los huevos en el gallinero o a sobarle el lomo a las mulas en la pesebrera durante toda la mañana; los vecinos venían a casa para que les ayudara a redactar una carta o llenar algún formulario que les daban en las oficinas del pueblo, pero yo les confundía las fechas o los nombres. Justo en esa tarde, a la que me he referido al principio, no me sosegaba, era un día demasiado radiante como para no poderlo contemplar en todo su esplendor mientras me debatía en mil asuntos que no quiero nombrar. Empecé a caminar por un sendero que va al lado del potrero, cuando apareció mi hermana.

—¡Conque aquí está la señorita intelectual a la que no le gusta trabajar! Usted haciendo nada y todo en parada en esta finca.

—Pues sí, aquí estoy haciendo nada. Suelte esos terneros que lleva ahí y nos vamos al cerro a divisar.

—¿Está loca? No ve que si no encierro los terneros, mañana se cae la casa cuando vayamos a ordeñar y las vacas no den nada. 

—La acompaño al establo, pero después de eso vamos al cerro.

—Está bien. Lo hago sólo porque ya mañana se va y quién sabe cuándo la vuelva a ver.

Después de llevar al establo los seis becerritos que mi hermana con tanto cariño cuida, nos fuimos hasta el cerro más alto de la finca. En veinte minutos llegamos allá, nos acostamos en el pasto justo donde la sombra del cedro que corona la colina nos protegía del sol. Era una tarde preciosa, como pocas. Aún no daban las tres cuando llegamos. Durante unos minutos permanecimos en silencio escuchando el viento. Estuvimos ahí, tendidas plácidamente, mientras en la casa todo estaba pendiente por hacer. Al cabo de un rato, rompí el silencio.

—El cielo es una red que nos cubre a todos, que lo contiene todo, no podemos escapar de ella como esos peces que son ágiles y se escabullen cuando la atarraya cae. Nosotros no tenemos escapatoria. Tan vasto, tan azul, se cierne sobre todo y todos, esa es nuestra salvación. 

—Otra vez durmió con la lámpara encendida. ¿Sigue teniéndole miedo a la oscuridad?

—No tengo miedo, me quedo leyendo, pero si les digo a los papás hasta ahí me llega luz que me acompaña toda la noche.

—Por eso es que la muy embustera está caída del sueño todos los días y hay que rogarle para que se levante. Hay que verla diciendo que la espantan, que aquí hay brujas, que esto y que lo otro. Nada más haciendo sentir mal a mamá y a papá. Pero un día de estos le traen al padre Josué a que le haga un exorcismo y con eso tiene, coge escarmiento con lo miedoso que es eso.

—Sí, pero ya mañana me voy.

—Menos mal, no quiero que en la escuela me dejen de hablar por tener una hermana poseída, donde el padre Josué venga, todo el pueblo se entera. ¿Me va a dejar los libros que trajo?

—¿Sí los lee?

—Sí los leo. Eso que empezó a decir para romper el silencio está en uno de los últimos libros que me regaló: Los suicidas de Amijima. ¡Pobres enamorados! Por fortuna, eso sólo pasa en los libros.

—¿Cómo está tan segura de que no ocurrió en realidad?

—Leí que hay gente que dice que eso está basado en la vida real, pero nadie tiene cómo comprobarlo. Yo creo que sólo es imaginación.

—¡A que sí!

—Me va a salir con una mentira, yo la conozco. ¿Qué se va a inventar?

—¿No ha escuchado que abajo en la represa del Sisga se suicidaron unos muchachos hace años?

—Pues sí, pero eso nadie lo sabe, son cuentos de la gente. No sé de dónde saca usted eso, a la última persona que le escuché algo fue al abuelo, y eso que se murió hace más de cinco años.

—Pues no, hermanita. Yo creo que lo que leyó en los libros que le dejé hace meses sí pasó en la realidad. Esa historia fue escrita porque tuvo lugar en la vida real de alguna manera.

—Pero ocurrió en Japón, allá sí puede pasar. Aquí esas cosas nunca se han visto.

—Le voy a contar una historia que es verdad. Pasó hace décadas, los papás ni si siquiera habían nacido. ¿Me va a escuchar?

—Yo siempre la escucho, usted sabe que me gusta, pero no le creo. Usted se inventa todas las historias. 

—Esta es verdadera, présteme atención.

