Crónica de una juntanza teatral en Fontibón
Por Julián Abdías Vargas
Marzo, 2026
—¿Qué es la opresión?
La pregunta cayó en medio del salón del Teatro Experimental Fontibón y por un momento nadie respondió.
Algunos apenas estaban llegando. Otros revolvían la olla del sancocho que comenzaba a calentarse. En una mesa reposaban los guiones que los anfitriones habían preparado para la jornada.
Pero la pregunta empezó a trabajar.
—Cuando otros deciden por uno —dijo alguien.
—Cuando compran la conciencia de la gente —dijo otro.
—Cuando uno termina aceptando lo injusto como si fuera normal.
Así comenzó el ensayo.
No con una actuación, sino con una conversación.
Las ideas del teatro popular impulsado por Augusto Boal, muy cercano a la pedagogía crítica de Paulo Freire, empezaron a aparecer en la práctica. Mientras unas manos picaban verduras para el sancocho, otras pasaban los guiones de mano en mano.
Personas que nunca habían actuado empezaron a probar frases.
Quienes habían llegado solo a mirar terminaron ensayando.
La juntanza tenía ese ritmo particular de las cosas hechas entre muchos.
Una olla que hierve.
Un grupo que piensa.
Un teatro que empieza a nacer.
Los anfitriones habían preparado varias escenas. Poco a poco cada quien fue entrando en un papel: predicadores que prometen salvaciones políticas, ciudadanos que cuestionan, personajes que hablan de votos, de promesas, de conciencias que se venden y se compran.
El ensayo se volvió una mezcla de risas, repeticiones y discusiones.
En medio de todo eso también estaba la crítica. La pregunta por la democracia, por la participación, por las formas en que muchas veces la política termina convertida en negocio.
Cuando el ensayo tomó forma, llegó el momento del almuerzo.
El sancocho ya estaba listo y el grupo se sentó a compartirlo. Ahí apareció otro momento importante de la jornada: la reflexión sobre lo que se estaba viviendo. Sobre el teatro invisible, sobre su capacidad para provocar conversaciones reales en medio de la calle.
En medio de ese momento alguien leyó unas coplas que parecían resumir lo que había pasado durante la mañana:
A veces manda el patrón
sin estar frente a la puerta,
porque lo llevamos dentro
cuidándonos la cabeza.
Si la injusticia es tan vieja
que parece tradición,
el teatro la pellizca
pa’ que aiga discusión.
No hay teatro cuando callan
ni hay pueblo sin reunión,
por eso hoy prende la chispa
la juntanza en Fontibón.
Las coplas quedaron resonando entre la gente.
Después del almuerzo el grupo salió hacia la plaza fundacional de Fontibón.
La vida seguía su curso. El mercado campesino ocupaba una parte del lugar: frutas, verduras, huevos recién traídos del campo. En otro extremo, la gente esperaba los buses para volver a sus casas.
Ahí comenzó el ejercicio.
Los personajes aparecieron hablando de política, de votos, de promesas, de conciencias. Otros respondían, cuestionaban, discutían.
Al principio parecía una discusión cualquiera.
Pero poco a poco empezó a formarse algo alrededor.
La gente escuchaba.
Algunos se acercaban un poco más.
Otros comentaban en voz baja.
Había miradas, pequeños corrillos, gestos de curiosidad.
Más que intervenciones directas, lo que se escuchaba eran susurros. Comentarios entre quienes estaban mirando. Opiniones que se cruzaban mientras la plaza seguía funcionando como siempre.
Y ahí estaba ocurriendo lo que buscaba el teatro invisible: meter una conversación dentro de la vida cotidiana.
La plaza seguía siendo plaza.
Los vendedores seguían vendiendo.
Los buses seguían llegando.
Pero entre todo eso algo había cambiado: la gente estaba hablando.
Quizá por eso estas juntanzas están ocurriendo.
No solo para hacer teatro, sino para encontrarnos. Para abrir espacios donde la gente pueda conversar, discutir y pensar colectivamente lo que está pasando en el país.
También hay una intención pedagógica. Lo que vive Colombia hoy no se decide únicamente en las instituciones; también se decide en la conciencia de la gente, en las conversaciones de barrio, en lo que se discute en una plaza o alrededor de una olla comunitaria.
Estas juntanzas buscan acompañar esos debates y respaldar los procesos de cambio que hoy se discuten en el país, muchos de ellos impulsados desde el Pacto Histórico. Pero más que consignas, lo que se intenta es algo más profundo: que las personas se sientan parte de las discusiones sobre las políticas públicas, sobre el rumbo del país, sobre la democracia misma.
El teatro invisible aparece entonces como una herramienta sencilla y poderosa.No necesita escenario.
No necesita luces.
Solo necesita gente dispuesta a provocar preguntas.
La apuesta es que esta experiencia no se quede en Fontibón.Que quienes participaron puedan llevarla a otras localidades, a otros parques, a otros mercados, a otras filas de bus. Que el teatro vuelva a ser una forma de encontrarnos. Porque cuando la gente conversa, discute y se reconoce en lo que está pasando, algo empieza a moverse.
Y a veces todo empieza con una pregunta sencilla, lanzada en medio de un salón:
¿Qué es la opresión?
Luis Fernando (jueves, 12 febrero 2026 13:56)
Muy buena crónica!!!!!