Henry Benjumea Yepes

Villavicencio, Meta, Colombia (1957)

Enero, 2023

 

 

Filósofo, historiador, catedrático, investigador, escritor y poeta. Licenciado en Filosofía e Historia de la Universidad La Gram Colombia con estudios en Literatura en la Universidad Nacional de Colombia y de maestría en Lingüística y literatura hispanoamericanas en el Instituto Caro y Cuervo. Especialista en Docencia Universitaria de la Universidad Iberoamericana y en Gestión y Planificación del Desarrollo Urbano y Regional de la ESSAP. Ex docente de las universidades Externado, Central, Libre, La Gran Colombia e Incca de Bogotá; fue director de posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Acierta y a Distancia. Ex asesor de Educación y Cultura de Corpes Orinoquia y de la Universidad de los Llanos. Conferenciaste en temas de historia, cultura, literatura y desarrollo regional. Colaborador de varias revistas universitarias. Coordinador de talleres sobre historias locales, competencias básicas, y nuevos modelos de lectura y escritura. Director del Taller de Escritores de Entreletras en Villavicencio y ex director del Taller de San José del Guaviare perteneciente a la Red Nacional de Talleres de Creación Narrativa, Renata. Autor de los libros: Literatura llanera: aproximación histórica y crítica (ensayo), Los niños también cuentan (ensayo), Reconstrucción (poesía), En los ojos de un caracol (poesía).

 

 

 

Bogotá, mayo de 1989

 

Apreciado David

 

Me tomo el atrevimiento de enviarte este pequeño relato que encontré entre mis pertenencias.  No recuerdo si yo lo escribí, pero es posible.  La razón por la que me decido a confiarlo a sus manos es que me parece pertinente a nuestras últimas charlas.  Confieso que siento pavor al hacerlo, pues es como si enviara un hijo a la guerra, abandonado a su suerte y sin entrenamiento previo.  Sin embargo, se que es una guerra justa e inevitable y si ha de morir en combate, lo único que espero es que no inspire clemencia.

El autor

 

 

CONFESIÓN

 

En mi último viaje a Villa Nueva la Antigua encontré, en su no menos antigua biblioteca, un viejo manuscrito redactado con esmero y, aparentemente, sin ninguna prisa. Más bien con desgano. Como cosa curiosa en este tipo de hallazgos, todas las hojas se encuentran numeradas y, cosa más curiosa aún, completas. Al contrario de muchos documentos similares, éste no trae ninguna indicación acerca de lo que debería hacerse con él.  Así que, sin más preámbulos, lo publico.  Se que es improbable que estas páginas se lean, por lo menos mientras viva, y por lo tanto seré fiel a la verdad aunque sea tachado de loco. Para un muerto tal cosa no tiene importancia. Hace veintidós años me encuentro voluntariamente alejado del mundo, escribiendo la novela que revolucionará las letras. No por el tema, pues no hay tema novedoso, sino por la forma en que la escribo. Con mis personajes, en constante diálogo con ellos, escuchando sus opiniones, respetando sus ideales; cambiando partes con las que no están de acuerdo, eliminando párrafos y hasta capítulos enteros que les resultan aburridos o que, sencillamente les desagradan. A lo mejor no es tan original hoy, pero ya he dicho que llevo veintidós años de encierro.

 

Hace unos tres años Julián, sobre quien reposa la mayor responsabilidad de la novela, viene mostrándose hostil y refunfuñón con el trabajo. Trato de entender: un hombre condenado a encierro forzoso veintidós años... pero la verdad es otra: hace cuatro años conoció a Marcela en una fiesta de disfraces. Julián, prototipo de hombre jovial, gozador, conocedor de mundo y de mujeres; infiel por naturaleza y soltero por convicción; enemigo de compromisos; burlador de doncellas y no doncellas; amigo de hacer bromas insignificantes a costa de los enamorados y no tan insignificantes a costilla de los casados, el mes pasado se me acerca y me dice:  mi querido amigo, debe usted tachar o, en su defecto, enmendar las últimas páginas pues, en vez de trasladarme a La Capital, me caso con Marcela. ¿cómo que te casas? ¿y quién eres tú para decidir si te casas o te embarcas? ¿Don Quijote, en su locura, se rebeló contra Cervantes? ¿Joseph K. Contra Kafka, aunque tenían sobradas razones?  Y tú vienes y me dices tacha, borra que me caso, olvidando tu ser. Julián se mesó los cabellos y se mordió los labios hasta sentir su sangre y aunque no dijo una palabra, no era difícil saber que  algo planeaba.

 

Este incidente me impidió seguir escribiendo y habría seguido así de no ser porque descubrí el manuscrito revuelto y corregido en lo concerniente a la vida de Julián, con un capítulo adicional: LA BODA. Allí se describía los pormenores de la ceremonia, lo felices que estaban los novios, la calidad y hermosura del vestido de ella, la elegancia de él y otros detalles de menor importancia. Para que no quedara duda, sobre la mesa reposaba un recorte del periódico en el que aparecían los novios de cuerpo entero, sonriéndole a la cámara y, a través de ella, al mundo.  Pero yo sabía muy bien a quien le sonreían. Afortunadamente el manuscrito estaba allí, así que estábamos de nuevo frente a frente, sólo que ahora el energúmeno era él: ¿cómo te atreves, qué clase de hombre eres, qué haces con mi vida?  Si no estás de acuerdo, búscate otro y déjame en paz.