—Antes de salir a vacaciones fui a un museo en Bogotá, y vi unas pinturas de una señora Beatriz González, se las tengo que mostrar. Se inspiró en fotos de notas de prensa y son bastante irónicas, están para totearse de la risa, pero también le hacen pensar a uno sobre tanta gente que ha visto los rayos del sol y sobre la historia de cada uno. En esa red del cielo que tenemos sobre nosotras cabe todo, todas las posibilidades están desplegadas allí como un enorme abanico que jamás se cierra. Imagínese tanta gente que ha nacido desde el principio de los tiempos, cada uno ha tenido una vida distinta del resto, ¿no es sorprendente? No nos repetimos. Estamos hechos de lo mismo, bajo las mismas condiciones de la naturaleza y, misteriosamente, nadie puede tener una vida igual a otra. Muchas vidas son valiosas a su manera, muchas otras se desperdician a su manera, unas son muy largas, otras cortas, otras de mediana duración. Todos morimos, todos amamos, todos soñamos, pero ninguno es, ni experimenta, lo que otro de la misma forma. Podremos coincidir en algo particular, pero en el conjunto de la existencia es imposible encontrar otra experiencia vital igual a la nuestra. Mientras me detenía en una de las pinturas, alguien preguntó al guía por Los suicidas del Sisga, había ido a ver esa obra, pero dizque la tenían exhibida en el extranjero. A mí me entró la curiosidad, ¿cómo así que Los suicidas del Sisga? ¿Estaban hablando del mismo Sisga con el que crecimos usted y yo? Claro que sí. Le pregunté al guía y él muy amablemente me mostró un catálogo: se trata de tres cuadros inspirados en un retrato que la pintora se encontró en un periódico de 1965. Los tres son la misma foto representada con el estilo de la artista: la pareja está ubicada en el centro, miran de frente, sostienen un ramo de flores cada uno con una mano: dos manos fundidas en una sola; las flores son distintas en los tres cuadros: camelias blancas, lirios amarillos y en el tercero rosas rojas.

—¡Qué belleza! Como las flores de María y Efraín.

—Como las flores que llevan las novias cuando se van a casar, esas mismas que terminan adornando sus tumbas cuando la parca las visita en su última hora.

—Si corren con suerte. No se le olvide que hay gente que no tiene quien le ofrezca una sola florecita cuando le llega la muerte, ni siquiera un ramito de esas que crecen a la orilla de los caminos.

—Tiene razón. La muerte es muy triste a veces. 

—Todas las veces.

—Escuche lo que sigue. El guía me indicó que si quería saber más debía ir a la hemeroteca que queda enfrente del museo para leer los periódicos viejos. Entonces, fui a ese lugar y allí encontré tres diarios en los que desempolvé la noticia de “Los suicidas del Sisga”. Obtuve algunos datos, pero me enojé con la prensa. Fue un chisme, nada más, de esos que la gente cuenta y al otro día están tan ocupados con el siguiente que no se vuelven a acordar. Quise saber más sobre sus familiares, sobre unas cartas que ambos escribieron para despedirse antes de morir.

—¡Virgen Santísima! Usted está loca. Por eso es que dice que vive tan ocupada, vea en lo que anda. Siempre dispersa, y las tareas que esperen puestas al sol hasta que se sequen. ¿Qué iba a encontrar? Eso pasó hace sesenta años.

—Pues sí encontré, aquí tengo una carta. Leí el resto de la correspondencia que dejaron, pero ésta es la única que me regalaron. También vi algunas fotografías.

—¡Yo creo que va a tocar llamar al padre! Usted tiene pacto con el diablo. ¿De dónde sacó eso? Cartas de difuntos, ¡bendita la hora de venirme para acá con usted! Yo soy la que queda aquí en el monte, cerquitica de la represa, esos muertos me van a espantar todas las noches.

