Noviembre - diciembre de 2019

 

Karolina Urbano

Pasto (Colombia), 1974

 

Profesional en Filosofía y Letras por la Universidad de Caldas, Magíster en Filosofía por la Universidad Nacional de Colombia.

 

Realizó estudios de Maestría en Literatura Española y Latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires. Ha sido docente en diferentes universidades de Colombia. Miembro del Comité Editorial de la Revista de Poesía Luna Nueva y del Grupo de Estudios Sobre Colombia y América Latina GESCAL - PLED.

 

Colaboradora en el blog literario El país de la bruma. Dirige la editorial Ojo de Poeta. Ha publicado los libros: Cómo hablar de lo indecible con alguien imposible (2014), publicado por la Secretaría de Cultura de Caldas en su colección Cumanday en el género del microrrelato y ganador de beca de Estímulos Alcaldía de Cali 2019. En el género de poesía ha publicado:Los colores de van Gogh (2014), por la Universidad Central del Valle UCEVA y La pipa del amor (2016) bajo el sello Ojo de Poeta Editorial y por la Universidad del Valle en la colección Las Ofrendas en 2018.

 

 

 

METAMORFOSIS

 

 

El problema no es la transformación, el cambio de extremidades o de funciones orgánicas. Creo que al olor, tan difícil de soportar al principio, me acostumbré rápidamente. Esto que me ocurrió también les sucede a las orugas y las mariposas. Algo similar les pasa a los renacuajos. El problema, en realidad, está en seguir respondiendo al nombre de Gregorio, Gregorio Samsa para más señas, como si eso significara algo. Como si eso todavía tuviera algún sentido.

 

 

 

EL GLOBO 

 

 

 

El poeta, al admitir la sabiduría de la tesis principal de su maestro, el escritor Eduardo Torres (aquella que dice que a todo poeta se le debe prohibir, ya sea por ley o por decreto, publicar un segundo libro mientras no demuestre, él mismo, que el primero es lo suficientemente malo para merecer una segunda oportunidad), encuadernó cuidadosamente el borrador del que sería su segundo libro de poemas y se dirigió a la casa editorial donde había conseguido una cita con el director. El director le confesó que no reconocía a su mentor, el señor Eduardo Torres pero que, efectivamente, su primer libro era muy malo y merecía una segunda oportunidad. En ese momento los ojos del poeta se iluminaron de felicidad y esperanza. −Desafortunadamente− siguió el director, −tenemos una lista bastante larga de poetas en su misma situación, así que yo le recomiendo, aquí entre nos− dijo, −que vaya preparando el tercero, por si acaso−.

El poeta dejó su manuscrito y se fue pensando en el tercer libro, en lo que le recomendaría su maestro, el ya fallecido Eduardo Torres, en el título que tanto trabajo le costaba, él que siempre vivía elevado, “englobado” le decía su madre, y no podía concentrarse fácilmente.

 

 

 

EXISTENCIA

 

 

 

 

Se le hace corta la vida, como a una aguja de reloj de péndulo cuyo rango de tiempo está determinado por cada vaivén. ¬−Antes tenía tres años, ahora tengo dos– pensaba. Cuando soñaba quién era decía que tenía tres años, cuando recordaba lo que había sido decía que tenía dos, a veces solo le alcanzaba para decir que tenía uno. Así pasaron muchos, muchos años padeciendo la misma inquietud sobre su vida. Los años se le vuelven días y los días horas y a cada hora cuenta los minutos, luego los segundos. El tiempo no hace otra cosa que marcar su existencia. ¡Oh! Cronos, magnánimo y certero, ¡más le habría válido comerse a su último hijo antes que terminar contando su existencia en cada cambio de pila!

 

 

 

EL NIÑO SIN CABEZA

 

 

 

 

El niño despertó sin cabeza, –no entiendo–, pensó mientras alzaba sus manos y trataba de tocar lo que no veía en el reflejo. Nada, no había cabeza. Pensó en contarle a su mamá, pero sentía temor de que lo llevaran otra vez a esa otra escuela, o alberge o como se llame, allá los niños eran muy raros, todo era muy raro, a él le gustaba mucho la nueva escuela porque entendía lo que decía la maestra y le enseñaban sobre plantas, sobre el interior de la tierra, sobre el interior de él mismo que tenía una cantidad de órganos importantísimos, que el cerebro, que el corazón y sin los dos nada de nada. Y ahora a él le faltaba la cabeza, eso no podía ser posible.

