Algo esconde la tierra

Mayo, 2026

 

 

"Algo esconde la tierra" es un poemario en el que va creciendo la voz poética. La palabra toma cuerpo, memoria, identidad femenina y postura crítica en un desarrollo en espiral del ambiente familiar, de la casa, de lo cotidiano, hasta el punto de nombrarse mujer en la escritura. Llega a decir lo que debe decir de su propio contexto, se para y crea una postura frente a su propia realidad. Se va cerrando la voz junto con el poemario, se va acallando poco a poco en el ciclo mortal de la vida. La memoria, entonces, atraviesa las tres partes que componen el libro: Colección In Memoriam, Raíz trenzada y Tránsito subterráneo para ir en busca del misterio de eso que esconde la tierra.  

 

 

“De la tierra germinan rostros sin nombre”, dice Natalia Montejo. Es decir, hay una escritura que brota desde lo que está debajo, subterráneo, una serie de palabras que se reúnen en la palma de la mano para lanzar ese puñado de tierra al aire y dejar que la intemperie le dé una forma al poema, al lenguaje que está acá para decirnos lo insólito, como quien colecciona ceños fruncidos, pero también lo familiar: el padre, la abuela, el amor. Este es un libro que es una pregunta, una sostenida arte poética que descansa en lo metafísico, y esto es lo más importante. Cuando rezamos la pregunta, cuando leemos esta incógnita precisa y necesaria, y que reposa en la búsqueda, estamos seguros de que estamos frente a algo importante: un tiempo suspendido en el cielo, una hoja que cae y anuncia el fin del mundo, una anciana que teje sus últimos días sobre el viento, el golpe de azadón con el que Natalia Montejo nos recuerda lo más sencillo y complejo de la poesía.

Henry Alexander Gómez

 

En las páginas de Algo Esconde la Tierra, se encuentra un conjunto de poemas que trasciende el lenguaje para sumergirse en las profundidades de la experiencia humana. Cada poema es una ventana a un mundo de emociones y recuerdos. Esta obra, de corte breve y tono íntimo, personal y habitado de profundas reflexiones sobre el paso del tiempo y la pérdida, es el debut literario de Natalia Montejo Vélez, cuya voz original y sencilla nos invita a explorar el misterio y asombro que ella ha decidido escarbar y buscar en la tierra.

Federico Díaz Granados

(fragmento del prólogo de Algo esconde la tierra)

 

Dice Monserrat Ordoñez, «La mujer que escribe aprende a decir que no, a no estar disponible, a aplazar la compasión, a hacerse piel de rinoceronte». Leo Algo esconde la tierra, de Natalia Montejo Vélez, y recuerdo todas las veces que escribiendo y pensando decimos no al propio impulso y damos vueltas sobre una palabra para escoger, sacrificando otra que descubría algo tan íntimo, con el ánimo de no sentirnos vulnerables, de no estar disponibles y dejar así que lo que sucede a través de lo dicho convoque ese universo extralingüístico que sostiene lo que somos y revisamos para curtirnos la piel y el pulso. 

 

En las tres partes que componen este libro «Colección in memoriam», «Raíz trenzada» y «Tránsito subterráneo», lo que dirige los signos es precisamente la presencia de la tierra abierta, agrietada, y lo que se desplaza por sus intersticios es la insistencia de los elementos, el viento, el agua, la luz que recorren la mirada de quien escribe sin aplazar lo urgente, lo que es fundamental.

 

Así, la memoria es el retorno hacia la acumulación de otras que hemos sido, pero también es el tiempo del ahora: «Menos mal / el mañana no existe / todavía», señala Natalia, con la claridad de que la escritura es puro presente, tiempo del instante en el que lo cotidiano también es digno de brillo y es la raíz que cruza la familia, el amor, a la gata, y la necesidad de escribir sobre aquello subterráneo en donde se recoge también el país, la injusticia y la espera de una tierra más horizontal para todas las criaturas que en la brevedad de la vida nos encontramos. 

