Vida y milagros de los apóstoles del Rock

 

por María Magdalena

 

 

CARLOS ALVAREZ DE LA OSSA:

La Percusión de lo Sobrenatural

 

Agotados  por las altas temperaturas del Cañón del Colorado, y sin un destino fijo, la pequeña expedición conformada por Amanda Linares, Carlos Alvarez y Rocío Obregón, desciende lentamente el escarpado sendero que los conduce hacia el corazón de un mundo encantado, esculpido por el río Colorado, donde en las noches frías bajan los espíritus para entrar en los sueños de quienes se aventuran a dormir bajo las estrellas, desafiando el clima y los animales silvestres que merodean por la zona, con las piedras como almohadas,  y la ribera del río como única cama.

 

 

Teníamos permiso de bajar y caminar hasta donde el río se estrecha y ya no hay paso alguno. Proeza que casi nadie se atreve a llevar a cabo, pero nuestro aspecto moreno, y facciones de indígenas colombianos convencen a los guardabosques y luego de  firmar unos documentos donde nos comprometíamos a caminar de cinco a ocho de la mañana para evitar terminar petrificados como las rocas por el sol, y por ningún motivo salirnos del sendero demarcado, mucho menos experimentar con plantas desconocidas, comenzamos el largo viaje hacia en Centro de la Tierra, con la certeza de regresar nuevamente a la civilización …más sabios. Una piña y algunas barras de granola nos alimentarían durante la mágica estadía en el “más allá”. Carlos Alvarez, consejero "ad honorem" de una generación de hippies descarriados, actuaría como guía espiritual

 

    Chamán, brujo, acupunturista, quiropráctico, psiquiatra, sanador de cuerpo y alma, músico percusionista y mejor amigo de sus amigos y enemigos, Carlos Alvarez personifica el mundo del Peace and Love en toda su dimensión. Porque hacer el bien, y sanar a sus compañeros de travesía, “fue, es y será” su lema y su destino.

 

    Todos hemos pasado por su consultorio, con dolencias reales o ficticias: espalda descuadrada, intestino perezoso, flatulencia, cojera, problemas amorosos, un negocio que salió mal, insomnio, halitosis, envidia, bipolaridad, traición, ego excesivo, un mal ácido, posesiones malignas y benignas… hasta las mascotas tienen un lugar en su corazón y su consulta. Carlos todo lo cura.

 

 La verdad, siempre quiso ser médico.

 

    A los seis años pudo convertirse en el asesino más joven de Colombia cuando acostó a su confundido hermano Santiago sobre la mesa de la cocina, le subió la camisa y tomando una cuchilla de afeitar, se dispuso a rajarlo para estudiar sus entrañas. Lo salvaría la llegada oportuna de su abuela quien libraría al improvisado paciente de una muerte prematura y dolorosa.

 

 

    Mientras el universo lo preparaba para su tarea de sanador, Alvarez estudia como cualquier otro niño, en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Pero su padre, Santiago Alvarez Van-leenden, Gobernador de la Guajira, ya estaba sembrando en el pequeño médico de 14 años el gusto por la música. En sus famosas parrandas vallenatas que duraban 3 días, Carlos era el encargado de tocar “la caja” cuando el “cajero” de la rumba, desfallecía de cansancio, y ebriedad. 

 

    A los 16 años, compra unos bongós y da sus primeros pasos en el terreno de la percusión y el chamanismo. Junto a sus compañeros de viajes psicodélicos, Miguel Durier que ya estaba en los Flippers y Chucho Merchán que tocaba con los Playboys, subía hasta la famosa cascada “La Nariz del Indio” en la montaña que mira sobre la Escuela de Caballería, para cantarle a la naturaleza y realizar sus ceremonias chamánicas, sesiones que desembocarían en la creación de muchas canciones que terminarán siendo parte del repertorio de los grupos de rock.  Durier lo invita a tocar algunas canciones con los Flippers, y da su primer concierto en el Almacén Tía en el año 1966. 

 

    Son los años del hipismo criollo y las bandas colombianas están en furor,  el Teatro Almirante, y las universidades como Los Andes y la Piloto serán los escenarios donde los jóvenes roqueros desplieguen su talento.

