Antecedentes del tema palestino-israelí

Por Kami Rey Vegas*

Revista Quira, septiembre 2025

 

 

Con frecuencia, los medios de comunicación mundiales más influyentes y muchas figuras de la política establecida transmiten la idea de que el mal llamado conflicto palestino-israelí es un asunto demasiado complejo y espinoso, difícil de abordar con propiedad, aun para los que se dicen especialistas en el tema.

 

Hay dos partes de esta historia; una fácil de explicar y otra más complicada. Me atrevo a afirmar que la parte más grave y más inmediatamente importante es la más fácil de narrar.

 

Cuando un invasor violento pone en marcha la ocupación de un territorio, mostrando con sus acciones la clara intención que trae de borrar por completo al grupo humano que allí ha habitado durante siglos, al menos en teoría no queda mucho qué discutir en materia de responsabilidades y deberes. El Derecho Internacional Humanitario (DIH) establece normas respecto a este tipo de situaciones. Esta realidad no alberga misterio alguno en Palestina desde finales del siglo XIX, y en cuanto a los hechos concretos no hay nada difícil de entender allí.

 

En tiempos modernos, la invasión, ocupación y limpieza racial de un área geográfica son acciones más difíciles de justificar que en la época colonial o en la antigüedad. Por ello, el invasor ha usado abundantes recursos propios y otros provistos por sus poderosos aliados para apoyar las múltiples tareas que supone la recomposición del relato a su acomodo. Por supuesto, el invasor también ha contado con la diligente colaboración de algunos sectores de la academia, los medios dominantes de comunicación y muchas personalidades de la política mundial.

 

La segunda parte, la que es algo más difícil de explicar, es el proceso mediante el cual diferentes actores tomaron la decisión de darle luz verde al invasor para que iniciara su brutal empresa colonial en Palestina. Este proceso se desarrolla en una serie de múltiples pasos que culmina con la votación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1947, a favor de la partición de Palestina.

 

La ONU, fundada en 1945 con un discurso de impulsar la paz y la amistad entre naciones, promover el avance social y proteger los derechos humanos, decide entregarle “oficialmente” 56% del territorio a 500.000 judíos, y el 42% a 1’300.000 árabes. El área restante sería una zona internacional especial para Jerusalén. En aquel momento, los judíos representaban más o menos un tercio de la población y eran dueños legítimos de tan sólo el 7% de aquel territorio. Los judíos aceptaros gustosos. Los palestinos rechazaron la decisión indignados.

 

Así fue el voto por la partición: 33 países a favor (72% de los votos), 13 países en contra (28% de los votos) y 10 abstenciones. Llama la atención que, a tres años de su fundación, la ONU sólo contara con 57 estados miembros. Sin embargo, no causa tanta sorpresa que los países allí más influyentes fueran, aún en aquel momento, potencias colonialistas de vieja data. Sí, el más reciente proyecto colonial europeo. Así definen varios historiadores hoy en día al Estado de Israel. Abordaremos detalles sobre esta interpretación más adelante.

 

De lo anterior se puede deducir entonces, por qué ni los órganos de justicia ni la comunidad internacional han actuado de manera más decidida para evitar tantas y tan graves violaciones de los derechos humanos, tanta destrucción y muerte en los territorios conocidos para muchos hoy con los nombres de Palestina, Israel, Franja de Gaza, Cisjordania y otros.

 

Nos adentramos ahora en un pasado más remoto, y resumiré considerablemente la parte enmarañada del relato para llegar a los antecedentes del sionismo, uno de nuestros ingredientes clave. Sin un debate acerca de qué tan factual pueda haber sido la figura de Abraham, patriarca de los judíos, cristianos y musulmanes, según las escrituras de esas religiones, algunos investigadores calculan que el padre fundador puede haber vivido aproximadamente unos 1.800 años antes de Cristo. Esto le da al judaísmo una edad cercana a los 4.000 años.

 

Nos dice la biblia que Abraham salió de la ciudad de Ur de los Caldeos, en el actual Irak, rumbo a la ciudad de Harán, al sudeste de la actual Turquía, para finalmente establecerse en los actuales Palestina/Israel. O sea, según las propias escrituras sagradas del judaísmo, el patriarca era un inmigrante en el escenario geográfico de esta historia.

