Periodismo y Todología en la Ciudad de la Furia

Alejandra Vanegas Cabrera

alejandravanegasc@gmail.com


Historia de una periodista cucuteña que dejó su vida y trabajo en una de los diarios más importantes del país- El Espectador, para reencontrarse consigo misma, reharcerse  como profesional y tratar de conquistar un círculo bastante cerrado para los extranjeros, el periodismo argentino. 


La rutina siempre es la misma. Levantarme, dar un vistazo a las noticias, chequear el mail por si un buscador de trabajo arrojó una oferta cercana al periodismo, limpiar un poco la casa, buscar alguna noticia que pueda interesarle al Espectador, salir a correr, meditar un rato para encontrar paz mental , o mejor, para ser paciente. Hasta ahí van las actividades inamovibles que cada día de la semana combino con pequeños objetivos o proyectos que surgen como: redactar una nota que me pidieron de un medio, contactar periodistas en Chile o Colombia para ofrecerles información de una multinacional mexicana diseñadora de software para empresas para la que trabajo desde hace tres años o  escribir un trabajo de la Maestría de Periodismo que curso en la Universidad de Buenos Aires.  


En un momento paro para comer una fruta y para decirle a mi mamá por Skype que estoy bien y que siento que ya casi sale una mejor oportunidad laboral. Después, me embuto un sándwich o algo que sobró de la cena de la noche anterior, me baño a las apuradas y salgo corriendo para la clínica estética donde me desempeño como comunicadora-recepcionista-vendedora-cajera y a veces incluso, hago de psicóloga con las pacientes obsesionadas con su belleza.


Todo transcurre en una mañana que inicia a las 7.30, cuando me levanto a prepararle el desayuno y la viandita (o lonchera) a mi pareja para que no se vaya al trabajo con el estómago vacío a trabajar, y termina a las 13.20, momento en el que la máquina del colectivo 132 me cobra los $3.25 por llevarme a mi trabajo de base en la Clínica, ese que aunque no tiene mucho que ver con mi profesión  me permite entender la idiosincrasia argentina, iniciarme en el mundo laboral de este país y, de paso, solventar mi vida mes a mes en esta ciudad, que como mayoría de las grandes capitales del mundo, se torna más agresiva, competitiva y estricta con los extranjeros.


Son dos las facetas las que se unen en la vida de una periodista extrajera que llega a vivir a Buenos Aires. Se debe aprender a ser todo y nada a la vez, es decir, es necesario ser: ama de casa, pareja, periodista profesional, comunicadora social y relacionista pública, recepcionista, erudita, escritora, community manager de tu propia vida, empleada desempleada en tu profesión, opinóloga, además, debes tener olfato para identificar dónde están las oportunidades o la gente que puede ayudarte a dar ese brinco laboral. Todo sin olvidar que se es hija, sobrina, nieta, hermana y amiga a la distancia, relaciones que sirven de sostén en la vida diaria como foránea, aunque esas personas lejanas nunca lleguen a comprender esa vorágine en la que vives.


La siguiente faceta es la de coexistir con la máxima de que en Buenos Aires (o en cualquier otro lugar del mundo) no eres nadie. Es enfrentarte al anonimato total. No importa la trayectoria que tuviste en tu país de origen,  cuál es tu apellido, quién es tu familia ni cuánta plata tienen.  Aquí estás para rehacerte, madurar y encontrarte contigo mismo, con tu ser desnudo, ese libre de etiquetas, estado ideal que te permitirá construir una renovada identidad, ser una persona y profesional realmente independiente y autónoma. Ese anonimato y la necesidad de supervivencia son los que te van a exigir estar en constante alerta y, como se dice popularmente en Colombia, “medírsele a todo”.


        De Mariposa a Oruga


          A Buenos Aires llegué a vivir el 2 de noviembre de 2012 con tres maletas, un morral y  una hoja de vida bastante limitada para mí que soy excesivamente exigente, pero muy completa si se tenía en cuenta que había trabajado como redactora en El Tiempo y El Espectador, siempre empezando en ambos medios como pasante.

En Colombia tenía aquello que algunos designarían como “la vida perfecta”. Contaba un buen trabajo, era redactora comercial de El Espectador,  sección que me permitía no sólo escribir sobre una amplia variedad de temas sino tener contacto personajes relevantes del país y viajar; mi maleta estaba siempre a un lado de la cama por si me daban un viaje imprevisto. 

Aunque tenía una posición profesional que contaba además  con un crecimiento laboral casi asegurado, un día de 2011, cercano a mi cumpleaños número 27  en un evento de Intel que se llevaba a cabo en San José de Costa Rica, entré en una depresión total;  no podía creer que mi única felicidad era el trabajo, me sentía una persona sola, egoísta, no me gustaban muchas cosas de mí misma. Era como si me faltara algo, como si tuviera la necesidad de moverme de esa zona de confort que había gozado desde niña. Quería una transformación. 


Aunque tenía una posición profesional que contaba además  con un crecimiento laboral casi asegurado, un día de 2011, cercano a mi cumpleaños número 27  en un evento de Intel que se llevaba a cabo en San José de Costa Rica, entré en una depresión total;  no podía creer que mi única felicidad era el trabajo, me sentía una persona sola, egoísta, no me gustaban muchas cosas de mí misma. Era como si me faltara algo, como si tuviera la necesidad de moverme de esa zona de confort que había gozado desde niña. Quería una transformación.