 

La única solución era salir y esperar la reacción de los otros y ver si ellos también notaban que carecía de una parte de su cuerpo. Sin embargo, la gente pasaba con indiferencia, como si no existiera. Él, extrañado, creyó que sólo debía llamar su atención para que se percataran de la ausencia, se quitó un zapato y empezó a golpearlo con la cabeza, como no había cabeza, este caía al suelo, lo levantaba y otra vez empezaba la pirueta  –¿ven que raro es esto?– decía –no hay cabeza, -n-o-l-a-h-a-y- y señalaba con sus manos, repitiendo la frase casi a los gritos. Así sentía que lo estaban mirando, que por fin se daban cuenta de su situación. Y así se fue todo el camino a la escuela dando cabezazos a una cantidad de objetos que fue encontrando en el camino mientras aseguraba: “–¿Es raro eh? No hay cabeza”–. La situación llegó a oídas del rector quien pidió le llevaran al niño a su despacho y llamaran a sus padres. Cuando menos pensó el niño se encontró encerrado en una oficina con cuatro adultos más que lo miraban aterrados y con algo de conmiseración. Solo en ese momento sintió que había una parte de él que no comprendía. 

 

Cuando llegó su madre se abalanzó sobre ella lleno de lágrimas balbuceando: –¡mamá he perdido la cabeza!–. Aunque ahora, sintiendo la protección de sus brazos eso ya no importaba.

 

 

 

EL RÍO

 

Después de viajar por años y años, Heráclito volvió al río que le había inspirado su célebre frase. Al llegar ahí se puso de rodillas y con la cabeza agachada lloró y lloró. Le dijo que era injusto, que no debió utilizarlo de esa manera, no al río, su río, el haberlo puesto en boca de tanta gente que había malinterpretado sus palabras y su imagen (la del río), pues eran unas aguas imponentes y fuertes, cristalinas, frías por el corazón de las piedras. No era justo que las trataran como cosa ligera, como algo que pasa y ya, como aquello que se transforma por falta de personalidad. Por eso Heráclito volvió a su río, que seguía igual de imponente, que no había cambiado ni se había movido, a pedirle perdón.

 

 

 

UN CUENTO UNO

 

 

 

 

 

En alguna oportunidad el número uno se sentó a hablar con el cero, pues si antes el cero era considerado un inútil, con esto de la tecnología y la rapidez de las calculadoras tenía mucho más tiempo para pasar por ahí haciendo nada. Incluso los demás números andaban sin qué hacer y por eso podían encontrarse y conversar sobre sus vidas. El uno estaba desde hacía varios años muy, muy triste, ya no lo llamaban, ya nadie quería ser absoluta y definitivamente el número uno, eso estaba mal visto, lo tildaban de ortodoxo, de dogmático y hasta de tirano; ahora todo comenzaba en dos por aquello del respeto por la diferencia. Eso sí, todos lo deseaban, pero se quedaban callados para no quedar mal ante los demás.

 

 El cero lo escuchó sin sorpresa y le dijo que poco entendía de sus preocupaciones porque él nunca había gozado de gloria, nunca valía por sí mismo, él estaba condenado a tener la peor autoestima jamás conocida, si hasta había un dicho de lo más popular que decía: “ser un cero a la izquierda” para referirse a la insignificancia, esa sí absoluta, y que él solo tenía valor si había un número que le antecediera.  Mejor dicho, en él se aplicaba el refrán, no muy conocido: “detrás de un gran número, hay muchos ceros a la derecha”. El uno escuchaba atento las desgracias del cero y pensó que su situación, después de todo, no era tan mala, todavía quedan muchas personas que sueñan con un único amor.

 

 

Tomados del libro: Cómo hablar de lo indecible con alguien imposible

 

Karolina Urbano, Ojo de Poeta Editorial, 2019

 

 

 

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