—Déjese de bobadas. Escúcheme más bien. Me fui para Chocontá a hacer averiguaciones, así fue como el registrador del pueblo me llevó a la casa de Marcelino, el hermano menor de Antonio María. Ya tiene ochenta años, pero es un señor lúcido. Resulta que el registrador ayudaba con los levantamientos de los cadáveres cuando era un muchacho, se conoció con Marcelino cuando éste fue al pueblo con sus hermanos a hacer el reconocimiento de los cadáveres de los suicidas. Pasados algunos años, Marcelino se fue a vivir a Chocontá y se encontró con Geranio, así se llama el registrador, y se hicieron amigos. Marcelino vive a las afueras del pueblo. Geranio me presentó y le habló sobre el motivo de mi visita. Marcelino se quedó pensativo y al rato dijo que no le interesaba, pero Geranio es un señor tan amable que dispuso un rato más para que Marcelino cambiara de opinión. Finalmente, el anciano me recibió en el corredor de su casita de campo. ¡Si usted viera el prado y las flores! Dan ganas de quedarse en ese jardín para siempre. Me comentó que tuvo un hijo, pero se murió de fiebres estando pequeño. Su esposa no pudo quedar embarazada nuevamente, vivieron juntos hasta el año pasado cuando ella enfermó de cáncer y falleció. A pesar de su soledad, la casa estaba muy limpia y mantenía su jardín como el tesoro más preciado de su vida porque fue lo que Antonio María le enseñó, así que cuidaría de su legado hasta el último día. ¿Te das cuenta?, ese es el talante de nuestros abuelos, de los campesinos que siempre dicen: “hasta el último día”, cuando se trata de lo que les importa, y así lo hacen. Eso es valorar los saberes, la palabra, el amor de hermanos.

—¿Sí? ¿Qué va a hacer usted por mí hasta el último día?

—Contarle historias. 

—Bueno, yo le voy a guardar el secreto de lo que se queda haciendo con la lámpara prendida toda la noche. Mentirosa. 

—¡Trato hecho! Marcelino me mostró dos fotos: una de Antonio María y la otra de Tulia, la novia. Ambas las encontró Marcelino junto a las pertenencias de su hermano cuando fue a sacarlas de la pieza en la que vivió en Bogotá antes de morir. Nada qué ver con las descripciones de los diarios que sólo se basaban en dos cuerpos hinchados que estuvieron en remojo ocho días. Ella era muy bonita, tenía una cabellera larga y ondulada, bien cuidada del sol; unas manos de mujer trabajadora, pero no tan aporreadas como las de las campesinas, porque trabajaba como empleada del servicio de los curas. Él era un poco más alto que ella, se nota en las fotos porque fueron tomadas en el mismo lugar; tenía un rostro con expresión benevolente, era delgado, de cabello negro muy liso y usaba un vestido elegante. 

—¿Le han dicho que a la gente del campo se nos reconoce de lejos?

—Sí, y así se veían ellos. Tenían la expresión tímida y la postura humilde de los campesinos. Si vieras las fotos te darías cuenta inmediatamente. La familia de Antonio María era de Duitama, pero, siendo unos niños, él y sus cuatro hermanos, se trasladaron con Andrés y Paulina, sus padres, a Santa Rosa de Viterbo. Allí se establecieron en un terreno que Don Andrés compró y la vida se les fue pasando entre los trabajos del campo. Un día Antonio tuvo que volver a Duitama a solicitar su partida de bautizo, la necesitaba para poder expedir la cédula. Estando en la parroquia se encontró con la muchacha que se encargaba de hacer el aseo de la casa cural y quedó prendado de ella. Desde ese entonces no dejó de ir a Duitama cada vez que podía, bajo cualquier excusa, para tan siquiera ver de lejos a la muchacha, que en ese entones aún era una niña, siete años menor que él. Antonio María espero a que Tulia se convirtiera en una mujer para buscar casamiento. Él no contaba con que la familia de ella la quería en el convento. Los familiares de Antonio María sabían que tenía amores en Duitama, pero nunca se imaginaron las dificultades de ese amorío. Le pedían que les presentara a la muchacha, pero nunca era posible porque él no lograba que la familia de ella lo aceptara. En una ocasión, Antonio se apareció en la casa paterna con Tulia, se la había llevado sin permiso de sus padres. Convinieron escaparse en un momento en el que uno de los curas la mandó a comprar azúcar para atender una visita. Ya no daba más espera, al día siguiente Tulia empezaría la preparación para entrar al convento. Ahí fue cuando los padres y hermanos de Antonio se enteraron de que la muchacha era de Viracachá, que era empleada doméstica en Duitama, tenía 18 años y se llamaba Tulia Vargas. Como Antonio trabajaba siendo jardinero en Bogotá, se la llevó al otro día porque tenía compromisos en la capital, pero le prometió a la familia que empezaría a resolver lo del matrimonio, que en menos de lo que pensaban estarían casados. Tulia no habló durante el día que estuvo en la casa de Santa Rosa porque estaba avergonzada de lo que la familia de Antonio pensara de ella. Por tal motivo nadie le pudo sacar ninguna información. Al otro día se madrugaron para Bogotá y no se supo más sobre ellos. 