 

Grupo Malanga
Grupo Malanga

   

En 1968, Carlos se une como baterista a La Planta, banda donde tocan Chucho Merchán y Augusto Martelo; luego en 1970, pasa a ser el baterista de Terrón de Sueños, un grupo que fusiona el rock con la música autóctona, la banda canta en español y toca ritmos como cumbia-rock. Por esa misma época viaja con Terrón de Sueños al mítico Ancón, nuestro Woodstock colombiano. En 1971, se integra como percusionista en Malanga, donde debuta Alvaro Galvis Tarquino, y sus compañeros de aventuras Augusto Martelo, Alexei Restrepo y Chucho Merchán.

 

    Por esa misma época entra a estudiar en el Conservatorio de la Universidad Nacional, luego prueba arquitectura en los Andes, pero debe abandonar la universidad por negarse a cortar su pelo. Finalmente se decide por el diseño gráfico en la Jorge Tadeo Lozano y gana una beca que lo llevará al San Francisco Art Institute para estudiar cine.

 

    Carlos empaca sus bongós y comienza el viaje musical y espiritual de su vida

 

   En la ciudad de San Francisco, encuentra un aliado: Danny Heller, antiguo baterista de la banda Hope, y junto con Augusto Martelo, también becado de la Jorge Tadeo, forman el grupo Mobius, uno de los primeros en hacer “Latin Fussion jazz”,  combinando ritmos latinos, con rock y jazz. 

 

Grupo Smoke
Grupo Smoke

 

    Alvarez comienza a destacarse. Pronto es contactado por Kenneth Jenkins, el bajista de Miles Davis fundador del grupo Success donde también toca Mark Isham, ganador de dos Grammys y un Emmy y candidato a los Premios Oscar y Globo de Oro por sus composiciones musicales para películas de cine. Success tiene gran reconocimiento en el Bay Area y graba varios discos en el famoso estudio Record Plant de Sausalito, Al mismo tiempo conoce a Stan Terry integrante de Smoke Inc una de las mejores bandas de funk y blues de la zona, quien lo invita a tocar con ellos, Carlos firma un contrato de cinco años y se afianza como uno de los mejores percusionistas del Condado de Marin, tocando con Airto Moreira, Mongo Santamaría, Rubén Blades y Chepito All Stars.

 

Grupo Succes
Grupo Succes

 

     Paralelo a su auge como músico, su faceta de Latin lover pronto sale a la luz. Una y otra vez, sus conquistas son más audaces.

 

   En la residencia estudiantil Lone Mountain conoce una bella mujer latina, Regina, que tiene un hijo. Carlos convierte al niño en el actor de una película que realiza para el San Francisco Art Institute. Al poco tiempo, el músico-cineasta seduce a Regina solo para descubrir poco después, que su pequeña estrella, es el hijo de José Chepito Arias, el percusionista del grupo Santana. Carlos y José Chepito se conocieron unos años antes cuando Santana dio un concierto en Bogotá; lejos de enojarse, el famoso percusionista quien ya tenía cinco mujeres, y muchos hijos más, celebra que tuvieran el mismo gusto.

 

    José Chepito le presenta a Debby Brusalachin, la manager de Santana. Su casa era lugar de reunión obligada de los miembros de la famosa banda, entre ellos el guitarrista Neal Schon, quién después entraría a engrosar las filas de la famosa banda Journey. Schon tenía una novia filipina, Gigi Montañer. Carlos no tarda en desplegar sus encantos, y la chica queda prendada. Neal Schon pierde a su novia y Carlos gana una guía musical que lo llevará a los exclusivos lugares donde tocan los grupos latinos de moda en California: Malo, Sapo, Los Hermanos Escobedo y otros más, entre ellos el propio Santana con quien traba una gran amistad.  El pelo rizado, pantalón acampanado, botas de tacón, y la amistad con el famoso músico, hacen del colombiano un verdadero Rock Star.

 

 

    La carrera de seductor termina cuando conoce una adolescente de quince años, Amanda Linares, hija del director de la galería de arte del San Francisco Art Institute con quien se casa en Halloween, obteniendo así la tan esquiva visa de residente y la estabilidad emocional refundida. El matrimonio dura 10 años.

 

 

 

Abajo en el Cañón el clima es infernal. La orden de caminar de 5am hasta las 9am, no fue acatada por los excursionistas.  

