Los Peyotes: 8 filas, 12 metros de distancia

Los Peyotes, fotografía Facebook
Los Peyotes, fotografía Facebook

El Festival Centro cumple 10 años este 2020, del 23 al 26 de enero la ciudad vibrará en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño con bandas como Nicolás y los Fumadores, Apache, Camila Moreno, entre otros. Este texto se realizó hace 5 años, sobre una banda que llamó la atención del cronista, por su sonido, el ambiente, la gente; un grupo que sigue vigente y lanza disco este año. 

Esto es un homenaje a la música, a la danza y a la diversidad que tiene Bogotá.

por Andrés Borrero Parra

SubLiteratura

enero, 2020

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Los Peyotes están en tarima, tocan como locos. ¡Súbanle a ese parlante!, que suene ese rock drogadicto y cavernícola. Que las niñas bailen, que las rockeritas se pongan el guante en la derecha y bailen Rockabilli, que bailen garaje Sixtie Punk ¡sí, eso es lo que están bailando, de eso es lo que hablo! y como se mueve esa de cabello negro azulado (parece noche de tormenta), como mueve esa cola de caballo que se ha hecho para la noche,  mueve su cadera, ahora se agacha –sin dejar de mover su cadera- se levanta, sube, salta, sonríe –y cómo sonríe-.

 

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 Recuerdo que esto ocurrió también en un 15 de enero soleado y veraniego, “Festival Centro” realizado en la capital de vías amplias, de edificios que tocan el cielo, de cerros soleados, Monserrate en la cumbre del mundo, Bogotá vacía, un teatro drogado sin fumo, ni bebo. Ocho sillas de distancia, 12 metros de crespos

atados a lo largo me separan de la tarima, de Los Peyotes y de ella.

 

 

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La puesta en escena de esta agrupación peruano-argentina es arriesgada, tienen un look  de los cincuenta, sesenta: jean´s entubados, camisas de leopardo; los peinados de estos tipos, jóvenes eternos son dos: unos tienen un corte tipo hongo, los otros en cambio llevan un copete que les sobresale de sus cabezas. El baterista tiene cara de muerto, larga y pálida, por supuesto, requiere una mención especial.

 

¿Cómo iba a parar yo aquí que soy de espacio abierto, pogo y bareta? Casi un animalito, yo creo que casualidades de la vida o los baños de agua caliente con eucalipto, manzanilla y ruda que me echaba mamá cuando pequeño, dizque para la suerte, que por lo menos funcionaron para algo y no solo para chupar frío sentado en un platón gigante.

 

Las letras de la banda son entretenidas, para estar de farra con los parceros y joder un rato con esta música, hasta para drogarse un poco, de ningún modo serán una de mis bandas preferidas, aunque la recomiendo totalmente señor lector, escúchela y seguro no pasará un mal rato, ellos desde el 96 le están camellando a la música, saben lo que hacen.

 

Las notas violentas y exhortadas de los instrumentos que tocan me golpean, tal vez a los otros asistentes también, puede ser; las notas me dicen al oído con voz de peyote, con voz de cactus psicoactivo que disfrute lo que escucho. Esta es la música cavernícola de la que ellos mismos han hablado en algunas entrevistas.

 

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Este festival empezó a realizarse en el año 2010, se han pasado bandas como Doctor Krápula, Chinoy, Pornomotora, Velo de Oza, Alfonso Espriella, Carla Morrison (México), Herencia de Timbiquí, Los Petit Fellas, Alkolirykoz, Antombo, Systema Solar, Los Gaiteros de San Jacinto, Elkin Robinson, Mutantex, Magín Díaz, Carmelo Torres, 1280 almas, Bombo Negro, Nelson y sus Estrellas, entre otros artistas que nos han deleitado con distintos géneros y propuestas.