—¿Eso es todo?

—No. Le voy a leer una carta, a mi modo para que entienda; si se la leo como la escribió Antonio, va a creer que está escrita en chino. 

—¡En japonés!

—Veo que está muy chistosita. Se le van a acabar los chistes y la veré llorando cuando termine:

“Bogotá, 13 de junio de 1965

Queridos parientes,

Como sabrán hoy es el día de mi cumpleaños. Hace veintiséis años mi madre, la señora Paulina Bonza, me dio a luz con mucha dificultad. No me cabe duda de que sus dolores fueron la bendición de Dios que me habla todas las noches para decirme cuál es mi destino. Mi padre fue el de la idea de ponerme Antonio María, y eso me confirma que Dios ha marcado mi vida para hacerme saber cuáles son sus designios. Llevo conmigo el nombre de la Virgen, tan pura como la compañera que Dios me ha dado. Y Antonio, por el santo que se celebra hoy 13 de junio, el santo al que uno le pide que a los amores imposibles se les desate todo nudo para que los amantes puedan estar juntos, el santo que hace que los matrimonios difíciles se lleven a cabo. En este día feliz honraré su nombre.

 Si se fijan en el San Antonio que tienen en el altar verán que le vendé los ojos, no se los vayan a destapar hasta que vuelvan a saber de mí, que de eso depende que mi novia y yo nos unamos en matrimonio en el viaje largo que vamos a emprender muy pronto. A mis dos padres les agradezco recibirme en su casa bajo la bendición divina y aceptar lo que Dios quiere conmigo.

 A mis hermanos les digo que este mundo está lleno de pecado, por eso buscaré la salvación eterna al lado de mi adorada Tulia, ustedes busquen la suya. No se vayan a pelear para que nos podamos encontrar algún día. A mi hermanita Eulalia le encomiendo a mi sobrino Tomasito y al que lleva en la barriga, si es niño póngale Antonio, no se olvide de su hermanito. Les he dejado una carta a cada uno aquí en esta habitación de madera donde he vivido lejos de ustedes, con unas flores blancas que estarán marchitas cuando las encuentren. También les dejamos el recibo de una foto que nos tomamos por aquí cerca, vayan por ella que es el último recuerdo que les queda.”

Que la Virgen los acompañe. Hasta luego.

Antonio María Martínez Bonza.”

 

—Después de eso se metieron en la laguna. Dicen que fue por la noche. 

—¡Con lo fría que es el agua de la represa!, y en la noche debe ser hielo puro. 