Después de meses de buscar explicaciones a este sinsabor, encontré en la humildad de unos indígenas oriundos del Valle del Sibundoy (Putumayo) respuestas que en realidad estuvieron siempre frente a mí pero que mi mismo ensimismamiento y ceguera no me dejaban percatar. Mandé todo al carajo y  empecé a construir una nueva yo, una yo que quería volar, buscar nuevos rumbos, desafíos y ser más libre. Empecé a descartar dentro de mí conductas, patrones e incluso personas que no  me aportaban y me quedé con lo que me permitía ser mejor.


Di un vuelco total a mi rutina: comencé a hacer yoga los domingos, a meditar o al menos a hacer el intento, me inscribí en un diplomado de gastronomía los sábados, cambié mis amistades, dejé de salir tanto de rumba e inicié la respectiva mutación a lo que se conoce como adulto contemporáneo.


Un día de agosto de 2012, posterior a un viaje a Buenos Aires en el que vine a ver a mi pareja,  decidí que este sería el escenario en el que esta nueva yo empezaría su vida. Hablé con Fidel Cano y le pedí ser corresponsal del diario en Buenos Aires, reuní mis ahorros, le pedí a mi hermana que vendiera todas mis pertenencias del apartamento que compartíamos por 11 años, sin mirar atrás le dije adiós a lo que tuve y fui. Dos meses después, en noviembre del mismo año, estaba en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, feliz con mi reducido equipaje y todo un camino por andar.


Hoja de vida reducida a bachiller

Los primeros meses era una turista de Buenos Aires. Disfrutaba yendo a hacer los trámites de mis documentos e indagando más sobre mi faceta de chef amateur y ama de casa, la cual nunca había ejercido en Colombia porque siempre conté con la suerte de tener dinero para pagar una empleada.  A los dos meses encontré un teletrabajo en comunicaciones, consistía en laborar para una agencia contactando periodistas de todo Latinoamérica y Estados Unidos. 


 Este trabajo fue el primer paso en ese desconocido mundo de las comunicaciones, el cual, con el tiempo comprendí que ese aspecto de chupamedias no iba conmigo. Estaba acostumbrada a que me chuparan las medias a mí. Estuve seis meses en esa compañía hasta que llegó la hora de que me contrataran. Por su puesto, hubo voluntad pero no recursos, entonces la dueña optó por decirme que no sabía en qué espacio de la empresa virtual ubicarme, después empezó a ponerle peros a todo lo que hacía. Al final, desistió de contratarme.  


Era la primera vez que me despedían de un trabajo.  Abatida y con el ego por el piso me juré jamás trabajar en comunicaciones. Me volqué a la búsqueda laboral en periodismo y me encontré con una sorpresa: mi hoja de vida era demasiado completa, es decir, tenía una vasta experiencia y lo que las redacciones buscaban era pasantes y recién graduados, maquinitas de producción con acento argentino preferiblemente. 


Me jugaba en contra el hecho de ser extranjera y de tener experiencia. Me deprimí un tiempo, sólo encontré refugio en mi papel de corresponsal. Con los pocos pesos que todavía me quedaban me hice miembro de la Asociación de Corresponsales Extranjeros de Argentina, que hacía eventos semanales.  Durante ese periodo la multinacional mexicana me contrató para llevar a cabo las comunicaciones de prensa en Chile y Colombia. También abrí un blog en el que plasmaba la frustración, la añoranza de mi país, de mi vida de periodista acomodada y de sentimientos que surgía como el miedo a no tener piso económico.


Pasaron dos meses y seguía sin encontrar nada en periodismo. Así las cosas, tuve reformar mi curriculum, recortarlo y reducirlo prácticamente a bachiller. Y en un par de semanas, una conocida me dijo que una amiga suya se devolvía a Colombia, entonces su trabajo de recepcionista en una clínica de cirugía estética estaba vacante. Lo dudé, lo dudé mucho.  Pensaba: ¿Estudié y trabajé tanto para ser una secretaría?, ¡Y de una clínica estética! (poco comulgaba con la idea de idolatrar la belleza, consideraba que era para gente hueca). Era como si estuviera pagando un karma.


Dos días después estaba sentada en la recepción de la clínica, aconsejándole a señoras, señoritas y adolescentes tratamientos para verse lindas. Con el pasar de los meses empecé a conciliarme con mi rol y descubrí que era mucho más que simplemente hablar de belleza. 


Aprendí y sigo conociendo mucho sobre contabilidad, el trato y atención de la gente (a eso lo puedo llamar relaciones públicas), manejo de las redes sociales de la clínica, cada tanto tengo que hacer informes de marketing sobre la competencia y sobre la misma empresa, y lo mejor de todo, es que como es un trabajo de medio tiempo tengo un espacio en la mañana para salir a correr, meditar, buscar incansablemente un trabajo en periodismo, dedicarme a hacer las comunicaciones de la empresa de tecnología, escribir en mi blog e ir a las clases de mi maestría, leer, a veces también me llaman de los noticieros de televisión para que les aporte mi visión sobre alguna noticia del desconocido mundo del narcotráfico, sin dejar de ser nunca una ama de casa, una pareja y una mujer que le gusta verse bien.   


De este modo y con esta vorágine imparable de acciones,  he desarrollado poco a poco la capacidad de ser polifacética, una persona disciplinada y más organizada que no puede descuidar ninguna actividad, dado el caso la balanza se puede descompensar y se corre el riesgo de desequilibrarse y darse un golpe del que puede costar levantarse o perder un trabajo. No digo que nunca me he equivoco, al contrario, me pasa muy seguido, pero el ser extranjera también me ha enseñado a pedir ayuda y a escuchar consejos. 


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Alejandra Vanegas Cabrera - Quira Medios
Periodismo frenético en la Ciudad de la
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