CAROLINA CÁRDENAS JIMéNEZ

buenosescritos@gmail.com

Narradora, poeta, columnista, docente y editora colombiana. Columnista del Periódico de un blog en "El Tiempo", Fundó la revista literaria Gavia de la Universidad Distrital (2005). Premio Internacional de Poesía, Rostros para autores con un rostro. Accésit, con las obras "Ninguna tierra me habita" "Y sin embargo soy" (2018). Publicó "Somos náufragos" (2013). Ganó el concurso de cuento Estímulos a la Creación Artística (Kennedy, 2006) con el libro Parajes inesperados. Ganó el segundo puesto en el II Concurso Nacional de cuento El Túnel (2011) con el texto A la deriva. Finalistas en el Concurso Nacional de Cuento La Cueva con el texto Mañana será otro día (2012). Su obra ha sido becada, premiada y publicada en revistas, libros en el Salvador, Colombia, Argentina y Cuba. Fue columnista en el Periódico El Mañana en México y Tres mil suplemento Cultural del Salvador.

 

"Su poesía es 'nueva épica' que explora la destrucción y creación del universo; la nada se convierte en protagonista del terror humano y encapsula la voz en el silencio y lo indecible"

Lorena Cruz

 


 

CRÓNICAS DE BOGOTÁ

Agosto, 2020

 

Mi nombre es Anastasia, me gusta porque es sonoro y habla sobre lo extraña que soy hasta para mí misma. Una de mis grandes cualidades es sentir la vida con intensidad hasta en los actos más absurdos y pendencieros con una mirada escrutadora y crítica, me fascina la fugacidad y frivolidad de esta ciudad que se ignora así misma, por eso la exploro, experimento y relato.


 

ERAMOS GRITO Y GEMIDO

Marzo, 2018

 

Los pómulos pronunciados y las ojeras en los rostros mostraban el hambre que pasábamos en la Escuela Residencial Alberni. Algunos se desmayaban o se veían más retraídos. Era como si el silencio, la tristeza y el miedo carcomiera los gestos y el espíritu de los niños. Yo solo tenía un propósito: vivir. Así que permanecía en silencio, escondiéndome en los peores momentos y soportando como un monje budista el hambre, las humillaciones y los maltratos. En esos instantes mi imaginación era mi salvavidas. 

 

A Koda y Tala, así se llamaban mis primos originalmente, los veía en la hora en que servían algo de comer. Ellos habían sido siempre más juguetones y habladores que yo, sin embargo, con el paso de los días y los meses sus rostros se transformaron, ya no sonreían; el hambre y los maltratos era lo único que se veía en sus caras pálidas y demacradas. Aunque no me gustaba verlos, los terminaba visualizando en mis pesadillas como dos cadáveres gritando de dolor. Así que despertaba llorando y con un dolor en el pecho.  

 

Koda, el mayor, se mostraba cada día más retraído. Muchas veces sentía ganas de salir a su encuentro y abrazarlo, decirle que lo amaba, que no desfallecerá, pero el miedo no me lo permitía.  

 

Semanas después su mirada se veía más vivaz, era como si tuviera una solución para todo ese tormento. Después de meses de no sonreír, ese día me dedicó una sonrisa triunfante. Yo le devolví el gesto, aunque no tenía ni idea por qué sonreía. Tala, que apenas contaba con seis años, parecía que no era consiente de nada de lo que ocurría; imaginé que sufría como yo terribles pesadillas, que huía a dormir. El sueño se había convertido para muchos en un suplicio de llanto y gritos. Las noches eran más aterradoras que cualquier otra hora del día.  

 

Esa noche hubo gritos, pero no por las pesadillas sino porque luego de que encontraron a mi primo Koda intentando escapar, dos de los religiosos lo golpearon tan fuerte con una correa de tachuelas delante de algunos niños, que ellos al ver la escena empezaron a gritar. Esa escena convirtió el lugar en un solo aullido y lamento. 

 

Semanas después volví a ver a Koda. Sus ojos no observaban nada, era otro. De su sonrisa no quedaba rastro. No volvió a hablar ni a mirar a nadie. 

 

Su hermano, Tala, días después, a las horas de la comida, comiéndonos un mendrugo de pan con un caldo de sal, le dijo a su hermano en nuestra lengua originaria cree, que no estuviera más triste, que los dioses lo amaban. Los sacerdotes al escucharlo usar la lengua nativa se levantaron, dos de ellos se lo llevaron a rastras. Cuando vio lo que hacían, Koda corrió e intentó forcejear con los religiosos. Parecía saber que lo golpearían terriblemente y que quizás no sobreviviría.  

 

Los sacerdotes soltaron a Tala y agarraron a la fuerza a Koda y delante de todos lo llevaron hasta la ventana más cercana y lo arrojaron por ésta. Los que entendimos lo que acababa de ocurrir nos agarramos la cabeza y lloramos, otros simplemente daban la impresión de no entender lo que estaba pasando. Todo era confuso. El pequeño al vernos llorar empezó a gemir, los religiosos para callarnos nos golpearon con el cinturón de tachuelas. Para que no nos maltrataran más, callamos, nos tragamos el dolor y llanto. Desde ese día las lágrimas desaparecieron en nuestros rostros. El silencio era lo único que se escuchaba por los pasillos de la escuela. Era como si nos hubieran cortado la lengua y de paso el espíritu.

 


 

"ABRAZO A MIS SOMBRAS"

Narración poética del libro Ninguna Tierra me Habita y Sin Embargo Soy