BREVES CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

Por Sergio Fombona

 

UN BELA LUGOSI APORTEÑADO

 

Todavía era soltero aquella cruda madrugada sabatina en la que después de cenar caímos por Almagro, justo frente a la plaza del mismo nombre, para prolongar el festejo del cumpleaños del cajero más viejo de nuestra entidad: Alfredo Solito (Q.E.P.D.)

 

Confieso que al entrar sentí un violento ahogo. Ese edificio abarrotado de gente, acaso construido a fines del siglo diecinueve -deduje por el grosor de sus paredes y la altura del techo-, daba la impresión de ser demasiado chico para bar. 

 

- Che, Alfredo ¿Cómo se llama este tugurio?

- Es el boliche de Roberto, pibe. 

 

Se oía reggae fundido en animadas conversaciones. Un rubio pelilargo, haciendo equilibrio sobre su silla, sacaba fotos a las estanterías repletas de botellas polvorientas. Al fondo hacia la izquierda, en diagonal a la entrada, una puerta corrediza entreabierta causaba misterio.  

 

El Loco Leandro, vaso en mano, pidiendo permiso, arrancó escoltado por Eugenio rumbo a la mesa de las cinco chicas con aspecto de turistas europeas. Alfredo quiso fumar y seguido por Maxi y El Mono Barragán salieron a la vereda. Yo permanecí con César, empleado de seguridad, viendo a quienes despachaban bebidas detrás del viejísimo mostrador, molesto por tomar cerveza parado.  

 

- ¿Cuál será Roberto?

César, la cara inexpresiva, levantó los hombros. 

 

Deslizando la mentada puerta corrediza, guitarrista y cantor treparon a una diminuta tarima. El instrumentista era gordito, calvo y vestía totalmente de negro. El cantor, con traje liso oscuro, rostro lechoso y pelo engominado hacia atrás, tenía cierto parecido a Bela Lugosi. Pocas veces en mi vida había escuchado tango, menos tocado en forma acústica y a escasos metros de distancia. Interpretaron varias piezas, premiadas con efusivos aplausos. Por los dos ventanales con postigos abiertos se asomaban El Mono, Alfredo y Maxi entre otros curiosos. Yo me sentía atraído por una morocha preciosa, le clavaba la vista fingiendo seguir al dúo. El Loco y Eugenio ahora compartían silla con las turistas mientras un muchacho flaquito empezó a pasar “la gorra”, acercando un clásico sombrero tipo fungi dado vuelta: el público contribuyó de buena gana. Había retornado la música funcional; César, ni noticias. Pedí fernet acodado en la barra. Debido al clima invernal, diagnostiqué resfrío o rinorrea acuosa a unos cuantos concurrentes masculinos y femeninos, porque les goteaba insistentemente una fosa nasal. De pronto tres jóvenes empezaron a ejecutar tangos y valsecitos criollos con guitarras y bandoneón. La morocha preciosa se ponía de pie entonces averigüé dónde quedaba el baño. Me costó trabajo atravesar aquella puerta corrediza. En ese pasillo a la derecha no cabía un alfiler. Se hablaba animadamente, casi todos fumaban y bebían. Me sentía extraño, acaso en diferente frecuencia con los demás. Esperé en un rinconcito. Circulaba un cigarrillo armado y lo rechacé. Al rato la morocha preciosa cruzó como rayo y no tuve oportunidad. Y de la nada apareció Bela Lugosi: ¿primerizo en Roberto? Sí, ¿todo bien? Espectacular, nene; y, desplegando su sonrisa postiza, diseminó aliento alcohólico al preguntarme en voz baja si buscaba milonga. Gracias, gracias pronuncié confundido y corrí la puerta regresando al salón. 

 

La morocha preciosa brillaba por su ausencia. Miré hacia todos lados sin poder hallar a mis compañeros de trabajo. A la mesa de las turistas la ocupaban distintas personas. Había amanecido cuando decidí irme. Caminé largas cuadras a la luz de un tibio solcito, y al traspasar el puente ferroviario llegué hasta Avenida Rivadavia, tratando de localizar la parada del colectivo haciendo visera con la palma. 

 

Sergio Fombona

Septiembre, 2018

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BALNEARIO BARRACUDA

 

Cualquiera merece unas buenas vacaciones y el hecho de mudarse por un tiempito a un lugar con mar disponible debiera de ser una situación enteramente favorable. Pero aquel viaje en ómnibus desde la estación terminal de Retiro, con aire acondicionado soplando a diecisiete grados durante cinco horas, fue una tortura, y, para peor, al llegar al balneario bonaerense de Villa Gesell, mi compañera de ruta y un servidor nos desayunamos de que no arribábamos a la histórica terminal frente al edificio donde alquilamos, ésta era flamante, espaciosa y quedaba a veinte cuadras. 