 

Marcela es importante porque fortalece la personalidad de Julián, porque lo afirma en sus valores. En otras palabras, ella no tiene peso narrativo, es sólo producto de la casualidad: en la fiesta se le cayó el antifaz. Antesdeayer, en un vuelo de rutina, el avión en que prestaba servicio perdió el control y fue a estrellarse contra la montaña.  Ayer, después de las exequias, de las manifestaciones de condolencia y del consabido pésame por su muerte, fui a la fonda cercana a celebrar mi victoria.  Al llegar esta madrugada, embotado de alcohol, hallé unas extrañas manchas como de tinta indeleble. Julián había escrito que no podía soportar la vida y que, por lo tanto, con pulso firme se había bebido un frasco de cianuro. Lo de indeleble no tiene nada que ver con la tinta ni el papel. Nada de lo escrito es imborrable ni inmodificable.

 

Ahora, releyendo el texto con tranquilidad, lo encuentro estúpido, sin sentido, una necedad; la mayor necedad que un hombre puede cometer. Tanto tiempo hilando tramas, inventando situaciones, tratando de desentrañar lo imposible, afirmando cosas para que perduren y de repente, en un instante, un ratoveneno, todo se esfuma. Sólo quedan palabras, cenizas de palabras, aguatinta. Porque, dígame usted, si quisiera suicidarse, ¿tendría necesidad de explicar al mundo su decisión? ¿se paralizaría el tráfico por su causa? ¿algún escritor colgaría la pluma? Es más, si quisiera improvisar una explicación de su acto, por descabellada que fuera, sería aceptada. Pero la novela, ¿no debe ser congruente? ¿puede matarse un hombre por una mujer que desconoce? Pensará usted que me ahogo en un vaso de agua pero ¿le parece bien que resucite a los muertos como si fuera Dios? Deshacer una boda... todavía, pero resurrecciones...  Confieso que siento admiración y hasta un poco de envidia por los que juegan a dioses y son capaces de hacer y deshacer a su antojo.  Pero yo no puedo, no quiero, no sabría hacerlo.

 

El resto del manuscrito es una larga reflexión sobre lo que Duay llama (arte) así entre paréntesis, de escribir que, más que aclarar oscurecería los puntos claros de la historia.  Por lo tanto, me tomo la libertad de omitirlo.

 

 

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MUSICAL

 

Si el si bemol 

No alcanza al grito

Ya nada importa

 

 

PENÉLOPE

 

La historia dice

Que mi fidelidad

Es a toda prueba.

Pero nadie sabe 

Que quien me trajo

La primera madeja

Conquistó mi corazón.

Y el cuento de que tejo de día

Y destejo de noche

Es sólo una trama más

Del hilo que me lleva a sus brazos.

 

 

ATARDECER

 

Después de la tarde

Para qué el horizonte.

Después del eclipse

Para qué sirve el sol.

 

 

MENTIRA

 

Los versos

Y los besos

Y el placer

Sólo son eso.

 

 

ANGUSTIA

 

Estar aquí

Aprisionado

Sin nada

Sin nadie

Sólo

Con la pluma

 

 

VENGANZA

 

Por cada árbol que caiga

voy a escribir un verso.

Por cada ave que caiga

voy a escribir un verso.

Por cada hombre que caiga 

voy a escribir un verso.

Hasta la tarde aciaga 

en que a la pluma 

le arrebaten su mano 

voy a seguir regando con mis versos 

esta sábana triste 

esta sabana larga de mi carne  

estos huesos cansados.

Voy a entorchar el hilo de mis voces

para prestarle forma a las palabras.

Voy a regar el llano con la sangre 

de todos los centauros.

Voy a increpar a Dios desde el otero 

para que me responda por sus actos.

Desde hoy y por siempre

Voy a morir de sangre

Voy a morir de cierto

Voy a morir de llanto

Voy a morir de muerte.

 

 

 

TIEMPO PERDIDO

 

En verdad 

Todas las cosas

Ya se han dicho

Pero nadie las escuchó.

De modo que 

Estamos de nuevo

En el principio.

 

"En el principio 

era el verbo

y el verbo 

Se hizo carne".

 

Pero nuestros sabios

Además de sordos

Son vegetarianos.

 

 

HISTORIA

 

Eres tú quien me empuja

A la soledad de la tersura,

Pero te quedas escondido

En la fugacidad del verso,

En la esperanza póstuma.

Supe de ti por el llanto de los muertos. 

No me arrepiento.

No compadezco la desesperanza

Ni la vergüenza que provoca

Nuestra historia injusta.

 

 

RECUERDO

 

Cuando el jardín

Y los pájaros

Y el viento

Yo no me daba cuenta

De este invento de vivir.

Parado en los atolones del crepúsculo

Asistía al naufragio del tiempo.

Sentado en las tardes

Escuchaba los cuentos del abuelo

Como en sueños.