 

Natalia habla de lo que esconde la tierra, pero eso oculto es lo que sus palabras van revelando como fragmentos o fotografías en las que nos reconocemos y resonamos.

Camila Charry Noriega

 

 

 

El tiempo suspendido en el cielo

 

Abuela decía que Dios recogía el tiempo

                                 /como hebra de hilo,

lo ovillaba en una rueca y nos iba jalando

                  /hasta encontrarnos junto a él.

De niña, imaginaba a Dios anudando la

                               /hilaza de mi tiempo

y elevándome como cometa.

 

Mientras abuela bordaba,

yo era un ave del paraíso.

 

No pudiste, abuela,

un día dejar de tejer,

cortar el hilo y soltar a Dios.

El tejido aún te espera.

 

 

Réquiem

 

Las cenizas de mi padre

se han convertido en canciones.

Llegan de otro mundo

para habitar en este.

 

No vienen por medio del viento,

son golpes de tambor que suben

por las raíces de los árboles.

 

Vibraciones contenidas por años.

 

Trepan por las ramas hasta tocar el cielo,

bajan montadas en el estruendo del rayo

para, luego,

con cautela

acercarse

       a mi rostro.

 

 

 

 

Tardanzas

 

He sido impuntual en todo.

             Mi generación me dejó atrás.

 

Llegué tarde a la boda de mis amigas,

            al nacimiento de su primer bebé,

            a su velorio.

 

Llegué tarde a la cita con el notario.

            El marido se había ido,

            solo quedó el ultraje.

 

Los rostros que me rodean

se hacen más jóvenes,

             mientras

             me hago más vieja.

 

Corro detrás de las espaldas,

 

pero nunca llego,

 

              ni cerca.

 

Me alejo.

 

Cada texto que escribo

 

 

Proclama

 

                      Por ser quien sois, me pesa,

yo propongo enmendarme y confesarme.

                Sor Josefa de Castillo y Guevara

 

No, no, madre,

no se enmiende,

no se confiese,

 

no se sienta culpable

de cargar pasiones en el relicario,

de exponer en sombra

la tierra del vientre estéril,

de sentir su boca llena de arena

por la ira,

al no poder hacer frente

a las lenguas venenosas.

 

No, Francisca,

Sor, mujer;

no, madre, no se confiese

 

frente a esos hombres,

no importa si son santos o

el mismo Dios.

 

No crea que hace

bien recitar el mea culpa,

por pensar, por ser rebelde.

Por favor, no sea correcta.

 

Escriba, solo escriba.

 

 

 

La grieta

 

                 Armero, 13 de noviembre de 1985

 

Érase una vez la grieta

que puso de rodillas a todo un pueblo.

Nació cuando dormíamos,

cuando no corría el aire.

 

Un día mientras todos los sueños

galopaban más allá del sembrado,

se hizo fuerte,

hundió su raíz

y le dio vuelta al mundo.

El volcán tan solo mantuvo el silencio.

 

Hoy

esa misma grieta se zambulle, acecha,

busca liberarse una vez más, quiebra lo sólido

y abre la herida.

 

Hace un momento

la sentí cerca,

viene hacia mí,

ruego

           no me encuentre.

 

 

Algo esconde la tierra

 

Se siente la vibración de un grito contenido

que no da espera a ser descubierto.

 

Lo que esconde quiere ser encontrado.

Lo que cubre no tolera la amnesia.

 

La tierra es una olla hirviendo

que se derrama.

Así devuelve su secreto.

 

¡Deja salir el veneno que te enferma!

Comienza a devolver,

           uno a uno,

           los cadáveres.

 

 

Comentarios: 1
  • #1

    ROSAURA MESTIZO (domingo, 24 mayo 2026 06:56)

    Gracias Natalia, esos rastros tuyos hacia tus mayoras, va más allá de una nostalgia terrenal a una enmendada nostalgia del recuerdo cubierto de gratitud. Van y vienen como espejos de trascendencia.