Ninguna tierra me habita

y sin embargo soy 

Por Carolina Cárdenas Jiménez

Septiembre, 2018

 

RESEÑA

 

Ninguna tierra me habita y Sin embargo soy, es una obra que recopila dos poemarios, los cuales se pueden leer de forma independiente, pero también en conjunto. La primera parte trata el tema del exilio no solo de un territorio sino también sobre la lejanía del ser amado y la segunda parte plantea el destierro del amor y cada etapa del enamoramiento, el duelo y el olvido.

 

La obra contiene una nota del escritor Roberto Burgos Cantor y fue una de las obras premiadas por el Concurso Internacional Rostros para autores con un rostro.

 

Para aquellos que quieran comprar la obra, pueden escribir a:

buenosescritos@gmailcom  /  WhatsApp 313 450-5760

 


SIEMPRE HE SIDO EXILIO

 

Más allá de las personas, 

parezco unida a los parajes y sus silencios, 

al espacio de aliento. 

Es un largo desgarramiento la lejanía 

de los lugares conocidos. 

Es un adiós imposible de pronunciar. 

No me quedan sino ciertos olores 

y sonidos en la memoria. 

En ese espacio de la incertidumbre 

solo me tengo a mí misma. 

Todo se presenta distante, 

mi madre y su vientre. 

Sus pesares en la vitrina de la vida. 

Mi padre con sus quejas 

y sus pupilas incapaces de decirme algo. 

Mi hermano mayor con sus sombras lejanas. 

La distancia parece consagrar la unión 

entre dos seres que se aman. 

Ya no tienen sentido las preguntas 

del porqué la lejanía. 

Ya nada me queda sino este exilio 

del vientre de mi madre, de las pupilas de mi padre, 

de las sombras de mi hermano.

 

 

CANTO A LA VIDA

Te me vas haciendo un bosque de incertidumbre, 

vuelas igual que un diente de león, insecto prehistórico / del tiempo. 

Pasajero inalcanzable, sobreviviente de neones. 

Eres un árbol sembrado en el nido de mis pájaros rojos. 

Neblina cálida que sobre mí aletea 

y luego retorna a su sustancia primigenia. 

Arrullo que se mece en espiral 

y vuelve inevitable a sembrarse en mi pecho.

 

 



Carolina Cárdenas Jiménez

Marzo, 2018

 

Escritora, editora. Especialista de Creación Narrativa de la Universidad Central. Licenciada en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital. Fundó y dirigió y editó la revista Gavia. Ha sido Directora de talleres de Creación Literaria de IDARTES. Su obra ha sido becada, premiada y publicada en revistas, libros en el Salvador, Colombia, Argentina y Cuba. Ha trabajado con SM, Editorial Planeta y Libros y Libros. Actualmente es columnista del Periódico El Mañana (México).

 

También es pintora, entre sus técnicas más usadas se encuentra el acrílico, el pastel, el carboncillo y la tinta. Sus dibujos han servido para ilustrar algunos de sus cuentos.

 

ERAMOS GRITO Y GEMIDO

Los pómulos pronunciados y las ojeras en los rostros mostraban el hambre que pasábamos en la Escuela Residencial Alberni. Algunos se desmayaban o se veían más retraídos. Era como si el silencio, la tristeza y el miedo carcomiera los gestos y el espíritu de los niños. Yo solo tenía un propósito: vivir. Así que permanecía en silencio, escondiéndome en los peores momentos y soportando como un monje budista el hambre, las humillaciones y los maltratos. En esos instantes mi imaginación era mi salvavidas. 

 

A Koda y Tala, así se llamaban mis primos originalmente, los veía en la hora en que servían algo de comer. Ellos habían sido siempre más juguetones y habladores que yo, sin embargo, con el paso de los días y los meses sus rostros se transformaron, ya no sonreían; el hambre y los maltratos era lo único que se veía en sus caras pálidas y demacradas. Aunque no me gustaba verlos, los terminaba visualizando en mis pesadillas como dos cadáveres gritando de dolor. Así que despertaba llorando y con un dolor en el pecho.  

 

Koda, el mayor, se mostraba cada día más retraído. Muchas veces sentía ganas de salir a su encuentro y abrazarlo, decirle que lo amaba, que no desfallecerá, pero el miedo no me lo permitía.  

 

Semanas después su mirada se veía más vivaz, era como si tuviera una solución para todo ese tormento. Después de meses de no sonreír, ese día me dedicó una sonrisa triunfante. Yo le devolví el gesto, aunque no tenía ni idea por qué sonreía. Tala, que apenas contaba con seis años, parecía que no era consiente de nada de lo que ocurría; imaginé que sufría como yo terribles pesadillas, que huía a dormir. El sueño se había convertido para muchos en un suplicio de llanto y gritos. Las noches eran más aterradoras que cualquier otra hora del día.  

 

Esa noche hubo gritos, pero no por las pesadillas sino porque luego de que encontraron a mi primo Koda intentando escapar, dos de los religiosos lo golpearon tan fuerte con una correa de tachuelas delante de algunos niños, que ellos al ver la escena empezaron a gritar. Esa escena convirtió el lugar en un solo aullido y lamento. 

Semanas después volví a ver a Koda. Sus ojos no observaban nada, era otro. De su sonrisa no quedaba rastro. No volvió a hablar ni a mirar a nadie. 

 

Su hermano, Tala, días después, a las horas de la comida, comiéndonos un mendrugo de pan con un caldo de sal, le dijo a su hermano en nuestra lengua originaria cree, que no estuviera más triste, que los dioses lo amaban. Los sacerdotes al escucharlo usar la lengua nativa se levantaron, dos de ellos se lo llevaron a rastras. Cuando vio lo que hacían, Koda corrió e intentó forcejear con los religiosos. Parecía saber que lo golpearían terriblemente y que quizás no sobreviviría.  

 

Los sacerdotes soltaron a Tala y agarraron a la fuerza a Koda y delante de todos lo llevaron hasta la ventana más cercana y lo arrojaron por ésta. Los que entendimos lo que acababa de ocurrir nos agarramos la cabeza y lloramos, otros simplemente daban la impresión de no entender lo que estaba pasando. Todo era confuso. El pequeño al vernos llorar empezó a gemir, los religiosos para callarnos nos golpearon con el cinturón de tachuelas. Para que no nos maltrataran más, callamos, nos tragamos el dolor y llanto. Desde ese día las lágrimas desaparecieron en nuestros rostros. El silencio era lo único que se escuchaba por los pasillos de la escuela. Era como si nos hubieran cortado la lengua y de paso el espíritu.

 

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