 

Hoy en el 2020, casualmente  a este evento y gracias a estos músicos, podemos reconocer que las distintas músicas dan al hombre lo que necesita para el alma y la mente: Locura y movimiento, cuestión curiosa al saber que hay tantas y tan variadas, incluso una pieza de piano dedicada al silencio. Gracias a la música si se sufre mal de amores el mejor remedio es inmolarse, basta con bailar. Este empleo es para disfrutarlo con hambre, para recordar solamente ese panfletillo que decretó la muerte de Ray Barreto en Cali, ese: “Agúzate que te están velando”

 

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El guitarrista de la banda está en el suelo, destrozando el instrumento en notas, el vocal de aspecto desfachatado mientras tanto toca las maracas y se enloquece, grita: ¡Chicha o muerte! ¿O imagino que grita? ¿Quién grita eso? El concierto inició con un rock and roll suave, ahora han variado totalmente su estilo, tocan una especie de punk, quieren destrozar las guitarras, quieren que nos destrocemos nosotros, que revienten nuestras vidas de una vez por todas: ¡Igual pa´ qué esperar!

 

El auditorio en donde están tocando los peyotes es pequeño, tal vez más pequeño que un bar en la cuarta con diecinueve; las luces del evento son sencillas, cambian junto a la música, en algunos golpes a la batería y en algunos solos de guitarra; los azules y rojos son los que priman y por momentos todo el escenario se ilumina con una tenue luz amarilla, la cual permite reconocer a los artistas, incluido al cara de muerto.

 

En este instante o en un instante anterior - nunca se tiene claro el tiempo en estos eventos - los juegos de luces se hacen cómplices de los peyotes para que interpreten uno de sus temas románticos que igual guarda fuerza en cada bit y en cada falsete. El tema se llama “96 Lágrimas”, cantan unos versos que dicen “me tengo que curar, curar de ti, no puedo soportar, estar así, 96 horas y ya lloro por vos...” así siguen y nos piden llorar en un coro gritón y quejumbroso, lo piden cuando ella está tan feliz bailando…imposible llorar, así fuera la más triste canción.

 

Nadie puede hacerlo con ella que disfruta como nadie del grupo,  no tiene ningún prejuicio, no le da pena moverse y se siente en su “salsa”. Al final solo me causa risa pensar en acercarme, yo tan lejos, al frente hay 8 filas de sillas que nos separan y todos en su cuento, qué voy a preguntar ¿Te gusta la música? Nada, no hay que preguntar nada, tendría que entrarle al baile de una y coger el paso de la chica.

 

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En escena siguen Los Peyotes y esta muchacha vibrando como si fuera una cuerda a punto de romperse de tantas notas que contiene, los otros bailan alrededor, se juntan y se divierten, por ahí hay una rubia que botó miradas, pero ¡bah! que importa si yo quiero es empezar a vibrar con la música tanto como la tormenta que danza, porque Los Peyotes suenan mejor viendo a esta chica, pálida, de labios rojos y cabello negro azulado.

 

Casi al final, el guitarrista se quedó sin cuerda o ¿fue terminando la primera canción?, no lo recuerdo. El concierto está lleno de energía, ya han pasado tres, cuatro temas sin que yo deje de moverme sin querer, la música hizo posesión de mí, vibra en cada uno de mis nervios.

 

Están interpretando la última canción, las luces del auditorio se encuentran apagadas, la tarima continúa iluminada, los gritos emocionados se escuchan, las personas bailan así no sepan cómo hacerlo, así yo tampoco sepa cómo hacerlo.

 

Suenan los últimos acordes de la canción, el rockabilly vive, el garaje sixtie Punk tiene posibilidades de tomarse el mundo, todo bien, todo bien, están sollados Los Peyotes, ¡Súbanle a ese parlante!, que suene ese rock drogadicto y cavernícola, que las niñas bailen, que las rockeritas se pongan el guante en la derecha y bailen Rockabilly, que bailen garaje sixtie punk ¡sí, eso es lo que están bailando! y como se mueve esa de cabello negro azulado, como mueve esa cola de caballo que se ha hecho para la noche,  mueve su cadera, ahora se agacha –sin dejar de mover su cadera, nunca la ha dejado de mover- se levanta, sube, salta, sonríe –y cómo sonríe-.  Ella sabe bien sobre el “Agúzate que te están velando”.



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