 

Se dice que la región bíblica e histórica conocida como Judea, en lo que actualmente es Jerusalén y distintas partes de Israel y Palestina, sería la cuna de los judíos. Dicho eso, vale la pena aclarar que esta región, incluso en tiempos bíblicos, fue el hogar de numerosos pueblos, entre los cuales los judíos llegaron a ser mayoría hasta aproximadamente el año 70 d. C., cuando se inició su expulsión masiva por orden de los romanos. La diáspora judía, es decir, la emigración de grupos de la comunidad de judíos de esta región hacia otras partes del mundo, se inició por diversas razones, aun antes de los inicios del antiguo Imperio Romano, dándose esta diáspora en incontables olas migratorias que llegan hasta la actualidad. Muchos de estos judíos se repartieron por el norte de África y distintas partes de Europa, en donde su presencia nunca dejó de ser motivo de controversia.

 

Existen varias versiones de sionismo, pero se podría entender este concepto como el esfuerzo por crear un hogar nacional o un estado judío o poner en marcha el retorno a la “tierra ancestral”. Para la mayoría de sionistas este proyecto no sería concebible en un lugar que no fuera Tierra Santa, otro apelativo más para esa sección al Este del Mediterráneo. Resulta curioso que las primeras formas de sionismo daten del siglo XVI en la Europa cristiana, a partir de interpretaciones del protestantismo sobre las profecías bíblicas asociadas a la segunda venida de Cristo, con las que se aboga por el retorno de los judíos a su hogar. Desde aquella época los evangélicos han sido firmes creyentes de esta interpretación.

 

Teodoro Herzl murió en 1904 a la edad de 44 años, justo 44 años antes de la fundación oficial del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948. Pese a no ser el fundador mismo del sionismo y a interesarse poco en un proyecto cultural judaico fuerte, imbuido de las dimensiones religiosas judías y del recién resucitado idioma hebreo, Herzl es considerado el padre del sionismo moderno.

Este periodista, dramaturgo, activista político y escritor austrohúngaro de origen judío, es el autor de Der Judenstaat - El Estado judío- obra de 1896 en la que expresa su desilusión con la frágil e incompleta asimilación y emancipación que su gente seguía viviendo en Europa, a pesar de haberse desenvuelto y existido allí durante muchos siglos. Sus prioridades eran de carácter político y el estado judío con el que él soñaba estaba inspirado en modelos culturales europeos que no se correspondían con las realidades y tradiciones de otros grupos judíos que no vivieran en occidente. Herzl creció dentro de la alta sociedad de su entorno en Hungría y su padre de era un exitoso empresario de inclinación integracionista. Todo esto contribuía a su identificación y arraigo al modo de vida europeo.

 

En su labor de reportería para el periódico Neue Freie Presse, Herzl llegó a Francia en 1891 y en 1894 siguió de cerca el célebre caso Dreyfus, en el cual se acusaba al capitán del ejército francés Alfred Dreyfus, de origen judío, de espionaje y traición a la patria. El caso Dreyfus había logrado dividir a la opinión pública francesa y dio lugar a una nueva ola de pogromos -palabra de origen ruso, alusiva a ataques contra la propiedad y la integridad de personas judías u otras minorías-. Hasta los días del caso Dreyfus, hacía más de 100 años que estos pogromos no tenían lugar en Francia. Algo que dejó un tremendo impacto en Herzl acerca de estos eventos fue la exigencia furiosa de las muchedumbres, al pedir muerte a los judíos, en lugar de muerte a los traidores, o tal vez muerte a los espías. Fue una época en que resurgía el antisemitismo en Europa Central y del Oeste, mientras otros pogromos ocurrían en Europa del Este. Los historiadores conjeturan que fue entonces cuando Herzl cambió de parecer respecto a su interés en la asimilación, y comprendió la inutilidad y el peligro de ser apenas un pueblo esporádicamente tolerado en un continente suspicaz e impredecible. Se convirtió así en un ferviente activista y líder del sionismo.

 

El proyecto sionista con sus diversas variantes, no contaba en la época de Herzl ni con el necesario respaldo político de Estados influyentes, ni con un consenso entre sionistas judíos y sionistas no judíos acerca de cómo se debía encarar la tarea. Herzl trabajó incansablemente en pos de su estado judío, enfrentándose a enormes obstáculos y gran oposición, pero otros actores y eventos son los que definirían el curso de esta historia.

 

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*Kami Rey Vegas

Artista visual, compositor, traductor y ensayista colombiano [email protected]