BREVES CRÓNICAS DE BUENOS AIRES

Por Sergio Fombona


 

CON AMIGOS NO ES PECADO

 

-¡Buenos Aires…! La nombrás y aparece esa nostálgica imagen del monumento a la erección- se burlaba Manu con sonrisa cantábrica.

 

Manuel -Manolo le decían en su casa- o Manu -lo apodamos en nuestra infancia villalurense-, había llegado ayer de Gijón, donde reside hace cinco años. 

 

-Estás más flaca y muy bella, querida Valeria- alagó Manu con impostado acento asturiano –Tomá, para ti- le entregó una ristra de chorizos de jabalí. 

 

-Zalamero- reía mi gorda, contenta. 

 

Cenamos asado de tira a la parrilla, ensalada mixta, degustando una botella de borgoña y otra de cabernet sauvignon; mi amigo, con expresión placentera, los calificó: “sublimes caldos mendocinos”. Había alquilado un Fiesta para moverse por la ciudad y lo notaba ansioso por salir de ronda. Al terminar el postre borracho de vainilla también preparado por mi gorda, Manu alegó el impostergable encuentro con los “pibes”. Se había informado a través de Internet sobre locales nocturnos y rumbeamos directamente. En el trayecto le comenté que sentía mareos y me dio una pastilla rosa con tamaño de aspirina. 

 

-No la trago sin líquido.

 

-Agarrá- ordenó alcanzándome su petaca de whisky.  

 

Pese a las luminarias coloridas se imponía cierta media luz, lograda al ennegrecer techos y muros, en consonancia con gran parte del mobiliario. Atravesamos aquel aparatoso salón –yo medio a los tumbos-, para ubicarnos en una mesa alejada. Me daba vueltas la cabeza y ese engendro musical, estridente como pasada de murga, parecía sacudirme el cráneo. Una chica esbelta, alzando una bandeja repleta por entre la humanidad de los concurrentes, nos plantó dos tragos largos. Manu, inquieto, sólo se quedó escasos minutos. Alrededor mío las cosas se movían vertiginosamente. Tenía mucha sed. Asqueroso resultó el cóctel. Pensaba que ni en mi adolescencia había pisado este tipo de lugares. Además pensaba en mi gorda, si se enterase seguro me trozaría como a un pollo. 

 

-A este tololo lo conozco desde que era así…- dijo Manu sosteniendo su palma a la altura de la rodilla. 

 

Se dirigía a una rubia exuberante; me guiñó un ojo. 

 

-Divertite, chambón- agregó dejándome una ficha similar a las de casino.

 

Recostado contra la pared levanté el pulgar en signo de aprobación. Vacié mi vaso, paladear alcohol me revolvió el estómago. Traté de relajarme mirando mujeres. Vino una morocha pechugona. 

 

-Acá nadie se aburre- susurró con voz insinuante acercando sus labios a mi oreja. 

 

-Estoy bien- atiné a contestar.

 

La pechugona, apoyando su mano derecha en mi muslo, me lamió el cuello.

 

Al instante retornó la chica esbelta para retirar las bebidas y reemplazarlas por copas de champán. 

 

Ni Valeria me llamaba papito, menos todavía era de contar fantasías sexuales. Pagué otra ronda feliz por acariciarle los pechos. Aunque al querer besarla sacó la boca terminé por darle mi ficha. 

 

-¿Vamos?- preguntó frotándome la entrepierna.

 

Me puse de pie y todo volvió a girar pero esta vez tuve una arcada. 

 

La pechugona me llevaba de la mano cautivado por sus bonitas piernas, aquellas nalgas prominentes desbordando la ajustadísima minifalda, su espalda desnuda. Cruzamos la pista de baile, eludimos los reservados y, al ingresar por un angosto pasillo, brotó un vómito imparable y la bañé.    

 

-Error de aforo, Maty- bromeó el gijonés al día siguiente cuando lo llamé por teléfono. 

 

Y yo quedé mudo recapacitando: la saqué barata… Acordándome de los insultos a grito pelado de la pechugona, el posterior cachetazo y las fieras caras de los musculosos que me lanzaron a la calle como a una bolsa de basura.

 

Sergio Fombona

Mayo, 2018

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MATY EL HERMOSO

 

     A Lili, mi entrañable abuela materna, le encantaba repetir que su nietito preferido sería gran conquistador; y yo me imaginaba capitán de buque pirata desembarcando en playas exóticas. También la tía Ana, hermana menor de papá, afirmaba concluyentemente que rompería muchos corazones femeninos: ni siquiera soy cardiólogo. Pero mi vieja entendía de qué hablaba; siempre, desde la cuna diría yo, mamá vaticinó mi vínculo con una mujer gorda, y aquello que para algunos puede transformarse en condicionamiento o llegar hasta el punto extremo del trauma, yo lo tomé como desafío. A decir verdad, nunca resulté atractivo para el sexo opuesto ni para el propio. Tuve escasa experiencia con chicas a lo largo de mi adolescencia, después tampoco florecieron alentadoras relaciones, sólo un puñado de noviazgos y si te he visto no me acuerdo…

 

     A pesar de todo, en algún momento, la vida nos acaricia. 

 

    Cuando la conocí, Valeria recién había cumplido veintisiete años. Le cedí mi asiento en el colectivo por creerla embarazada, aunque no estaba tan obesa como ahora. Casualmente viajábamos en la línea dos y nos fuimos haciendo amigos. A las pocas semanas le propuse ir a tomar algo al salir del trabajo; yo me iniciaba en la cadetería bancaria, ella vendía ropa informal. La cité una tarde calurosa en el Teatro San Martín, porque daban películas a cualquier hora y, además, por su ubicación estratégica sobre la Avenida Corrientes donde hay infinidad de librerías, teatros, cafés y pizzerías. Esperé en el enorme hall central,  disfrutando del aire acondicionado, oyendo alegremente a una banda de jazz. Justo esa misma mañana, yéndome de mi casa en Villa Luro, descubrí un objeto tirado en la vereda cubierta por pasto crecido y me acerqué; trae suerte, dije guardándolo, omitiendo el oxido y los clavos doblados. Al ver entrar a Valeria cargaba la herradura en mi mochila y compararlas fue un acto inevitable: hombros caídos, redondeces notorias distribuidas por su oronda anatomía, cabeza diminuta contrastando con su corpulencia generalizada. Y pese a llevarme quince centímetros de altura me sedujo su sonrisa apenas insinuada, esa manera cansina al desplazarse, la precisión en el uso del vocabulario, su voz suave y melodiosa trasmitía cierta calma. Al quinto encuentro, sin mediar palabra, confesó su virginidad. Quedé callado, la mirada fija en mis zapatillas flamantes; Valeria agregó: “te amo, Matías”. De nuevo no supe responder; probablemente enrojecí, pero me sentía muy bien, por primera vez especial. La noticia produjo el compromiso de ser nada menos que yo quien zanjara aquella incómoda situación. Entonces tomé coraje, admitiendo medio a la ligera que cantidad de personas en el mundo sufren de halitosis, y, cautivado por sus ojazos color miel, le planté mi glorioso primer beso en su roja boca carnosa. 

 

Sergio Fombona

Abril, 2018

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