 

Amanecimos con un día espléndido, desde nuestro balcón sólo divisábamos una lonja azul verdosa pese a que el anuncio prometía “vista al mar”. A mi gorda, tan blanca como una ballena blanca, le costó trabajo calzarse su malla enteriza, y después de untarnos una buena capa de bronceador con beta caroteno factor de protección solar cincuenta, salimos provistos de heladera portátil, toallones playeros, sombrilla y sillas reposeras. El sol brillaba a sus anchas sobre el atlántico helado y con mi gorda optamos por mojarnos los pies en la orilla, avanzar despacio para que el cuerpo vaya tomando temperatura, pero cuando nos llegó a la cintura de golpe la perdí de vista. Fueron apenas segundos desesperados en los que empecé a chillar y hasta pedí ayuda al bañero agitando los brazos en alto. Emergió echa una tromba escupiendo líquido e insultos y ante la mirada azorada de los demás veraneantes nos fuimos a guarecer bajo la sombrilla. Trató mal a un senegalés vendedor de anteojos y recién se calmó zampándose media docena de empanadas bajadas con un litro de gaseosa cola. Aunque lo peor de aquella primera jornada en la playa estaba por suceder… Viéndome de cuerpo entero en el espejo del placard, noté mi piel colorada como tomate y de la bronca cerré con fuerza la puerta sintiendo ruido a vidrio roto: mal augurio. 

 

El martes también fue espectacular. Yo seguía despellejándome porque no cabíamos ambos en la sombrilla y mi gorda machacaba que la mostaza rancia le había revuelto el estómago, por eso insultó al vendedor de choclos y por poco tengo que irme a las manos en su defensa. A la mañana y entrada la tarde había invasión de churreros, iban y venían soplando sus silbatos, gritando a viva voz y hasta uno usaba un pequeño megáfono, y pese a su malestar mi gorda engulló cuatro rellenos con dulce de leche recubiertos con chocolate. Pasadas las diecisiete quiso meterse al agua con el argumento de su calidez crepuscular. Yo la acompañé hasta cierto punto, con semejante corpachón le resultaba sencillo flotar, pero no contamos con la marea, se fue alejando de la costa y cuando intentó volver a nado el estómago le jugó una mala pasada. Tuvieron que traer un lanchón para subirla entre una verdadera dotación de bañeros geselinos. Todo el mundo aplaudía a los rescatistas quienes la depositaron en la arena y se turnaban haciéndole respiración boca a boca, hasta que empezó a lanzar chorros de agua hacia arriba como una fuente de carne y hueso. 

 

Por la noche, trasladados hacia la sofocante ciudad de Buenos Aires en ambulancia de alta complejidad, apretando la manota del brazo sin suero de mi gorda, murmuré: debo estar meado por una jauría de elefantes… Manada, me corrigió, con voz extrañamente dulce, hablando en medio de sus sueños dopados. 

 

Sergio Fombona

Julio, 2018

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CON AMIGOS NO ES PECADO

 

-¡Buenos Aires…! La nombrás y aparece esa nostálgica imagen del monumento a la erección- se burlaba Manu con sonrisa cantábrica.

 

Manuel -Manolo le decían en su casa- o Manu -lo apodamos en nuestra infancia villalurense-, había llegado ayer de Gijón, donde reside hace cinco años. 

 

-Estás más flaca y muy bella, querida Valeria- alagó Manu con impostado acento asturiano –Tomá, para ti- le entregó una ristra de chorizos de jabalí. 

 

-Zalamero- reía mi gorda, contenta. 

 

Cenamos asado de tira a la parrilla, ensalada mixta, degustando una botella de borgoña y otra de cabernet sauvignon; mi amigo, con expresión placentera, los calificó: “sublimes caldos mendocinos”. Había alquilado un Fiesta para moverse por la ciudad y lo notaba ansioso por salir de ronda. Al terminar el postre borracho de vainilla también preparado por mi gorda, Manu alegó el impostergable encuentro con los “pibes”. Se había informado a través de Internet sobre locales nocturnos y rumbeamos directamente. En el trayecto le comenté que sentía mareos y me dio una pastilla rosa con tamaño de aspirina. 

 

-No la trago sin líquido.

 

-Agarrá- ordenó alcanzándome su petaca de whisky.  

 

Pese a las luminarias coloridas se imponía cierta media luz, lograda al ennegrecer techos y muros, en consonancia con gran parte del mobiliario. Atravesamos aquel aparatoso salón –yo medio a los tumbos-, para ubicarnos en una mesa alejada. Me daba vueltas la cabeza y ese engendro musical, estridente como pasada de murga, parecía sacudirme el cráneo. Una chica esbelta, alzando una bandeja repleta por entre la humanidad de los concurrentes, nos plantó dos tragos largos. Manu, inquieto, sólo se quedó escasos minutos. Alrededor mío las cosas se movían vertiginosamente. Tenía mucha sed. Asqueroso resultó el cóctel. Pensaba que ni en mi adolescencia había pisado este tipo de lugares. Además pensaba en mi gorda, si se enterase seguro me trozaría como a un pollo. 

