Libros para leer en noviembre

Termina octubre y ya se avisa el fin de año en los parques y las vitrinas, pues bien, como la lectura nos permite entrar en un viaje atemporal en donde eventualmente escapamos a las tensiones y la presión del día a día, entre otras cosas, acá una serie de cuatro recomendados para deleitarse todo este mes.


Mis historias favoritas de la Astronomía

de Germán Puerta Restrepo

Corazón de araña negra

de Gerónimo García Riaño


Por Yuliana Saavedra

El Comunicador científico Germán Puerta Restrepo ha presentado su nuevo libro: Mis Historias Favoritas de la Astronomía, donde hace una selección de algunas historias y episodios que nos recuerdan la íntima y milenaria conexión que tenemos con los astros, y esa maravillosa facultad que tiene la astronomía para sorprendernos. Una lectura que disfrutará tanto el niño como el adulto. 

La Astronomía es la más fundamental de las ciencias y también la más antigua, y como el saber que nos permite conocer nuestro lugar en el Universo es una parte esencial de la cultura de la humanidad. A través de la historia la visión de la bóveda celeste también ha influenciado campos tan diversos como la matemática, la geometría, la música y las artes visuales. También la Astronomía ha sido la piedra angular del progreso tecnológico que nos ha permitido visitar la Luna, enviar sondas espaciales a los confines del Sistema Solar y desarrollar telescopios y radiotelescopios que escudriñan el cosmos. 

Por supuesto, esta extensa y rica historia está construida sobre otras mil pequeñas historias, las de los personajes y los eventos que la forjaron, repleta de curiosidades, hechos extraordinarios, asombrosos y divertidos, muchas veces fantásticos y exóticos, pero siempre ligados al afán del ser humano por entender el extraño y fabuloso universo que habitamos.


Alejandra, la poeta que murió

de su vestido azul

de Carlos Luis Torres Gutíerrez

Por Esteban Hincapié Barrera

Para Carlos Luis Torres, Alejandra, la poeta que murió de su vestido azul, no es una novela sobre Alejandra Pizarnik, es una novela sobre la historia transversal de un siglo. El siglo XX es el motivo para traer a la poeta argentina a una cita con los lectores contemporáneos. Es la historia de la marginalidad transcontinental que se nos ha heredado con el sello de la ausencia, el resentimiento y la carencia por el sentido de otredad. Pizarnik se nos revela en la novela de Torres, como una escritora con el sino de la muerte grabado en la palabra, como quien anuncia el destino de los acontecimientos a lo largo de las últimas décadas de su siglo. Pudiera ser que los encuentros con Onetti, Cortázar, Simone de Beauvoir, Sartre, Marguerite Durás, Octavio Paz… le trazaron a la escritora un destino vital con las letras.

La forma con que el autor aborda la nostalgia a través de los escenarios que fueron transformando la vida y obra de la poeta bonaerense, tiene el trazo profundo del espíritu de las ciudades que le trasformaron la existencia. El periplo sentimental y vital está plasmado en esta novela sobre la autora de origen ruso a quien su padre llamaba: Buma, flor. La juventud se convierte en una búsqueda, pero sin duda, también en una pérdida. La pulsión por la pregunta del ser que siempre evoca la muerte se convierte en una revelación a lo largo de las páginas que compone Torres Gutiérrez.

Esta novela se ha de convertir en una pieza fundamental para los lectores de Pizarnik, así como para los estudiosos de la literatura latinoamericana.

Por Diana María Vega

Corazón de araña negra es el primer libro de cuentos de este escritor quindiano. Jerónimo tiene claro que en este género se gana, cómo dijo Julio Cortázar, por Knockout. Las historias de sus cuentos son las de personajes comunes, tipos y tipas que podríamos encontrarnos al darle una vuelta al barrio, o al abrir las páginas de un diario vespertino: una prostituta, un estudiante, una pareja en la busqueda del amor, o el desamor, un guerrillero, una mujer secuestrada… A través de ellos, Jerónimo nos recuerda que en cualquier momento, cualquier vida puede dar un giro que corte el aliento.

Poco a poco, en una narración detallada las historias de sus personajes se cruzan en un elemento ineludible para todo ser humano: el erotismo, que como melodía seductora pone en tensión sus sentidos y los del lector arrastrándolos a situaciones que sorprenden, como en todo buen cuento. El erotismo no es el eje en estas historias, sino un punto de giro común que tuerce la cotidianidad, en medio del orgasmo, de seres que se tropiezan, a veces de manera torpe, inesperada o incluso trágica.

Los cuentos de García Riaño provocan placer. Para el lector las historias se abren como ventanas mostrando instantes en la vida de personajes que podríamos encontrarnos en el ascensor o al otro lado del mostrador de la tienda de la esquina.


La conjura de los necios

de John Kennedy Tool

Por Juan Carlos Carvajal

La conjura de los necios es uno de aquellos casos en donde, la realidad superando la ficción, hace de la historia de su autor algo tan apasionante como su obra. Jhon Kennedy Toole, artífice de la conjura, ante la frustación de no poder hallar editor para publicar su novela, conecta una manguera al tubo de escape de su auto y encerrándose en él, se entrega a inhalar los vapores mortales. Tras la odisea de su madre por dar a conocer la obra de su hijo, el tiempo le daría a Kennedy Toole y a su conjura el reconocimiento debido, que vendría incuso en la forma de un premio Pullitzer en 1981.

La conjura cuenta la historia de Ignatius Reilly, una suerte de Quijote moderno en New Orleans, gordo, altanero, grosero y petulante, quien tiene las ínfulas de ser un escritor revelación. No obstante, el “genio” se ve obligado a salir a trabajar para ayudar a su madre, con la que aún vive.

Escrita con humor ácido, pero sutil, la novela intercala con destreza la narración de las aventuras de nuestro peculiar “chico trabajador”, con sus monólogos, diarios, e imprescindibles reflexiones, no menos descabelladas e hilarantes, citando a Boecio, y otros textos clásicos, en la búsqueda del gordinflón por la “geometría” y “buen gusto”, tan ausente en las calles de su ciudad, la misma ciudad que terminaría levantando, en la realidad, una estatua de bronce de Ignatius Reilly, para rendir homenaje al escritor genial que supo retratarla como ningún otro lo ha hecho.

 


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