Envilecimiento:

Del lenguaje al conflicto

Por Alejandro Nova Torres

Marzo, 2021

 

No envilezcamos los términos del debate; 

respetemos al menos el lenguaje.

José María Vargas Vila. 

 

 

En Colombia, cuando no se puede invisibilizar un hecho, se envilece. Una muestra de esta dialéctica de invisibilización y envilecimiento se da en el lenguaje y las palabras que utilizan los funcionarios del gobierno al referirse al conflicto armado. Uno de los ejemplos más relevantes es Rubén Darío Acevedo, Director de Centro de Memoria Histórica (CMH), servidor que, a través de diversos medios, ha expresado su postura negacionista frente al conflicto armado, es decir, no se digna a reconocer que Colombia ha estado en un conflicto armado interno prácticamente desde su surgimiento a principios del siglo XIX. Un conflicto que se ha agudizó en la segunda mitad siglo XX con la irrupción del fenómeno del narcotráfico en las esferas sociales y políticas, que ha convertido la guerra en un negocio lucrativo para el Estado, las guerrillas de las FARC, ELN, los paramilitares, las Bacrim y demás grupos armados al margen de la ley que hacen presencia a lo largo del territorio colombiano. Lo más paradójico del caso, es que el CMH fue creado con el fin de reconocer cuáles han sido las poblaciones más afectadas por la violencia, a través de la recepción, recuperación, conservación y compilación de los testimonios de los sobrevivientes del conflicto armado interno en Colombia. Al negar el conflicto, Acevedo niega la misión del CMH y lo convierte en un estamento ornamental al servicio de una ideología. 

 

Si negar es invisibilizar. Si negar es silenciar una realidad. Envilecer es desaparecer el contenido para quedar con las formas, es decir, trivializar los hechos para que la audiencia se quede con palabras bonitas, con eufemismos. Esta vez el ejemplo no proviene de un funcionario público común sino del mismísimo Presidente de la República Iván Duque.  El domingo 16 de agosto de 2020, la comunidad de Samaniego (Nariño) se despertó conmocionada por la masacre de ocho jóvenes. Ellos se encontraban en el municipio, exactamente en la vereda La Catalina, celebrando un cumpleaños, cuando hombres fuertemente armados entraron, los intimidaron y asesinaron frente a sus amigos. Ante tal hecho, el Presidente Iván Duque se refirió de la siguiente manera:  

 

"Muchas personas han dicho: 'volvieron las masacres, volvieron las masacres', primero hablemos del nombre preciso: 'homicidios colectivos', y tristemente hay que aceptarlo como país, no es que volvieron, es que no se han ido tristemente estos hechos" (Deutsche Welle, 2020, Duque: en Colombia no hay “masacres” sino “homicidios colectivos” Recuperado de: https://www.dw.com/es/duque-en-colombia-no-hay-masacres-sino-homicidios-colectivos/a-54662098) 

 

Teniendo en cuenta la declaración del Presidente se pueden deducir dos cosas: en primer lugar, le importa más el impacto del lenguaje que el hecho como tal, o sea, le importa la reacción de la gente ante la palabra masacre y no la muerte de jóvenes colombianos en estado de indefensión a manos de grupos armados al margen de la ley.

 

En segundo lugar, dice que no son masacres, sino homicidios colectivos; lo que revive el hábito nocivo de no llamar las cosas por su nombre. Entonces llamemos las cosas por su nombre. El Grupo de Memoria Histórica (GMH) define masacre como: 

 

el homicidio intencional de cuatro o más personas en estado de indefensión y en iguales circunstancias de modo, tiempo y lugar, y que se distingue por la exposición pública de la violencia. Es perpetrada en presencia de otros o se visibiliza ante otros como espectáculo de horror. Es producto del encuentro brutal entre el poder absoluto del victimario y la impotencia total de la víctima. (GMH. 2013. ¡Basta ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad. Bogotá. Imprenta Nacional, pág. 36)

 

Comparando la declaración del Presidente de la República de Colombia con la definición de masacre, valdría la pena preguntarle al Jefe del Ejecutivo: si lo ocurrido en Samaniego no es una masacre, entonces, ¿Qué es? Si a los políticos tanto les importan los eufemismos para envilecer la realidad, entonces ¿Por qué no inventan un diccionario que nos permita acceder a tan inefables vocablos? Teniendo en cuenta que no les sirve la definición tradicional y académica del término masacre. También sería bueno preguntarnos, como pueblo ¿En qué momento las palabras se volvieron más importantes que la vida de los colombianos? ¿En qué momento la comunicación se volvió más importante que la violación de los derechos humanos?  Al final, después de la masacre, el gobierno sólo ofreció palabras bonitas. Para palabras bonitas tenemos a los poetas, quienes cantarán elegías sobre la muerte de los colombianos. Para proteger la vida ¿a quién tenemos? No sirven las palabras bonitas para proteger la vida porque no habrá elegía que pueda expresar el dolor de las familias al perder a sus seres queridos, no habrá ninguna oración que le devuelva a Colombia los hijos que ha perdido. 

 

Así es el envilecimiento del lenguaje al conflicto, se pule el lenguaje para envilecer el conflicto; se cuidan las palabras y se descuida la vida, porque Colombia no les garantiza a sus habitantes el cumplimiento total de sus derechos humanos, ni siquiera, el derecho más fundamental: El derecho a la vida.