La construcción de la memoria, un presente continúo para un futuro esperanzador

Por Alejandro Nova

Mayo, 2021

 

 

El presente documento, es una reflexión en torno a la entrevista realizada a la docente investigadora Constanza Millán Echeverría, quien fue coordinadora del informe Buenaventura: un puerto sin Comunidad, del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), en el que de manera empática y cercana comparte con los profesionales Marcia Márquez Cetina y Alejandro Nova Torres, miembros de la línea de Investigación Dialogo y Memoria; aspectos referentes a los retos a la hora de abordar la memoria de las comunidades y el lenguaje que se emplea en la divulgación de aquellos sucesos dolorosos y violentos en el marco de un proceso de post acuerdo que no ha significado el fin del conflicto, sino una permanente secuencia de acciones violentas que se mantiene como ese constante presente en esa cotidianidad en la cual se ven inmersos y que indudablemente afecta a todo el pueblo colombiano.

 

Teniendo claro que este tema del conflicto se configura como un presente continuo, debido a esa sensación de intentos de culminar el conflicto con negociaciones, en las que personas que han sufrido sus efectos; sólo es una manera de seguir viviendo lo mismo; la docente expone con gran claridad cómo ésta transición de la negociación de la paz, se torna como la apertura a otro ciclo de violencia, violencia que abarca diferentes escenarios que no son solo las contiendas bélicas, sino que tocan también las cotidianidades de las personas y las familias a quienes sin más remedio les queda el convivir con este patrón arraigado en la Historia de Colombia.

 

Es precisamente esa convivencia con la violencia lo que nutre la desigualdad, en tanto personas y comunidades buscan lugares donde poder recomenzar, reescribir sus historias desde oportunidades que, aunque no son tan seguras, les permiten tener un momento de esperanza y resistencia ante las embestidas de la guerra que, sin sentido, continúa azotando a los más vulnerables.

 

Este marco, del conflicto y su desarrollo, ha conllevado a que su análisis no se vea tan sencillo desde la lógica lineal de la investigación de la memoria histórica; por un lado, por el lenguaje que se emplea que en ocasiones pinta un panorama diferente de la realidad que se vive, a pesar de tener un idioma común. El lenguaje puede ser muy diferente porque vivir algo y narrarlo, es muy diferente que narrar un hecho vivido por otro; por otra parte, la forma en cómo se comprenden los efectos de los acuerdos y sus alcances en la cotidianidad de las personas, quienes son las directamente afectadas y ven el accionar interinstitucional su implementación, conlleva a mantener una postura que no logra abarcar todo lo pactado.

 

Además de estos aspectos, se presentan pujas por el control territorial que denotan esa tendencia a mantener el poder desde la tierra y sus usos, esa que permite a los actores armados o sus disidencias, continuar con esas prácticas de dominio procurando reinventarse en nuevos escenarios, en las que participa la interinstitucionalidad a través de actuaciones desde un marco de acuerdo que no abarca la totalidad de los efectos del conflicto. Lo anterior conlleva a mantener en el tiempo estos patrones de violencia, que no cesan, y que someten a las personas a una convivencia forzosa con el terror y la violencia, provocando que el conflicto sea un presente continuo, del cual todos los colombianos son testigos, pero que, con impotencia, ven como se sigue desarrollando la vida desde una lógica del miedo y la desesperanza. 

 

En ese proceso de adaptación que no denota una transición, las personas configuran su relación con ese entorno, donde consolidan maneras de relacionarse, de nombrarse, de comprender esos nuevos territorios con sus nuevas lógicas, de poder pertenecer a partir de sus experiencias sin replicarlas nuevamente; en ese orden, las personas buscan fomentar una manera de memoria acorde a su entorno. En contraste, con la memoria anterior, existe otra memoria, la de la lógica académica, la de ciudad, la de Estado, que está muy alejada de lo que en verdad sucede en ese presente continuo; inconsciente, ya que no puede afrontar, ni reconocer la realidad que finalmente configura una historia que duele, pero que está ahí siendo narrada una y otra vez sin dar en el punto de lo que realmente fue y hacia donde apunta, sin saber de dónde viene, ni para donde va

 

Es así que las personas buscan medios para sobrevivir y apropiarse del territorio, no el que les pertenece, sino el que les queda.  Tal es así, que, en el caso de Buenaventura, en la entrevista se resalta como la apertura económica de 1991, cambió una lógica del puerto donde se encuentra un crecimiento desmesurado del comercio y la transacción mercantil que finalmente termina afectando la construcción de la comunidad conllevando a que solamente exista la lógica de la supervivencia y la adaptación a este nuevo mundo que trajo consigo más violencia, más desigualdad y más pobreza.

 

Para las personas, llegar a vivir a Buenaventura se convierte en una forma de huir de aquellos conflictos en los cuales se han visto inmersos, como una búsqueda de una nueva realidad en la que esa apertura comercial surge como una posibilidad de consolidar un bienestar para sus vidas, sin embargo, al abordar esta relación puerto-Buenaventura solo se ve cómo lo comercial se remite a lo citadino, a la comunidad del interior sumida en su deseo por acceder a productos de primera línea que denotan sofisticación y cercanía con el desarrollo. En contraste, los vecinos, es decir, las personas que llegan al sector donde se ubica el puerto que se convierten en sus trabajadores, solo ven cómo esas comodidades, llegan y se van, a ese interior del que solo se acuerdan en elecciones o conmemoraciones de eventos dolorosos que construyen una noción de comunidad diferente a la que viven a partir de sus experiencias.

 

Las personas en Buenaventura, parece que buscan construir una realidad más esperanzadora que consolide una comunidad con el entorno, con el mar, con el medio, donde a partir de prácticas como nombrar a sus hijos con los nombres de aquellos familiares que cayeron en un acto violento, buscan poder, al parecer, reescribir esa historia dándole un nuevo significado, brindando la oportunidad a lo bueno, al afecto, a la unidad,  a esa posibilidad que fue arrebatada por intereses de dominio y poder de esos actores que pareciera que solo fueran agentes de la muerte y la destrucción y que disfrazan sus acciones en ideales sustentados desde discursos; por un lado sentidos y por otro académicos pero que de igual manera se encuentran alejados de la realidad, de una realidad que concibe la paz como esa posibilidad de mirar hacia el futuro en un presente continuo de oportunidades, de justicia, de compromiso y comprensión colectivas en las que el perdón y la reconciliación no se celebren en eventos, sino se vivan desde que se abre los ojos, se siente la marea y se vuelven a cerrar en el silencio de una noche tranquila que promete un nuevo amanecer mejor al que se ha vivido sin olvidar esa historia, sino recordándola desde el lenguaje y el significado que ha tenido en el tejido social y personal de cada uno de los habitantes de ese territorio.