Chalinas

Por Blanca Salcedo

Noviembre, 2021

 

Odio estar entre estas mujeres. Esa maldita costumbre de asistir a una cena con tu pareja y, una vez allí, todos los hombres se juntan a beber en el patio mientras se asa la carne y dejan a las mujeres agrupadas dentro de la casa para que “compartan”. Y, entusiastas, comparten el pellejo y la sangre de ellos y de las que no vinieron. Las escucho y no sé cómo desconectarme, recitar mentalmente la tabla de multiplicar ya no me sirve. Enterarme que los gases del marido la tienen loca a una. Que el marido de la otra está pidiéndole sexo exótico y ella no quiere saber nada. Que aquélla se queja que, al contrario, su esposo ni la toca y sospecha que tiene un amante. Que la gastritis, que… toda la intimidad alrededor de la mesita con bebidas de dieta y bocaditos. Me tienen harta. Y, siempre lo mismo, la frase fatal: “vos nunca contás nada”. Y yo, que pongo cara de estúpida y me encojo en el sillón, dejándolas pensar lo que quieran.

 

Qué puedo contarles. Que me casé con el más guapo de todos, eso que todavía envidian. Que era el ser más dulce y amable del mundo. Que sentí que tocaba el cielo con las manos, yo, la que era poco menos que una sirvienta en la casa de mi tía, recogida de lástima después que mis padres se mataran en un accidente. Que la noche de bodas, cuando me vio aterrada, me abrazó con ternura, me dio un beso en la frente y me dijo con tono lleno de miel: “tranquila, cuando estés lista, todo se dará”. Y yo me sentí única, amada y comprendida; así que dormimos enlazados sin hacer nada y disfrutamos la luna de miel como novios… 

 

Un mes después ya quería algo más y fui yo la que lo busqué en la cama. No estaba preparada. El empujón me tiró fuera de la cama, terminé en el piso sin entender nada y él saltó sobre mí. Sentí sus manos en mi cuello y una voz desconocida me dijo: “pongamos las cosas en claro, yo no quiero sexo con vos, no me interesa” y sus manos que apretaban cada vez con mayor fuerza. Sin aire escuché la verdad sin concesiones: “me casé para que no hablen pero, que te quede claro, no me gustan las mujeres… y no se te ocurra decírselo a nadie porque te mato, ¿entendiste?”

 

Sin aire, con los ojos a punto de reventar, asentí… y así comenzó.

 

Al día siguiente me miré en el espejo y tenía una marca morada como un collar, él apareció con una chalina de seda bellísima y me la acomodó cuidadosamente, fijándola con un broche de plata… siempre tuvo un gusto exquisito para esas cosas. Me susurró y sonó tan siniestro como el silbido de una serpiente: “andá a la oficina y cuidá que no se te desacomode la chalina, no querés que nadie sepa lo nuestro… tratemos de ser buenos amigos”

 

Y durante cuatro años jugamos a ser una pareja de amigos… él jugaba, yo sólo mantenía la boca cerrada e iba coleccionando chalinas… porque cualquier cosa que le desagradaba terminaba marcándose en mi cuello. 

 

Entonces fue cuando trajo a su primo a vivir con nosotros. No sé si le creí o es que vivía atontada. Pero la segunda noche, los ruidos en la habitación de huéspedes no dejaban lugar a dudas. No era un primo el invitado. No aguanté más y comencé a golpear la puerta con los puños.

 

Al otro día estrené otra chalina… también tuve que ponerme una camisa de mangas largas, pese al calor, porque tenía los brazos llenos de moretones…

 

Y me trae como si fuera su muñeca a estas cenas para juntarme con mujeres curiosas. Esposas normales con planteos normales… si les contara… 

 

Pienso en las chalinas… tengo tantas.  De seda, resistentes. Ya medí le altura de la viga y sólo me queda atarlas en un largo dogal… pronto, sí muy pronto… ahora que me dijeron que quieren tener un hijo.