 

-A este tololo lo conozco desde que era así…- dijo Manu sosteniendo su palma a la altura de la rodilla. 

 

Se dirigía a una rubia exuberante; me guiñó un ojo. 

 

-Divertite, chambón- agregó dejándome una ficha similar a las de casino.

 

Recostado contra la pared levanté el pulgar en signo de aprobación. Vacié mi vaso, paladear alcohol me revolvió el estómago. Traté de relajarme mirando mujeres. Vino una morocha pechugona. 

 

-Acá nadie se aburre- susurró con voz insinuante acercando sus labios a mi oreja. 

 

-Estoy bien- atiné a contestar.

 

La pechugona, apoyando su mano derecha en mi muslo, me lamió el cuello.

 

Al instante retornó la chica esbelta para retirar las bebidas y reemplazarlas por copas de champán. 

 

Ni Valeria me llamaba papito, menos todavía era de contar fantasías sexuales. Pagué otra ronda feliz por acariciarle los pechos. Aunque al querer besarla sacó la boca terminé por darle mi ficha. 

 

-¿Vamos?- preguntó frotándome la entrepierna.

 

Me puse de pie y todo volvió a girar pero esta vez tuve una arcada. 

 

La pechugona me llevaba de la mano cautivado por sus bonitas piernas, aquellas nalgas prominentes desbordando la ajustadísima minifalda, su espalda desnuda. Cruzamos la pista de baile, eludimos los reservados y, al ingresar por un angosto pasillo, brotó un vómito imparable y la bañé.    

 

-Error de aforo, Maty- bromeó el gijonés al día siguiente cuando lo llamé por teléfono. 

 

Y yo quedé mudo recapacitando: la saqué barata… Acordándome de los insultos a grito pelado de la pechugona, el posterior cachetazo y las fieras caras de los musculosos que me lanzaron a la calle como a una bolsa de basura.

 

Sergio Fombona

Mayo - Junio, 2018

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MATY EL HERMOSO

 

     A Lili, mi entrañable abuela materna, le encantaba repetir que su nietito preferido sería gran conquistador; y yo me imaginaba capitán de buque pirata desembarcando en playas exóticas. También la tía Ana, hermana menor de papá, afirmaba concluyentemente que rompería muchos corazones femeninos: ni siquiera soy cardiólogo. Pero mi vieja entendía de qué hablaba; siempre, desde la cuna diría yo, mamá vaticinó mi vínculo con una mujer gorda, y aquello que para algunos puede transformarse en condicionamiento o llegar hasta el punto extremo del trauma, yo lo tomé como desafío. A decir verdad, nunca resulté atractivo para el sexo opuesto ni para el propio. Tuve escasa experiencia con chicas a lo largo de mi adolescencia, después tampoco florecieron alentadoras relaciones, sólo un puñado de noviazgos y si te he visto no me acuerdo…

 

     A pesar de todo, en algún momento, la vida nos acaricia. 

 

    Cuando la conocí, Valeria recién había cumplido veintisiete años. Le cedí mi asiento en el colectivo por creerla embarazada, aunque no estaba tan obesa como ahora. Casualmente viajábamos en la línea dos y nos fuimos haciendo amigos. A las pocas semanas le propuse ir a tomar algo al salir del trabajo; yo me iniciaba en la cadetería bancaria, ella vendía ropa informal. La cité una tarde calurosa en el Teatro San Martín, porque daban películas a cualquier hora y, además, por su ubicación estratégica sobre la Avenida Corrientes donde hay infinidad de librerías, teatros, cafés y pizzerías. Esperé en el enorme hall central,  disfrutando del aire acondicionado, oyendo alegremente a una banda de jazz. Justo esa misma mañana, yéndome de mi casa en Villa Luro, descubrí un objeto tirado en la vereda cubierta por pasto crecido y me acerqué; trae suerte, dije guardándolo, omitiendo el oxido y los clavos doblados. Al ver entrar a Valeria cargaba la herradura en mi mochila y compararlas fue un acto inevitable: hombros caídos, redondeces notorias distribuidas por su oronda anatomía, cabeza diminuta contrastando con su corpulencia generalizada. Y pese a llevarme quince centímetros de altura me sedujo su sonrisa apenas insinuada, esa manera cansina al desplazarse, la precisión en el uso del vocabulario, su voz suave y melodiosa trasmitía cierta calma. Al quinto encuentro, sin mediar palabra, confesó su virginidad. Quedé callado, la mirada fija en mis zapatillas flamantes; Valeria agregó: “te amo, Matías”. De nuevo no supe responder; probablemente enrojecí, pero me sentía muy bien, por primera vez especial. La noticia produjo el compromiso de ser nada menos que yo quien zanjara aquella incómoda situación. Entonces tomé coraje, admitiendo medio a la ligera que cantidad de personas en el mundo sufren de halitosis, y, cautivado por sus ojazos color miel, le planté mi glorioso primer beso en su roja boca carnosa. 

 

Sergio Fombona

Abril, 2018

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