 

    Si algo sorprende es la majestuosidad del lugar. Perdidos en sus 446 kilometros de longitud por 16 km de ancho y 1.6 km de profundidad, sabemos que no lograrán encontrarnos. Hemos escapado al radar de los guardabosques. Nos confundimos con el río, las rocas milenarias, el cielo, las plantas. De vez en cuando un ciervo asoma su cabeza por entre la escaza maleza y nos mira sorprendido. Nuestra misión: practicar la telepatía, la meditación y el silencio. Esta es una expedición para entrar en comunión con la naturaleza, escucharla  y afinar los instintos de supervivencia que más temprano que tarde, pondríamos a prueba.

 

   El león de montaña o puma es uno de las especies que se adaptó a las duras condiciones del Gran Cañón. Cuenta la leyenda que el Presidente Roosevelt, asiduo cazador, lo cazó hasta su extinción. Pero la curiosidad y el impulso de aventura, pesó más que la leyenda y reuniendo valor, nos dispusimos a buscar la extinta bestia. No creo que tuviéramos muy en claro que haríamos si la encontrábamos de frente. Comenzamos a trepar por las paredes de roca roja esquivando las salientes, y los cactus, cuidando de no resbalar. Al rato dimos con una cueva; era pequeña y poco profunda, adecuada para un león. Entramos preparados para encarar al enemigo pero para nuestra sorpresa, nos recibió no un león, sino un fugitivo que no tuvo el menor reparo de apuntarnos con su arma y amenazar matarnos si pedíamos ayuda. El instinto de supervivencia nos alertó del peligro pero la sensación de perfecta armonía y comunión con el lugar nos alentó a resolver las cosas de una inusual manera. El animal humano debía ser domado, entonces sacamos nuestra potente “Santa Marta Gold”, armamos un "joint" y se lo dimos a perplejo fugitivo. El presidiario lo fumó, inhalando mucho y exhalando poco, quedando más elevado que monje budista, lo que nos dio la oportunidad de escapar luego de un rápido “goodbye” y la promesa de no decir nada sobre su paradero.

 

   La falta de comida, para entonces ya habíamos acabado con las barras de granola y la piña que llevábamos, y el encuentro con el prófugo, nos convenció de que era hora de regresar.  Mientras subíamos por el escarpado sendero conocimos una pareja de dudosos antropólogos quienes nos invitaron a conocer los asentamientos indígenas de la región. El viaje estuvo lleno de percances, incluido el habernos estrellado contra el puesto de frutas de un iracundo apache, y quedarnos varados en la mitad del desierto, sin batería, ni cables, poco tiempo después de haber franqueado una enorme valla que decía “You are now entering indian territory. To do so is at your own risk”. (Está entrando en territorio indígena. Lo hace bajo su propio riesgo).

 

Los antropólogos desaparecieron dejándonos abandonados a nuestra propia suerte, sin agua, comida ni mapa alguno. De nuevo recurrimos al instinto de supervivencia y guiados por un sexto sentido, el sentido chamánico diría yo, llegamos horas después a la reservación Hopi, donde en lugar de perros vimos águilas atadas en los techos de las casas, cuidando celosamente la reservación. A los blancos les estaba prohibido entrar.  Pero al no tener donde más ir, preferimos arriesgarnos y probar suerte. 

 

    Atardecía. Había una ceremonia sagrada en curso. Era el día cuando las Muñecas Kachina, los espíritus ancestrales de los Hopis, que habitan en un punto intermedio entre los hombres y los dioses y encarnan la esencia del espíritu, actúan como puente entre el mundo físico y el mundo espiritual. Cada año las Kachina vienen al mundo y bailan para traer vida, salud  y renovación. Son los aliados que conectan a los Hopis con las fuerzas de la naturaleza y las fuerzas de sanación. Habíamos llegado al lugar correcto, en el momento correcto.

 

 

 

 

    Los Hopis nos permitieron  no solo asistir a la ceremonia sino dormir en su reserva. Fuimos el centro de atención de los niños y de las águilas, por mucho, más feroces que un león de montaña.  Esa noche, los nativos soltaron las águilas para que trajeran la lluvia y las Muñecas Kachina llevaron nuestras peticiones al Creador.

