Cuando la lluvia reúne
"La juntanza en Teusaquillo"
Por Julián Abdías Vargas
Marzo, 2026
Memoria sobre la cancha,
canto vivo en comunidad,
la cultura cuando junta
siembra nueva identidad.
La memoria no siempre se escribe en libros; a veces se dibuja en el suelo que pisamos juntos. Desde las nueve de la mañana empezaron a llegar, sin prisa y sin estridencias, las primeras personas al Parque Armenia, en la localidad de Teusaquillo. No era una multitud: era un goteo. No era ruido: era presencia. Un tejido que comenzaba a formarse, hilo a hilo, saludo a saludo.
Y fue en el centro —siempre en el centro— donde esa memoria tomó forma visible. En medio de la cancha empezó a nacer una mandala hecha de plantas y semillas. Allí, donde otras veces rueda el balón y se cuentan goles, comenzaron a acomodarse hojas, granos y flores formando círculos concéntricos. La cancha dejó de medir fuerzas y empezó a guardar cuidados.
No fue improvisación: fue conducción. Fueron mujeres quienes marcaron el compás, quienes decidieron la forma, quienes trajeron las semillas, quienes llamaron a otras manos. No levantaron la voz; levantaron el espacio. No impusieron; convocaron. Y así, sin estridencia, la cultura se volvió práctica viva: sembrar, organizar, juntar.
Alrededor, la feria de emprendimientos comenzó a respirar. Las carpas se levantaron entre quienes asistían, las mesas cambiaron de lugar hasta encontrar su sitio, las sillas se distribuyeron como si el parque mismo las reclamara. También allí la presencia femenina fue decisiva: coordinando, articulando, resolviendo. La logística no fue un detalle menor; fue dirección colectiva en acción.
Camisetas con mensajes propios, conservas de frutas y vegetales, amigurumis tejidos con paciencia, bisutería artesanal y otras creaciones ocuparon los espacios. Muchos de esos emprendimientos nacían también de manos de mujer, de economías del cuidado convertidas en autonomía y sustento.
Uno de los puestos, además de ofrecer sus productos, decidió compartir. Entre conversaciones y recorridos, comenzaron a circular duraznos que fueron pasando de mano en mano. No era solo fruta: era gesto. Un pequeño acto de abundancia en medio del encuentro, una dulzura inesperada que también supo a comunidad.
Junto a esas mismas mesas, casi como una prolongación natural de la feria, una mesa en solidaridad con Cuba sostenía otra conversación necesaria. No gritaba consignas: proponía memoria. Entre afiches y palabras compartidas, recordaba que la dignidad también se defiende más allá de las fronteras. Que juntarse en un parque de barrio puede ser, al mismo tiempo, una manera de abrazar otras luchas. La cultura, allí, no era adorno: era puente.
La lluvia llegó sin aviso. Primero unas gotas sueltas. Luego un golpe más firme sobre las carpas. El cielo decidió entrar en la conversación.
Algunas personas corrieron a resguardarse. Otras simplemente se acercaron más. Lo que parecía interrupción se volvió encuentro. Las gotas marcaban el ritmo sobre el plástico; adentro, las voces se hacían más cercanas. Los cuerpos se juntaban, las risas se escuchaban más claras. La lluvia no dispersó: reunió. No interrumpió: transformó.
Y, sin embargo, no todos buscaron techo.
Hubo quienes se quedaron en la cancha. Bajo el agua. Bajo la música. La guitarra seguía sonando y alguien empezó a moverse. Luego otra persona. Y otra más. No hubo anuncio ni coreografía, solo decisión. Bailar.
Bailar bajo la lluvia no como desafío, sino como celebración. El agua cayendo sobre los hombros, los pies marcando la cancha mojada, el parque convertido en escenario libre. Mientras algunos observaban desde las carpas, otros giraban, reían, levantaban los brazos. La lluvia ya no era clima: era parte del ritmo. Parte del cuerpo. Parte del recuerdo que se estaba construyendo.
En medio de ese murmullo, comenzó a levantarse el humo de la olla comunitaria. Fuego encendido con leña traída por algunas manos, papas peladas por otras, cebolla picada entre risas y ojos llorosos. Nadie preguntó quién mandaba. Cada quien sabía qué hacer. Y nuevamente, muchas de las manos que coordinaron tiempos y tareas fueron manos de mujer. Cocinar juntos se volvió pacto. Compartir el alimento, una forma de decir: aquí estamos.
Entre tanto, circuló un cuaderno que recordaba los antiguos chismógrafos escolares. Pasaba de mano en mano con preguntas inspiradas en Las tres revoluciones de Iván Cepeda. No buscaba respuestas cerradas, sino pensamiento en movimiento.
También se repartió material del Pacto Histórico, integrando la dimensión política al encuentro sin desplazar su carácter cultural y comunitario. La juntanza mostró que lo político no siempre necesita altavoz: a veces habita en la cocina, en la música, en la forma de organizar las sillas o en la decisión de reunirse un sábado.
Al caer la tarde, la cancha volvió a verse amplia. Pero no era la misma. En su centro quedaba la mandala, intacta pese a la lluvia, como una huella suave y firme al mismo tiempo. No hablaba con altavoces, pero decía mucho.
Algo había cambiado.
No en el cemento. No en el parque. En quienes estuvieron allí.
Porque cuando la comunidad ocupa el centro, cuando la cultura se vuelve práctica y cuando las mujeres conducen desde el cuidado, el territorio aprende otra forma de latir. Y aunque las carpas se desmonten, aunque la música se apague y el fuego se consuma, queda algo encendido.
Queda la memoria.
Queda el tejido.
Queda la certeza de que reunirse también es transformar.
Y esta vez, fueron ellas quienes marcaron el compás.
Semilla, fuego y abrazo,
lluvia que vino a enseñar,
cuando las mujeres tejen
la historia empieza a cambiar.
Luis Fernando (jueves, 12 febrero 2026 13:56)
Muy buena crónica!!!!!