—No creo que hayan sentido frío, ¿qué frío terrenal se puede experimentar cuando el manto helado de la muerte se cierne sobre uno? ¿Cuál sería el estado de esas dos almas que no podían pensar más en los asuntos mundanos, sino que se entregaban a su mística trascendencia? ¿O será que sintieron miedo, que hubo intentos de arrepentimiento? Se hundieron en la profundidad de las aguas y sus cuerpos permanecieron allí sumergidos una semana, hasta que flotaron para quedar a la vista de todos cuando la red azul del cielo ya había atrapado sus almas. Después de hablar por varias horas con Marcelino, me fui a buscar a Geranio a la registraduría. Cuando estaba subiendo las escaleras que llevan al cuarto piso del edificio donde está la oficina del registrador, las campanas empezaron a doblar, yo me detuve mientras se me encharcaban los ojos, pero no era capaz de llorar. Pensaba en Antonio María y en Tulia, y les dedicaba el duelo de esas campanas. Nunca había sentido tan dentro de los huesos ese sonido solemne que se siente como un siglo. Cada repicar llevaba consigo el nombre de esos cuerpos que no tuvieron su santa sepultura, que estuvieron en el cementerio de Chocontá mientras les hicieron la necropsia, pero que al día siguiente cada familia se llevó a sus pueblos, a enterrarlos lejos el uno del otro: en un espacio afuera del cementerio de Sata Rosa a Antonio, a ella quién sabe en dónde. Sus cuerpos no pudieron reposar juntos en un camposanto, los separaron sin misericordia alguna. Nunca unas campanas doblaron por ellos, no hubo cura, ni bendición, ni agua bendita, ni sahumerio; pero ese día yo me robé la ceremonia del difunto del pueblo y se las di a los enamorados muertos. ¿Por qué no fue un matrimonio lo que encontré cuando llegué al pueblo? ¿Por qué no la felicidad de los recién casados a los que bañan con arroz en el atrio de la iglesia, los aplauden y todo es miel sobre hojuelas? No, claro que no, hubiera sido humillante encontrar semejante escenario después de hablar con Marcelino; les hubiera reprochado a los nuevos esposos que ellos tuvieran ese derecho, pero que a Antonio y a Tulia se les negara. Cuando llegué a la oficina de Geranio, revisamos las actas de defunción de la pareja. Estado civil: soltero y soltera, respectivamente. Qué ingenuos somos, qué cobardes, qué doblescaras. ¡No puede ser más importante un papel que la palabra, no puede un trámite estar por encima de los sentimientos y del deseo! Entonces, le dije a Geranio: Ya veremos que esa parejita feliz que se acaba de casar va a durar lo que una arepa en la puerta de esa misma iglesia. En cambio, a Antonio y a Tulia ya no los separa nadie, ni la muerte. Me despedí, y quedé de volver porque Geranio es muy buen conversador, tiene unas historias que estoy ansiosa de escuchar. Además, volveré a casa de Marcelino, le voy a pedir que me enseñe a arreglar el jardín para cuidar el de mamá cada vez que venga en vacaciones. 

—Debería escribir esta historia, pero no la vaya a titular “Los suicidas del Sisga”.

—¿Por qué no?

—Porque a ese nombre le hace falta algo que defina la historia de amor entre dos que se amaron tanto que se arrojaron a la muerte como salvación ante la imposibilidad de entregarse el uno al otro en vida. Llámela “Los amantes suicidas del Sisga”. ¿Ve lo mucho que cambia la muerte cuando la acompaña el amor, el amor correspondido?

—Tiene razón, el doble suicidio por amor es la representación de Eros y Tánatos reconciliándose. Todo amor debe morir, es perecedero como lo somos los amantes, pero un suicidio pactado por la pareja es la promesa de que sus almas continúen juntas, bajo una forma que les asegure la eternidad arropados por la red azul del cielo. 

—Esta noche el cielo va a estar despejado, la luna se escondió para que veamos las estrellas. Vamos a escoger dos luceros, los llamaremos Antonio María y Tulia. En noches como las de hoy las estrellas que elijamos se van a reflejar en el agua del Sisga para volverse a encontrar. Así los recordaremos. 

—Si los japoneses tienen a Orihime y Hikoboshi, nosotras vamos a tener a Antonio y a Tulia, me parece una buena idea. ¿Sabe algo? Nunca más veré la represa con los mismos ojos. 

—Yo tampoco. No se puede ver las cosas, ni los paisajes, ni las personas, de la misma manera que antes de conocer su historia.

 

Fotografía de El Vespertino, 28 de junio de 1965. Tomada de los archivos de la hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango en enero de 2022.
Fotografía de El Vespertino, 28 de junio de 1965. Tomada de los archivos de la hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango en enero de 2022.

Nos levantamos del pasto y caminamos en silencio hasta la casa. Ya empezaba a caer la noche. Acordamos subir al cerro cuando todos durmieran para ver las estrellas y cumplir con nuestra promesa. Así lo hicimos. 

 

María Alejandra Garcés Isaza

 

Enero de 2022


María Alejandra Garcés Isaza, nació el 21 de abril de 1996 en Jericó, Antioquia. Vive en Bogotá desde el 2019. Actualmente, se encuentra culminando su pregrado en estudios literarios en la Universidad Nacional de Colombia. Es miembro de la Escuela de Pensamiento Crítico Maestros de la Sospecha (EMS) de la Fundación Cultural Entrelíneas, donde participa como parte del grupo coordinador. Desde abril de 2020 es representante estudiantil y coordina el proyecto de promoción de lectura Alas de papel para leer por Colombia. Sus mayores intereses son los proyectos culturales con enfoque social, la educación, la escritura creativa y la literatura colombiana.