 

     A la mañana siguiente,  al momento de partir, un viejo chamán se acerca a Carlos, y tras examinar su aura le dice “tienes el don de curar”. Le entrega una foto suya y añade, “cuando me necesites solo invócame”.  Este será el momento decisivo en que el aprendiz de Brujo se convertirá en Brujo real. Un bautizo en las sagradas mesetas de los Hopis, reafirma su destino como chamán y sanador. Su don se ratifica, toma fuerza, y dirección…Carlos ya no será nunca igual. 

 

 

    Entre sus pacientes famosos se encuentra David Crosby que por entonces andaba armado hasta los dientes. El asesinato de John Lennon le había causado una sensación de total vulnerabilidad, sufría de ansiedad y paranoia y en los conciertos se encerraba en el camerino para no salir al escenario. Carlos era siempre bienvenido a las presentaciones del músico y su intervención lograba calmar los nervios destrozados del cantante.

 


     En 1982 su matrimonio llega a su fin. Sin visa y divorciado, decide regresar a Colombia donde comienza a tocar con Mario García, Erny Becerra, Caliche Cardona, y Alex Martinez en Tribu Tres, reemplazando a Mingo Lewis, el antiguo percusionista. Luego entra a Special Force, la banda de planta del famoso Bar “Doña Bárbara”, en la calle 80 con carrera 11. 

 

Grupo Special Force
Grupo Special Force

   En 1995, Julio Correal que estaba a la cacería de percusionista para alguna de las bandas que manejaba, La Derecha y Aterciopelados, lo llama y le da a escoger. Carlos escoge Aterciopelados y durante tres años será el músico invitado del conocido grupo que por ese entonces estaba en su apogeo. Con ellos viajará por el mundo: Estados Unidos, Méjico, Sur América, España, Francia, África, abriéndole a bandas como Soda Stereo, Héroes del Silencio, los Fabulosos Cadillacs y Café Tacuba. Será Cosme (Rubén Albarrán) quien le daría a Carlos el cariñoso apodo de “Carlitros” luego de sus increíbles parrandas en los “antros” (bares) a los que los dos solían ir a beber unas “chelas”.

 

Aterciopelados
Aterciopelados

 

La crisis de las disqueras afectará la participación de Carlos en Aterciopelados e impulsará su salida. “Caribe Atómico” será el último disco en el cual participa. Una vez fuera del grupo, el percusionista llama a Guillermo Rodríguez, y Miguel Durier, ambos amigos y pacientes de toda una vida y forma “Retorno”. Será una de las últimas bandas donde tocará Durier. También será uno de los fundadores de Waré, grupo de rock latino, integrado por Edgar Sucar, y Jorge Arriaga, ex integrantes de Tranvía.

 

    Es por esta misma época cuando el músico terapeuta monta su consultorio en su casa y paralelamente a sus compromisos musicales, se mete de lleno en su actividad como sanador. Ya en San Francisco había entrado en contacto con la acupuntura y la medicina tradicional china. En Bogotá, conoce al doctor coreano Sammy Haan, director de la Escuela Oriental de Acupuntura y Moxibustión donde además de acupuntura, estudia Quiropraxia, Digitopuntura Reflexología y Auriculoterapia, todas ellas, técnicas encaminadas a liberar la energía negativa que aqueja un órgano.  Es lógico deducir que la música también juega una parte importante del paquete de sanación. En la casa del chamán hay tambores, maracas, castañuelas, claves, panderetas, palos de agua, y al paciente se le alienta a experimentar con cualquiera de ellos para encontrar su propia melodía, su propia canción.  Porque Carlos Alvarez está convencido que los animales,  los objetos y las personas, incluso las que han muerto, tienen su propia canción. Encontrarla es parte muy importante del proceso de sanar y trascender. También está convencido de que hay fuerzas y seres superiores presentes en todas sus intervenciones. Vigilantes del “más allá”. 

 

    La foto del misterioso Medicine Man cuelga en la pared junto a sus diplomas. 

 

   Los espíritus del Gran Cañón acompañan su viaje. Las almas tanto de los vivos como de los muertos encuentran alivio y paz en la medicina ancestral y los sabios consejos del músico chamán que ha hecho de su casa el hogar de todos los peregrinos.

 

Grupo Retorno
Grupo Retorno

 

Fotos: Cortesía de Carlos Alvarez

Articulo por: Rocío Obregón Rubiano